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Teresita Fernández. Night Writing.

En el célebre capítulo cuatro de Rayuela de Julio Cortázar, Oliveira y la Maga son miembros del Club de la serpiente, y la Maga es objeto de mofa cuando le intentan explicar sin mucha suerte la filosofía Zen o los rudimentos de la metafísica. «No aprendas datos idiotas –dice–, ¿por qué te vas a poner anteojos si no los necesitás?» Sin embargo, se trata de la Maga (de nombre Lucía, iluminada), que recogió una hoja de la vereda y «se la paseaba por la palma de la mano, la acostaba de espaldas o boca abajo, la peinaba, terminaba por quitarle la pulpa y dejar al descubierto las nervaduras, un delicado fantasma verde se iba dibujando contra su piel».

A pesar de las teorías que Oliveira y sus amigos proferían, es ella la del acto poético, la que tiene acceso visionario a las tierras recónditas de la experiencia primordial como un relámpago de la verdad: todos somos esqueletos parlantes. Con un gesto grácil y caprichoso ilustra su discurso. La Maga está fuera del mundo analítico y sistemático de Oliveira y el Club, al igual que ellos son ajenos al suyo. Para Jung el impulso poético rasga el velo del orden del mundo, nos asoma al caos y al abismo. Al espacio incipiente de la expresión humana, no medible ni visible, pero que nos remonta a lo ancestral, al comienzo de las cosas antes del hombre y a las generaciones no nacidas todavía. El escritor, el artista, rasga ese velo, se adentra en los agitados rizomas, y suelta el ancla.

El tercer número de la nueva época de Granta, el decimosexto de su edición española, se titula Outsider. En el diccionario Webster el outsider es «la persona o cosa fuera de los confines, de los límites: una persona que no pertenece a un grupo particular, a un conjunto, a un partido, etc. La sociedad suele considerar outsider al artista». La palabra inglesa tiene matices difíciles de traducir a este idioma, carece de las connotaciones contenciosas en español –renegado, apóstata– o negativas –marginal, periférico– o meramente ajenas –extranjero, forastero. Puede ser un visionario en algunos casos, pero no en todos.

La personalidad del artista outsider es heroica, ajena a su tiempo, en los márgenes, cuya respuesta es cultural y no política. Desdeñosa de las relaciones que impone el statu quo y la hegemonía, su intensa exploración interior pone en entredicho los valores de su tiempo mientras los demás siguen la corriente predominante. El outsider ve sin necesidad de anteojos y prefiere decir no, negarse a la participación impuesta. De Melville a Faulkner, de Dickinson a Lispector, de Cabrera infante a Onetti, de Bolaño a Chirbes o Vila-Matas, el outsider dibuja un mapa de la trascendencia, vive en los extremos de la experiencia, dedicado plenamente a su obra. Con harta frecuencia muere por lo tanto sin reconocimiento o seguido por un «culto» de seguidores hasta que es descubierto por otra generación venidera.

El outsider a menudo es un híbrido de clase, etnicidad, religión, orientación sexual y nacionalidad, de exilio interior y exterior: como nos recuerda Adorno, no es ético vivir cómodamente en la propia casa. La medievalista Victoria Cirlot escribe que «en la Edad Media los ilustradores de los manuscritos encontraron en los márgenes del folio el espacio de la libertad. Era en los márgenes donde las líneas huían gozosas para generar formas híbridas, monstruosas, ajenas a las imposiciones iconográficas constreñidas en los marcos». El outsider es el rey tuerto en el país de los ciegos, como un espectro de Borges cuyo fantasma pulula por estas páginas. Los outsiders ponen el lenguaje en tensión, el sentido se vuelve ambiguo, portátil, errante, provisional: la verdad de un mundo de migraciones.

En sus memorias, Nabokov se refiere a la vida como una espiral de color en una pequeña esfera de vidrio. La espiral es un círculo liberado, desarrollado. La imagen le recordaba su niñez, cuando daba vueltas alrededor de un árbol. Este número pretende cercar al outsider, pero no dentro de un círculo vicioso. Al comienzo, la escultora Teresita Fernández, una de cuyas obras ilustra la portada, se refiere en «escritura nocturna» a «la poética del tacto y la discrepancia entre la superficie del braille y el mundo intangible que hay debajo, la fuga de un mundo que está en la cabeza del ciego cuando lee y la imagen que los videntes experimentamos». Dos ámbitos yuxtapuestos, como el de la Maga y Oliveira, pero ajenos entre sí. El número cierra con una lúcida conferencia de Javier Cercas dictada en Oxford, «el punto ciego», en la que analiza a outsiders como Melville o Lampedusa y propone un «minúsculo lugar a través del cual, en teoría, el lector no ve nada, pero a través del cual la novela ve, ese silencio a través del cual la novela es elocuente, la oscuridad a través de la cual la novela ilumina».

El tercer punto, pues éste es al cabo el tercer número, que despliega el círculo como espiral, se ofrece en la sección central en la que se hibridan las formas: el ensayo y el diario como poesía, la historia como verdad, el collage. El torbellino se apodera de todo a su alcance, las palabras se repiten de un texto a otro como símbolos, virando como las aves, girando como peces, con el tiempo, creando algo nuevo. Los relatos expresan lo que no se puede medir, pero se conoce. De día creemos en el orden, el cálculo, de noche la idea del caos nos asusta, brotan los sueños, los monstruos acechan, los extranjeros vienen a por lo nuestro. Un invidente mira las estrellas en una imagen nocturna tocándolas, el texto como las estrellas, como una cartografía de una mente. Los binarios se vuelven geometría y se empiezan a mover, a girar, como en el tercer cuento de este número, «Pink» de Tomoyuki Hoshino. Emerson llama esa poza oculta de la experiencia humana compartida la superalma; Jove guiña a Jove tras nuestras conversaciones diarias con los amigos, los vecinos, la familia, los extranjeros. Jung se refiere a ello como el «inconsciente colectivo», que se revela a través de nuestros sueños, mitos, religiones y artes. «Sólo cuando encontramos la línea que vincula a lo nuevo, saltando años y siglos, tenemos capacidad para reconocer», escribe Cirlot. Proponemos al lector que gire mientras lee.

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