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Como la mayoría de los seres humanos, viví mi primera experiencia con el agua en pañales; y dentro de no mucho tiempo es posible que la última sea igual. Sin embargo, la primera experiencia acuátiCa apartada del cauce humano habitual fue sin duda saltar de la plataforma flotante de madera del lago Pelahatchie, en Misisipí, hacia 1949, más o menos a los cinco años. No sé cómo llegué hasta la plataforma, porque desde luego no sabía nadar, pero algo me hizo creer que probablemente podría volver a nado… hasta la orilla. Así que salté. Fue un poco como un sueño que tengo a veces en el que hablo ruso (cuando no sé) o toco el violoncelo (tampoco). Y empecé a hundirme cada vez más. Lo que recuerdo es que abrí los ojos, debajo de la superficie, y que o el agua estaba roja como una llama o mi visión se había encendido con el ahogamiento repentino, que era lo que me estaba sucediendo. una mano (de alguien) me agarró entonces y volví a subir, me alejé del fondo blando y cenagoso y salí al aire cargado de sol estival, que me impresionó, que engullí, que acababa de abandonar hacía tan poco y con tanta inconsciencia. No sé de quién era aquella mano. No sé qué pasó a continuación. Todo se ha quedado, por supuesto, olvidado.

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