Daniel Sada, Valerie Miles y Barry Gifford

La primera vez que crucé la frontera de Estados Unidos con México acompañé a una cantante de gospel ciega a un bolo.
Yo tenía dieciséis años y acababa de recibir mi permiso de condu­cir. Karen necesitaba llegar a El Paso y le ofrecí la furgoneta de mis padres, el interior de la cual había reformado la comunidad amish de la localidad, aunque los únicos vehículos que condujeran fue­sen carros tirados por caballos. Partimos de Erie, Pennsylvania, una mañana nevada de enero. Era el final de la década de los se­tenta y recogimos, típicamente, a un autoestopista llamado Ron en Kentucky y viajamos con él hasta Little Rock, Arkansas.
Llegamos a El Paso unos días antes del concierto de Karen y decidimos pasar un tiempo en Ciudad Juárez. Paseando por sus calles, Karen se aferraba a mi brazo justo por encima del codo, si­guiéndome un paso atrás. Yo le describía las escenas del entorno, la gente, el paisaje. Ella, a su vez, escuchaba y tocaba, y compartía conmigo sus impresiones sobre los sonidos y olores. Su cabello era negro como ala de cuervo, su piel muy blanca y los ojos inútiles de un azul intenso. Era una mujer hermosa de un modo casi espectral y yo era en verdad muy joven. Demasiado, ahora que lo pienso,«una ciega guiando a otra». Era audaz caminar con Karen por las fangosas calles de algunos barrios de Juárez, donde pronto nos ex­traviamos, pero siempre he sido imprudente en ese sentido y sen­tía una enorme curiosidad.
No nos ocurrió nada especialmente grave, aunque alguien sí que manoseó furtivamente mi pecho izquierdo y me sentí halaga­da de que se hubiera tomado tantas molestias en tocarlo. Nunca le dije a Karen por qué de pronto apremié el paso cuando, al deam­bular por un vecindario más o menos amenazante, distinguí que a lo lejos alguien nos apuntaba con una escopeta. Un chico me ven­dió una bala por diez centavos. Habría olvidado esa trivialidad si no me hubiera ocurrido algo hace unos años en Barcelona. Cami­naba con una amiga bilbaína por un bulevar y de pronto le di un puntapié inadvertidamente a algo que salió proyectado por la acera. Resultó ser el casquillo de una 38 especial. Me pareció una suerte de siniestra señal de buena fortuna pues yo acababa de cum­plir treinta y ocho años de edad. Recordé de pronto la imagen de aquel chico de Ciudad Juárez. Lo mencioné a mi amiga vasca, pero ella ya estaba refugiándose en el interior de un taxi. Su grito de alarma me exhortó a abordarlo rápido: «¿Estás loca? ¡Tal vez todavía estén por aquí!»
Nuestro hotel en El Paso daba a una autopista que seguía el curso del río Grande, que en ese punto no parecía ni grande ni bravo. Nos sentábamos en el pórtico mientras yo veía a los inmi­grantes ilegales cruzar a todas horas. Se lo describía a Karen mientras canturreaba, se mecía levemente y sus ojos ciegos se dirigían a las nubes. Una tarde, al ocaso, yo veía el sol aparecer y desapare­cer frente a mí cuando ella oscilaba como un metrónomo mientras contenía su tremenda voz en un murmullo por lo bajo. Tarareaba Amazing Grace mientras los inmigrantes se filtraban por la orilla de la autopista y «toreaban los coches» al otro lado de la barrera.
Karen ofreció un concierto memorable en una pequeña iglesia en El Paso. Aporreaba el piano y cantaba para salvar el alma co­lectiva con tal vigor que los feligreses le pidieron que repitiera el concierto en la iglesia vecina de Juárez. Nos quedamos entonces una semana más entre una ciudad y otra. Aunque finalmente tuvi­mos que volver a las ventiscas del norte.
Crecí cruzando fronteras, a menudo por el Peace Bridge que se extiende entre Nueva York y Canadá a fin de visitar a mi familia paterna. Casi nunca nos deteníamos y jamás nos pidieron docu­mentos. Mi padre aminoraba la velocidad del coche familiar ver­de, cargado de chicas y un perro, y saludaba a los guardias mien­tras nosotras atrás hacíamos lo mismo con la mano al pasar. De no ser por el puesto y las respectivas banderas, era imposible saber dónde comenzaba un país y dónde terminaba el otro. Claro que éste no era el caso de Juárez y El Paso, con su riada clandestina a plena luz del día. Los únicos inmigrantes furtivos entre Ontario y Nueva York eran los ciervos, los osos, el Niágara y unas cuantas motonieves a los que poco importaban las identidades nacionales.
Así que cuando tuve ocasión de volver a otro tramo de la fron­tera que tanto me había fascinado en la juventud —muchos años, fronteras e idiomas después— no pude resistir la curiosidad de nuevo. Me dirigí a Tijuana y San Diego para encontrarme con dos escritores, cada cual procedente de uno de los lados de la frontera. Partí de Barcelona esta vez acompañada de mister X, que por ser canadiense y mexicano está situado entre «lo aburrido y lo aterra­dor», como comentó un amigo común. Se trataba de reunir a Barry Gifford y Daniel Sada unos días en Tijuana, paseando sin rumbo fijo y charlando sin guión previo gracias al patrocinio del Fideicomiso para la Cultura México-Estados Unidos.

Welcome to Tijuana, tequila, sexo y marihuana. Se merece en parte su leyenda: narcomafias, prostitución, tráfico de per­sonas, corrupción, en fin, lo de siempre. El callejón Coahuila y sus vías colindantes, los bajos fondos tijuanenses donde se puede visitar la cantina favorita de Manu Chao, son peliagudos: pasa­mos junto a un cadáver en la calle a medio día y frente a las casi niñas que aventan besos a los penes que van de compras a media noche. Allí se puede contratar los servicios de un grupo de maria­chis, una extravagancia que aún trato de entender. Pero Tijuana es a la vez una ciudad bulliciosa, llena de gente de lo más normal que se gana la vida en los centros comerciales, con el turismo, en la oficina. Un paseo por la famosa avenida Revolución demuestra todo un surtido de atracciones: una célebre cafetería cubana que vende habanos coincide con prósperas farmacias para que los gringos puedan atiborrarse de medicamentos a menor precio y sin receta. Hay tiendas de mantas decoradas con mujeres carnosas envueltas en banderas mexicanas, camisetas y recuerdos al gusto de los «güeritos», y cajas con calaveras y calacas, solitarias o en familia, de todo tamaño, forma y tema —los altares del Día de Muertos—. Los mercaderes en la acera se lo pasan bomba en me­dio del estruendo de los bares de copas, ladrando en perfecto in­glés: «Come on in, I’ll rip you off for less» («Pásele, la despojo por mucho menos»).
Tijuana me hechizó de inmediato. Su efusividad, su algarabía, su carácter impredecible tan diametralmente opuesto a una San Diego que me pareció sosa como una cerveza sin gas. Calles rec­tas, gente mayor en coches enormes, la limpia geometría de los es­pacios públicos. Predecible. Desde el lado tijuanense, la «línea» parece un cinturón que ciñe a una gordinflona con hoyuelos, las carnes generosas desparramadas arriba y abajo con absoluta irre­verencia. Casi andábamos encogidos a la espera de que la hebilla reventara en cualquier momento. Del otro lado hay una desolada franja de tierra de nadie en la que no se permite edificar para «mantener el paisaje rural» —un paisaje triste de colinas grisáceas, arbustos, ranchos y algunos caballos— e hileras de tiendas donde se venden los productos fabricados en México.
Bajamos por el trébol de la autopista de San Diego y nos desli­zamos por la frontera como la seda. Al otro lado paramos en un chiringuito de mala pinta, tacos El Gordo, que nos recomendó con un entusiasmo poco frecuente un amigo gourmand neoyor­quino. Tres mesas sucias de plástico y una barraca de madera vo­mitando humo en medio de un bulevar lleno de coches impacien­tes esperando la larga fila para pasar al otro lado. No me apetecía la venganza de Moctezuma, y no sé si la experiencia tuvo algo que ver con el subidón de monóxido de carbono, pero jamás he pro­bado unos tacos al pastor iguales. Desde el primer mordisco me enganché y ya no tuve más la fuerza de voluntad para alejarme de­masiado de ese monumento. Había planeado pasar las noches en San Diego, pero no hubo más remedio que buscar un hotel en el vecindario, donde nos instalamos en una habitación con vistas para asegurarnos de que el Gordo no se fuera clandestinamente al otro lado durante la noche.
Luis Humberro Crosthwaite, un narrador que reside en Tijuana y escribe para el San Diego Unían Tribune, nos llevó a conocer Playas, una zona paradisíaca al lado del mar. Nos habló del plan, Operación Gatekeeper, que Clinton inauguró en 1994 para robus­tecer la frontera. Se emplearon materiales de la época de Vietnam con el fin de levantar un muro que entra en el mar e impide que la gente nade al otro lado. Había sido una reja alta donde las fami­lias separadas solían intercambiarse tacos y enchiladas en la comi­da dominical. Alguna vez llegaron a enfrentarse incluso dos equi­pos de voleibol. Aquello terminó cuando los narcos comenzaron a vender drogas a través de la reja. Hoy día penden calaveras de ma­dera del muro de hierro acanalado, cada una de las cuales lleva el nombre de la persona que ha muerto ahogada intentando llegar al otro lado.
En una colección de cuentos, Luis Humberto inmortalizó La Estrella de la Calle Sexta, un pequeño salón de bailes donde los chicos humildes pueden admirar a «las beibis» y bailar después de la faena. Sólo se sirven refrescos y cervezas, que se mantienen frías encima de las mesas en cubos de metal de una marca de pepinos. Todo es ordenado, y el olor a lejía se mezcla con unos rudimentarios cuartos de baño que preferí no conocer. Las mujeres y los hombres del campo y las maquiladoras, vestidos con sus mejores galas, se menean bajo una esfera de espejos al son de las cumbias («La Monica Lewinsky al presidente le tambalea…», repite una). Los más machos reciben «toques» para demostrar su resistencia a las descargas eléctricas, compitiendo entre ellos, y un chico retra­sado mental limpia con esmero los restos que deja la clientela:

El baile es un ritual sagrado para ellas, algo así como rendir jura­mento o declarar un testimonio ante la corte, como promulgar de­rechos o recibir el sacramento, como si ellas estuvieran en misa y la oración fuera la cumbia sabrosona, amén. Son unas auténticas pro­fesionales que no sonríen cuando bailan. Se sumergen en la danza y uno hace lo mejor para seguirles el paso, uno-dos, uno-dos, nunca resulta, dis bato eint meid for dat chit, las ando pisando y ellas me dicen «Don guorri, nújo, its part of da yob»).

Pero el ambiente tijuanense cambia radicalmente a unas man­zanas, donde el look se vuelve sofisticado y al mundo fashion lo regentan los artistas, djs y músicos topecool de Nortec, que han convertido la ciudad en uno de los centros magnéticos mundiales de la música electrónica. ¿Cómo es que alguien viviendo aquí que­rría residir en San Diego? Rumié en mi habitación, con vistas a El Gordo, que, como se dice en inglés, the only foxes on the other side of the border are silver.

Señor Presidente Fox: Tenemos 35 años de espera y no se hace jus­ticia, usted prometió ayudarnos y no se ha logrado. La Federación nos está robando nuestra tierra, pretende pagarnos 35 centavos el metro cuadrado. Es un robo a Ejido Tampico.

Así reza un cartel que pasamos en la autopista camino al aero­puerto para recoger a Daniel Sada. El taxista era joven, mestizo, con ese pelo liso negro tan brillante como rebelde. La Virgencita de Guadalupe bendecía el panel de la lancha en la que viajábamos, pasando por un campo de beisbol atiborrado, con dos equipos y un amplio público junto a las pistas de aterrizaje:
—Mucha gente que trabaja allá vive aquí. Yo paso todas las mañanas. Y mucha gente tiene sus tiendas aquí, pero todos van a comprar allá. Hasta la gasolina es más barata allá.
—Pero ¿la comida también? —le pregunté, pensando en Tacos el Gordo y Taco Bell.
—No, no, comida es aquí. La comida, allá, puras hamburgue­sas, comida de lata —dijo con una sonrisa que nos lanzó a través del retrovisor. Qué alivio, pensé.
Pasamos por un tramo de «la línea» que ostenta una multitud de cruces de madera blanca: la cifra de muertos que intentan cruzar ca­da año. A partir del 11 de septiembre de 2001 los inmigrantes se han visto obligados a buscar caminos aún más traicioneros. Estas opera­ciones dirigen el flujo a regiones desérticas, como una versión infer­nal del tráfico humano de los aeropuertos que, rumbo a su destino, se dirige por pasillos acordonados como si se tratase de ganado. Al­gunas organizaciones humanitarias exigen incluso que se instalen fuentes en el desierto para paliar la sed de los ilegales, ya que a me­nudo los polleros los abandonan allí, a sabiendas de que, extravia­dos, los condenan a una muerte segura. Del mismo modo que los tra­ficantes en el Estrecho de Gibraltar arrojan de las pateras a sus compatriotas que no podrán llegar nadando a la orilla. Tal vez el go­bierno español o el marroquí quieran colocar algunas boyas para que la gente abandonada en el mar pueda aferrarse.
—¿Cuánto tiempo se necesita para cruzar la frontera ilegal­ mente? —le pregunté al taxista mirando lo que con hipocresía se llama «el muro de la vergüenza».
—No sé, hay veces que ni llegan. Muchos se quedan aquí a tra­bajar o a hacer desastres en Tijuana, a robar y a drogarse; porque trabajo hay bastante. Ahora encontraron un túnel en Tecate, en un rancho, que salía a Otay. En carro agarran bastante diario: a mí me tocó verlo una vez. El perrito (el de la policía) doblaba las patitas para poder meterse más abajo del carro. Y ya, los bajaron a todos, dos mujeres y dos niños. Era una caravana y el perro de­trás colgado. Es asombroso ver a los perros hacer su trabajo.
Daniel llegó sin contratiempos y fuimos a la frontera a recoger a Barry, que bajó desde La Jolla en taxi. Nos dirigimos de nuevo a Playas para romper el hielo y empezar las conversaciones con un ceviche junto al mar. Comencé a entender a Tijuana: del cielo al infierno y viceversa en un pestañeo.

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BARRY GIFFORD: En 1975 conducía un camión para un mercado de vegetales en San Francisco. Me afilié a los Teamsters, el sin­dicato más importante de Estados Unidos. Pero descubrí que los agricultores usaban a los sindicatos como piquetes contra los que recogían la uva y estaban en huelga. A mí no me gustó nada que estuvieran trabajando para los jefes y me aparté. Luego, los Teamsters en Oakland se separaron del sindicato nacional y crea­ron uno independiente. Un día llegó Inmigración, tiraron la puer­ta de la fábrica en el mercado e hicieron una redada de ilegales. Era una táctica de presión, sabían muy bien dónde estaban. El sis­tema todavía es igual al de los años treinta, durante la Depresión, la de los Okies de John Steinbeck. En los sesenta, setenta y ochenta se repitió literalmente en las huelgas con los que recogían la uva en los valles.
DANIEL SADA: Los americanos quieren mano de obra barata. En México es imposible ganar lo que ganan allí, aunque para ellos es barata.
Yo: Uno de los mayores ingresos de México proviene del dine­ro que los ilegales envían a sus casas. Por lo que la situación bene­ficia a los dos gobiernos.
D.: Y los emigrantes ilegales tienen mucho miedo a la policía mexicana.
Y.: Porque llevan dinero cuando vuelven y la policía quiere una tajada. Si lo envían por Western Union y no guardan algo para la policía, les dan una paliza.
D.: Pero supuestamente los norteamericanos están haciendo trabajos heroicos por los inmigrantes, porque los salvan y porque los atienden. Por ejemplo, recogen a los que se van por las zonas áridas, gente moribunda, y se presentan como los salvadores, cuando ellos mismos han propiciado que se vayan por el desierto. Por otra parte, Estados Unidos es un país de esclavos.
B.: ¿Por qué se piensa sólo en la actitud explotadora de Estados Unidos? No lo estoy justificando de ninguna manera, pero el gobierno mexicano ha explotado a su propia gente desde el principio de los tiempos. Cuando se descubrió más petróleo, todo el mundo afirmó: «Esto será un cambio para México, una oportunidad para librarse del yugo y bla, bla, bla», pero no sucedió nunca.
D.: Desde Victoriano Huerta querían librarse de Estados Uni­dos. Huerta quería imponer la disciplina del ejército prusiano y no tener contacto con ellos. Igual que Porfirio Díaz. Pero estoy de acuerdo en que el gobierno mexicano ha explotado a su gente.
B.: El enemigo ahora, sobre todo si las fábricas se van a China, es el propio gobierno mexicano, la clase gobernante. Todas estas idioteces sobre la frontera no son sino lo que encuentras en cual­quier otra: ocurre con los albaneses, en los Balcanes, con los bos­nios. Donde hay fronteras, si hay empleo, la gente las cruzará. Y ahora la Unión Europea está teniendo los problemas que conlle­va, sobre todo el racismo.
Y.: Francia tiene un partido cuya plataforma es ésa. Hasta en Cataluña es un problema. Ningún partido estadounidense se atre­vería a ser tan manifiestamente racista.
D.: Lo más peligroso, como decía Paz, son los nacionalismos. México es un país indígena, es un país criollo, y hay mucha inmi­gración: judíos, alemanes, japoneses.
B.: Creo que necesitan más judíos.
MISTER X: Es un país sin ciudadanos. Hay algunas regiones en las que no rige el estado de derecho a causa del narcotráfico, don­de el negocio es el secuestro, como Juliacancito.
D.: Donde vivía el Señor de los Cielos.
Y.: ¿El Señor de los Cielos?
X.: Un narco que se llamaba así porque tenía una flota de aviones.
B.: ¿Conocen la historia del crítico al que mató Emilio Fernández? Al terminar su nueva película invitó a los críticos a su ha­cienda. Comieron, se emborracharon y vieron la película. «¿Qué opinan?», les preguntó. Uno dice: «La mejor de la historia.» Otro responde: «Magnífica.» El de al lado confirma: «Es insuperable.» Entonces un individuo se pone de pie y dice: «No está mal, pero has hecho otras mejores.» Así que Fernández coge una pistola, le dispara y lo mata. Luego pregunta: «¿Hay más opiniones?»
D.: Era muy nacionalista. El Indio Fernández decía que había que hacer un cine muy mexicano porque éramos malos imitado­res. Pero de los únicos escritores que realmente aprendo es de los americanos, en todo el mundo. Porque los narradores no descali­fican. Si ven algo estúpido tratan de ver qué hay detrás, y pueden encontrar grandes verdades.
B.: Durante muchos años quise escribir sobre las personas me­nospreciadas, el mero reparto de la literatura, del cine. A pesar de lo bajo que se encuentren en la pirámide económica o intelectual, aunque sean pervertidos o asesinos, tienen sentimientos verdade­ros.
Y.: En ese sentido, vuestras literaturas coinciden.
D.: Totalmente, porque yo trato de personas muy simples.
B.: Creo que yo mismo soy algo estúpido.
D.: Yo también. Ése es mi estigma.
B.: Mi ex esposa me dice: «Sabes, para ser un tipo listo eres bastante estúpido.»
D.: Si pusiera personajes inteligentes, tendría que argumentar demasiado.
B.: Estados Unidos es un país heterogéneo y hay un precio que pagar por ello, pero también es una bendición que se refleja en su literatura, de Mark Twain a Faulkner. La novela más importante que se ha escrito en Estados Unidos es Absalón! Absalón! porque aborda el racismo. Jack London fue mi primer héroe literario. Era un trabajador, de clase obrera, que se volvió muy difícil porque ganó mucho dinero, por lo que ya no podía ser socialista. Y en­tonces los socialistas incendiaron su casa.
X: Pero escribió artículos muy racistas contra los mexicanos.
B.: Era un racista pavoroso. Estoy de acuerdo con Hemingway que la literatura de Estados Unidos comienza con Mark Twain, cuando Huck dice: «Es hora de irnos a aquellas tierras, es hora de ir al otro lado del río.» Las tierras quería decir más allá, cruzando la frontera: de lo conocido a lo desconocido. Ésta fue la señal de que la literatura estadounidense tenía que apartarse de la influen­cia europea. Hemingway así lo entendió, aunque sea irónico que tuviera que viajar y escribir sobre París, inventar Europa, España, para demostrar su tesis.
D.: México funciona de otra manera. Lo heterogéneo abre la op­ción a una literatura periférica. En México todo ha sido canónico.
B.: Cuando me entrevistaban por Corazón salvaje la gente pre­guntaba si En el camino de Kerouac había sido un modelo para mí. Respondí que no, que El Quijote es la primera road novel.
D.: Pues yo nací en la frontera y detesto la frontera. A mí no me gusta que esté esa línea y que haya una división.
B.: ¿Recuerdan la película de los hermanos Marx en la que están llegando a Nueva York por barco en los años treinta? Están en la aduana y Groucho muestra su pasaporte: «¿Maurice Chevalier? Us­ted no se parece a Maurice Chevalier.» Entonces responde: «¿Cómo que no me parezco? Se lo demostraré». Y canta: «If a nightingale could sing like you…» Pasa, pero le da el pasaporte a Chico que, a su vez, lo entrega al funcionario. «¿Maurice Chevalier? Usted no se parece a Maurice Chevalier.» Entonces Chico, que siempre hablaba con ese acento italiano, dice: «¿Cómo que no me parezco a Maurice Chevalier?» Y también canta «If a nightingale could sing like you…» Pasa, y le da el pasaporte a Harpo, que no habla nada. El funcionario ha aprendido la lección y le dice: «Usted no se parece a Maurice Che­valier, demuéstrelo.» Harpo abre la boca y se oye la verdadera voz de Chevalier. Pero la victrola que está atada a su espalda empieza a fa­llar. El funcionario intenta detenerlos y Harpo coge todos lo papeles y los pasaportes y los lanza por los aires y con el sello comienza a marcar a todos. En cuanto al absurdo de llevar un pasaporte para identificarte, tiene razón. Es como aquella historia de Traven, ¿re­cuerdan El barco de los muertos? Está en su barco y dice: «¿Para qué quiero un pasaporte? Yo sé quién soy.»
Y.: Es una idea europea importada con la colonización y la con­quista.
D.: La primera nación como tal fue Francia. El concepto mismo es francés, antes estaban los feudos.
B.: Claro, los franceses son los más egoístas. Siempre repito que la tricoleur, c’est pas liberté, egalité et fraternité, mais moutarde, parfum et evian.

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La puesta del sol sobre el Pacífico pinta el cielo de rojo y las nubes empezaron a cobrar una textura aterciopelada. Los matices se intensificaron por momentos, como si el cielo se abriera: los tentáculos de una anémona irritados con el cosquilleo de la luna. Quedamos en silencio con el ritmo de las olas. Parecían pequeñas para tanto es­truendo, y me recordaron las de Estoril: no hay más que océano por delante, y es como si quisieran anunciar su llegada a tierra firme. Atestiguar su travesía. Steinbeck hizo un viaje por estos lares en la compañía de un amigo científico y registró sus impresiones de la na­turaleza silvestre de Baja California en su Log from the Sea of Cortez:
Parece evidente que las especies son como las comas de una ora­ción… Los grupos se funden con otros grupos ecológicos hasta que lo que llamamos vida se une y penetra lo aparentemente inerte: el percebe y la roca, la roca y la tierra, la tierra y el árbol, el árbol y la lluvia y el aire. Y es extraño que casi todo el sentimiento que deno­minamos religioso, casi todo el anhelo místico, una de las más pre­ciadas, empleadas y deseadas reacciones de nuestra especie, no es sino la comprensión y el intento de expresar que el hombre está unido a todo, unido inextricablemente con toda la realidad, cono­cida e incognoscible. El plancton, la leve fosforescencia del mar y de los planetas en sus órbitas y el universo en expansión están en­garzados por el hilo dúctil del tiempo. Es recomendable mirar del remanso a las estrellas y de nuevo al remanso.

BARRY: Mi padre era de Bucovina, parte del imperio de los Habsburgo, después de la primera guerra mundial se convirtió en Rumania, después en Alemania, luego en la Unión Soviética y hoy día es parte de Ucrania.
Y.: Mis abuelos paternos eran rutenos, de los Cárpatos. Se de­cía que podías vivir en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Ru­mania y Ucrania sin tener que irte de casa.
B.: De ahí es mi familia justamente, tal vez seamos primos.
Y.: Tal vez. A comienzos del siglo pasado los rutenos hacían lo mismo que los mexicanos, pero desde mucho más lejos: cruzaban el Atlántico, trabajaban, ahorraban, y volvían a casa con el dinero para sus familias.
D.: Mira aquella casa. Me encantan los lugares abandonados a la orilla del mar.
B.: Hay una diferencia entre la gente que viajó al Nuevo mundo y la que se quedó en el Viejo, y hay más similitudes entre los mexica­nos y los estadounidenses de las que creemos. Siempre me siento más a gusto, más relajado aquí. Como lo que ha dicho Daniel: qué her­mosas son las casas abandonadas a la orilla del mar. Ve la belleza del naufragio. En el Viejo Mundo, en cambio, hacen sus parquecitos tan simétricos y ordenados; me aburren muy rápido.
Y.: La naturaleza allí es más un adorno. Aquí todavía es muy silvestre. Pero es cuestión de tiempo, supongo.
D.: Para mí sería difícil vivir en esos lugares. Pero el tipo de gente que vive aquí en la frontera a mí me exaspera un poco, por­que se ve obligada a utilizar métodos de defensa contra la influen­cia americana y eso, como vida cotidiana, no me gusta. Es una es­pecie de mexicanidad: tengo que ser así porque no me queda otra, estoy en el border.
Y.: En el limbo. Te defines por lo que no eres, no por lo que eres.
D.: México fue un choque de culturas y el mestizaje es fruto de una agresión. El mexicano tiene una ambición de poder desmedi­da por esa humillación. Paz dijo: «En México, el talento sin poder es una abstracción.» Todos los intelectuales mexicanos han ejerci­do el poder y a quien no lo ejerce lo destruyen. El escritor independiente es incomprensible. No existe.
Y.: Los blancos de origen europeo mataron a los indios en el norte porque eran indómitos, y hoy día son figuras entre románti­cas y heroicas.
D.: Es decir, preferían ser vencidos a ser sometidos y preferían morir a ser dominados. Pero además hay la cultura de las contra­venciones: «Por más que me impidas pasar, yo voy a pasar.» Hay una tradición de que la literatura mexicana es solemne. En los años setenta, después de las influencias del rock, de los beatniks, la literatura mexicana se contaminó, se abrió al mundo y dejó de ser solemne. Pero cayó en otro problema: aunque impostada, pa­recía genuina, auténtica. Pero ahora no quieren que se les note el origen, para no parecer folclóricos, y eso me parece doblemente folclórico. No querer que se note que somos de un pueblo del sur o del norte de México, sino que todos los nombres de las personas sean alemanes o austriacos me parece doblemente folclórico.
B.: Faulkner se quejaba, cuando vivió en Hollywood, de que to­dos hablaban con el mismo acento en las películas, por lo que se destruían los regionalismos que eran tan importantes para él en cuanto escritor que narraba el norte de Mississippi.
MISTER X: ¿Y el espanglish?
B.: Sí, oigo espanglish todos los días.
D.: Hay algunos que se dedican a su estudio.
B.: Las universidades estudiarán lo que sea para ganar dinero. Por eso se puede estudiar cine en doscientas universidades estadounidenses. ¿Qué opinión hay de Traven entre los escritores mexicanos?
D.: Es un caso marginal. No consideran que pertenezca a la tra­dición mexicana. Hay que recordar que en México todo parte o todo se inscribe en una tradición. Se agradece que haya escritores que hablen sobre México, pero no están insertos, no son parte de la cultura mexicana.
B.: Lo primero que leí fue El tesoro de sierra Madre. ¿Qué im­porta si es un extranjero el que escribe sobre esto?
D.: Pero también Graham Greene escribió de México. Y D. H. Lawrence. Y Malcolm Lowry.
D.: Muchos piensan que Bajo el volcán debería ser una novela mexicana y a Malcolm Lowry muchos lo consideran un escritor mexicano.
X: Muchos canadienses lo consideran canadiense porque vivió en Vancouver. Hasta Bloom repite el disparate.
D.: Y otros panameños porque también vivió en Panamá. Pero vol­viendo a lo que comentamos, Carlos Fuentes dijo antes de que escri­biera La frontera de cristal que en los próximos años la frontera en­tre México y Estados Unidos iba a ser la más importante del mundo.
B.: Los patólogos dicen que si una persona padece una enfer­medad, eso será lo más importante para ella. Para el camboyano la frontera con Vietnam es la más importante del mundo. Com­prendo por qué lo dice, pero también que su enfermedad es lo más importante para él.
D.: Bueno, eso dijo Carlos Fuentes hace ya muchos años, y no veo que esa frontera haya dado obras. Veo muchas investigaciones he­chas con el escrúpulo académico propio de las universidades, pero …
Y.: ¿Y los chicanos?
D.: Los chicanos están limitados por el costumbrismo o la de­nuncia. Y de este lado no hay consignas. Nadie tiene una idea con­creta de la cultura fronteriza, muchos hablan de las drogas, de la prostitución, de la migración, pero no hay obras importantes. Todo se limita a una literatura local que ni siquiera trasciende Chihuahua. La cultura fronteriza está fuera de las artes, supedita­das al fenómeno de los corridos sobre narcotraficantes de los Tigres del Norte. Nadie está tocando la esencia de la frontera, to­dos se van por los efectos de la situación: el lenguaje de los cholos, los habitantes de las zonas marginales que tienen que incorporar­se a la sociedad, la gente que se niega a adaptarse si pierde sus raíces. Eso no es necesariamente fronterizo. El costumbrismo y la de­nuncia se escriben tanto en Wisconsin como en Nuevo México.
Y.: Pero se percibe en el bullicio en la frontera que algo está su­cediendo.
B.: La esencia de la frontera tiene que ver con la desesperación, un lugar donde se gana dinero, hay oportunidades y oportunistas, el tráfico de drogas, de bienes, de gente. El dinero que cambia de manos y la sospecha sobre los motivos de los demás son lo que crea ese ambiente de nerviosismo y desconfianza. Pero hay gente que vive una vida burguesa; así que ambas situaciones existen en el mismo lugar y tiempo.
D.: No es el tema de la frontera lo que va a ser decisivo, sino la excelencia literaria. No es garantía de calidad que el tema sea can­dente. Creo que un problema de muchos escritores de la frontera es que se obstinan en ser fronterizos.
B.: Por lo que crean su propia identidad. Los números conven­cen si hay un grupo, entonces se le presta atención, como Allen Ginsberg con los beats. Pero quizá de ese magma surja algún ta­lento y entonces los demás lo detestarán.
Y.: Pero ambos sitúan algunas de sus obras en la frontera, como tú, Daniel, en Porque parece mentira la verdad nunca se sabe.
B.: No eliges tus temas, te eligen a ti. Cuando escribí El asunto de Sinaloa soñé con un coche en el desierto y, al fondo, un relám­pago. No sabía qué había en el coche, o adónde iba. Así que escri­bí la novela para saber quién iba en el coche. Y así aparecieron los temas fronterizos.
Y.: ¿Qué opinan de La frontera de cristal de Fuentes, que acaban de mencionar?
B.: Que no tiene el monopolio de la megalomanía.
D.: Es malo.
Y.: Como el cuento en el que compara a unas mujeres con pla­tos de comida. Deben de haber sabido a cartón.
B.: Fuentes es un chico rico, siempre lo ha sido, y frecuenta a otros chicos y escritores ricos. Así que ha perdido la capacidad para co­municarse con la gente que no es de su clase. Tal vez me equivoque; aunque no importa lo que se diga, pues las obras ahí quedan.

Barry Gifford y Daniel Sada

Al anochecer empezó a llover suavemente y ya era hora de que Barry volviera a La Jolla. Cuando llegamos a la frontera, las colas se alargaban hasta perderse de vista. Pedimos al taxi que nos llevara a la Mesa de Otay, a unos veinte kilómetros de Tijuana, un paso siempre más despejado. El taxi no quiso cruzar y nos prome­tió que un colega estaría al otro lado para llevarnos a San Diego. Lo esperamos una eternidad (veinte minutos) pero no llegó nunca. No había más que almacenes, avenidas solitarias y la lluvia persis­tente; poca luz, ni una alma a la vista. Nos encontrábamos sobre subsuelo narco, sin teléfonos ni taxi. Para nosotros implicaba qui­zá tener que andar un rato bajo la lluvia, o volver a la frontera y explicar nuestra situación, pero la desconfianza en las autoridades y su probable sospecha de nuestras intenciones nos disuadieron. En el fondo habría sido poco más que un inconveniente. Intenté imaginar por un momento el temor de un ilegal: víctima de los dos gobiernos, de los delincuentes, de los narcos, de la policía, hasta de las Iglesias que aprovechan su desamparo para conseguir con­versos. Daniel nos había hablado del Cañón Zapata en la Colonia Libertad, un lugar de mucho tráfico en el camino de los emigran­tes, conocido también por el peligro que genera la desesperación. Decidí que sería mucho mejor verlo que imaginarlo. Resultaba im­prescindible hablar con los emigrantes mismos y no con sus inte­resados portavoces para conocer su verdadera situación.
Finalmente pasó una patrulla de la «migra» a lo lejos, a la que Barry llamó con señas. Al aproximarse nos miró como si estuvié­ramos locos y llamó un taxi. Míster X y yo volvimos a Tijuana y a El Gordo, y Barry a La Jolla.

 

Algunos de los lugares más abyectos del mundo se llaman Liber­tad; Liberty City en Miami, o Freetown, por ejemplo. O el Barrio Libre, la red de alcantarillado que conecta las entrañas de Nogales, Arizona, con Nogales, Sonora. Manadas de jóvenes sal­vajes viven en el subsuelo y pasan los días esnifando químicos y acechando a los emigrantes que pasan por allí. Representan un es­labón más de la violencia en cadena: está documentado cómo las autoridades mexicanas incluso obligaron, en su presencia, a uno de esos chicos a violar a otro, por ejemplo.
El Cañón Zapata es como una boca gigantesca, una hondonada rodeada por colinas de arena y tierra cubiertas de matorrales. El filo del primer muro de metal corta el labio inferior de un tajo. En Tijuana las casas están casi trepadas en «la línea», se ciernen desde la segunda planta ya invadiendo el otro lado. Pero aquí las casas, más humildes e inseguras, dejan temerosas alguna distancia hasta la barrera.
A unos quinientos metros al norte hay otro muro, las torres de vigilancia, y se percibe el sonido de un helicóptero a lo lejos. La tierra está seca y hay basura desparramada por todas partes. Apenas hay árboles o arbustos y no parece haber lugar donde ocultarse. Dos perros roñosos están husmeando los desperdicios, uno de los cuales, lamiendo un pañal, impresiona por enclenque. No tiene pelo y apenas se sostiene. Es una especie de escuincle, los perros pelones que los aztecas criaban como alimento, cruzado con quién sabe qué cosa. Los restos carbonizados de fogatas man­chan por tramos el metal acanalado. El sol de medio día es impla­cable cuando encuentra algún hueco entre las nubes. Hay un vien­to que escuece el rostro cuando sopla una ráfaga.
Sale a nuestro encuentro un individuo que ha aparecido como un fantasma. Queremos hablar con algunas personas que esperan cruzar. Llama y aparecen dos más, así de la nada. Leonardo es el más curtido. Tiene unos treinta y cinco años, es mestizo, y su pelo ondulado sale por debajo de una gorra de béisbol. Juan, de unos treinta años, es algo más corpulento pero también bajo. Lleva un bigote, o la sombra de un vello que no hace falta afeitar. El terce­ro es Rigoberto, un indio con el pelo recogido en una coleta. Es muy joven y tímido y sólo chapurrea el español. Es obvio que los otros dos se ocupan de él.
Llevan una semana esperando, durmiendo bajo un árbol a la intemperie. Hoy ya lo intentaron una vez, pero la migra los vio y regresaron antes de que los pudieran pillar. Colocaron el parabri­sas de una camioneta sobre una caja de madera para poder saltar el muro. Una vez, Leonardo tuvo que esperar hasta quince días para cruzar, y cuando le pregunto qué hace mientras espera me dice: «Bueno, espero, y me pongo a ayudar a los que hay por aquí. Y así andamos, no comemos en todo el día, bajamos a la playa y vamos a ver qué encontramos.» Hay un túnel por debajo de don­de estamos, otros en Tecate y Mexicali, nos explican, pero ahora hay mucha agua y tienen miedo de escurrirse por allí. Prefieren es­perar una oportunidad por tierra.
Leonardo lleva diciesiete años cruzando la frontera y Juan once, los dos tienen parientes viviendo del otro lado y van cada año a recoger fresas y aguacates. Sus jefes «gabachos» ya los espe­ran. Pero para Rigoberto es la primera vez y está visiblemente ner­vioso. Casi no levanta los ojos del suelo, aunque lanza miradas furtivas de vez en cuando, y sólo sonríe cuando se da cuenta de que alguien lo está viendo. Entonces responde más con una mueca que una sonrisa. No es de amargura, sino de alguien sosegado en una situación que le asusta, que le supera. Hace poco murió al­guien a quinientos metros de donde estamos. Nadie sabe quién ni por qué. Pero a pesar del peligro que implica cruzar clandestina­mente, prefieren volver a casa después de una temporada y ganar lo que necesitan; añoran a sus familias y sus pueblos. «Pues no todo lo que quisiera, pero gran parte de lo que hemos querido, principalmente la casa» me responde Leonardo cuando le pregunto en qué ha gastado su dinero. Juan compró su coche, pagó el terreno «de a poquito… se va haciendo, está muy caro todo y lo que pagan aquí es muy poquito. Por eso nos vamos cada año». Ahora están esperando a que llueva, porque la patrulla fronteriza no ve bien y prefiere no darles caza.
Según Leonardo, un ilegal gana más o menos lo mismo que una persona con papeles. Pagan mejor si hablan inglés, aunque mu­chos prefieren no aprenderlo por razones de nacionalismo, como los cholos, o simplemente porque no les aparece. «El año pasado me dieron un permiso, me dijeron que fuera a migración, porque tenía años trabajando», nos explica con sus dedos en V. «Yo tenía miedo, pero me dijeron que volviera a regresar, que ellos me lo arreglaban. Ahorita voy a entrar y voy a ir al consulado. Empaqué todas mis cosas en México y le dije a mi esposa que me mandara todos los papeles, y si el consulado me dice que sí, si puedo apro­bar sin problemas con la policía, me legalizo.»
Western Union ha cambiado la travesía de los emigrantes, nos aseguran, y cuando empecé a preguntar acerca de las autoridades, su indignación fue punzante:
—Aquí en este lado nos tratan muy mal. Un día me pararon y un policía me dijo que «¿Qué onda?» Y yo le dije: «Si yo no traigo nada.» Para qué le voy a decir si no soy ni drogadicto ni me gusta nada de vicio. Le digo: «Ustedes que son de nuestro país nos tienen que tratar mejor.» Y te pegan el talonazo como si fueras un delincuente. La migra te habla bien, te preguntan de dónde vienes, no te tratan mal. Y aquí no. Luego allá seguro que le hablo a un gringo y me da dinero si tengo hambre. Pero acá no te dan ni un peso: «Que se muera de hambre.»
A veces, las empresas les proporcionan albergues con camas, luz y lo indispensable; otros viven en apartamentos compartidos en el pueblo y salen a los alrededores a trabajar. Si la policía los detiene, los echan de la empresa y tienen que salir del país, pero si se presentan de nuevo suelen volverlos a contratar. Las redadas de ilegales suelen ocurrir por motivos políticos o como medidas de presión de los poderes fácticos.
—Me dicen que hay muchos polieros que se aprovechan de la gente.
—La mayoría —dijo Leonardo—, esos nomás se quedan con la lana y se van. No tienen corazón.
Pero era Juan el que se mostró más dolido. Antes de hablar sus­piró y frunció el entrecejo. Ya nos había dicho que tenía amigos que habían muerto cruzando:
—Llevan la gente bien lejos y ahí los abandonan… como van bien mariguanos. Así van veinte o treinta, se pierden y como no conocen el camino, «Ahorita regreso, ahorita regreso», y ahí los mandan a morir. La gente que pasa es gente que trabaja a las horas que sea, en donde sea: hay que entrar donde la maquinaria no vaya, como sea. Para llevar un jardín hay que dejar la flor buena, y hay que separar la raíz de la hierba y eso no hacen los americanos. El trabajo más di­fícil es para el mexicano, ellos no lo hacen, ellos nomás con las má­quinas. Si Estados Unidos se propusiera, nos tiene a todos los mexi­canos. Nos da un permiso nomás, tiene toda esa gente que está sufriendo, muriendo por venir a trabajar temporalmente.
—También vienen de más al sur, ¿no es así?
—Vivo en Córdoba y por allí pasan muchos de Guatemala. También vienen de Salvador, Honduras. Nos platican las aventu­ras de cómo son sus policías, así como estamos haciendo ahora con ustedes. Los tratan más mal que uno se imagina. Aquí la úni­ca policía que nos protege es el BETA. Cada tanto pasa y nos pre­gunta si nos han hecho algo.
Sobre la Casa del Migrante, Leonardo nos dijo que los ayudan con la comida, les proporcionan ropa y les permiten ducharse:
—Los vemos, pero estamos encerrados, y queremos ver si tene­mos la oportunidad de pasar. Si vamos allí tenemos que dormir y nosotros no queremos eso. Nosotros preferimos pasar hambre, pasar frío y aguantar para pasar.
—¿Cuándo cree que puedan pasar?
—De pronto… en un descuido… ahora nos ve aquí, pero ya estamos allá.

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Salsipuedes es el nombre de un pueblo. Más bien se trata de un camping con algunos residentes permanentes. Elevado preca­riamente en un acantilado junto al turbulento Pacífico, hay que te­ner cuidado de no acercarse mucho a la orilla. Soplan ráfagas y el terreno es escabroso.
Mirando la costa de Baja California, Daniel nos contó que su pa­dre solía llevarlos a la playa con frecuencia, y a Disneylandia. Era fá­cil cruzar la frontera entonces, y tenían que pasar por Arizona para ir a cualquier lugar de México. Mexicali era como una isla sin auto­pistas que la unieran al resto del país. Lo imaginé con sus hermanos en el coche familiar cruzando la frontera y saludando a los guardias mientras pasaban. En una ciudad tan pequeña la frontera era per­meable, no es un telón de cristal, ni uno de acero.
Y así, en Tijuana, vimos a una indígena sentada en la acera a las afueras de una tienda, con su prole incontable. Su piel de bron­ce brillaba y el cabello era una larga trenza, en el cuello y lóbulos llevaba adornos que parecían guatemaltecos. Flores de papel de aluminio y latas de Coca-Cola estaban esparcidas tras la comida. Estaba claro que ella y su familia estaban haciendo una escala en el camino de las migraciones. Sobre su cabeza un cartel anunciaba TACOS EL GORDO NOW IN CALIfORNIA. En su camiseta ostentaba una bandera de barras y estrellas con la leyenda, alusiva al 11 de septiembre, THESE COLORS DON’T RUN («Estos colores no se destiñen», pero también «Estos colores no huyen»…).
Se quiere que ahora la frontera sea tan inexpugnable como las murallas de Jericó, pero se trata de una futilidad. Uno de los emi­grantes nos dijo: «Te puedes montar cinco, seis o siete barreras, a los migrantes les saldrán alas».

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