Paul Auster - Scratching Triptych I (2009)
Scratching Triptych. Marko Lipus

Traducción de Víctor Úbeda

Estaba buscando un lugar tranquilo donde morir. Alguien me recomendó Brooklyn, conque a la mañana siguiente allá que me fui desde Westchester, para reconocer el terreno. No lo pisaba desde hacía cincuenta y seis años y ya no me acordaba de nada. Cuando mis padres se marcharon de la ciudad no tenía más que tres años, pero me sorprendí regresando como por instinto al barrio donde habíamos vivido, arrastrándome como un perro herido hacia mi lugar de nacimiento. Un agente inmobiliario de la zona me acompañó a seis o siete bloques de apartamentos, y a última hora de la tarde ya me había alquilado uno de dos cuartos con patio en First Street, a tiro de piedra de Prospect Park. No tenía ni idea de quiénes eran los vecinos, pero tampoco me importaba. Todos trabajaban en horario de oficina y ninguno tenía hijos, luego el edificio sería relativamente silencioso. Eso era, más que ninguna otra cosa, lo que yo ansiaba: un final silencioso a mi triste y ridícula existencia.

La casa de Bronxville ya estaba apalabrada y cuando a final de mes cerrásemos la operación, no tendría que volver a preocuparme del dinero. Mi ex mujer y yo teníamos previsto repartirnos lo que sacásemos de la venta, de manera que, con cuatrocientos mil dólares en la cuenta, tendría más que suficiente para mantenerme hasta estirar la pata.

Al principio no sabía a qué dedicarme. Me había pasado treinta y un años yendo y viniendo de nuestra casa en las afueras a las oficinas de la Mid-Atlantic Accident and Life en Manhattan y vuelta a casa, pero ahora que ya no trabajaba los días se me hacían eternos. Una semana después de mudarme al apartamento vino a verme mi hija Rachel, que está casada y vive en Nueva Jersey. Me dijo que tenía que involucrarme en algo, inventarme un proyecto personal. Rachel no es lo que se dice tonta. Es doctora en bioquímica por la universidad de Chicago y trabaja como investigadora para una gran compañía farmacéutica en las afueras de Princeton, pero, como le pasaba a su madre, raro es el día en que no se pone a largar topicazos: todas esas frasecitas desfondadas y opiniones de quinta mano que abarrotan los vertederos de la sabiduría contemporánea.

Le expliqué que probablemente me muriese antes de acabar el año y que los proyectos me importaban un carajo. Por un momento pareció que Rachel iba a echarse a llorar, pero logró contener las lágrimas a base de pestañear y en lugar de eso me llamó cruel y egoísta. No le extrañaba que “mami” hubiese terminado divorciándose de mí, añadió, no le extrañaba que ya no lo aguantase más. Estar casado conmigo debía de haber sido un suplicio sin fin, un verdadero infierno. Un verdadero infierno. Ay, Rachel, pobrecita mía, es que no lo puede evitar. Mi única hija lleva veintinueve años sobre la faz de la tierra y ni una sola vez se ha descolgado con un comentario original, una idea que fuese absoluta e irreductiblemente suya.

Sí, de acuerdo, puede que a veces me ponga un poco insoportable. Pero no siempre, ni tampoco por regla general. Cuando quiero puedo ser tan simpático y cariñoso como el que más. Es imposible tener el éxito que yo tuve vendiendo pólizas de seguros simplemente lavándoles el cerebro a los clientes, al menos no durante treinta años largos. Hay que ser receptivo. Saber escuchar. Saber cautivar a la gente. Yo poseo todas esas cualidades y más. No voy a negar que también he tenido mis momentos malos, pero ya sabemos los peligros que acechan en el marco cerrado de la vida en familia. Puede resultar letal para todos los interesados, sobre todo cuando descubres que, para empezar, no estás hecho para el matrimonio. Me encantaba el sexo con Edith, pero al cabo de cuatro o cinco años la pasión se agotó y, a partir de entonces, me distancié un tanto del papel de maridito perfecto. En el apartado paterno, a juzgar por lo que dice Raquel, tampoco es que fuese un padre modelo precisamente. No es por llevarles la contraria a sus recuerdos, pero lo cierto es que, a mi manera, les tenía cariño a las dos, y si alguna vez me vi en los brazos de otras mujeres, se trataba de aventuras que jamás me tomé en serio. Lo del divorcio no fue idea mía. Yo, pese a todo, pensaba seguir con Edith hasta el final. Fue ella la que quiso separarse y, habida cuenta de la larga lista de pecados y faltas que cometí en todos esos años, tampoco podía echárselo en cara. Después de treinta y tres años viviendo bajo el mismo techo, cuando nos fuimos cada uno por nuestro lado, la suma de nuestra existencia en común ascendía aproximadamente a cero.

Le había dicho a Rachel que tenía los días contados, pero no fue más que una réplica exaltada a sus consejitos de metomentodo, un arranque de pura hipérbole. El cáncer de pulmón estaba remitiendo y, según me había dicho el oncólogo después de la última prueba, existían motivos para un prudente optimismo. Lo cual tampoco quiere decir que confiase en él, cuidado. El susto del cáncer había sido tan grande que todavía no me creía que fuese posible sobrevivir a él. Me había dado a mí mismo por muerto y, una vez extirpado el tumor y concluido el agotador suplicio de la radio y la quimioterapia, una vez padecidos los largos episodios de náuseas y mareos, la caída del pelo, la pérdida de voluntad, de empleo, de esposa, me costaba pensar en seguir adelante. De ahí el traslado a Brooklyn. De ahí mi regreso inconsciente al lugar donde comenzó mi historia. Tenía casi sesenta años y no sabía cuánto tiempo me quedaba. Tal vez veinte años; tal vez unos pocos meses. Independientemente del pronóstico médico acerca de mi estado, lo esencial era no dar nada por hecho. Mientras siguiese vivo tenía que hallar un modo de empezar a vivir de nuevo, pero, aun suponiendo que no lograse sobrevivir, algo más tenía que hacer que quedarme sentado a esperar a que me llegase la hora. Como siempre, mi hija la científica había dado en el clavo, por más que, terco de mí, me hubiese negado a reconocerlo. Tenía que dedicarme a algo. Tenía que mover el culo y hacer lo que fuese.

Me mudé al comenzar la primavera y esas primeras semanas me entretuve explorando el barrio, dando largos garbeos por el parque y plantando flores en mi jardín, una parcelita llena de trastos que llevaba años abandonada. Me corté el pelo –que me había renacido con renovados bríos– en la barbería Park Slope de la Séptima Avenida, alquilaba películas en un videoclub llamado Movie Heaven y me dejaba caer por Brightman’s Attic, una librería de lance atestada de volúmenes, todos manga por hombro, propiedad de un homosexual estrafalario llamado Harry Brightman (del que volveré a ocuparme más abajo). Casi siempre desayunaba en casa, pero como no me gustaba cocinar ni tenía el más mínimo don para tal quehacer, solía almorzar y cenar en restaurantes: siempre a solas, siempre con un libro delante, siempre masticando lo más despacio posible con el fin de prolongar la comida al máximo. Tras probar unas cuantas opciones en el vecindario, me decanté por el Cosmic Diner como local habitual donde almorzar. La comida, tirando por lo alto, no era ni fu ni fa, pero había una camarera puertorriqueña llamada Marina que era una monada y no tardé en enamoriscarme de ella. Tenía la mitad de años que yo y estaba casada, conque no existía la menor posibilidad de un idilio, pero era tan guapa, me trataba con tanta amabilidad y estaba tan dispuesta a reírse con mis chascarrillos desaboridos que los días en que libraba la echaba literalmente de menos. Desde un punto de vista estrictamente antropológico, descubrí que, de todas las tribus que había conocido hasta entonces, la de los brooklynianos era la más dispuesta a hablar con desconocidos. Se inmiscuyen en los asuntos del prójimo cuando les da la gana (hay ancianas que echan un rapapolvo a las madres jóvenes por no abrigar lo bastante a sus hijos, o transeúntes que increpan a los que pasean al perro por tirar de la correa más de la cuenta); discuten como chiquillos desquiciados por una plaza de aparcamiento, y te sueltan por sistema cada cuchufleta que te quedas a cuadros. Un domingo por la mañana me metí en una delicatessen que estaba de bote en bote y que tenía un nombre de lo más absurdo: La Bagel Delight. Fui a pedir un bollo cinnamon-raisin pero se me trabó la lengua y me salió cinammon-reagan. El joven dependiente la cazó al vuelo y me soltó: «Lo siento, no nos quedan. ¿Por qué no se lleva un pumpernixon [1]?». Rápido. Rápido de narices. Casi me meo encima.

 

A raíz de ese lapsus linguae por fin se me ocurrió una idea que le habría parecido bien a Rachel. Tal vez no fuese lo que se dice una idea, pero por lo menos era algo y, si lograba ceñirme a ella tan rigurosa y religiosamente como era mi intención, habría encontrado un proyecto, el pequeño pasatiempo que andaba buscando para escapar de mi indolente y soporífera rutina. A pesar de que el proyecto era humilde, decidí ponerle un nombre grandilocuente, ampuloso incluso, con el objeto de engañarme y hacerme creer que me traía entre manos algo importante. Lo bauticé como El libro del disparate humano, y lo que me propuse fue dejar constancia, en el lenguaje más llano y claro posible, de todas y cada una de las meteduras de pata, de los planchazos, bochornos, manías, dislates e idioteces en que hubiese incurrido durante mi larga y procelosa carrera de hombre. Cuando no se me ocurriesen más historias que contar de mí mismo, escribiría sobre lo ocurrido a conocidos míos, y cuando esta fuente también se secase, recurriría a acontecimientos históricos y registraría las locuras de mis congéneres a través de los tiempos, empezando por las extintas civilizaciones de la antigüedad y avanzando en el tiempo hasta llegar a los primeros meses del siglo XXI. Como mínimo, me serviría para echar unas risas. No pretendía abrir mi corazón ni abandonarme a sombrías introspecciones. El tono sería desenfadado y jocoso de principio a fin; mi único propósito era entretenerme y consumir el máximo número de horas al día que me fuese posible.

Al proyecto le puse nombre de libro, pero la verdad es que de libro no tenía absolutamente nada. Usando blocs amarillos de oficina, folios sueltos, reversos de sobres y cartas de propaganda con formularios para solicitar tarjetas de crédito y préstamos bancarios para reformas en el hogar, fui recopilando toda una colección de anotaciones aleatorias, un batiburrillo de anécdotas inconexas que arrojaba dentro de una caja de cartón tan pronto como remataba una historia. Mi locura no seguía pauta alguna. Muchos de los escritos no pasaban de unas pocas líneas, y unos cuantos, en particular los despropósitos lingüísticos y los retruécanos involuntarios que tanto me gustaban, se limitaban a una simple frase. Chilled greaseburger, hamburguesa de grasa helada, en vez de grilled cheeseburger, hamburguesa con queso a la parrilla, frase que me salió de la boca un buen día durante mi tercer año de instituto, o aquella sentencia cuasimística, profunda sin habérmelo propuesto, que le dediqué a Edith en mitad de una de nuestras encarnizadas peloteras conyugales: «Lo veré cuando lo crea». Siempre que me ponía a escribir, cerraba los ojos y dejaba vagar la mente a su antojo. De esa manera, relajándome a la fuerza, logré desenterrar una cantidad considerable de material procedente del pasado más remoto, cosas que ya había dado por perdidas para siempre. Como la vez aquella (por citar uno de esos recuerdos), en que a Dudley Franklin, un compañero de sexto curso, se le escapó un pedo prolongado y trompetero durante una pausa silenciosa en mitad de clase de geografía. Todos nos reímos, faltaría más (no hay cosa que le haga más gracia a una clase de chavales de once años que un buen cuesco), pero lo que hizo de aquel incidente algo distinto, lo que lo sacó de la categoría de bochornos secundarios para convertirlo en clásico, en imperecedera obra maestra digna de figurar en los anales de la vergüenza y la humillación, fue el hecho de que Dudley fuese tan cándido como para cometer el error garrafal de disculparse. «Perdón», dijo, con la vista clavada en el pupitre y sonrojándose hasta que las mejillas se le pusieron como un camión de bomberos recién pintado. Nunca jamás hay que reconocer un pedo en público. Es la ley tácita, el más riguroso de todos los preceptos de la etiqueta estadounidense. Los pedos no vienen de ninguna parte; son emanaciones anónimas que pertenecen al grupo en conjunto y, aun cuando todos los presentes pudiesen perfectamente señalar al culpable, lo más sensato es actuar como si no hubiese pasado nada. El pánfilo de Dudley Franklin, sin embargo, era demasiado sincero como para eso y le siguieron tomando el pelo años y años. A partir de aquel día empezaron a llamarlo Dudley Perdón y se quedó con el mote hasta que acabó el instituto.

Las historias parecían clasificarse bajo diferentes epígrafes y, al cabo de un mes de iniciado el proyecto, abandoné el sistema de la caja única en favor de un conjunto de varias cajas que me permitiese, una vez finalizada mi labor, conservarla de manera más coherente. Una caja para pifias verbales, otra para desgracias de índole física, otra para ideas fallidas, otra para patinazos de tipo social, etcétera. Poco a poco fui interesándome particularmente por los lances bufos del día a día. No sólo las incontables ocasiones en que, a lo largo de mi vida, me he pillado los dedos o me he dado un coscorrón, ni tampoco la frecuencia con que las gafas se me han caído del bolsillo de la camisa al ir a anudarme los cordones (con la consiguiente humillación que supone dar un traspiés hacia delante y aplastarlas de un pisotón), sino esos percances tan peregrinos que he sufrido repetidas veces desde mi más tierna infancia. Cierta merienda campestre el Primero de Mayo de 1952 en que, hallándome en pleno bostezo, se me metió una abeja en la boca, la cual, presa yo de un súbito ataque de pánico y asco, en lugar de escupir me tragué accidentalmente. O, más insólita si cabe, aquella otra vez, hace siete años, en viaje de negocios, en que al ir a subir a bordo de un avión con la tarjeta de embarque levemente sujeta entre el pulgar y el corazón, me empujaron por detrás y vi cómo la tarjeta se me resbalaba entre los dedos, salía volando en dirección a la rendija que había entre la rampa y la puerta del avión –la rendija más estrecha de todas las rendijas que en el mundo han sido, menos de milímetro y medio, si llegaba–, y, para gran pasmo mío, se colaba limpiamente por ese espacio imposible para aterrizar en el asfalto, siete metros más abajo.

El mejor de todos fue el episodio del inodoro y la máquina de afeitar. Se remonta a la época en que Rachel iba al instituto y yo todavía vivía en casa, un gélido día de Acción de Gracias, a eso de las tres y media de la tarde, con una docena de invitados a punto de llegar, a las cuatro. Edith y yo acabábamos de renovar –por un ojo de la cara– el cuarto de baño del piso de arriba, conque estaba todo flamante: el alicatado, los armaritos, el botiquín, la ducha y la bañera, el lavabo, el inodoro y toda la fontanería. Yo estaba en el dormitorio, haciéndome el nudo de la corbata delante del espejo del armario; Edith estaba abajo, en la cocina, vigilando el pavo y dando los últimos retoques a todo, y Rachel, que por entonces tendría dieciséis o diecisiete años, después de haberse pasado toda la mañana redactando un trabajo de física, estaba en el cuarto de baño, acicalándose a toda pastilla antes de que llegasen los invitados. Acababa de ducharse en la ducha nueva y ahora estaba delante del inodoro nuevo, con el pie derecho en el borde de la taza y depilándose la pierna con una máquina de afeitar Schick a pilas. En un momento dado, la máquina se le escurrió y se le cayó dentro de la taza. Metió la mano y trató de sacarla, pero estaba atascada en el agujero y no conseguía agarrarla bien. Fue entonces cuando abrió la puerta y gritó «¡Papi» (a la sazón todavía me llamaba Papi), «necesito ayuda!».

Y allá que fue Papi. Lo que más gracia me hacía de todo aquel aprieto era que la máquina de afeitar, aun sumergida, seguía zumbando y vibrando. Era un ruido singularmente pertinaz y desagradable, un perverso acompañamiento auditivo a lo que de por sí ya constituía un embolado extraño y puede que hasta sin precedentes. Si encima le añadías el zumbido, además de extraño resultaba irrisorio. Al ver lo ocurrido me eché a reír, y cuando Rachel percibió que no era a costa suya, hizo lo propio. Si tuviese que elegir un instante, un único recuerdo que atesorar de todos los momentos que he compartido con mi hija en los últimos veintinueve años, creo que sería ése.

Rachel tenía las manos mucho más pequeñas que yo. Si ella no había podido desencajar la máquina de afeitar, poco cabría esperar de mí, pero lo intenté para que no se dijese. Me quité la americana, me remangué la camisa, me eché la corbata por encima del hombro y metí la mano. El cacharro estaba atascado con ganas, no había nada que yo pudiese hacer.

Tal vez un cable de fontanero nos hubiese servido, pero como no teníamos, deshice una percha de alambre y probé a introducirla por el agujero. A pesar de ser alambre fino, resultaba demasiado grueso para aquel propósito.

Recuerdo que entonces sonó el timbre: eran los primeros de los muchos parientes de Edith. Rachel seguía en albornoz, de rodillas, contemplando mis infructuosos intentos por extraer la máquina con el alambre, pero el tiempo volaba y le dije que más valía que se fuese a vestir. «Voy a desconectar el inodoro y darle la vuelta», dije. «Puede que así consiga sacar el chisme por el otro extremo». Rachel sonrió, me dio una palmadita en el hombro como si pensase que me había vuelto majara y se levantó. Según salía del baño le dije: «Dile a tu madre que bajo en cinco minutos. Si te pregunta qué estoy haciendo, le dices que no es asunto suyo. Si insiste, le dices que estoy luchando por la paz mundial».

En el armario de las sábanas que había junto al dormitorio teníamos una caja de herramientas. Una vez cerrada la válvula del inodoro, cogí unas tenazas y arranqué la taza del suelo. No sé cuánto pesaba el invento aquél. Conseguí levantarlo en vilo, pero pesaba demasiado como para sentirme capaz de darle la vuelta sin que se me cayese, sobre todo en un cuartucho tan apretujado. Tenía que sacarlo del baño, pero como me daba miedo rayar el suelo de madera si lo plantaba en el recibidor, se me ocurrió bajarlo al primer piso y sacarlo al jardín de atrás.

A cada paso que daba, la taza parecía ganar unos cuantos kilos más. Cuando llegué al pie de las escaleras tenía la sensación de llevar un elefantito blanco en brazos. Por suerte acababa de llegar uno de los hermanos de Edith y, al ver lo que estaba haciendo, se acercó a echarme una mano.

–¿Qué pasa, Nathan? –preguntó.

–Aquí, cargando con la taza del wáter –le dije–. Ayúdame a sacarla al jardín.

Para entonces ya habían llegado todos los invitados, que se quedaron como embobados contemplando la grotesca escenita de dos tíos en camisa y corbata atravesando los cuartos de un chalet de las afueras con una taza de wáter en brazos el día de Acción de Gracias. Olía a pavo por todas partes. De fondo sonaba una canción de Frank Sinatra (“A mi manera”, si mal no recuerdo) y la encantadora Rachel, tímida hasta decir basta, lo observaba todo con cara de trágame tierra, sabiéndose culpable de haber trastocado la fiesta que con tanto esmero había organizado su madre.

Sacamos al elefante y lo colocamos boca abajo encima de la parda hierba otoñal. Ya no recuerdo cuántas herramientas diferentes saqué del garaje, el caso es que ninguna servía. Ni el palo del rastrillo, ni el destornillador, ni el cortafríos o el martillo: nada. Y la máquina, a todo esto, zumba que te zumba, salmodiando su interminable aria monocorde. Unos cuantos invitados se nos habían unido en el jardín, pero les empezó a entrar hambre y frío, se fueron aburriendo, y uno a uno fueron regresando al interior. Todos menos yo, el empecinado Nathan Glass, que nunca ceja hasta rematar la faena. Cuando finalmente me hice cargo de que toda esperanza era vana, agarré un mazo e hice añicos la taza. La máquina rebelde cayó al césped. La apagué, me la metí en el bolsillo y al entrar en casa se le entregué a mi ruborizada hija. Que yo sepa, la muy condenada todavía funciona.

Son sólo algunos ejemplos. En los dos primeros meses escribí docenas de historias como ésas, pero por más empeño que puse en mantener un tono frívolo y desenfadado, me di cuenta de que no siempre era posible. Todos estamos expuestos a rachas de melancolía y he de admitir que en ocasiones sucumbí a la soledad y al desánimo. Me había pasado la mayor parte de mi vida laboral en el negociado de la muerte y había oído tantas historias macabras que no podía evitar pensar en ellas cuando andaba mustio. Toda la gente que había visitado a lo largo de esos años, todas las pólizas que había vendido, todo el pavor y la desesperación que me habían confiado mis clientes durante nuestras charlas… Al final terminé por añadir otra caja a mi colección. Le puse la etiqueta “Destinos crueles” y la primera historia que guardé dentro fue la de un hombre llamado Jonas Weinberg. En 1976 le había vendido un seguro de vida universal de un millón de dólares, cantidad astronómica para la época. Recuerdo que acababa de celebrar su sexagésimo cumpleaños, era un internista afiliado al Columbia-Presbyterian Hospital y hablaba inglés con un ligero deje alemán. Vender seguros de vida no es una labor exenta de pasión y un buen agente ha de saber defenderse en lo que a menudo se torna una conversación escabrosa y atormentada con sus clientes. Ante la perspectiva de la muerte uno tiende inevitablemente a reflexionar sobre asuntos serios, y por más que una parte del trabajo de vendedor de seguros de vida tenga que ver única y exclusivamente con el dinero, otra también está relacionada con las cuestiones metafísicas más trascendentales. ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Cómo podré proteger a mis seres queridos cuando ya no esté? El doctor Weinberg, en virtud de su profesión, poseía una lúcida noción de la fragilidad de la existencia humana, de lo poco que cuesta borrar nuestros nombres del Libro de los Vivos. Nos citamos en su apartamento de Central Park West y cuando terminé de exponerle los pros y los contras de las diferentes pólizas disponibles, se puso a rememorar el pasado. Me contó que había nacido en Berlín en 1916 y que como a su padre lo mataron en las trincheras de la primera Guerra Mundial, quien lo crió como hijo único fue su madre, actriz para más señas, una mujer extremadamente independiente, a veces incluso escandalosa, que jamás mostró el más mínimo interés en volver a casarse. Igual me paso sacando punta a sus comentarios, pero tengo la impresión de que el doctor Weinberg me estaba dando a entender que a su madre le gustaban más las mujeres que los hombres y que, en los frenéticos años de la república de Weimar, debió de hacer gala de dicha preferencia sin el menor recato. En contraste con la impetuosa Frau Weinberg, el joven Jonas era un jovencito muy callado y estudioso que sacaba unas notas excelentes y soñaba con ser médico o científico. Tenía diecisiete años cuando Hitler se hizo con el control del gobierno y pocos meses después su madre ya estaba preparándolo todo para sacarlo de Alemania. Unos parientes de su padre afincados en Nueva York aceptaron acogerlo y Jonas salió del país en la primavera de 1934, pero su madre, pese a haber demostrado estar muy al tanto de los peligros que en el Tercer Reich se cernían sobre los no arios, rechazó, tozuda como ella sola, la oportunidad de marcharse también. Su familia había sido alemana durante siglos, le explicó a su hijo. ¿Cómo diantres iba a permitir ella que un tiranuelo de tres al cuarto la mandase al exilio? Estaba empeñada en aguantar mecha contra viento y marea.

Y el caso es que aguantó. De milagro, pero aguantó. El doctor Weinberg tampoco entró en detalles (puede que ni él mismo llegara a enterarse nunca de toda la historia), pero por lo visto su madre, en varios momentos críticos, recibió ayuda de un grupo de amigos gentiles, y hacia 1938 o 1939 había logrado agenciarse una documentación falsa. Cambió de imagen radicalmente –algo no muy difícil para una actriz especializada en personajes excéntricos– y bajo su nuevo apellido cristiano y su disfraz de rubia con gafas, anticuada y sosaina, se procuró un trabajito como contable de una tienda de confecciones en una pequeña ciudad a las afueras de Hamburgo. Cuando terminó la guerra, en la primavera de 1945, llevaba once años sin ver a su hijo. Para entonces Jonas Weinberg contaba cerca de treinta años, era un médico hecho y derecho a punto de terminar su internado en el Bellevue Hospital, y en cuanto se enteró de que su madre había sobrevivido a la guerra se puso a iniciar los preparativos para que fuera a verlo a los Estados Unidos.

Lo planearon todo hasta el más mínimo detalle. El avión aterrizaría a tal hora, los pasajeros desembarcarían por tal puerta, y allí estaría Jonas Weinberg para recibir a su madre. Sin embargo, justo cuando se disponía a salir hacia el aeropuerto, lo llamaron del hospital para una operación de urgencia. ¿Qué iba a hacer el hombre? Como médico que era, por más que ardiese en deseos de reunirse con su madre después de tantos años, se debía, ante todo, a sus pacientes. Deprisa y corriendo puso en marcha un plan alternativo. Llamó a la compañía aérea y pidió que mandasen a un representante a recibir a su madre cuando desembarcase en Nueva York para explicarle que su hijo había tenido que ocuparse de un asunto de última hora y que cogiese un taxi hasta Manhattan. Que le había dejado una llave al portero y que subiese a casa y lo esperase allí. Frau Weinberg siguió las instrucciones y enseguida encontró un taxi. El taxista salió zumbando y a los diez minutos de trayecto perdió el control del vehículo y se estrelló de frente contra otro coche. Tanto él como la pasajera resultaron gravemente heridos.

Para entonces el doctor Weinberg ya se hallaba en el hospital, listo para empezar a operar. La intervención duró poco más de una hora. Cuando hubo terminado, el joven doctor se lavó las manos, volvió a vestirse de calle y salió corriendo de los vestuarios, ansioso por llegar a casa y poder celebrar el postergado reencuentro con su madre. Al llegar al vestíbulo vio cómo ingresaban en el quirófano a una nueva paciente.

Era la madre de Jonas Weinberg. Según me contó él mismo, murió sin llegar a recobrar el conocimiento.

[1] El desatino lingüístico del narrador es intraducible. Se basa en la relativa semejanza fonética entre raisin (uva pasa) y Reagan. La ingeniosa creación del tendero deriva de pumpernickel (pan integral de centeno). [N. del t.]

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