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Richard Vergez

La ballena apareció llegada de ninguna parte. Simplemente una mañana estaba allí, negra, gigantesca, flotando en el puerto, en las mismas aguas oscuras donde la noche antes solo brillaban las manchas tornasoladas del gasóleo. Más y más atascada con cada reflujo de la marea, su cuerpo inmenso rozándose con un chirrido gomoso contra los neumáticos podridos que colgaban de las paredes de la dársena.

Era domingo y pronto se formó una multitud. Algunos decían que la ballena ya había llegado muerta pero los que más sabían explicaban que todavía vivía, que se salvaría si podía regresar al mar. Mientras mirábamos los guardias trajeron el remolcador y con muchas dificultades le amarraron la cola con un cabo bien grueso. Luego trataron de arrastrarla de vuelta al mar abierto.

El esfuerzo fue inútil, cuanto más maniobraba el remolcador más encajada parecía estar la ballena. Los tirones del motor solo servían para hacerla girar en redondo y para que se revolviera furiosa, la soga cada vez más enredada y la cabeza descomunal golpeándose una y otra vez contra el muelle. Había momentos en los que parecía que lo lograrían, y la tensión de la soga lograba hacer emerger al monstruo durante un instante, pero enseguida volvía a hundirse, arrojando un diluvio de agua pestilente sobre los curiosos.

Siguieron así varias horas más, hasta que el motor se recalentó y se convencieron por fin de que no habría manera de hacer que la ballena cruzara la bocana. Para entonces ya era noche cerrada y el frío espantoso había ido menguando el grupo de mirones. Aún así unos cuantos aguantamos hasta el final, hasta que las luces del remolcador desaparecieron a lo lejos y los guardias nos echaron a gritos, mientras precintaban el muelle, “Venga coño, se ha acabado la fiesta, todo el mundo a casa”.

Fui uno de los últimos en marchar. Ya tenía catorce años y había oído contar muchas veces viejas historias de cuando los hombres del pueblo solían cazar ballenas. Cetáceos colosales de los que comían veinte familias durante un mes y cuyo aceite valía al peso más que el oro. Pero todo eso había sido en otra época, antes de la guerra, cuando en los días claros todavía se podía ver hasta Inglaterra. Que una ballena pudiera venir ahora, por su propia voluntad, a morir en nuestro puerto, me parecía una maravilla tan increíble como la gran nevada que había emborronado las calles y sepultado la estatua de la Virgen tres inviernos atrás.

Tenía además otra buena razón para haberme pasado todo el día ahí, sin hacer nada, mirando los tira y afloja entre el remolcador y la ballena. La tarde antes, había recibido una oferta inesperada y había aceptado sin más. Después me había arrepentido, pero tampoco quería desdecirme, así que el espectáculo de la ballena había servido para que me olvidara del asunto durante un rato.

Terminado el entretenimiento, regresaba también el desasosiego. Ya no podía hacer nada. Me había comprometido a presentarme a la mañana siguiente a primera hora en la conservera. Una de las enlatadoras había pillado una neumonía tremenda en plena temporada y necesitaban que alguien la cubriera durante un par de semanas. Con la veda las cosas en casa se habían puesto complicadas y en la conservera pagaban bien, así que había dicho que sí a la primera. Sabía que significaba echar a perder las vacaciones de Navidad pero eso no me asustaba; lo que me turbaba en esa noche helada en la que la ballena agonizaba, tenía un nombre propio: Susana Vargas.

Susana era la hija de la viuda Vargas, la propietaria de la conservera. Aunque ya habían pasado cuatro o cinco años desde que las dos se habían presentado en el pueblo, llegadas de quién sabe dónde para hacerse con la factoría, Susana seguía siendo una rara, una pe

rdida, la hija de la extranjera. Todo en ella, el pelo cortado a lo chico, los jerséis de lana marinera, el impermeable amarillo que no se quitaba ni en verano, y sobre todo ese permanente olor a marisco, era motivo de desprecio. Los mayores murmuraban en el bar, las chicas la evitaban y nosotros no perdíamos ocasión de reírnos a su costa.

–Huele a coño, que me lo ha dicho mi padre –decía Samuel.

–Porque es una guarra, como su madre –añadía Jacobo –dicen que nunca llevan bragas.

–A mí me han contado que ni es viuda ni nada, que son las dos unas frescas –remataba David.

–Claro, por eso les huele siempre el coño, porque por las noches se trajinan a todo el que pillan.

Me daba cuenta de que al aceptar el trabajo en la conservera me estaba pasando de algún modo al bando de Susana y que por muchas explicaciones que diera, ese gesto no dejaría de pasarme factura entre mis compañeros. –¿Por qué no renunciaba entonces? –me preguntaba. Bastaría con no presentarme a la hora convenida para que me dieran por perdido y buscaran cualquier alternativa.

Era una tortura gratuita, porque en realidad conocía de sobra la respuesta a esas preguntas: no tenía ninguna intención de renunciar porque hacía mucho que Susana Vargas me fascinaba. Siempre me habían intrigado sus ojos negrísimos, la forma en que a veces parecía mirar a través tuyo, sin verte o quizás viéndote demasiado bien. Pero desde el día en que le plantó cara a Saúl Borrega ya no me la había podido quitar de la cabeza.

Había sido el verano pasado, el día de la romería del Santo. Ya era tarde, nos habíamos pasado la tarde en las casetas, tirando a los dardos, atiborrándonos de pan con chistorra y emborrachándonos con pacharán. La feria se estaba quedando vacía, mientras a lo lejos, en la plaza, se oían las primeras canciones de la verbena. –¡Vamos! –dijo Saúl–, y todos le seguimos atropellados calle abajo.

No tuvimos que ir muy lejos para toparnos de bruces con Susana. Ajena a la fiesta regresaba a casa. Debía venir del almacén porque llevaba puesto el impermeable y tenía restos de pescado pegados a la goma de las katiuskas como una gelatina blanca y asquerosa.

–Eh, quieta –la paró en seco Saúl–, ¿adónde vas tan rápido?

–Donde me da la gana –contestó ella tratando de abrirse paso.

Saúl le cortó el paso de nuevo. –Pero ¿qué prisa tienes?, vente con nosotros al baile.

–Déjame –trató de zafarse Susana.

–Tranquila, que ahora te vas, solo tienes que pagar un peaje. Un peaje de nada.

–Que me dejes idiota –insistía Susana inútilmente, aprisionada en el corrillo que habíamos formado a su alrededor.

–Es muy fácil, Susanita, solo nos tienes que enseñar el chichi y ya te podrás ir.

– ¿Qué dices?

– ¿Hablo en chino? el chichi, el coño, la almeja, que nos los enseñes, ¡joder!

– Eso, eso –azuzaban los demás chicos–, que nos lo enseñe, que nos lo enseñe.

– ¿Sólo eso?, ¿lo prometes?

– Eso nada más, ¿ves que fácil? –sonrió Saúl.

–Está bien.

El corrillo se abrió expectante –lo va a hacer, lo va a hacer. Y entonces lo hizo. Despacio, muy digna, dejando que la miráramos a gusto, Susana se desabrochó el impermeable, abrió las piernas, dobló levemente las rodillas y arqueó la espalda, levantando la pelvis hacía nosotros. Contuvimos la respiración, mientras se arremangaba la falda con la mano izquierda y después con el índice separaba la braga revelando su carne rosa y oscura. Saúl, se hincó de cuclillas y acercó la cara hasta casi pegarla a las ingles de Susana, relamiéndose y resoplando como un animal en celo –Mmm, ya puedo olerlo, que rico… No dijo más, Susana no le dio oportunidad, en cuanto le tuvo donde quería, disparó con todas sus fuerzas un chorro vibrante de orina que vino a estrellarse contra la nariz y la boca babeantes de Saúl. Le pilló tan de improviso que él no acertó más que a cubrirse torpemente con las manos mientras ella se dejaba ir y nosotros mirábamos hipnotizados. Cuando terminó, se recompuso la falda, se subió la cremallera del impermeable, se dio la vuelta y se alejó sin que nadie se atreviera a decirle una palabra. –Puta, más que puta –masculló Saúl, secándose como podía el pis que le empapaba las mejillas y el cuello.

Como acordado, a la mañana siguiente me presenté en la conservera. Estaba al final del puerto, una nave larga y chata, de paredes de chapa y tejado de uralita a dos aguas. De camino tuve que pasar por delante de la ballena. La pobre ya estaba en las últimas. Todavía parecía respirar, pero quizás no fuera más que el ir y venir del agua que hacía chapotear el inmenso animal. La multitud de la víspera había desaparecido y solo un grupo de chiquillos se divertía intentando acertar a la ballena con sus tirachinas.

Dentro de la conservera hacía mucho calor, un calor malsano que emanaba de los enormes perolos alrededor de los que se afanaban media docena de mujeres, limpiando y cociendo toneladas de moluscos. Tenían las mejillas rojas por el vapor y los brazos enfundados hasta el codo en guantes de goma rosa. Sus botas brillaban húmedas, sobre el suelo cubierto de un limo pegajoso. Al fondo atronaban las maquinas envasadoras.

Me pusieron a trabajar justamente ahí con las máquinas. Mi tarea era ayudar al viejo Jeremías para que la cadena funcionara como una seda.–Ahí, ahí, aprieta eso, afloja aquello, las latas, las latas, que se te van las latas chico–el tipo no paraba, y yo todo el día corriendo arriba y abajo. Sudaba, las manos se me llenaban de cortes pero aún así me gustaba. Sin quererlo me quedaba mirando la cinta, viendo como las latas salían relucientes, a punto para que las empaquetadoras fueran metiéndolas en las cajitas de cartón con el dibujo de un barquito desafiando la tempestad, “Conservas Vargas”.

A la viuda casi no se la veía. Se pasaba el día en su oficina, en una entreplanta a la que se accedía por una escalera de peldaños metálicos. Desde ahí arriba se divisaba toda la nave y muchas tardes era la propia Susana la que se asomaba a la barandilla. Solía quedarse un buen rato, absorta en sus pensamientos. A veces, cuando pensaba que nadie la veía se encendía un cigarrillo. Abajo camuflado entre las bielas y los pistones yo la espiaba. El humo saliendo de entre sus labios, el gesto de su mano apartándose el flequillo húmedo de la frente, los ojos entrecerrados al aspirar cada calada. No podía dejar de mirarla. Nunca pareció darse cuenta, pero ahora estoy seguro de que lo sabía.

Durante aquellas semanas, cada mañana y cada tarde pasaba delante de la carcasa de la ballena. Una vez muerta, se había dado la vuelta, dejando a la vista el vientre descomunal. Al principio blanco, rosado y terso, y luego con el paso de los días cada vez más hinchado, más redondo y más morado, lleno hasta arriba de gas.–A este paso, cualquier día estalla–decían los viejos, mirando a las gaviotas pelearse por los pedazos de carne que lograban arrancar a picotazos. No solo se hinchaba sino que cada día apestaba más. Poco a poco el pueblo entero empezó a oler a muerto. Se habló de descuartizarla pero hacía falta una grúa que no terminaba de llegar. –Mañana –decían–, mañana ya viene –y no llegaba.

Aquel día había salido de casa más temprano de lo habitual, era víspera de Navidad y la conservera cerraría antes de hora. El día estaba gris, sobre las calles desiertas caía un calabobos persistente y frío. Donde la ballena no había nadie. Solo su cadáver putrefacto flotando en el agua sucia. Ya ni siquiera parecía una ballena, tan solo un gigantesco globo de carne informe, como el cadáver abandonado de un extraño monstruo marciano. Me dio lástima pensar que había venido desde tan lejos solo para morir aquí.

En la nave todo el mundo tenía prisa por salir cuanto antes. A la hora del almuerzo se abrieron un par de botellas de sidra, cortesía de la viuda. Dio para brindar, beber un traguito y cantar unos villancicos a voz en grito. Luego una detrás de otra las enlatadoras fueron marchándose, cada una cargando un cestillo lleno de almejas y navajas. Jeremías apagó las maquinas y salió detrás de ellas. A las cinco solo quedaba yo, o eso creía. Por los ventanucos se veía que afuera ya era casi de noche y la lluvia tamborileaba sobre la chapa de la nave. Estaba terminando de engrasar el eje de una de las empacadoras cuando oí la voz de Susana detrás de mí.

–Daniel, venga ayúdame a llevar esto al almacén, que yo sola no puedo.

De pie, con el impermeable amarillo de siempre, sujetaba una carretilla cargada con varios tambores de bonito. Sin decir nada, asentí y le quité la carretilla de las manos. Susana no había mentido, las puñeteras latas pesaban como un muerto. La seguí con aquel trasto gimiendo y tambaleándose a cada paso de rueda.

–Van ahí –dijo Susana por fin dándome la espalda y señalando un hueco libre en un estante sobrecargado. Y en ese momento, sin haberlo pensado siquiera, dejé la carretilla, me acerqué a Susana y le puse la mano en el hombro. Se giró hacia mí y no hizo falta que le explicara nada más. Tenía los labios ásperos pero calientes, y unos dientes duros contra los que se entrechocaban los míos.

–Ven –dijo guiándome hacía la pared contra la que se amontonaban apiladas hasta la altura de la cintura docenas de cajas. Con un salto se sentó sobre las cajas y me atrajo hacía ella. Me besó de nuevo y luego agarró mi mano y la condujo debajo de la falda, hasta que las yemas mis dedos rozaron el pliegue húmedo entre sus piernas. A tientas, consiguió abrirme el pantalón y descorrer la cremallera. Cerró sus muslos alrededor de mis caderas y me apretó contra su cuerpo hasta que de pronto sentí que entraba en ella. Era maravilloso y al mismo tiempo pavoroso, como nadar una noche de verano en un mar tibio y oscuro. Podía olerla, notar su aliento en mi cuello, su pelo golpeándome las mejillas. Me abandoné, me dejé ir, y enseguida supe que no aguantaría más, que ya mismo no aguantaba más, que me deshacía por dentro. Un flash me quemó los parpados y pensé “¡ya!”, pero al instante una bocanada de aire ardiente nos azotó las caras y todo lo envolvió el estruendo de la explosión y el crujido de los cristales saltando en añicos. La abrace fuerte y trate volver de besarla, pero solo encontré la piel salada de su barbilla. –¡Para bobo!, ¡para!, ¿es que no te enteras?

Nos compusimos como pudimos, y despeinados, sudados, con las piernas todavía temblando salimos a la calle. Por todas partes había pedazos de carne, trozos de vísceras irisados, rosas, purpuras, blancuzcos. El suelo del muelle estaba cubierto de ellos y las paredes de las naves de alrededor y hasta de las farolas colgaban como miles de moluscos pegajosos.

– ¡Coño! Pues al final sí que estalló la ballena –dijo alguien a nuestro lado.

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