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Martin Balzola

Por espejo, oscuramente» es una frase célebre del apóstol Pablo procedente de la misma epístola en la que sostiene que sin amor no hay nada. Quien pueda entender la palabra antes de que se pronuncie, antes de que los sonidos formen las imágenes de la palabra, será capaz de ver el enigma a través del espejo, es decir, el rostro divino. Así pensaba San Agustín al especular sobre Dios y el verbo. Es una frase ciertamente misteriosa, sugerente; prueba de ello es que ha animado a creadores y pensadores a lo largo de la historia desde el propio San Agustín, a músicos como Brahms o Zbigniew Preisner que la usó en una aria para la película Azul de Krzysztof Kieslowski. También Ingmar Bergman indaga en el desamparo espiritual, en el silencio obstinado de Dios. Desde los cuentos de Sheridan Le Fanu a una conferencia de George Steiner, desde los juegos semánticos de los Rolling Stones en Through the Past Darkly y Philip K. Dick y su Through a Scanner Darkly, hasta últimamente la serie de televisión Black Mirror, sobre el creciente malestar con la intromisión tecnológica y sus implicaciones en la vida contemporánea.

Mandelbrot afirmaba que el sueño de la ciencia es partir de un revoltijo para lograr explicarlo con una fórmula sencilla. También dijo que las montañas no son conos, las nubes no son esferas, las costas no son círculos ni los ríos líneas rectas. Esta abstracción del mundo real es un ejemplo del pensamiento topológico, que investiga las invariantes que se conservan tras una transformación, una geometría que cobra cuerpo a través del movimiento. Hay quienes creen que nuestros pensamientos más íntimos se pueden descifrar al cartografiar el movimiento del ojo. Y estos datos agregados en un mapa de los movimientos oculares a lo largo de las culturas y las sociedades podrían mostrar una suerte de patrón de conducta lo bastante sensato para predecir futuras acciones. Es el fractal de la conciencia humana que podría darnos el mapa topográfico del inconsciente colectivo, o el ojo transparente: «nada soy, veo todo». El iris como el horizonte fractal del deseo, la huella de Dios que se revela en la bruma corneal como el vaho en el espejo.

Los datos no son números sino Gestalten, escribe Matteo Pasquinelli, «estructuras convertidas en imagen: puntos in nitos que dibujan la silueta de una nueva singularidad emergente contra el fondo de unos datos que, en apariencia, no tienen sentido». Imbuimos de sentido los datos al buscar y reconocer las convergencias, las continuidades y los vínculos, sus vasos comunicantes, los susurros. Les damos propiedades físicas. Un espacio. Un futuro. La apofenia es el hecho de reconocer una imagen, un rostro humano, un patrón donde no hay ninguno: es un espejismo en la superficie de los datos.

¿Con qué fin buscamos actualmente revelar la huella divina? ¿La curiosidad? ¿La pasión por la belleza? ¿Un conocimiento universal profundo que mejore el mundo? ¿O se trata en realidad simplemente de un proceso colonial alimentado por el afán de poder y el lucro? La línea topográfica del futuro de esa ecuación, ya que la ciencia y las matemáticas se han convertido en los nuevos oráculos y videntes, es una imagen inquietante: la crónica de una muerte –de mucha muerte– anunciada. Como drones que confunden bodas con aquelarres de terroristas. Las pantallas de los ordenadores son el nuevo escudo de Aquiles, o si creemos en el individuo, el doblón del capitán Achab.

El filósofo iraní Daryush Shayegan vislumbra un nuevo encantamiento del mundo secularizado. En ese espacio de transmutaciones, en ese otro sistema de organización alcanzable a través del espejo, «la modernidad resbala de las manos, pierde su eficacia, no nos sirve ya de guía, y la experiencia está signada por la desorientación: aquí estamos a la deriva, sí, y aquí es donde hay diálogo. Pero no un diálogo divertido entre culturas, sino el de la metahistoria». En este mundo nuevo en el que los seres humanos y las máquinas están creando un nuevo verbo común, creemos que las máquinas se aproximan a los hombres, aunque más bien parezca que nos estamos acercando cada vez más a las máquinas. Esta época ya se reconoce por su déficit de la emoción más humana: la empatía.

La filosofía está escrita en el gran libro que es la naturaleza, que tenemos abierto delante de los ojos (el universo), y utiliza el lenguaje de las matemáticas, dice Galileo en El ensayador. Sus caracteres son triángulos, círculos y otras guras geométricas «sin las cuales sería imposible entender una sola palabra; sin ellos es como girar vanamente en oscuro laberinto». El laberinto es el lugar por antonomasia del mito y de la poesía, como sabe el profesor de matemáticas yazidí que dice al narrador de Rodrigo Rey Rosa en una cueva: «yo soy profesor de matemáticas. Las matemáticas son una clase de ficción». Deleuze y Guattari consideran que las matemáticas no son una ciencia, sino un prodigioso argot, y además nomádico. El arte es saber combinar las múltiples relaciones en juego.

En este número exploramos la identidad y la subjetividad narrativa en la era digital, cuando las estructuras políticas ven su hegemonía disputada por las grandes corporaciones de la tecnología –Google, Facebook, Apple–, y el capitalismo globalizado insomne, nervioso, se vuelve más depredador cuanto más nos alejamos de la historia de los trágicos sucesos del siglo XX. «La literatura comprometida, beligerante, a veces se vuelve impotente ante la complejidad del mundo –escribe Adam Zagajewski–. Uno se siente tentado a reclamar que en la literatura exista algo semejante al tan famoso entre los matemáticos Teorema de Gödel sobre la incompletitud de los sistemas lógicos que, si lo entiendo bien, requieren un metasistema para ser valorados. Ignoro qué ocurre en el campo de la lógica, pero los autores de poemas, novelas y ensayos no disponemos de un sistema superior así. Sólo nos quedan la conciencia, la buena voluntad y la razón, que tiene muchos hermanos y hermanas: la pasión, la ambición, el coraje o la ausencia de él.» No hay nada nuevo bajo el sol, pero desde la desmemoria, todo es nuevo. Los viejos dioses y el nuevo. ¿Cuáles serán los nuevos mitos creados en la era de los datos?

Carmen Hermosillo, una de las pioneras en las experiencias y posibilidades del mundo virtual, destaca ya en los noventa que no hay un allanamiento de las jerarquías, sino una mercantilización de la personalidad del individuo por parte de los señores de los datos en una compleja transferencia de poder e información: «mis pensamientos se entregan gratuitamente y las entidades de consumo y servicios los venden como entretenimiento». La base de datos es el nuevo archivo del poder, simbólica y políticamente. La cuadrícula del código binario se disuelve, creando ondas, escribe Pasquinelli, «su forma de poder es la modulación más que la disciplina, y su técnica de navegación, el surf, más que la enumeración». La imaginación que no ha sido usurpada aún es un lugar sin estrías. Un océano. Un desierto. Nómada. Es espacio abierto, amorfo, donde se puede pensar.

Si el nuevo sistema mercantiliza el tiempo y el espacio, entonces lo subjetivo, los espacios de la imaginación y los sueños, como el abismo, siguen siendo peligrosos, rebeldes, laberínticos. Refiriéndose a la obra inmensa de Bachelard, Foucault habla en «De los espacios otros» de fantasmas, de nuestras primeras percepciones, que guardan en sí mismas cualidades que son como intrínsecas; «un espacio liviano, etéreo, transparente, o bien un espacio oscuro, rocalloso, obstruido» espacio de las cimas, o espacio del barro, que está corriendo como el agua viva, o fijo, detenido como la piedra o como el cristal.

En San Francisco, una empresa elabora joyas que parecen al principio telas de araña, pero se trata de cartografías cronoespaciales de un viaje significativo, de un traslado a algún lugar que tiene un valor simbólico o transformador de la identidad. Una modalidad moderna, críptica, del retrato. El brillo rosáceo del colgante en forma de pez cristiano es lo que sirvió como interruptor para que el escritor de Blade Runner, Philip K. Dick, viviera ese episodio místico que lo trasladó a la roma del primer siglo de nuestra era, al día después de que crucificaran a Jesús y antes de su resurrección.

el pensamiento nómada, la interconectividad, la simultaneidad, el encaje de diferentes identidades. La mezcla de símbolos, amalgama de iconos y mandalas, el yin y el yang en combinaciones inagotables para un bosque renovado como el de Agustín Ibarrola. Experimentamos con formas nuevas, se saltan las barreras narrativas como en el cuento de Carlos Labbé, que pauta la lectura para crear casi un efecto físico. «El interés por los híbridos en el campo de la ficción se desprende del hecho de que esa zona intermedia y sus formas mutantes haya derivado de un universo aparte –dice Daryush Shayegan desde Teherán–, un ámbito de original creación en el que la hibridación es la consecuencia de una exploración sin precedentes del mundo de la imaginación.»

La tecnología ya ha cambiado el pasado de forma inalterable. Anna Della Subin nos recuerda, hipnótica, las palabras de Martin Luther King: «no hay nada más trágico que quedarse dormido durante una revolución». El repliegue de los dioses nos ha dejado un mundo más mágico e irracional que nunca, responde Shayegan. El nuevo mundo secularizado es libre, nómada, pero frágil. Sólo hay que leer las estremecedoras cartas de Alice Sheldon confesándose compungida por engañar a quien había sido su amiga epistolar varios años, Ursula K. Le Guin, cuando se descubrió que era ella el enigmático escritor de ciencia ficción James Tiptree jr.

Quizá los yazidíes tienen razón, el diablo volverá a convertirse en ángel y el hombre se hará semejante a Dios. Toda llegada implica un viaje, bellas máquinas. En la anomalía tenemos la posibilidad de resistirnos a unos sistemas que procuran imponer que el individuo no importa, es un fastidio, en una especie de vuelta al comunismo en versión capitalismo twentyfour-seven. ¿Qué historias contamos ahora? Ya nos han usurpado la identidad de cada uno en la gran base de datos que es el universo del presente y resistir no implica esconderse. Ahora si miramos como narciso en el abismo de los datos, ¿qué rostro nos devolverá la mirada?

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