Clare Arni
Clare Arni

Traducción de Carlos García Varela

Esta es la historia de un accidente.

Yo tenía dieciocho años. Decidí tomarme un año sabático antes de la universidad y me marché a la India, donde vivían mis abuelos. Eran médicos en las misiones. Mi abuelo era cirujano y metodista. Había nacido al este de Tennessee y, sin contar los años de universidad y formación, había vivido allí toda la vida. Cuando sus cinco hijos terminaron la universidad decidió que le había llegado la hora «de ser útil» (así lo habría expresado él). Esta actitud lo condujo hasta la India. A mi abuela no le quedó más opción que seguirlo. Para cuando llegué, llevaban viviendo allí de forma intermitente unos diez años, medidos no en días sino en el número de traguitos de whisky que habían conseguido meter de contrabando en sus habitaciones, burlando la vigilancia de sus abstemios correligionarios.

Antes de la India había pasado un tiempo en Latinoamérica. Creía que la pobreza y la miseria me eran ya conocidas, pero la India me dejó impresionado. Tal y como esperaba, había pedigüeños, tullidos, niños desnutridos de pelo cobrizo con la tripa hinchada, leprosos, elefantiásicos, multitudes. Lo que no había previsto era una sensación de pobreza no tanto física sino metafísica… Tampoco una carencia, sino más bien una parte de la abundancia universal. La primera noche que pasé en Bombay salí a pasear, para ver qué podía ver. No había luna; las calles estaban mal iluminadas. Atravesé una inmensa y larga galería colonial y empecé a tropezar con gente, hombres, mujeres y niños dormidos cuyos cuerpos pegados cubrían por completo la acera. Los pisé y, por un instante largo, nauseabundo, terrorífico, me figuré que eran uvas en una cuba.

Cuando llegué, mi abuelo trabajaba en un hospital de Kolar, una ciudad bastante agradable no lejos de Bangalore que por aquel entonces era de las más bellas de la India. (Me han dicho que, por culpa de la burbuja punto com, esta ciudad de calles anchas flanqueadas de palmeras ha desaparecido.) Mis abuelos me recogieron en la estación por la mañana y volvimos a Kolar en coche. Al despejarse la niebla que ocultaba la carretera quedaron a la vista estanques plateados (tanques, como los llaman los indios) sobre los que se cernían árboles de troncos entretejidos y raíces fibrosas. Grandes y naranjas murciélagos frugívoros, de enormes alas gomosas y negras, colgaban bocabajo de las ramas. En la base de los árboles, en imágenes grabadas sobre piedras, se veía a Visnú bajo un ramo de cabezas de cobras. Un hombre se había arrodillado junto al agua de manera tan estéticamente ordenada que parecía un Poussin. Con un solo dedo, se limpió con fruición los dientes y escupió. A pocos metros, un hombre estaba en cuclillas, cagando.

Los dormitorios de mis abuelos, así como los de los otros «médicos misioneros», estaban en los terrenos del hospital, un complejo arbolado que incluía también una escuela de enfermería y estaba vallado y aislado del resto de la ciudad. Los edificios de una planta estaban cubiertos de preciosas buganvillas y jacarandas. Las chicas –las estudiantes de enfermería–, envueltas en fluctuantes saris de tela sintética y estampados chillones, parecidos a cortinas de ducha de los setenta (después de todo, eran los setenta), caminaban sin rumbo fijo por los senderos, entre risitas nerviosas. Las inmensas puertas de hierro del complejo daban paso, hacia el exterior, a las calles sin árboles sobre las cuales se deslizaban bicicletas, rickshaws, coches y la multitud, como fragmentos superpuestos de una película rayada.

¿Qué hacer? Fui de compras al bazar, con mi abuela. El señor Ramachandra, el sastre, emergió de entre sus telas y comenzó a acosarla con implacable servilismo, exigiéndole que entrara en su comercio a tomar té con dulces y acribillándola con una retahíla de elogios. Por mi parte, compré unas ediciones baratas de clásicos marxistas en un tráiler del Partido Comunista que semana tras semana aparecía como por encanto en diferentes esquinas de la ciudad. No me los leí. Había días en que se notaba olor a gas lacrimógeno y ruido de sirenas; se establecía un toque de queda temporal, provocado por las revueltas que estallaban entre hindúes o musulmanes. Por la noche, cenaba con mis abuelos en compañía de la doctora Vera y la señorita Elsie. La doctora Vera era una mujer rubicunda y extrovertida, de pelo esponjado y piel rugosa y pálida, que ella misma se encargaba de empolvar para que lo fuera aún más. La señorita Elsie era su imagen antagónica: cetrina, intensa y de mirada penetrante, con los ojos protegidos por un casco de pelo corto y gris. Mi abuelo presidía la mesa. El cocinero nos sirvió carne guisada y tarta de manzana. Llevaba veinte años trabajando para las misiones y se decía que nunca había probado nada de lo que preparaba.

Me figuré que debía intentar «ser útil» yo también, así que pedí que me pusieran a trabajar en el hospital. Para acostumbrarme a la sangre, mi abuelo me hizo presenciar una de sus operaciones. Vestido con bata de hospital y mascarilla, me quedé a su lado mientras extraía a un niño nonato del vientre de su madre. Como un arqueólogo en una excavación, se abría paso a través de las capas de piel, grasa y músculo, cada una de las cuales retiraba y sujetaba un ayudante, hasta que llegó al útero, lo abrió, cortó el cordón umbilical, sacó el cadáver del bebé y lo dejó a un lado. Otra tarde me senté en una antesala, preparando las gasas. El personal se paraba ante la puerta para curiosear, para ver cómo el nieto del sahib se afanaba en su trabajo secreto. Una semana después se convocó una reunión y, para mi sorpresa, me hicieron subir al estrado y me pusieron guirnaldas de jazmín al cuello, por mi contribución a la obra del Señor. Tal reconocimiento fue un martirio demasiado pesado para mí, y mi trayectoria como misionero llegó abruptamente a su final.

Se acercaba la navidad, y los villancicos se mezclaban con los lejanos y estridentes gritos del muecín y los éxitos de Bollywood. Nos marchamos a Yadgir, un puesto de avanzada en la provincia donde mis abuelos pasaban la mayor parte del tiempo. La estancia en Kolar había sido como unas vacaciones. Yadgir estaba en la otra punta del estado de Karnataka (hacia el norte), a una larga distancia en tren desde Kolar. Era un lugar abandonado, un laberinto de casas apiñadas de una planta, construidas con granito basto y sin argamasa, sucio, ardiente y pobre. Lo veo de memoria como un baldío pétreo –el calor hace imposible distinguir nada–, aunque en el diario que empecé a llevar por aquel entonces menciono maizales, arrozales y nadadores bajo un puente sobre el río Bhima. En un macizo rocoso sobre la ciudad se alzaban las murallas almenadas de un castillo musulmán medieval. Debajo, en la llanura, había un tanque desecado donde unos culis, apenas vestidos con taparrabos, se pasaban el día fabricando ladrillos. El hospital se encontraba más o menos a un kilómetro y medio de la ciudad. La carretera principal de dos carriles pasaba junto a él y se perdía en la distancia. Hyderabad, la ciudad importante más cercana, quedaba a horas de camino.

Cruzando la carretera, frente al hospital, se levantaba el complejo, habitado por la pequeña comunidad cristiana de Yadgir, la mayoría conversos que confiaban dejar atrás sus orígenes en las castas inferiores. Tiempo atrás el hospital había sido el único de la región, con muchísimo trabajo. Sin embargo, desde entonces el gobierno había construido otro, al que habían desertado hindúes y musulmanes. Al hospital cristiano se lo consideraba un hospital para cristianos, y así lo veía la propia comunidad. Brindaba ayuda a los vivos y un lugar para morir. Unos años antes se había construido una nueva ala, pero allí las camas estaban completamente vacías. No se perdía la esperanza de que algunas iglesias estadounidenses destinaran fondos para ampliar la «infraestructura», una palabra nueva para mí en aquella época; descubrí que se trataba de un auténtico mantra indio.

En el complejo las conversaciones giraban en torno a la salud, el tiempo, esperanzas de traslados, avistamientos de serpientes venenosas y Dios. También había preocupación por los gitanos, que a veces irrumpían en la zona sobre robustos carromatos bajos, las mujeres resplandecientes con sus chalecos de lentejuelas y sus aparatosas alhajas de plata. Se decía que bebían tadi, un licor local, y era cierto, a veces de noche se les oía cantar. Se pasaba por alto el hecho de que el hospital estuviera yendo a la bancarrota, aunque todos los días mi abuelo se ponía una camisa blanca recién planchada y cruzaba la carretera para entablar sesudas negociaciones con el director y el contable del hospital. Operaba de vez en cuando. Había empezado a quedarse ciego –un año o dos después de mi viaje a la India ya no veía en absoluto– y cuando llegaba tarde del trabajo se abría paso entre las rocas ayudado por el puntito de luz de una linterna de bolsillo. Desde un patio interior se oía toser a un perro sarnoso y sucio (a mi abuela le había dado por adoptar chuchos callejeros para intentar curarlos). Yo dormía bajo una mosquitera que por las mañanas aparecía cubierta de manchas de sangre, brillantes como amapolas del Día del Armisticio.

Mi principal compañía era el cocinero, un católico de Goa llamado Das (que significaba «siervo», algo que no descubrí hasta muchos años después). Por las mañanas, Das y yo nos internábamos en la ciudad para hacer algunas compras, aunque una vez, mientras caminábamos, me contó que en aquel lugar olvidado de la mano de Dios no había qué comer, ni verduras ni nada, sólo pimientos. A Das le había conseguido trabajo en Bidar un oftalmólogo amigo de mis abuelos, y lo habían trasladado a Yadgir con la esperanza de que aliviara el trabajo de mi abuela, cuya infelicidad era un secreto a voces. Para Das, Bidar era un paraíso perdido de abundancia, y haber sido desterrado le hacía expresarse con quejumbroso resentimiento, provocando a mi abuela, una mujer que se expresaba, si es que llegaba a hacerlo, con pinceladas de cautela que se acababan transformando en silenciosa reprobación. Ambos eran desgraciados, una cualidad por la que yo, que me creía mucho más infeliz aunque lo era mucho menos, los despreciaba.

Das y yo llegamos al café –para los indios, un hotel– del centro y bebimos té dulce con leche en tanto que él intercambiaba noticias y chismes con sus amigos, aunque, al no hablar el dialecto local, la conversación incluía más formalidades que información. Me parece recordar el suelo polvoriento de una plaza mayor, y en mi diario menciono los despachos de los muchos prestamistas que sangraban a los agricultores. Regresamos al complejo bajo un calor ardiente: por la tarde alcanzaríamos los 38 grados. A la vuelta parábamos a veces a comprarle algo al carnicero, que trabajaba en una bonita pérgola de piedra con tejado acolchado, justo en los límites de la ciudad. Un lomo de ternera ahumado colgaba de un gancho sobre su cabeza mientras él, envuelto en una nube de moscas, troceaba carne con su cuchillo.

Una vez en el complejo, Das preparaba la comida, bocadillos de queso fundido (el queso llegaba en latas enormes importadas desde un almacén especial de las misiones de Hyderabad), que cocinaba en cuclillas frente a un mechero Bunsen, tras la puerta. Mi abuelo volvía del hospital a comer y a descargar su frustración antes de echarse la siesta. Mi abuela y yo nos sentábamos a leer los New Yorker que llegaban de cuando en cuando, enviados por mi madre. Más tarde, cuando bajaba un poco la temperatura, me entretenía en largos paseos por la carretera principal y admiraba el caleidoscópico descenso del sol por el horizonte cargado de polvo. Tras determinado día, mi diario no contiene casi nada que no sean descripciones extensas y verbosas de esas puestas de sol.

Cada vez estaba más inquieto, y mi abuela propuso que visitáramos Bidar, la ciudad que tanto encomiaba Das. En el medievo Bidar había sido la capital del sultanato Bahmani y en teoría albergaba las espectaculares ruinas de una biblioteca cuya fachada estaba cubierta de relucientes azulejos teñidos de azul oscuro. Además, el gurú sij Nanak había residido allí. Cogí el tren y en la estación me recibió el oftalmólogo, un hombre pálido y flemático que de algún modo me recordaba a la vez a la morsa y al carpintero del poema de Lewis Carroll. Era como si surgiese ante mí con los ojos saltones tras las gruesas gafas y con el pelo grasiento pegado como un alga a la coronilla. Con marcado acento de Virginia explicó que me había organizado una reunión por la tarde con los rotarios de la localidad. ¿Qué?, pregunté con inquietud. Sobre tus viajes, prosiguió, y al llegar al club me presentó a un grupo de hombres de mediana edad, como Edwin Frank, viajero. No tengo ni idea de lo que dije, aunque recuerdo que me quedé a cuadros cuando, más tarde, me preguntaron:

–Señor, ¿cómo son los pueblos de su país?

No supe qué decir, salvo que no teníamos pueblos, o al menos nada que ellos identificaran con un pueblo. Me miraron incrédulos.

Al día siguiente madrugué y salí temprano, con ganas de evitar la oración del desayuno. Quería contemplar los mausoleos de los santos musulmanes que, según había oído, se encontraban a las afueras. Resultaron estar ubicados en un terreno de piedras ligeras y rojas que se endurecían al contacto con el aire, lo que las hacía un excelente material de construcción. Lo habían excavado a conciencia, y los mausoleos se erigían aislados sobre terrones rojizos, como en una escena sacada de un libro del doctor Seuss. Mientras paseaba por entre los túmulos, de puntillas y con el cuello estirado para intentar distinguir algo entre la penumbra, me encontré con un joven (sin duda era varios años mayor que yo) impecablemente vestido con pantalones de traje y camisa occidental de cuello duro. Vacilaba un poco al hablar, pero no le faltaban ganas de conversación. Juntos bajamos lo que recuerdo como unas elegantes escaleras de piedra que daban a un ordenado jardín. Debí haber admirado las flores, porque se dio la vuelta y preguntó:

–Señor, ¿es verdad que en su país todas las flores son de plástico?

Hubo un momento –aunque no aquél– en que me di cuenta de que no estaba viajando por la India. Estaba huyendo.

Las últimas semanas que estuve en Yadgir me retiré a la biblioteca del hospital. Le habían puesto el nombre de mi abuela –letras palo seco de aluminio forjado, traídas de Tennessee, formaban su nombre sobre la puerta– y se encontraba tras los quirófanos, al final de un largo pasillo. Era una única habitación en la que, por las apariencias, hacía años que no entraba nadie. Dentro –la estancia era poco más grande que un armario para escobas un tanto exagerado– había una estantería de acero con un repertorio de viejos libros de texto desactualizados, donados por alguna sede sureña del Wesley College. En la pared de enfrente, sobre un estante más alto, había expuestas muestras médicas dentro de frascos desportillados llenos de formaldehído traslúcido: un feto, una tenia, un pene canceroso. Recuerdo una única ventana que daba a una serie de postes blancos que delimitaban un cementerio musulmán; los bíblicos «sepulcros blanqueados». Fue allí, sobre una mesa plegable, donde di forma a mis descripciones del crepúsculo.

Decidí leer la Eneida, el más solitario de los grandes poemas. Eneas es el hombre del futuro, con la vista siempre puesta en el pasado. Le han encomendado la misión de fundar Roma, pero todo lo que busca es su añorada Troya, el lujo asiático de sus hijos que avanzaban en batallón a hacer la guerra en el día y volvían deslizándose entre las sábanas para hacer el amor en la noche; una economía distinta de aquel imperio mundial en potencia, con su triunfal eficiencia. Eneas, un fundador que ha de perderlo todo –su mujer, su hijo, su padre, su amante, el timonel perezoso al mando de su nave– para recibir algo que no sólo no quiere sino que ni se imagina. Ni siquiera sus propias aventuras son suyas; vienen ya trazadas, y no son tanto desafíos que afrontar, como los de Ulises o Hércules, sino lecciones que aprender. Por ejemplo Dido, la pobre Dido (condenada a servir sólo de ejemplo): Eneas se junta con ella para poder separarse de ella y aprender que eso –la pasión– es aquello a lo que debe renunciar. Por estas cosas a la gente le parece pesado Virgilio, pero son una medida de su arte y de su épica, que se extiende como un pasillo oficial, lleno de ecos, hacia la penumbra, y que el carácter edificante de su célebre teatro hace si cabe más trágicas. Si el destino de Dido ejemplifica los límites del deseo, ilustra con más acierto los de un mundo en que el deseo no tiene cabida.

El más solitario de los poemas… tanto más cuanto es una obra pública y política. (Eneas es el primer político solitario de la literatura). La más sombría, la menos decidida de las canciones, cuya música es tan sólo un único acorde indefinidamente prolongado, tan lírica como épica, y sobre todo, quizás, elegíaca. En cuanto a Eneas, descenderá –hic labor, hoc opus est– a las profundidades de Infierno, donde, para que le sirva de ánimo y recompensa, contemplará una visión del hermoso Marcelo, flor de la virilidad romana ya arrancada de raíz. Un fantasma nonato. El poema, por su parte, incansablemente pulido, nunca llegó a completarse, y se nos ha dicho que antes de morir Virgilio garabateó sobre él «quemadlo», como si fuera una carta de amor.

¿Cuándo, o cómo, aparecen las palabras en la memoria y la imaginación del escritor? ¿Qué tiene que ver este hecho, en rigor, con esas palabras? Este es el accidente. Como suele pasar, no recuerdo nada de mi lectura de la Eneida en la India salvo que, de hecho, la leí, y aun así, a través de los años, el poema y el lugar se han unido en mi memoria hasta quedar indisolublemente ligados. Recuerdo el libro como objeto físico, el lomo agrietado, la cubierta sucia y marfileña y que la traducción era de Allen Mandelbaum (y, por cierto, ¿mis sentimientos con respecto a la Eneida nacerán del hecho de que no puedo leer el poema en sí, sólo versiones?), al igual que recuerdo las circunstancias en que lo leí, la silla y la mesa plegables, el pene canceroso y la carretera principal tras los cristales, que se evaporaba entre el calor bajo los muros de la ruinosa fortaleza (donde un día, mientras curioseaba, me encontré frente a frente con un faquir de harapos blancos y cabellera apelmazada, como una personificación de lo indio). Recuerdo el brillo eléctrico del mediodía y los rosas, amarillos y naranjas ácidos del ocaso, el sol mermado hundiéndose entre el polvo del día. Vuelvo a recordar cómo abrí las puertas de la Biblioteca Médica Lucinda Ann Strong Long para volver a la lectura.

Qué extraño, en todo caso, pensar, treinta años después, que fui a la India y volví con la Eneida.

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