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Traducción de Jesús Zulaika

UNA IGLESIA EN UNA CALLE DE LONDRES. 1904. NOCHE.

Una gran iglesia, retranqueada de la calle. Un coche de caballos espera afuera.

Plano corto: en la puerta de la iglesia, una placa de madera que reza:

Estaba hambriento y me disteis de comer.
Estaba sediento y me disteis de beber.
Era un extraño y me acogisteis.
Mateo 25,35

 

2 CRIPTA DE LA IGLESIA. NOCHE.

Punto de vista: el de unas personas que buscan con un farol en la cripta oscura. El farol ilumina a unos hombres andrajosos que duermen amontonados en las más diversas posturas.

Coro de ronquidos.

 

3 IGLESIA. NOCHE.

Desde el púlpito: sombras.

Vemos los bancos vacíos a la luz de la luna que entra por los ventanales. Se oye la respiración –al principio de forma apenas audible, luego con mayor nitidez– de dos hombres cansados. Sus formas emergen de las sombras y se acercan despacio hacia la cámara por un pasillo lateral. Visten capa y sombrero. Cargan algo pesado entre los dos.

Volvemos a oír susurros: apenas inteligibles, siniestros.

Susurro 1: Quizá por allí. [Respiración forzada] Por aquella puerta de allá.

Susurro 2: Sí, sí. [Respiración forzada] Por la sacristía.

Susurro 1: Ya nos falta poco… Por la sacristía, como tú dices.

 

4 SACRISTÍA. ENTRADA AL CUARTO TRASERO.

La sacristía es una habitación pequeña y desnuda, iluminada por la luz de la luna que se filtra por una ventana. De momento sólo nos interesa la entrada que da al cuarto trasero. Es un hueco sin puerta: negro y ominoso, como el de acceso a otro mundo.

Entretanto, los susurros continúan.

Susurro 1: Sí, claro, claro. Tienes toda la razón. Será mejor que atajemos por aquí…

Susurro 2: Sí, sí. [Respiración trabajosa] Por la sacristía.

Susurro 1: Ya falta muy poco. Por la sacristía, como tú dices.

 

5 IGLESIA. NOCHE.

Plano largo: la iglesia. Zoom hacia ella despacio. A lo lejos, ruido de cascos de caballos.

 

6 SACRISTÍA. ENTRADA AL CUARTO TRASERO.

Están franqueando el negro hueco. Los susurros continúan.

Susurro 1: Sí, sí. Creo que es por ahí.

Susurro 2: ¿Crees que debemos cruzar por aquí?

Susurro 1: Sí, claro, claro. Por ese pasillo, como tú dices.

Hemos llegado ya al hueco, pero en el umbral no hallamos sino una total negrura. La cámara desciende despacio, y descubrimos un hilo delgado de sangre que surge de la negrura y se desliza hacia nosotros por el suelo de la sacristía.

 

7 PISTA DE ATERRIZAJE. DÍA. 1985.

Un reactor toma tierra.

 

8 TEJADO. APARCAMIENTO DE LA TERMINAL DEL AEROPUERTO. DÍA.

Carter está de pie en el borde del tejado, mirando el aterrizaje.

Carter, delgado, de veintitantos años, con pulcro uniforme de chófer. Aunque no llevara gafas de sol oscuras y la gorra calada, su cara probablemente dejaría entrever escasa emoción; en su apariencia, de hecho, hay algo de siniestro y homicida.

Mira el reloj, y otra vez hacia la pista. Es obvio que se trata del avión que ha estado esperando. Sale de campo con una casi deliberada falta de prisa.

 

9 CALZADA. DÍA.

Un Rolls Royce en movimiento.

 

10 COCHE.

Conduce Carter. Lleva las gafas oscuras; seguirá con ellas toda la película.

Manley Kingston, en el asiento trasero, se halla absorto en algo que tiene sobre el regazo.

Es un británico cincuentón, grande, con soberbio empaque de clase alta. En el semblante, la expresión habitual de desdén y aburrimiento, pero también como un destello bravío, una suerte de toque decadente o criminal.

Primer plano: fotografía de una iglesia en la mano de Manley (la iglesia que hemos visto en la secuencia primera). Manley la acaba de sacar de un maletín que lleva en el regazo.

Manley: estudia la fotografía como si quisiera fijar sus detalles en la memoria.

Primer plano: maletín abierto en el que Manley deja la fotografía entre otros documentos. Es evidente que ha dado con ella por azar mientras buscaba otra cosa, y sigue examinando el contenido del maletín. Atisbamos dos croquis (de la iglesia) y tres llaves de mortaja en un aro de metal. Cada una lleva una etiqueta grande; en una de ellas se lee “sacristía”. La mano de Manley aparta las llaves y sigue buscando en el maletín. Carter continúa al volante, en silencio, mientras Manley sigue ensimismado en su maletín.

En el diálogo que sigue, se percibe apenas un punto de malevolencia y sarcasmo en la voz de Carter –no más que un atisbo, y Manley está demasiado absorto para darse cuenta–. Carter tiene un acento londinense de clase obrera.

Carter: Buen tiempo en Brasil, ¿no es así, señor?

Manley: [Sin levantar la vista del maletín] Paraguay. [Pausa]

Carter: ¿Perdón, señor?

Manley: Paraguay. Acabo de llegar de Paraguay.

Carter: Lo siento, señor. La señora me dijo que estaba usted en Brasil.

Manley: Supongo que sí. Pero me cansé y me fui.

Manley ha encontrado lo que buscaba: una tarjeta de visita.

Manley: Si no le importa, Carson, pasaremos un momento por esta dirección camino de casa.

Carter coge la tarjeta sin volverse, le echa una ojeada y la pone en el salpicadero. Manley vuelve a recostarse en el asiento y, sin perder el aire abstraído, se pone a mirar por la ventanilla.

Carter: Carter, señor.

Maney: ¿Qué?

Carter: Mi nombre es Carter, señor.

Manley: [Volviéndose con impaciencia hacia la ventanilla] Oh, sí, sí…

El ojo de la cámara se acerca a la cara de Carter. Es imposible saber qué es lo que está sucediendo detrás de sus gafas.

 

11 LONDRES.

Un serie de planos del Rolls Royce en su trayecto de acceso a Londres.

 

12 MANSIÓN DEL DR. GROSVENOR. DÍA.

El Rolls se detiene ante una mansión muy lujosa.

Manley se apea mientras examina detenidamente la tarjeta. Luego hace una seña con la mano en dirección al coche, y se dirige hacia la casa.

 

13 VESTÍBULO DE LA MANSIÓN DEL DR. GROSVENOR.

Un rumor de conversación llega del interior de la casa.

Suena el timbre.

La figura de Watkins, hasta el momento desvaída, entra en campo y abre la puerta. Manley está en el umbral.

Watkins: [En off: jovialmente] Buenas tardes, señor.

Manley: Mi nombre es Manley Kingston. El doctor Grosvenor me está esperando.

Watkins: Pase, señor Kingston. [Siguiendo la mirada de Manley] Oh, estamos dando una pequeña recepción. Eduardo Pérez está en Londres, y presenta algunos de sus nuevos platos.

Manley: [Distraído] ¿Ah, sí?

Manley sigue mirando hacia el salón donde tiene lugar la recepción. Watkins, que debería estar ya invitándole a pasar, se demora para saborear estos instantes de proximidad con tal celebridad. Sonríe con admiración a Manley, que se encamina hacia el interior de la casa.

Manley: ¿Y el doctor Grosvenor?

Watkins: [Volviendo bruscamente en sí] Oh, sí, claro. Permítame ofrecerle una copa, señor Kingston. Y enseguida iré a avisarle.

 

14 MANSIÓN DEL DR. GROSVENOR. SALA DE RECIBIR.

Un salón de la residencia privada, amplio y elegante y lo bastante grande para albergar confortablemente a la veintena de invitados presentes. Éstos son de edad mediana o avanzada, y visten de etiqueta. Hay muchos más hombres que mujeres. Se diría que es una reunión de catedráticos universitarios o de críticos de música clásica. Conversan de pie en grupos de tres o cuatro, con copas de vino en la mano.

Watkins precede al señor Kingston a través del salón en dirección a la mesa del vino. Dos varones interrumpen su charla al paso de Watkins y Manley. Dirigen furtivas y curiosas miradas a este último. Lo miran de arriba abajo, y siguen haciéndolo mientras se aleja, y hay cierta reprobación en su mirada. En medio de la ruidosa charla general, en determinado punto del salón, oímos el siguiente diálogo:

Voz masculina 1: Pero creo que en general estoy de acuerdo con usted. Tiene toda la razón en eso. Esa generación no hace más que centrar su interés en la proteína. Está demasiado centrada en la proteína… [Luego, en voz baja] Mire, creo que ése es Manley Kingston. Aquel de allí…

 

15 SALA DE LA RECEPCIÓN. UN RINCÓN.

Watkins y Manley llegan a la mesa del vino. Watkins le tiende una copa a Manley.

Watkins: Iré a avisar al doctor Grosvenor. No tardaré ni un segundo, señor Kingston.

Watkins sale de campo. Manley se vuelve hacia la mesa con aire absorto. Da la espalda a la cámara y al resto de los invitados.

Entretanto, en medio del rumor general, oímos:

Voz de varón 2: En absoluto, en absoluto. No me malentienda. Me gusta mucho el trabajo de De Montière. Tiene una sensibilidad exquisita para las texturas. Pero ¿sus soufflés, en concreto, no le parecen un tanto… incoherentes?

Dos invitados que hasta ahora no hemos visto se han acercado a Manley. Uno es Proterston, gris y de aire distinguido, y el otro un caballero japonés: Takeda. Inicialmente no sabemos si lo han hecho para servirse más vino o movidos por su interés por Manley.

Manley sigue dando la espalda al salón. Proterston trata de captar la atención de Manley. Mientras tanto, Takeda observa a Manley como si se tratara de una pieza de museo.

Voz femenina: Pero supongo que uno no puede evitar sentir que De Montière realizó su mejor obra a mediados de los años sesenta. Supongo que en eso tengo que coincidir con usted… [Su voz se diluye en el murmullo general]

Proterston: [ Decidiendo al fin abordarlo directamente] Disculpe, usted es el señor Kingston, ¿me equivoco?

Manley se vuelve, saliendo con sobresalto de su ensimismamiento. No ha probado su vino. Proterston sonríe cordialmente. Takeda sigue observándole con fijeza.

Manley: Eh…, sí. Ciertamente.

Proterston: Es un verdadero placer. Mi nombre es Proterston.

Parece que Proterston no alberga ninguna duda de que a Manley va a sonarle su nombre.

Manley: [Sin dar la menor señal de que así sea] ¿Sí?

Proterston: [Soltando una risita tímida] De hecho, he publicado un artículo sobre usted hace muy poco, señor Kingston. En Gourmet Academica, en el número de primavera. Pensé que a lo mejor había tenido ocasión de echarle una ojeada.

Manley: [Sin mayor interés] Me temo que no.

Manley se da cuenta entonces de que Takeda le está mirando fijamente, y le dirige una mirada de fastidio.

Proterston: Oh…, le presento al señor Takeda.

Takeda: [Con acento muy marcado] Es un gran honor. [Sigue mirando con fijeza a Manley sin brindarle la mano] Es un gran honor. Manley Kingston. Un gran, gran honor.

Proterston: Debería puntualizar, señor Kingston, que mi artículo defendía absolutamente su… enfoque. He sido admirador suyo desde hace tiempo, y bueno, pensé que, en la medida de mis posibilidades, debía sumar mi voz a las filas de sus seguidores.

Manley busca con la mirada a Watkins.

Manley: Muy agradecido. Estaré atento por si tengo ocasión de echar un vistazo a su artículo.

Takeda suelta ahora una larga parrafada en su lengua materna. Se dirige a Proterston mientras gesticula ostensiblemente en dirección a Manley. Proterston asiente con la cabeza todo el tiempo. Manley sigue mirando hacia algún lugar situado a espaldas de la cámara.

Proterston: El señor Takeda se pregunta qué le ha traído a usted a Londres. Se pregunta si de hecho tiene algún proyecto concreto en mente… Aquí en Londres.

Es evidente que el propio Proterston está ansioso por conocer la respuesta. Pero a Manley le han hecho una seña desde algún lugar del salón. Deja la copa y echa a andar hacia ese punto. En el último momento repara en la existencia de Proterston y Takeda.

Manley: Oh, disculpen. Encantado…

 

16 SALÓN DE RECEPCIONES.

Manley avanza por el salón en dirección a Watkins, que le espera junto a una puerta de doble hoja. Watkins, con sonrisa entusiasta, tiene ya el brazo levantado para hacer pasar a Manley a través de ella.

 

17 RESIDENCIA DEL DR. GROSVENOR. PASILLO.

Manley pasa a través de las hojas, que Watkins mantiene abiertas, y ambos se encaminan hacia las escaleras.

 

18 ESTUDIO DEL DR. GROSVENOR. CAÍDA DE LA TARDE.

Al doctor Grosvenor le gusta trabajar en penumbra. Quizá por ello ha bajado las persianas aunque aún no haya anochecido. La fuente de luz es una potente lámpara de mesa.

El doctor destina el estudio tanto a su consulta como a su uso privado. Frente al escritorio del doctor Grosvenor hay una silla para las visitas. Y a su espalda, estanterías. Los libros que vemos en ellas versan sobre comida; no son libros de cocina, sino estudios serios con títulos como Rituales del comer de los aborígenes del siglo XIX, Proteína y cultura, La evolución de los carnívoros.

El doctor Grosvenor, de cincuenta y cinco años, elegante y seguro de sí mismo, tiene también cierto aire de depravación; quizá es un rico médico privado que realiza turbias operaciones quirúrgicas.

Manley: En su carta, doctor, mencionaba que le estaba resultando difícil obtener una de las soluciones que le pedía…

Dr. grosvenor: [Interrumpiéndole] Oh, no, no. Un problema menor. Tengo todo lo que me pedía.

Manley: Ah…

Dr. grosvenor: Y si me permite decirlo, señor Kingston, me alegra sobremanera poder serle de utilidad. Es un honor.

Manley: Mmm…

Dr. grosvenor: [Con una risita] Perdóneme; imagino que le estará ya ganando la impaciencia…

Abre un cajón de su escritorio. Antes de sacar algo de él, mira a Manley con expresión zumbona.

Dr. grosvenor: [Prosiguiendo] Parece usted un cazador, señor Kingston, antes de cobrarse su gran pieza.

Sonríe, y saca un maletín. Lo pone sobre el escritorio, lo abre, y lo vuelve hacia Manley.

Dr. grosvenor: [Prosiguiendo] Creo que lo encontrará todo en orden.

Manley: Ya…

Manley se inclina hacia delante con avidez.

Por encima del hombro: el maletín contiene papeles y documentos cuidadosamente ordenados, y el de encima es una gran fotografía de la iglesia que vimos en la secuencia primera. El maletín contiene también una pequeña caja de metal.

Manley dirige la lámpara hacia el maletín y empieza a examinar su contenido. El doctor Grosvenor se echa hacia atrás en su asiento, y sonríe.

Dr. grosvenor: ¿Me equivocaría, señor Kingston, si diera por sentado que la aventura de esta noche, de tener éxito, constituiría, incluso para alguien de su categoría, toda una hazaña? ¿Una hazaña, digamos, suprema?

Manley: [Absorto en la contemplación del maletín] No, claro, claro…

El doctor Grosvenor observa sonriente a Manley por espacio de unos segundos.

Dr. grosvenor: Hace ya tiempo que su carrera despierta mi interés, señor Kingston.

Se hace un silencio. Manley sigue abstraído y no responde.

Dr. grosvenor: He llegado a gustar y disfrutar de platos cuya sola contemplación el europeo medio consideraría nauseabunda. Pero permítame que le diga, señor Kingston, que no dudo ni un instante en admitir que ni de lejos me he acercado a su nivel de… iniciativa.

Manley: [Sin escucharle. Aún absorto] Mmm…

El doctor Grosvenor vuelve a observar a Manley durante unos segundos, mientras sonríe en silencio.

Dr. grosvenor: Sabrá, señor Kingston, que no presto la menor atención a quienes tratan de denigrar su nombre…

Primer plano: el maletín. Mientras el doctor Grosvenor sigue hablando, vemos cómo las manos de Manley hurgan en su contenido.

Las manos de Manley se deslizan hacia la caja de metal.

En su interior vemos, asépticos y ordenados, tubos de ensayo, recipientes y envoltorios. Entretanto, el doctor Grosvenor se recrea en su propio parlamento.

Dr. grosvenor: [Prosiguiendo] ¿Sabe? Siempre me ha parecido que hay algo de noble en su carrera. Noble en el más cardinal de los sentidos. En el mundo primitivo, el hombre se veía obligado a salir a un medio salvaje y desconocido en busca de alimento. No se hallaba atado a prejuicios sobre lo que era comestible o no. Probaba cualquier cosa que caía en sus manos. Usted, señor Kingston, es, en los tiempos modernos, una de las pocas personas dignas de nuestros pioneros en el gusto. El resto de nosotros, incluso alguien como yo, somos como aquellas mujeres que esperaban en las cuevas, afanadas en cocinar los que los cazadores les traían…

El doctor Grosvenor se ve interrumpido por Manley, que cierra de golpe la tapa del maletín.

Manley: Estoy en deuda con usted, doctor Grosvenor. En sumo grado.

Dr. grosvenor: En absoluto. Ha sido un placer.

Manley se pone en pie con el maletín en la mano. Se dirige hacia la puerta.

Manley: He de irme.

El doctor Grosvenor se levanta para despedirle.

Dr. grosvenor: Le invito encarecidamente, señor Kingston, a que se quede un rato y deguste las nuevas creaciones del señor Pérez. Presentará sus platos dentro de veinte minutos.

Manley: [Con altanero desdén] Muy amable. Pero no, gracias.

Dr. Grosvenor: ¿Conoce bien el trabajo del señor Pérez?

Manley: [Sacudiendo la cabeza; desde hace tanto tiempo

está por encima de tales cosas] Mmm…

Dr. Grosvenor: Un talento harto interesante. Personalmente opino que sus creaciones adolecen de exceso de efectos innecesariamente románticos. Pero lo cierto es que, en conjunto, resulta un talento harto interesante. En su Centroamérica natal se le considera algo así como un revolucionario. ¿Seguro que no quiere quedarse? [Ríe antes de que Manley pueda responder] Pero tiene usted otros planes, por supuesto…

Manley: Eso es.

 

19 COCHE. DÍA.

Carter está en el asiento delantero del Rolls aparcado. Come una hamburguesa. Mastica despacio y con decisión, como si estuviera urdiendo alguna honda trama. Mira hacia la calle, y algo le hace dejar de masticar. Deja la hamburguesa inacabada, la vuelve a envolver en las servilletas y la guarda en la caja de cartón.

 

20 RESIDENCIA DEL DR. GROSVENOR. DÍA.

El Rolls sigue donde lo hemos visto anteriormente. Lo que Carter ha visto es a su jefe saliendo de la casa y caminando hacia el coche, con el maletín en la mano. Carter se baja del coche y abre la puerta trasera para que monte Manley. Manley sube al coche. El Rolls inicia la marcha.

 

21 DORMITORIO. DÍA.

Manley está sentado en el borde de la cama de matrimonio. Lleva puesta una sahariana de cuyo cinturón cuelgan lo que parecen ser unos utensilios de cocina. Está examinando algo que hay sobre la cama, y da la espalda a su mujer Winnie, quien, arrodillada sobre la alfombra, junto a la cama, ata un pequeño cazo al cinturón de su marido.

Winnie, de cuarenta y siete años, es una mujer menuda, hogareña. Nada proclive a tener romances durante las largas ausencias de su marido. Su nerviosismo en la secuencia siguiente no lo dicta ningún miedo que pueda inspirarle Manley, sino un respeto reverente. Su dormitorio, normalmente, es una pieza ordenada, confortable y tradicional. Pero ahora, extendidos sobre la cama, hay una serie de “útiles” de aspecto vagamente quirúrgico, o vagamente “de cocina”; y una maleta abierta de donde han salido tales utensilios, y una pequeña cocina de camping, y una red enorme. En el suelo, a escasa distancia -aunque aún no hay ninguna necesidad de que nosotros la veamos-, hay una gran bolsa marinera abierta.

Durante todo el diálogo que sigue, Manley continúa con la atención fija en tales cosas, y se cerciora de que no falte nada y de que todo esté en perfecto uso.

Winnie termina de atar el cazo. Y empieza a atar un wok a la espalda de Manley, tarea que éste no contribuye a hacer más fácil, pues –ajeno a la presencia de su mujer– no para de moverse. Tal exasperante operación continúa durante todo el diálogo siguiente (aunque Winnie, por su parte, no deja entrever ni un atisbo de impaciencia).

Winnie: ¿Te ha sido de alguna utilidad el viaje a Islandia?

Manley: Mmm… Oh…, no he ido. Ya no hay nada de gran interés en Islandia.

Winnie: Qué lástima. El señor Knutsen se habrá sentido tan decepcionado.

Manley: ¿Knutsen? Ah, sí…

Entonces Manley se vuelve a medias hacia Winnie, y consigue dar al traste con el intento de ésta de atarle el wok a la espalda.

Winnie: [Con sonrisa de embarazo] La última vez que estuviste en Islandia me escribiste. Y me lo contaste todo sobre el señor Knutsen. Y sobre su interesantísimo horno.

Manley: [De nuevo absorto] Mmm…

Winnie: [Afectuosamente] Hace dos años ahora. En 1984.

Manley: Mmm…

Manley empieza a meter las cosas en la bolsa marinera, no sin antes realizar una comprobación final en cada una de ellas. Mientras tanto, Winnie sigue intentando fijar el wok a la espalda de Manley.

Manley: Supongo que… [Se vuelve un poco hacia Winnie, y vuelve a desbaratar la operación de ésta de atarle el wok a la espalda] …sientes curiosidad por saber a dónde voy esta noche.

Winnie: [Riendo] Sé que no te gusta que fisgonee en tus cosas…

Manley: [Enfrascado en la operación de meter las cosas en

la bolsa] Mmm…

Winnie logra al fin atarle el wok a la espalda.

Winnie: ¡Ya está!

Desde otro ángulo: Manley se pone en pie e inspecciona el dormitorio para comprobar que no ha olvidado nada. Coge la bolsa marinera, que ahora está muy llena.

Manley: [Echando un último vistazo al dormitorio] Mmm… Parece que está todo.

Winnie recorre también con la mirada el dormitorio.

Manley se vuelve para irse.

 

22 MANZANA DE LA MANSIÓN DE MANLEY.

Carter espera, apoyado en el Rolls, comiendo la hamburguesa con el ademán lento y voluntarioso que le hemos visto antes. Mientras lo hace mira las fachadas de la manzana de casas de la mansión de Kingston.

Punto de vista: el de Carter. La cámara muestra despacio, de arriba abajo y de un lado a otro, el ornado y lujoso arco de la entrada de la mansión de su jefe. Luego la cámara vuelve a enfocar a Carter, que mastica la hamburguesa con lentitud, como si meditase sobre los detalles del arco que está mirando. Su cara, como de costumbre, apenas deja entrever nada.

 

23 VESTÍBULO.

Manley empieza a ponerse el abrigo. Le resulta dificultoso hacerlo dada la carga de objetos que cuelgan en torno a su persona. Está llegando a la puerta cuando aparece Winnie en el vestíbulo. Se acerca hacia él, y oímos cómo la puerta –fuera de campo– se cierra de golpe. La cámara sigue en Winnie, cuyo semblante carece de expresión.

 

24 MANZANA DE LA MANSIÓN DE MANLEY.

Manley sale por el arco de entrada en dirección al Rolls, que sigue aparcado en el sitio de antes. Lleva la bolsa marinera, y sigue batallando contra el abrigo. Carter le espera con la portezuela del Rolls abierta.

 

25 UNA CALLE DEL NORTE DEL WEST END.

El Rolls Royce avanza por la calzada.

 

26 COCHE.

Carter va al volante. Manley se sienta atrás; mira por la ventanilla, engolfado en sus pensamientos.

 

27 ANTESALA EN AMÉRICA DEL SUR. NOCHE.

Plano corto: Rossi.

 

28 COCHE. DÍA.

Manley: ensimismado.

Manley: ¿Sabe, Carson? Llevo nueve años trabajando en este proyecto.

Carter:

Carter: Carter, señor. [Pausa] Mi nombre es Carter, señor.

Manley: sigue abismado en sus pensamientos, y no da muestras de haber oído a Carter. La cámara se acerca a la cara de Manley, y el coche entra en un túnel.

 

29 ANTESALA EN AMÉRICA DEL SUR. NOCHE.

Plano corto: Rossi.

Manley: [Voz en off] Mmm… Lo he intentado tres veces y he fracasado. Pero esta vez he previsto toda posible contingencia.

 

30 COCHE.

Plano corto: Manley ensimismado.

Carter: ninguna reacción.

Manley: Nueve años…

 

31 HABITACIÓN EN AMÉRICA DEL SUR. NOCHE.

Manley: Hace nueve años que conocí a Rossi.

Empieza a oírse una música de fondo. Vemos una habitación en la que hay cuatro hombres y dos bellas mujeres.

La música de fondo se hace más audible y continúa en la serie de planos siguiente. Son planos silenciosos: no oímos más sonido que la música.

La puerta: con el cerrojo echado. Los hombres la miran fijamente. Es evidente que alguien ha llamado a ella. Entra en campo un criado de unos cuarenta años, en pantalones. Mira por la mirilla, dice algo a través de la puerta y espera con aire aprensivo. Luego, conforme abre el cerrojo de la puerta, deja entrar a Rossi y vuelve a cerrar rápidamente con llave. Rossi, de más de setenta años y pelo blanco, va vestido con un traje blanco. Podría ser un científico. Examina la habitación con expresión calma, divertida.

Punto de vista: el de Rossi. Todo en la habitación parece sugerir dinero y decadencia –a la manera de un cuarto privado de burdel o de casino–. Cinco personas están sentadas en torno al centro de la pieza. Cuatro de ellas –varones, de unos cuarenta y cinco años o más– son latinoamericanos. Parecen hombres habituados al poder, pero en la situación actual fuman para paliar el nerviosismo. Miran furtivamente hacia la cámara. En el ambiente se percibe como un estremecimiento de culpa, como si estuviera a punto de tener lugar una orgía de drogas o sexo.

La mirada de Rossi se fija en la quinta persona presente: Manley, que está sentado aparte, con aire aburrido, abanicándose con el sombrero.

Un ventilador eléctrico: encendido, sobre una cómoda.

Un gran trozo de carne: lo traen en una fuente y lo colocan sobre una mesa baja, en el centro de la pieza. El tipo de carne no es fácilmente identificable.

Hombre latinoamericano: mira la carne como un católico miraría a la primera mujer que ve desnuda en la vida: con conmoción, fascinación, miedo, embarazo.

Caras alrededor de la mesa: tratan a duras penas de ocultar la excitación y el nerviosismo. Se intercambian sonrisas como para confortarse. Manley, por el contrario, come sin la menor inhibición. Mira a Rossi, que también parece ducho en esas lides; su expresión es de parejo aburrimiento.

La carne: la están trinchando. Es blanda, rosada, sangrante.

Caras de los presentes comiendo la carne, masticándola y saboreándola con fascinación y empeño. Culpa, placer, nerviosismo.

Manley come sin el menor embarazo. Mira de nuevo a Rossi, que le devuelve la mirada como diciendo “¡qué aburrimiento!”.

 

32 ANTESALA. NOCHE.

La música va cesando. Se hace audible un rumor de insectos y pájaros.

Manley mira por la ventana, fumando un puro. Parece malhumorado. Rossi está de pie en la habitación, detrás de él, y también fuma. Ha estado tratando de convencer de algo a Manley. La puerta de la habitación contigua está entreabierta, y a través de ella llega un bullicio como de fiesta -la liberación de la tensión tras la ingestión de la carne-. Durante todo el diálogo siguiente no dejan de oírse risas y gritos, aunque en ningún momento tan ruidosos como para hacer callar a quienes hablan.

Rossi: [Con acento italiano] Parece ofendido, señor Kingston. [Sonríe con ánimo de conciliación] Por favor. No quise insinuar que no fuera usted un hombre de grandes méritos. Por supuesto que lo es. Y soy muy sincero cuando le pido que vea en mí la figura de un padre. Verá, señor Kingston… [Baja la voz] Soy viejo. Tengo mal el corazón. No viviré mucho.

Manley se vuelve hacia Rossi. Parece vagamente interesado, pero en absoluto solidario. No dice nada.

Rossi: No tiene por qué compadecerme, señor Kingston. No deseo vivir mucho más tiempo. He hecho todo lo que había que hacer. Mi paladar ha gustado todo lo que hay en este mundo. [Hace una pausa. Luego, con tono preñado de intención] Y en una ocasión algo que no era de este mundo.

Rossi sonríe con engreimiento. Manley siente curiosidad ante lo que ha oído. Se quita el cigarro de la boca y se vuelve hacia Rossi.

Manley: ¿Dice que no era de este mundo?

Rossi: ¿Sabe, señor Kingston? Yo soy su verdadero padre. Y usted es mi verdadero hijo. Quiero que sea usted el heredero de mi logro supremo. Por eso le cuento esto. Sí. He probado algo que no es de este mundo. He comido a un fantasma.

Manley se queda estupefacto. Se siente a un tiempo estimulado y humillado. Hace la pregunta siguiente pese a sí mismo.

Manley: Y… ¿a qué… sabía?

Rossi: [Riendo, triunfante] Me pregunto cuántas personas en el mundo habrán tenido el honor de oír esa pregunta de sus labios, señor Kingston.

Ahora Manley está realmente enojado. Se vuelve para irse.

Manley: Claro, claro…

Rossi: [Repentinamente serio] Señor Kingston, por favor…

Rossi le insta a volver. Manley vacila.

Rossi: No se mezcle con esos don nadies. Quiero ayudarle. Usted es mi heredero natural.

Manley vuelve y se pone a mirar otra vez por la ventana. Se lleva el puro a la boca y evita mirar a Rossi. Rossi le imita y contempla también la vista. Da una chupada honda a su cigarro.

Rossi: El proceso por el cual uno se come a un fantasma no es un proceso sencillo. Dediqué muchos años a investigar el asunto. Y estoy deseoso de pasarle a usted, y sólo a usted, señor Kingston, el fruto de mis desvelos. A cambio sólo le pido que, en los días venideros –en sus grandes días– me reconozca como su mentor. Le interesa la propuesta, ¿verdad, señor Kingston?

Un destello de seguridad en sí mismo aparece ahora en la mirada de Rossi. Tiene encandilado a Manley.

Rossi: Bien. Venga a mi apartamento mañana y hablaremos del asunto. [Con una sonrisa, se levanta para irse. Pero de pronto se vuelve] En cuanto a su… pregunta, su sabor es exquisito. [Gesticula con las manos] No hay nada parecido en este mundo.

 

33 CENTRO DE LONDRES. NOCHE.

El Rolls Royce avanza por la calzada. La música de fondo cesa.

 

34 COCHE. NOCHE.

Manley: sumamente atento, inclinándose para mirar hacia delante.

Manley: Ahí está, Carson. Aminore la marcha.

 

35 CALLE E IGLESIA. NOCHE.

Punto de vista: el de Manley desde el coche. Una calle mísera y sombría. Casas abandonadas y muros llenos de grafitti. Un poco más adelante se halla la iglesia de 1904 que hemos visto en la secuencia primera. Ante ella, a todo lo largo de la fachada, una fila de hombres haciendo cola.

Punto de vista contrario: Manley a través de la ventanilla del coche, que aminora la marcha a medida que se acerca. Manley mira hacia el exterior con atención suma.

Punto de vista: el de Manley desde el coche. Pasan ante la puerta de la iglesia. En ella hay una placa de madera. No es la misma de la secuencia primera: el diseño y el lenguaje son modernos.

Tuve hambre y me disteis de comer.
Tuve sed y me disteis de beber.
Era forastero y me hospedasteis.
Mateo 25,35

36 COCHE. NOCHE.

Manley mira con suma atención por la ventanilla.

 

37 CALLE E IGLESIA. NOCHE.

Punto de vista: el de Manley desde el coche. Pasa ante la cola de hombres sin hogar –unos veinte–. Unos se apoyan contra el muro, otros están en cuclillas, otros se sientan en la acera. Son sólo hombres, porque la iglesia acoge sólo a varones. Son, sin embargo, de diversas razas, de diversas edades. Sólo unos cuantos son vagabundos “tradicionales”. La mayoría está perdiendo la batalla por mantener una apariencia convencional y “respetable”. Hay bastantes quinceañeros. Su semblante refleja cansancio y hastío. Miran al Rolls que pasa ante ellos con escaso interés, sin sorpresa.

Manley: Siga un poco, Carson. Dé la vuelta a aquella esquina.

Plano corto: Carter, absolutamente inexpresivo.

Desde otro ángulo: el Rolls pasa ante la cola de menesterosos.

 

38 CALLE SIN SALIDA. NOCHE.

Suelo lleno de suciedad y basura. El coche entra en campo al doblar la esquina y enfilar una calle sin salida. Se detiene.

Carter se baja y rodea el coche para abrirle la portezuela a Manley, pero éste ya la ha abierto él mismo antes de que Carter pueda hacerlo. Manley se apea con dificultad. Lleva el engorro del abrigo y la bolsa marinera. No se diferencia demasiado del vagabundo típico.

Manley: Esté aquí mañana por la mañana a las cinco. ¿De acuerdo, Carson?

Manley se vuelve y echa a andar hacia la esquina con la bolsa al hombro. Alza la mano sin volverse.

Carter: con semblante tan impasible como siempre.

 

39 CALLE E IGLESIA. NOCHE.

Manley camina con decisión hacia a cola de hombres.

La cámara enfoca un tramo de la cola: Manley entra en campo. Pasa ante los hombres sin prestarles la menor atención. Sale de campo y nos quedamos con los hombres de este tramo de cola, que ven con indiferencia cómo Manley se aleja. No despierta su atención.

Unos cuantos planos más de los hombres de la cola: apenas hablan entre ellos. La mayoría han llegado solos y no tienen intención de hacer nuevas amistades. Muchos parecen exhaustos –han caminado sin rumbo durante todo el día–, y algunos parecen enfermos. Se percibe en ellos como un sentimiento de vergüenza –como la que podemos ver en las colas del paro–.

 

40 PUERTA DE LA IGLESIA.

Dos o tres de los hombres que encabezan la cola se apoyan contra la puerta.

Manley llega a ella a grandes zancadas. Trata de abrirla, pero está cerrada. La empuja.

Hombre de la cola: Hay cola, tío.

Manley: [Volviéndose] ¿Qué?

Hombre de la cola: La cola. [Hace un gesto con la cabeza para mostrarle la cola]

Manley mira hacia la cola, y luego hacia la puerta cerrada. Está muy irritado.

Manley: Mmm…

A regañadientes, Manley se dirige hacia el final de la cola y sale de campo.

 

41 CALLE E IGLESIA. NOCHE.

Manley camina hacia el final de la cola. No hace el menor caso a quienes la integran.

 

42 ACERA.

David, el último hombre de la cola, está sentado sobre la acera, con la espalda apoyada contra el muro de la iglesia.

David, de unos treinta años, lleva una chaqueta de pana y una camisa que aún parecen en estado razonablemente pasable, y unos pantalones acampanados que le sientan muy mal. Su expresión, como la de los demás integrantes de la cola, es de cansancio y hastío. En gran medida, exagera tal expresión para ocultar que se siente incómodo e indigno.

Manley entra en campo y se pone a la cola, junto a David. Restriega los pies contra el suelo, molesto, y contempla con preocupación la larga cola que tiene delante. David observa a Manley. En el diálogo que sigue, David habla con una despreocupación no demasiado convincente.

David: No te preocupes, todo va a ir bien.

Manley: [Consciente por primera vez de su presencia] ¿Qué?

David: Los primeros cincuenta siempre entran.

Manley: Oh, sí, sí. [Echa una rápida ojeada a la cola] Pero cuándo entramos? Me habían dicho que abrían a las ocho.

David: Deberían. Pero últimamente nunca lo hacen. Ya no tienen suficiente personal para estas cosas.

Manley: Mmm… No contaba con tener que hacer cola…

David: Cada vez se hace más larga. Ahí vienen más.

 

43 CALLE.

Punto de vista: el de Manley y David. Desde la dirección por la que ha llegado al principio Manley, se acercan dos hombres a unirse a la cola.

 

44 ACERA. NOCHE.

Manley y David están sentados en el suelo, mirando inexpresivamente hacia delante. Durante el diálogo que sigue van uniéndose a ellos otros hombres, y Manley sigue mirando con ansiedad la cola que tiene delante.

David: ¿Andas mucho por ahí?

Manley: ¿Cómo?

David: ¿Que si viajas mucho por ahí?

Manley: Ah…, sí. Supongo que sí. Miles de kilómetros al año…

David: [Asintiendo con solidaridad cansina] Sí. Igual que yo. En las últimas semanas me he ido a Manchester, he vuelto, y he subido hasta Scunthorpe. Y enseguida me he cansado. [Pausa] Tú eres de Londres, ¿no?

Manley: [No ha estado escuchando] ¿Qué?

David: Has nacido aquí. En Londres.

Manley: Oh, sí… Sí. Pero no suelo quedarme mucho. [En tono despectivo] Una ciudad como ésta tiene poco que ofrecer a una persona como yo.

David: [Asintiendo de nuevo, solidario] Sí… No tiene remedio. Y en este jodido país todo está igual de mal por todas partes. Si no peor. ¿Y por qué has vuelto a Londres, entonces?

Manley: [Se encoge de hombros] Por lo mismo que voy a cualquier parte. Por hambre.

David: Ya, claro. Tienes que comer.

Manley: [Mirando hacia otro lado] Lo lejos que he tenido que llegar para satisfacerla… Pero vuelve siempre.

David: Te entiendo perfectamente. La semana pasada, la cosa se puso tan mal que empecé a mirar en los cubos de basura. [Ríe] De veras.

Manley: [Con cansino encogimiento de hombros] Es un viejo recurso. Que siempre merece la pena. Yo lo recomiendo a menudo.

David: Es increíble lo que te encuentras si te molestas en buscar.

Manley: Dentro del cubo de la basura se da un proceso muy interesante. Una especie de guiso del más puro azar. El factor casualidad produce recetas que superan con mucho las posibilidades de la imaginación común.

A David se le pasa por la cabeza por vez primera que Manley puede ser un tanto excéntrico.

David: Sí. Supongo que sí. No está bien ser orgulloso y morirse de hambre. Esta noche vas a tener una cena decente.

Manley se vuelve despacio y mira a David como si lo estuviera viendo por primera vez en la vida.

Manley: ¿Cómo lo sabes?

David: Bueno, por eso estás esperando aquí, ¿no?

Manley: Pero ¿cómo diablos te has enterado de esto?

David: [Se encoge de hombros, a la defensiva] Lo sé hace siglos.

Manley: ¿Qué sabes?

David: Me enteré en un centro de ayuda. Cerca de Piccadilly Circus.

Manley: [Indignado] ¿Piccadilly Circus? [Cayendo en la cuenta de su error] Ah, sí, sí… [Volviendo a mirar hacia otro lado] Claro, claro…

 

45 CALLE E IGLESIA.

Plano largo: la cola a lo largo del muro.

 

46 PUERTA DE LA IGLESIA.

Ruidos: están abriendo la puerta desde dentro. Se abre la puerta.

 

47 PATIO DE LA IGLESIA.

Los hombres avanzan en fila hasta un punto del costado del edificio. La entrada principal de la iglesia sigue cerrada.

 

48 IGLESIA. VESTÍBULO.

Los hombres entran en fila desde el exterior, cruzan el pequeño vestíbulo y siguen entrando hacia el interior de la iglesia a través de otra puerta. Charlan ocasionalmente (no más de lo que la gente charla en la cola del autobús). Cuando lo hacen tienden bajar la voz, como con timidez.

Manley y David avanzan en fila. David arrastra los pies al andar, y mira todo el tiempo hacia delante. Manley, por su parte, mira a un lado y a otro con gran curiosidad.

 

49 ESCALERA QUE BAJA A LA CRIPTA.

La fila va bajando por una vieja escalera de piedra. Y es como si fuera adentrándose bajo tierra.

 

50 CRIPTA DE LA IGLESIA.

Alguien empuja un carrito con comida. Sobre él vemos un gran recipiente de sopa, una bandeja de pan con un surtido de panecillos, dos cucharones, unos cuantos montones de vasos de plástico.

No vemos con claridad el lugar por donde rueda el carrito, pero la débil luz artificial sugiere que nos hallamos cerca del sótano del edificio. El carrito se detiene momentáneamente; se amplía el encuadre y vemos que ello se debe a unas puertas de doble hoja que están cerradas. El Voluntario 1, una mujer joven con camisa y vaqueros, entra en campo y mantiene abierta una de las puertas. El carrito cruza el umbral, y entra en campo un hombre joven, el Voluntario 2. Es él quien empuja el carrito. Seguimos a los voluntarios y al carrito hasta el interior de la cripta.

La cripta es el mismo sótano espacioso que hemos visto en la secuencia segunda. Si la amplitud fuera el único elemento a tener en cuenta, este sótano bastaría para albergar a los cincuenta hombres presentes. Sin embargo, se trata de un lugar desapacible y mal ventilado. Si exceptuamos los colchones tendidos en el suelo, a lo largo de las cuatro paredes, el recinto apenas ha cambiado desde 1904. La iluminación es de focos, que crean espesas sombras en torno.

Los hombres están sentados en los colchones, y charlan con mayor liberalidad que en la cola. Cuando el carrito entra en la cripta se hace un silencio extraño, pero enseguida vuelve el rumor de voces y los hombres se levantan y van hacia el centro de la cripta, donde suponen que el carrito va a pararse. Nadie empuja a nadie ni se precipita hacia la comida. Pero hay en ellos un ademán de urgencia.

 

51 CRIPTA. UN RINCÓN.

Por encima del hombro: un croquis de la iglesia –el que hemos visto en el maletín–.

Desde otro ángulo: Manley está sentado en el colchón, de espaldas a la pared, estudiando el croquis. Hace caso omiso a la llegada del carrito. A su lado, David está en cuclillas. Mira con ansiedad en dirección a la comida, y luego, vacilante, a Manley. Las sombras que fluctúan a su alrededor sugieren que son de los últimos en levantarse.

David: Creía que tenías hambre.

Manley: ¿Qué? Oh… No, no. Cenaré luego.

David: Luego no va a quedar nada.

Pero Manley está absorto en el croquis. Lo mira con atención extrema, frunce el ceño, y estira el cuello para alcanzar a ver algo en el otro extremo de la cripta. David se encoge de hombros, se levanta y sale de campo.

 

52 CRIPTA. UN RINCÓN.

Manley sigue sentado junto al muro, estudiando el croquis.

 

53 CRIPTA.

Los dos voluntarios están totalmente ocupados en la distribución de la comida.

Sigue una sucesión de planos de hombres comiendo. Algunos de los hombres, no lejos del carrito, comen de pie. Otros comen sentados en los colchones, con la espalda contra la pared. No sólo lo que les rodea sino los propios medios que se ven obligados a emplear para comer hacen que la escena resulte bastante desagradable. Los hombres “beben” las judías del vaso de plástico; luego mastican, y de cuando en cuando dan un mordisco a un panecillo. Algunos comen con voracidad. Otros se diría que lo hacen sólo porque saben que tienen que hacerlo, sin que les importe realmente si lo hacen o no. Muchos parecen mental y físicamente exhaustos. En ningún momento deja de oírse el rumor de la charla, por encima de la cual oímos:

Voluntario 1: [En off: en voz alta] No tiréis los vasos al suelo, por favor. Dentro de un minuto vamos a pasar con una bolsa a recogerlos. No los tiréis al suelo, que luego tenéis que dormir aquí, tenedlo en cuenta.

Un hombre joven mira fijamente el interior del vaso de plástico, sin comer nada.

Un hombre de más edad se está pringando con la comida. Las judías le caen por la barbilla, pero él sigue comiendo, impertérrito.

 

54 CRIPTA.

Han apagado los focos, pero sigue entrando luz por algún hueco, lo cual nos permite distinguir las formas de la cincuentena de hombres que se acurrucan o duermen tendidos en los colchones.

Se oye un grotesco coro de ronquidos.

 

55 CRIPTA. ANTE LAS PUERTAS DOBLES.

Los ronquidos continúan.

Se abre una de las puertas dobles. Entra Manley. Camina de espaldas, absorto en algo que hay fuera de las puertas. Lleva la bolsa marinera al hombro. Cierra la puerta sin ruido y se vuelve. Tiene el croquis en la mano. Se lo acerca a la cara, a la débil luz de la cripta, y lo vuelve a bajar, y luego mira a su alrededor con aire perturbado.

 

56 CRIPTA.

Panorámica lenta de hombres dormidos que roncan.

 

57 CRIPTA. UN RINCÓN. NOCHE.

Plano corto: David, dormido sobre un costado. Una mano entra en campo y le sacude por el hombro. David despierta con un respingo –reflejo de alguien acostumbrado a dormir en sitios donde teme ser descubierto–. Alza la mirada.

Punto de vista: el de David. Manley le está mirando.

Hay algo alarmante en su cara vista en tales circunstancias.

Manley: [Susurrante: más animado de lo que le hemos visto hasta ahora] Necesito tu ayuda.

David: ¿Qué pasa?

Manley: [Sosteniendo el croquis de la iglesia] Mi información no ha resultado todo lo exacta que me sentía autorizado a imaginar. ¿Conoces bien este sitio?

David: [Se incorpora hasta apoyarse sobre los codos y mira más allá de Manley, como en busca de una explicación] ¿Qué? ¿Qué pretendes?

Manley: Quiero llegar a la sacristía. Antes tengo que subir a la iglesia principal.

David: [Señalando con el dedo] Bueno, puedes subir por… [Se interrumpe] Oye, ¿qué estás planeando?

Manley: Estoy hambriento. Quiero cenar. ¿Serías tan amable de indicarme cómo llegar a la iglesia principal?

David: No me extraña que tengas hambre. Tenías que haber comido cuando has tenido la oportunidad de hacerlo. ¿Qué pasa con la sacristía, de todas formas?

Manley: [Poniéndose impaciente] Espero encontrar allí mi cena.

David: ¿Tú crees?

Manley: Hasta ahí mi información debería ser fidedigna. Venga, si eres tan amable de ayudarme… Tengo mucha hambre.

David: Tendrías que haber comido cuando te he dicho que lo hicieras.

David se da la vuelta para volver a dormirse. Pero recuerda las veces en que él ha tenido mucha hambre. Casi de inmediato, vuelve a alzar la vista hacia Manley, suspira y empieza a incorporarse.

David: No va a quedar ya nada, de todas formas.

 

58 ESCALERA.

David y Manley suben por la escalera que antes han bajado. No podemos ver gran cosa en la oscuridad, pero oímos la respiración trabajosa de Manley, que aunque quizá sea debida al esfuerzo físico suena asimismo a excitación creciente.

 

59 EN LO ALTO DE LA ESCALERA.

La luz es mejor y permite que veamos a Manley con la bolsa marinera al hombro.

David: [En voz baja] La próxima vez tendrás más cabeza. El estómago siempre acaba haciéndose notar.

Manley, respirando con dificultad, consulta el croquis.

Manley: Mmm…

Manley echa a andar en una dirección. David le toca en el hombro y le indica la dirección contraria.

David: Por aquí.

 

60 IGLESIA.

Vista desde el púlpito. Sombras. Vemos los bancos y demás cosas a la luz de la luna que entra por los ventanales.

En un plano sumamente evocador de la secuencia tercera, se oye la respiración de Manley, y luego, gradualmente, se van perfilando las formas de David y de Manley. Y oímos, en voz baja:

David: [Voz en off] Si nos cogen haciendo esto, nos prohíben la entrada para siempre. [Y un nuevo pensamiento] Va a estar todo cerrado, de todas formas.

Manley: [Voz en off] Tengo todas las llaves que necesitamos.

David: [Voz en off] Dios. ¿Cómo las has conseguido?

 

61 ANTE LA PUERTA DE LA SACRISTÍA.

Primer plano: las manos de Manley buscando en el manojo de llaves de mortaja. Todas ellas tienen grandes astiles, y son las mismas que hemos visto en la secuencia décima.

Plano más largo: Manley elige una llave y la introduce en el ojo de la cerradura de la puerta de la sacristía. Mientras tanto David sigue a su lado, echando miradas nerviosas a su alrededor.

Manley: [Al ver que la llave gira] Ah…

Manley abre la puerta. David mira rápidamente hacia el hueco, y luego vuelve a mirar furtivamente en torno.

David: Bueno, que te diviertas.

David hace ademán de irse. Manley le agarra del brazo, aunque no agresivamente: un gesto que casi podría tomarse por una invitación insistente.

Manley: Puedes venir conmigo si quieres. De hecho, creo que voy a necesitar ayuda. Por favor.

Manley hace pasar a la sacristía a un David reacio.

 

62 SACRISTÍA.

David mira a su alrededor. Manley entra detrás de él. Cierra la puerta y echa la llave. David no le ve hacerlo. Manley inspecciona a su vez la sacristía.

Punto de vista: el de ambos. Un pequeño recinto vacío, como el de la secuencia cuarta. La luz del exterior ilumina el hueco que da un cuarto trasero. Ahora, como en 1904, se trata de un hueco sin puerta. Negro y siniestro, como el de acceso a otro mundo.

David: [Tratando de ocultar el nerviosismo] Bien, no veo nada de comida. Aunque yo ya he cenado.

David se vuelve y va hacia la puerta de la sacristía, y descubre que está cerrada. Intenta abrirla unas cuantas veces. Vemos claramente que lo único que quiere es salir de la sacristía. Se vuelve y mira a Manley.

Manley, mientras tanto, ha estado inspeccionando la sacristía detenidamente, sin importarle lo más mínimo los intentos de David de salir de aquel recinto.

David: La has cerrado con llave.

Manley deja en el suelo la bolsa marinera, se quita el abrigo y deja al descubierto la sahariana, de la que cuelgan cazos, cucharas, etc. Deja caer el abrigo al suelo.

David lo mira por espacio de un instante, y luego mira hacia el hueco del cuarto trasero.

David: [En tono como despreocupado] Esto… Echaré un vistazo a ver qué hay ahí dentro.

David pasa junto a Manley y avanza hacia el hueco negro. Manley está demasiado ocupado en la operación de desembarazarse de su impedimenta como para mirarle.

El hueco negro: David vacila en el umbral, tratando de escrutar la negrura del hueco. Echa una rápida mirada hacia Manley, y desaparece a través del hueco.

Manley: alza la vista y mira hacia el hueco, como para confirmar lo que sabe que va a suceder a continuación.

El hueco negro: la cámara mira fijamente el hueco durante un tiempo ominosamente largo –lo bastante largo como para que esperemos oír un grito o algo parecido–.

Al cabo David aparece en el umbral. Parece completamente exhausto.

Manley: [Sonriendo] ¿Y bien? ¿Qué has encontrado ahí dentro?

David: [Conmocionado] Nada. No hay nada. Está totalmente a oscuras. [Deja escapar una risa nerviosa] Durante un momento me ha parecido que no iba a poder salir nunca.

Manley: Vamos, amigo mío. ¿Por qué no me ayudas en vez de andar dando vueltas sin ton ni son? Buen chico, sí señor…

Manley alarga la mano hacia suelo en ademán de invitación.

Otro encuadre: entrevemos en la penumbra una serie de objetos que Manley ha extendido en el suelo. Son en su mayoría los objetos que hemos visto en la secuencia vigésimo segunda: cocina de camping, utensilios de metal, tarros y recipientes, la red…, y la caja del señor Grosvenor.

David: la experiencia que acaba de vivir en el cuarto trasero lo ha conmocionado. Parece haber perdido toda fuerza para oponer resistencia a Manley. Mira dócilmente los objetos del suelo. Luego, como si de pronto recordase, mira con nerviosismo hacia el hueco negro y se aleja un paso más de él. Funde a:

 

63 SACRISTÍA.

Plano corto: una vela arde en el suelo, sobre un platillo.

Otro encuadre: Manley se mueve por la sacristía examinando algo que hay en el suelo, cerca del hueco negro. Aún no podemos ver lo que es. Se agacha, se desplaza para observar desde otra perspectiva, como un golfista calculando un golpe decisivo.

David está de pie detrás de él, apoyado contra el muro.Se aferra con fuerza a su chaqueta y se la pega al cuerpo en ademán de protegerse.

Manley: Mmm…

Manley vuelve a agacharse para examinar los objetos (que no vemos) extendidos en el suelo. Es obvio que algo le causa un gran disgusto.

Manley se yergue y, sin apartar los ojos del suelo, dirige un gesto a David.

Manley: Tu chaqueta. Eso servirá.

David: ¿Qué?

Manley: [Gesticulando con mayor impaciencia y la mirada aún fija en el suelo] Dame tu chaqueta.

David sigue apretándose la chaqueta contra el cuerpo.

David: Mejor no te la doy, si no te importa. Necesito la chaqueta.

Manley: [Impaciente] Enseguida te la devuelvo, hombre. Es muy importante. Dame la chaqueta.

Manley sigue examinando el suelo, y tiende la mano para que David le dé la chaqueta.

David mira a su alrededor, y luego, a regañadientes, empieza a quitarse la chaqueta. En un momento dado, vacila, pero luego continúa. La razón de su vacilación es un enorme roto que tiene en la camisa y que antes tapaba la chaqueta. Trata de ocultar el roto con un brazo.

Manley coge la chaqueta de David sin mirarle, y sigue moviéndose sobre el terreno haciendo cálculos, mientras sostiene ante sí la chaqueta abierta.

David: Oye… Necesito esa chaqueta. No va a poder…

Manley: [Interrumpiéndole] Te la voy a devolver. Ahora, por favor, guarda silencio unos minutos. Es vital que lleve a cabo unos cálculos precisos.

David sigue mirándole, preocupado por su chaqueta.

 

64 SACRISTÍA. MÁS TARDE.

Plano corto: el roto de la camisa de David. David se lo palpa una y otra vez, cohibido, como si se tratara de algo que pudiera enmendarse.

El encuadre se amplía para mostrarnos a Manley y a David sentados en el suelo, con la espalda contra del muro, mirando de frente el hueco negro. Tienen la vela delante de ellos, en el suelo. Manley no espera que el fantasma aparezca en ese momento. Sin embargo, tiene los ojos fijos en el hueco negro. Su expresión es meditabunda. David mira también el hueco. Parece tratar de hacer que la distancia entre él y el hueco aumente todo lo posible.

El hueco negro: la cámara lo enfoca durante unos instantes, y luego va bajando hasta mostrarnos algo que ha sucedido en el suelo, frente al umbral. Ha aparecido una línea (de lo que parecen trocitos de pan) que forma un semicírculo en torno al umbral. Dentro del semicírculo, el suelo aparece cubierto de un polvo blanco, salpicado de lo que podrían ser aceitunas. Y, tendida más o menos en el centro, con los brazos extendidos, vemos la chaqueta de David.

Manley y David: Manley dice algo, y aunque no lo hace en voz alta, David da un respingo al oírle.

Manley: Muy bien. Te lo contaré.

David: ¿Qué?

Manley: Una noche de 1904 se dio muerte a un indigente. Ahí dentro.

David sigue la mirada de Manley.

El hueco negro: la cámara se acerca lentamente a él mientras oímos el diálogo siguiente:

David: [Voz en off] ¿Por qué?

Manley: [Voz en off] ¿Qué?

David: [Voz en off] ¿Por qué lo mataron?

Manley: [Voz en off: tomándolo como una digresión que no hace al caso] Oh… Se necesitaban ciertos órganos para una investigación científica o algo parecido. En cualquier caso, lo trajeron aquí y le dieron muerte en ese umbral. Hace ochenta años.

Manley: [Prosigue, incitando a David para que llegue a una conclusión] En esta precisa noche.

David: Entiendo. Estamos esperando a que aparezca su fantasma.

Manley: Muy bien. Y, según me dicen, es un fantasma muy de fiar (para lo que suelen ser los fantasmas). [Pausa]

David: Y tú vas a…

Manley: Exactamente.

El hueco negro.

Manley: [Prosigue, en off] Y ahora tengo muchísima hambre.

 

65 SACRISTÍA. UNA HORA DESPUÉS.

Plano corto: el roto de la camisa de David. Ahora no intenta tapárselo. El encuadre se amplía y vemos a David sentado como antes, con la espalda contra del muro. Ya no parece asustado, sino resignado. Como si ya no le importase nada.

Panorámica lenta hasta enfocar a Manley, que sigue sentado junto a David. Ahora parece mucho más hambriento e impaciente. Está encorvado hacia delante, respirando trabajosamente, con la mirada fija en el hueco negro. Su expresión es lasciva.

Otro encuadre: Manley, de pronto, da un respingo hacia delante, con la mirada fija en el hueco que tiene enfrente. David no reacciona, pero sigue mirando con expresión vacía el mismo punto. (Su falta de reacción se debe a que Manley ha dado ya numerosos respingos en el curso de la última hora.) Manley se relaja y sigue en su sitio.

Manley: Mmm… Me ha vuelto a parecer que se movía algo.

David: [Impasible] Aquí el fantasma soy yo. Yo mismo.

Manley: Bien, sabes lo que tienes que hacer, ¿no? Es absolutamente imprescindible que lo hagamos todo en el momento justo.

David: [Con los ojos fijos en el hueco y la mirada vacía] Aquí el fantasma soy yo. Si desaparezco esta noche nadie se daría cuenta.

Manley: ¡Chsss!

Manley da un nuevo respingo hacia delante.

El hueco negro: unos cuantos segundos. No sucede

nada.

Manley y David: Manley vuelve a relajarse. David sigue mirando hacia delante con ojos vacíos.

Manley: Mmm…

 

66 IGLESIA.

Punto de vista: el de una figura que no podemos identificar. Avanza por un pasillo lateral hacia el altar de la iglesia, y al llegar busca la puerta de la sacristía.

 

67 SACRISTÍA.

Plano corto: la cara de Manley se enciende por la excitación.

Manley: [Entre dientes] ¡Allí!

Manley se pone en pie de un brinco, sin dejar de mirar el hueco. Vemos que tiene la red entre las manos. David, como despertando de un sueño, se sobresalta y se pone en pie apresuradamente.

Manley: [En off, entre dientes] ¡Ahora sí! Se ha movido algo. Prepárate.

El hueco negro: algo se mueve en la negrura; algo que no podemos identificar. De pronto, aparece un vagabundo en el hueco. Vemos el abrigo y la cara. Es un vagabundo “anticuado”, con un abrigo grande y harapiento. De mediana edad, es menudo y su semblante es descarado y amistoso. No hay en él nada de fantasmagórico. Se frota los ojos, como si acabara de despertarse, y sonríe mansamente.

Vagabundo: Buenas noches.

Manley y David: ambos miran fijamente al vagabundo, un tanto aturdidos. Manley tiene la red en la mano.

Vagabundo: ¿Qué pasa aquí? ¿A qué viene todo esto? [Señala con el pie el polvo del suelo] Se os ha caído algo, ¿no?

Manley: ¡No toque eso!

Vagabundo: [Ofendido] No sé quiénes sois, compadres, pero no creo que vayáis a cazar mucho con eso. Si lo que queréis es mariposas, tenéis que ir a Hampstead Heath.

Manley: [Bajando la red, indignado] ¿Qué estás haciendo aquí?

Vagabundo: ¿Que qué hago aquí? Os podría hacer la misma pregunta a vosotros. Siempre duermo aquí. Friego los suelos para el viejo pastor, y él me deja este sitio. No puedo dormir con tanto ronquido, y sabe Dios qué más cosas… Pero aún no sé cómo habéis llegado hasta aquí.

Manley: Lo que hacemos es esperar a que ocurra algo de suma importancia. Y usted, señor mío, ¡está en medio!

vagabundo: [Encogiéndose de hombros] Perdóname, compadre. Pero te aseguro que no hay gran cosa ahí dentro. Si lo hay, yo nunca me he dado cuenta.

Mientras dice esto se vuelve y mira el hueco oscuro. La cámara nos muestra su espalda durante unos segundos.

Manley: Bien, yo le aseguro que con toda probabilidad está a punto de materializarse algo, y le pediría amablemente que se quitase de ahí enseguida.

El vagabundo no se mueve. Sigue de espaldas desde que se ha vuelto. La cámara sigue fija en él unos instantes, y luego va acercándose a medida que el vagabundo va dándose la vuelta hacia ella. Por espacio de una fracción de segundo vemos la cara del vagabundo, que ha cambiado por completo. Es la cara de un muerto: la mirada fija, horrorizada, los labios manchados de sangre. Sólo podemos captar esto muy fugazmente, porque de inmediato la cámara nos muestra el semblante sobrecogido de Manley y David. Manley es el primero en recuperarse.

Manley: ¡La llama, rápido! ¡Rápido, la llama, rápido!

Otro encuadre: algo hace que surja de pronto en torno al hueco un anillo en llamas. La figura del vagabundo sigue inmóvil como una estatua, a medio volverse, mirando por encima del hombro. No podemos verle la cara a través de las llamas.

Punto de vista: el de fantasma. David lanza frenéticamente hacia él, a través de las llamas, polvo de un bol que tiene en las manos. Su urgencia se debe más a un irracional deseo de defenderse que a cualquier posible entusiasmo por la causa de Manley.

Manley despliega la red. Afina cuidadosamente la puntería y la lanza hacia el fantasma. La red cae sobre la cámara. Fundido a negro.

 

68 CUARTO TRASERO DE LA SACRISTÍA. MEDIA HORA DESPUÉS.

Fundido de apertura: la sacristía esta vacía. La red, al igual que la chaqueta de David, está tirada en el suelo, delante del hueco que da al cuarto trasero. Las llamas han cesado, y no hay señales de daños causados por el fuego.

Ahora nos llega una luz del cuarto trasero. La cámara avanza despacio a través del hueco y nos muestra a Manley sentado en un pequeño taburete, encorvado sobre la cocina de camping, cocinando algo en el wok. La llama de la cocina es al parecer la única fuente de luz. No es lo bastante fuerte para mostrarnos los detalles del recinto, pero vemos:

A David al fulgor de la cocina de camping. Está apoyado contra la pared, y mira fijamente en dirección a Manley.

Primer plano: la cara de Manley. Impaciente y lascivo, mira lo que está cocinando. Sonríe, expectante.

Manley echa especias en el wok, que emite chisporroteos y sonidos sibilantes, y cuyo contenido aún no podemos ver.

Los ojos de David, de mirada vacía, siguen fijos en Manley.

 

69 CENTRO DE LONDRES. MUY DE MAÑANA.

Charing Cross y Trafalgar Square. La ciudad aún no ha despertado.

 

70 CALLEJÓN CERCANO A CHARING CROSS. MUY DE MAÑANA.

Basura y periódicos viejos en el suelo. Una hilera de cubos de basura contra el muro. Al fondo un viejo hurga en uno de ellos. Lleva una bolsa de plástico en la que va metiendo cualquier cosa comestible que encuentra. Va de cubo en cubo, y se acerca poco a poco por el callejón hacia la cámara.

Vemos a Manley en primer término del plano. Lleva de nuevo el abrigo. Se tambalea. Se detiene y se apoya contra el muro, y mientras lo hace va volviéndose hacia la cámara. Parece muy enfermo. Se agarra el vientre y respira con dificultad. Se vuelve y vomita en el cubo de basura más cercano. Entretanto, el viejo sigue hurgando unos cubos más allá; de espaldas a Manley, no le ve vomitar. Manley termina de hacerlo, se vuelve hacia nosotros y sale de campo dando tumbos. El viejo deja de hurgar en un cubo y pasa al siguiente. Le basta una ojeada para ver que está vacío. El cubo siguiente es aquel en el que ha vomitado Manley. El viejo se acerca hacia la cámara por el callejón, con la bolsa de plástico abierta y lista, esperanzado. En el momento mismo en que está a punto de mirar en el cubo, el plano cambia y nos muestra lo siguiente:

 

71 PASO BAJO EL PUENTE. MUY DE MAÑANA.

Vemos a unos quince hombres en la acera del paso subterráneo bajo un puente. Todo parece indicar que tal albergue es permanente; botellas vacías, mantas, periódicos y cajas de cartón marcan el “territorio” de cada uno de ellos. Aproximadamente la mitad están sentados, apoyados contra el muro, bien porque están despiertos o bien porque duermen de ese modo.

La figura de Manley aparece al fondo del paso, y se acerca tambaleante hacia nosotros. Los hombres apenas se fijan en él. Manley se detiene a mitad de camino y busca apoyo en el muro para recuperar el resuello.

Otro encuadre: en el momento en que Manley se detiene vemos a uno de los hombres sin hogar sentado en el suelo. Tiene unos cuarenta años. Lleva traje, pero no corbata. Aunque sus manchas y arrugas son muchas, no es descabellado imaginar que, meses atrás, nuestro hombre ha vendido seguros con esa misma ropa. Ahora alza la mirada hacia Manley con expresión solidaria, y le indica un hueco a su lado: un “asiento” de cartón aplastado.

Hombre sin hogar: Siéntate. Descansa un poco.

Manley: Mmm…

Manley se sienta, aun sin aliento. Mira, meditabundo, el espacio que hay frente a él. El hombre sin hogar mira a Manley con una sonrisa amistosa. Manley no le presta atención durante un rato, pero el hombre sigue sonriéndole. Manley le dirige una mirada rápida, y luego sigue mirando más allá de él, hacia la entrada del paso bajo el puente.

Manley y el hombre sin hogar: Manley se frota el vientre despacio, y vuelve a mirar hacia el vacío con aire ensimismado.

Hombre sin hogar: Nos hemos pasado un poco, ¿no?

Manley: ¿Qué?

Hombre sin hogar: Se nos ha ido un poco la mano con… [Hace como que empina el codo]

Manley mira al hombre sin hogar con desprecio. Luego, muy digno, dice:

Manley: Tenía hambre. Y he comido. Y ahora estoy enfermo.

Hombre sin hogar: [Encogiéndose de hombros] Está bien, está bien. Entiendo lo que quieres decir.

Manley: ¿Que entiendes lo que quiero decir? Lo dudo mucho. ¿Cómo podrías llegar a entender la clase de hambre que yo tengo?

Hombre sin hogar: Bueno, a todos nos entra el hambre, ¿no?

Manley dirige al hombre sin hogar otra mirada despectiva.

Manley: No tiene ni idea de lo que es el hambre verdadera.

El hombre sin hogar se encoge de hombros. Manley sigue mirando al aire con aire pensativo y se frota lentamente el vientre.

 

72 PASO BAJO EL PUENTE. MUY DE MAÑANA. UN POCO MÁS TARDE.

Un Rolls Royce aparece al fondo del paso subterráneo y comienza a acercarse hacia la cámara; va pasando despacio por delante de los indigentes.

 

73 COCHE. MUY DE MAÑANA.

Carter, al volante, va mirando la acera. Lleva algún tiempo buscando. Su mirada se fija en Manley, y un fugaz atisbo de sonrisa se dibuja en su semblante. Se detiene y, durante unos instantes, sigue en su asiento mirando hacia Manley.

 

74 EL PASO BAJO EL PUENTE.

El Rolls se ha parado enfrente de Manley y el hombre sin hogar. Manley alza la vista hacia el coche con aire taciturno, pero no hace ademán de levantarse. Carter se baja del coche, sin prisa. No hace gesto alguno de ayudar a Manley a levantarse; en lugar de ello, abre la portezuela trasera y se queda quieto esperando. Manley se pone en pie con cansancio. Carter sigue manteniendo la portezuela abierta, sin hacer el menor ademán de ayudar a Manley, que monta con esfuerzo en la trasera del Rolls.

El hombre sin hogar: no hay sorpresa en su cara. Pocas cosas lo sorprenden. Observa la escena con la misma sonrisa afable.

Se cierran de golpe las portezuelas del Rolls.

Otro encuadre: el Rolls inicia la marcha. Pasa por delante del resto de los hombres sin hogar y sale de campo.

 

75 UNA CALLE DE LONDRES.

El Rolls avanza por una calle desierta.

 

76 COCHE.

Durante el diálogo siguiente, Manley sigue mirando por la ventanilla con aire cansino. Aunque está claro que se dirige a Carter, en realidad está pensando en voz alta y no le parece nada fuera de lugar el silencio de su chófer.

Manley: [Sin tono de triunfo] Puede que quiera saber, Carson, que anoche logré hacer lo que me proponía.

Carter sigue impasible.

Manley: No fue tan extraordinario como habría cabido esperar. [Pausa] En conjunto, una decepción. Quizá vuelva a viajar a Islandia. [Pausa] Mmm… Tan aburrida y gris, Carson… [Pausa] La vida se vuelve tan aburrida y gris cuando has probado sus ofrendas más evidentes…

Manley, sumido en sus pensamientos, sigue mirando por la ventanilla.

 

77 CUARTO TRASERO DE LA SACRISTÍA. MUY DE MAÑANA.

Plano corto: David dormido, apoyado contra el muro.

Despierta sobresaltado. Mira a su alrededor, y se tranquiliza. El cuarto trasero es pequeño y desabrido: una especie de almacén para trastos y objetos desechados de la iglesia. Aunque aún no es necesario que lo veamos, en uno de los muros hay un viejo espejo de cuerpo entero. En el suelo vemos la huella del paso de Manley: el desorden propio de un campamento abandonado. El wok descansa, torcido, sobre la cocina de camping. Las cucharas, las paletas de servir, el plato vacío, los frascos y los envoltorios están esparcidos por el suelo, y el taburete de Manley caído.

David se comporta de forma muy similar a la de alguien que despertara de una larga borrachera. Suspira profundamente y se frota la nuca. De súbito recuerda el roto de su camisa, y se la mira como con esperanza de que haya podido enmendarse de la noche a la mañana. Se levanta, muy cansado. Sigue tocándose el roto con preocupación, mientras sus ojos van de un lado a otro del cuarto en busca de algo.

Punto de vista: el de David.

El wok, con dos o tres trocitos de carne aún pegados a los bordes. Con curiosidad cansina, David se acerca al wok y se agacha ante él.

Alarga la mano y coge uno de los trozos. Lo levanta con recelo, como si se tratara de una babosa. Se lo acerca a la cara con cautela. El olor –fuerte y atroz– le da en plena cara. Tuerce el gesto y arroja lejos de sí el trozo de carne. Vuelve a suspirar y mira hacia el frente con ojos vacíos. Tocándose de nuevo el roto de la camisa, va hacia el hueco que da a la sacristía. Sigue mirando a su alrededor en busca de algo. A través del hueco podemos ver la puerta de la sacristía, ahora un poco entreabierta. La cámara enfoca el suelo en torno al hueco del cuarto trasero y vemos lo que David está buscando: su chaqueta. Está tirada en el suelo, en medio de una ceniza blanca que parece polvo.

David coge la chaqueta del suelo, le sacude la ceniza todo lo que puede y se la pone. Cerca del hombro tiene un agujero grande: una quemadura. Repara en ello con consternación. Se palpa el agujero con un dedo; luego llama su atención algo que ve en el cuarto trasero. Vuelve a entrar en él, con la mano en el agujero de la chaqueta como si se estuviera tapando una herida.

Lo que David ha visto es el espejo de cuerpo entero, abandonado contra un muro. Se pone enfrente de él, y quita la mano de la quemadura de la chaqueta. Se contempla con expresión vacía. Luego suspira, se encoge de hombros y se da la vuelta, mientras se frota de nuevo la nuca.

 

78 CENTRO DE LONDRES. MUY DE MAÑANA.

Un Rolls rueda por el asfalto de las calles en la mañana temprana.

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