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Philippe Halsman

Puede ser que las cosas pasen porque sí, pero yo me he jugado la vida por el drama. He creído, porque en algo hay que creer, que todo sucede por algo y para algo. Y que cada historia del mundo puede ser contada en tres actos. Quizás he visto demasiadas películas. Tal vez he pasado muchas, muchas horas pensando tramas en piyama y frente a la ventana. Porque a estas alturas cargo muy adentro la idea de que desde el fin del primer acto de cualquier biografía, que suele llegar cuando se es expulsado de la infancia y se es empujado por los hechos a ser alguien –cuando se conoce el amor o la farsa o la guerra, por ejemplo–, se empieza a vivir con el futuro en contra, y con el propósito de responderse la pregunta por “¿quién seré en la muerte?”. Vivir es dramático: uno está poniendo en escena su rutina, resignado a su soledad día por día hasta que le sucede un relato por culpa de un revés de fortuna o de un golpe del destino.

Y entonces quiere algo, quiere la reivindicación o la venganza, pero entonces también empieza el drama: y es que tiene muchos problemas para conseguirlo.

Yo creo imperturbablemente en eso. Creo que usted mismo, en un arrebato de ficción, puede releer lo que le ha estado pasando hasta el momento –y verle una forma y encontrarle un sentido– como si fuera el protagonista de su propio drama, como si a fin de cuentas sí hubiera un destino y lo escribiera quién sabe cuál Dios.

Basta reconocer, aunque sea en voz baja, quién es usted. Qué clase de persona, de personaje es. Qué quiere de la vida, sí, pero también qué necesita vivir para tragarse su farsa, para descubrir quién es el actor que interpreta el papel. Y cuál es el final suyo que dejaría en paz a sus espectadores: “tenía que ser así…”.

Todo en la vida, empezando por la vida, ocurre en tres actos: el principio y el medio y el fin. Y esa idea, que está cumpliendo veinticinco siglos hoy, es nada más y nada menos que una fe, una sospecha forzada a ser certeza. Pero créame que yo me encogería de hombros –y repetiría “cada cual hace sus cosas”, y seguiría en lo mío, en los personajes y sus odiseas– si alguien me probara que la experiencia en el mundo es episódica y azarosa, que esto no es una dramática marcha hacia un clímax, sino una bellísima y espeluznante suma de peripecias porque sí. Todo es susceptible de ser probado, todo. Sé, porque lo he visto, que según las circunstancias una misma persona puede arruinar o celebrar la misma cosa, atacar o defender una misma idea, despreciar o valorar a un pobre hombre que apenas tiene tiempo para descansar un poco de las cosas.

Y puede hacerse, puede probarse que nada tiene forma y nada tiene fondo –y lo contrario: que cada vida es un plan de un Dios puesto en escena por un pobre hombre, pobre–, pero yo me la juego por el drama.

El drama es una forma de poner en orden una historia, sí, pero sobre todo es la mejor manera de fingir que los hechos tienen un sentido, que la vida siempre está yendo a alguna parte. La palabra “drama” significa, si uno quiere, “actuar”, “poner en marcha”. Así que quien se dedica a su oficio, al oficio del drama o al que sea, se dedica en realidad a la puesta en escena. Necesita, primero que todo, un personaje: quién, si no, va a sobreponerse, a hundirse, a perdonarse; quién, si no, va a tratar de repararse en vano como el Humpty Dumpty que se encuentra Alicia en A través del espejo. Requiere, después, tener en claro que la esencia de lo que está haciendo es la pregunta por cuál será el final de todo esto: el suspenso. Y jugársela toda por la ficción que se elija como un capitán dispuesto a hundirse con su Titanic.

Creo que todo aquel que elige un oficio elige en realidad una ficción, no una mentira, no, una ficción. El abogado suele darse cuenta, en un momento de epifanía que sólo confiesa a unos pocos, que él en estricto sentido se dedica a convencer a los otros de su versión de los hechos, punto. El político lleva al extremo su quimera como cualquier mitómano: la verdad es su verdad y así lo sostendrá incluso en la cárcel. El religioso parte de la base de Dios: “fue así”, se dice, “y así será y así es como quiero que sea”. El artista busca vivir fuera de las oficinas, como un gánster dentro de la ley que hace lo que le da la gana, y a veces logra convencer a cientos y a miles y a millones de su propio mundo. Todo oficio es una ficción: una forma de perseguir un clímax, una reivindicación al final.

Y el narrador tiende a creer (“creer” es la palabra clave en este caso) que la mejor manera de articular esta experiencia es el drama.

Créalo o no, el drama es el esqueleto del cine, del teatro, de la novela, del cuento, de la canción, del poema, de la obra exhibida en alguna galería. Detrás de La ventana indiscreta, de Traición, de La metamorfosis, de Everybody Knows, de Un hombre pasa con un pan al hombro o Bodegón, aunque usted no lo crea, se encuentra el bendito drama. Que también significa “hacer” en el sentido de “operar para los otros”. Y es esa voz hipnótica la que –línea por línea por línea– lleva de una orilla a la otra, “de había una vez” a “y era hora ya de que bajara el telón”. Cómo logra llevarnos de un lado al otro. Cómo lo hace. Simplemente, y así ha sido desde el siglo V antes de Cristo, nos obliga a preguntarnos adónde irá a parar la suerte de ese personaje, y nos fuerza a recordar que esa incertidumbre es la vida.

El drama en aquella Atenas de aquellos hombres que lo definieron todo fue, sucesivamente, una ceremonia, una competencia a muerte y una terapia. Se llamó “Tragedia” cuando a pesar de sus gestas y de su gravedad el héroe es derrotado por su destino. Se llamó “Comedia” cuando a pesar de sus trampas y de su ligereza el personaje principal es perdonado por su pequeño mundo. Se llamó “Sátira” cuando el protagonista se ve obligado a vivir una tragedia ridícula, risible. Y siglo por siglo, mientras el oficio del actor iba precisándose y el papel del espectador iba poniéndose en su sitio, fue convirtiéndose en esta descripción de la irresolución, de la imprecisión de la vida.

Se preguntó Alfred Hitchcock: “qué es el drama si no la vida sin las partes aburridas”. La vida en su esencia: la carrera contra el tiempo, el suspenso. Parece un chiste, pero hubo un momento en la historia de la humanidad cuando empezó a hablarse del tiempo, del escenario en el que se transforman tanto las cosas como los hechos. Se notó que los acontecimientos se sucedían, uno después de otro, como pasando las páginas. Que a veces eran simultáneos y tenían diferentes duraciones. Que ciertas cosas, como el sol o la luna, como el día o la noche, se repetían, pero ciertas otras eran irreversibles, como nacer y crecer y envejecer y morirse, y la caída al piso de un jarrón irreparable como Humpty Dumpty.

Sí, el tiempo es una idea, una noción. Se ve, claro que sí, pues se ve que un niño se hace viejo aunque el sol salga cada mañana, pero cada cual lo ve a su manera. En la antigüedad el tiempo se veía cíclico, como una noria incansable del pasado, el presente y el futuro, porque no se le hacía caso aún a esta extraña vocación de sacarse a la naturaleza de adentro: los hijos les preguntan a los padres qué día es hoy y cuándo es domingo porque aún no han sido expulsados del tiempo mítico y sus vidas apegadas al cielo y a la tierra son una suma de rituales –de puestas en escena de sus mitos: su familia, su casa, su hambre, su miedo– que son el alivio que se viene a buscar a este mundo.

Para predecir los ciclos de la naturaleza hubo calendarios hace más de cinco mil años. De la observación de la luz y de la oscuridad se llegó, de Egipto a Roma, a dividir los 365 días de los años solares en doce horas temporales. Después de la vida de Cristo, un hecho que partió el mundo occidental en el mito de antes y en la historia de ahora, se creó este tiempo lineal e irreversible que afecta a cada cual a su modo. En la Edad Media –que continúa sucediendo en tantos lugares del mundo de hoy– se siguió asumiendo el tiempo cíclico del campo y de los cielos, y se temió al fin de los tiempos, pero la llegada de las ciudades que tenemos, edificios más y edificios menos, separó al hombre de la naturaleza implacable y lo empujó a ser el creador de su propio mundo.

Vinieron los relojes de las fachadas municipales, los relojes seculares con sus horas uniformes, exactas, bajo la mirada cejijunta de una Iglesia llena de campanarios y de sombras que tenía el monopolio del tiempo. Siguieron los relojes de sala y los relojes de pulsera. En 1884, para que los negocios no fallaran ni por un segundo, se decretó este horario mundial. Y entonces, como vivir fue contar los minutos y sudar frío porque se está acabando la tarde y no se hizo nada, el drama que describían los griegos, el drama que recreó los misterios que Cristo puso en evidencia y se valió de los arquetipos –como el tarot– para dar cuenta de las vidas de una vida, el drama que Shakespeare y Calderón y Goethe exploraron como un instrumento musical, fue la manera más precisa para describir lo humano: la carrera contra el tiempo inquebrantable e invariable, el suspenso.

El hombre fingió el tiempo que comienza y que se acaba, y lo asumió, con la muerte en los talones, como cierto, pero encontró el drama como remedio, como consuelo. Y aquí estamos.

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