La oculta latiniparla

Había aceptado ir a un simposio sobre el cine y la literatura en el Festival de Huelva por dos razones tan poderosas como la sinrazón: volver a ver un cuarto de siglo después a María Félix, ese mito, y conocer el Puerto de Palos, esa meta. Nunca encontré a Palos. El alud del tiempo lo borró y ya no es más el puerto en que todo comenzó para nosotros, desde donde ese sabio ignorante descubrió el noble salvaje al Renacimiento, creyó que América era las Indias y así convirtió a sus indígenas para siempre en indios y hasta juró que una isla, que con los siglos se creería en su contenido un continente, era de veras tierra firme. (Esas confusiones locales naturalmente terminaron por crear la Confusión Continental: el Nuevo Mundo.) Vi a María Félix sólo de lejos. No tenía que haber ido a Huelva, tan lejana, porque en el aeropuerto de Madrid, tan próximo, tan propicio, tuve a La Doña más cerca que nunca –y hasta recibí un beso inmerecido de esta mujer que tuvo que haber hecho un pacto secreto con Venus: está más bella ahora que cuando la conocí en sus cuarenta espléndidos en La Habana hace veinticinco años. No hay duda de que el desvelo de diosa desnuda que le infirió Diego Rivera es su retrato de Doriana Gray. En Huelva (que alguien del lugar calificó con decisivo orgullo natal la ciudad más fea de España y tanto insistió el lugareño –»Sí, señor, la más fea de España»–, que tuve que acudir otra vez a Oscar: “De España no, señor. Del mundo.”) me encontré en la calle camino de nuestro coloquio común con Juan Benet, tan alto como distante para quien no lo conoce. Alguien expuso una vez, analogía anémica, que Benet era el Quijote de la novela española actual –que es como proponer que Juan García Hortelano le haga el Sancho a Benet. En realidad Benet es una suerte de De Gaulle literario, tan imprevisible como consecuente consigo mismo y a veces tan altanero como escritor y es comprensible que se ha hecho una casa de campo junto a El Escorial para practicar tierra adentro su hobby marino. (Benet pinta asiduamente minuciosas batallas navales de las dos últimas guerras –que nunca ocurrieron). Desde que conocí a Benet en Londres me he sentido cómodo en su compañía, tal vez porque a menudo compartimos opiniones contrarias –sobre Jane Austen y los rusos Nabokov, Solzhenitsyn, Turguénev contra Chéjov, etc. Pero como todos los que escribimos y leemos más o menos español alcanzamos siempre un lugar común, que es el Quijote –y en esa lectura individual y múltiple nos encontramos, comentando su comentario quijotesco dicho en Harvard y leído por mí en Separata en Sevilla.

Mischievous por Thomas. Imagen vía.

            Terminado el coloquio entre amenazas de sombras de cine del Tercer Mundo (que nunca soñó Colón en sus peores pesadillas) propuse a Benet que regresara con nosotros a la luz de Sevilla, blanca y amarilla. Aceptó gozoso: un viaje de contradictorios hacia la otra ciudad de Cervantes. Pero en su coche Renault (para no usar más que dos galicismos) no cabíamos todos si viajaban también Emma Cohen y Miriam Gómez –¿y cómo dejarlas fuera?– “¿Y si hiciéramos una señoritada?”, sugirió sabio y sonriente Benet. “¿Que es qué?”, quise saber. “¿Por qué no vamos todos en mi coche y que viajen las maletas solas en tu auto?” Se refería al automóvil con chofer que había puesto a mi disposición el Festival para hurtar dos cuerpos a Huelva. Acepté la proposición que no era una señoritada sino la manera con que Benet, ingeniero de caminos, resolvía un problema logístico de rutas. Rumbo a Sevilla conversamos, con Benet conduciendo espasmódico, siempre hablando vuelto hacia sus pasajeros y sólo ocasionalmente mirando a la carretera jorobada y nocturna. Iba a advertirle que ya nadie conducía así, tan peligrosamente entre Nietzsche y Bogart, ni siquiera en las películas (ver estrenos). Además las maletas no nos seguían, nos precedían. Nadie nos perseguía. Benet en ese momento estaba diciendo exactamente:

            —Vosotros los latinoamericanos…

            —Yo no soy latinoamericano —repuse rápido.

            El asombro de Benet lo devolvió al camino.

            —¿Cómo que no eres latinoamericano?

            —No, yo soy cubano. Ahora súbdito de su Majestad la reina Isabel II de Inglaterra y el único inglés que escribe en español, pero conservo la nacionalidad cubana. Soy cubano, nativo y por opción.

            —Es que acabo de publicar una cosa sobre los latinoamericanos.

            —Soy cubano —insistí.

            —Ya sé, ya sé. Pero en este artículo condenaba por ridícula la idea de que pueda haber un latinoamericano que piense como un continente y además tenga un país propio. Por ejemplo, un colombiano que pida a Reagan que se ocupe como presidente de América Latina pero no de Colombia. ¿Qué es entonces América Latina?

Esas confusiones locales naturalmente terminaron por crear la Confusión Continental: el Nuevo Mundo           

Sin necesidad de mirar al camino español me explayé, embalado por ese adjetivo absurdo. ¿Qué quiere decir latino en América? ¿Que habitamos el Lacio acaso? ¿Que somos descendientes directos de Roma, hijos y nietos del romance? La Latina de América debe de venir de lata porque es esto todo lo que da. Cuando me dicen que soy un escritor latinoamericano admito, qué remedio, que soy escritor pero rechazo que me llamen latino. América será un sol o un crisol de razas, pero ¿hay algo más distinto a un cubano que un mexicano o un nativo de Nicaragua aunque sea cardenal? Habrá cierto parecido entre un cubano y un dominicano porque después de todo Cuba y la Hispaniola fueron descubiertas por Colón de un solo viaje. Pero este parecido no es mayor que el que hay entre un guatemalteco y un panameño divididos por la selva, abiertos en canal. Y si Cuba y Puerto Rico son, como dice el verso cursi, de un pájaro las dos alas, lo cierto es que todas las balas parece recibirlas Cuba –o al menos los cubanos. El único país de América que de veras se parece a la minúscula isla en que nací es ese continente dentro de un continente que se llama Brasil, con sus negros creadores: de religión, de danzas, de música. Pero Brasil no se parece ni a Venezuela ni a Colombia ni al Perú con los que tiene fronteras, ni mucho menos a Bolivia, país hecho de estaño a golpes de estado. Paraguay y Uruguay como un verso de Lorca, rima en ay, pero ahí termina toda relación posible. Los uruguayos hablan como los argentinos (o tal vez sería mejor decir que dominan el idioma de Buenos Aires) y a menudo se acercan tanto que logran un parecido que termina por ser identidad. Hay escritores uruguayos, como Horacio Quiroga y Felisberto Hernández, que han acabado por adoptar la nacionalidad argentina –después de muertos.

            ¿Qué queda de este mosaico arbitrario? Ah sí, preguntarse en qué se parecen Ecuador y Chile, excepto en compartir, como mitades de pan a la salchicha, a Perú con mostaza. Cosa curiosa, ningún país americano quiere parecerse a esa minúscula república, maravillosa y original, que fue la primera en esta parte del mundo en liberarse de Europa, que tuvo presidentes tempranos y reyes tardíos, tiranos y ciudadanos nacidos esclavos, que inventó el vudú, creó los zombíes de la nada y recreó la pintura primitiva. (Benet, sin mirar al camino, había visto hacía un kilometro que hablaba de Haití). Esa república en que Baby Doc obeso hereda a Papa Doc obseso, no pertenece a América Latina, ni siquiera parece quedar en América por lo poco que importa su destino siempre torcido. Haití es tabú. Pero ¿son latinos los haitianos? ¿Es América latina? ¿Es latina la palabra latina? Nadie sabe. Ni siquiera se conoce cuándo se empezó a usar un calificativo que parece prestigioso y es en realidad una caricatura cruel –casi parece que se quiere pronunciar América Letrina y la mala lengua no alcanza. Alguien tan americano como José Martí, ya en la segunda mitad del siglo XIX, se veía obligado a hablar de Nuestra América queriendo decir la otra América. Es evidente que Martí no quería o no sabía hablar de nuestra América Latina. Irónicamente, Martí hacía esta distinción dos años antes de que el congreso de los Estados Unidos votara unánimemente declarar a Norteamérica, entre México y Canadá, los “Estados Unidos de América”, apropiándose unilateralmente del nombre de todo un continente llamado América por una confusión de lecturas. Es en Estados Unidos donde se inventó también llamar Latino “al resto”, es decir Nuestra América. Terminé mi perorata de pie:

            —Rechazo todo lo Latino como rechacé en su momento esa americanada en París del Boom literario latinoamericano.

            —¿Cómo? ¿Pero es que tampoco crees en el Boom? ¿No hay nada sagrado para ti? —las tres preguntas eran de un mismo Benet que esperaba que rechazara también al Espíritu Santo antes de llegar a la Giralda.

            —Creo en el Bloom —le dije y aquí topamos con otro querido que rechazara también al Espíritu Santo antes de llegar a Sevilla.

            —Creo en el Bloom —le dije y aquí topamos con otro querido odio de Juan Benet, James Joyce, irlandés errante. Pero ese diálogo interior sobre el Ulises quedaría para otro viaje, para otro día. Doomsday, con Benet al volante, queda mucho más cerca que Sevilla.

Aquí Londres

No vivo en Inglaterra, vivo en Londres. Sólo he salido de esta ciudad y cruzado el siempreverde campo inglés para visitar otras dos ciudades inglesas: Oxford y Cambridge, ciudades universitarias. Dos veces fui a Oxford, una vez a Cambridge. La primera visita a Oxford fue cuando le concedieron el doctorado honoris causa a Borges, la otra visita fue un 4 de julio, para recorrer el rio Isis en una barca, conmemorando otro 4 de julio, cien años atrás cuando Lewis Carroll llevó de paseo por el río a las hermanas Liddel, todas niñas. Una de ellas se llamaba Alicia y ese “día dorado”, como lo llamó Carroll, marcó el origen de la literatura moderna: así se creó Alicia en el país de las maravillas. La visita a Cambridge fue para leer un texto mío acerca de la mala pronunciación, que es pésima lectura, de los autores extranjeros con nombres extraños. Se titulaba “Para matar un nombre raro.” Un ejemplo: Cervantes se pronuncia aquí Servants – es decir sirvientes.

Rechazo todo lo Latino como rechacé en su momento esa americanada en París del Boom literario latinoamericano

            Vivo en South Kensington. Mejor dicho en uno de los corazones de esta ciudad de múltiples centros. Mi casa queda a apenas tres cuadras del Palacio de Kensington, donde en días más felices vivían Diana y Carlos. Pero no todos los días eran felices. A veces, en días claros, se podía oír volar la vajilla para estrellarse contra las paredes. Eran una pareja ántuma, ahora son una pareja póstuma. Los días son más tranquilos en el barrio, pero se echa de menos la trifulca que era siempre bifulca.

            Uno de los más grandes escritores de esta isla de escritores, Samuel Johnson, más conocido como el doctor Johnson, dijo en el siglo XVIII: “quien está cansado de Londres está cansado de la vida”. Yo, tengo que confesarlo, no estoy, todavía, cansado de la vida.

La ciudad en que nació Will, pero se hizo inmortal Shakespeare. Comienzo con Shakespeare para elogiar dos vidas paralelas, la suya y la de Cervantes, que no nació en Madrid, pero allí se hizo famoso al llamarse Miguel de Cervantes Saavedra. Coincidencia viene de coincidir que es juntar una cosa con otra. El escritor inglés Anthony Burgess hizo coincidir en la ficción a Shakespeare y a Cervantes, cuando el bardo inglés pudo haber formado parte de la delegación británica que vino a la corte española en Valladolid en son de paz. Como se sabe, Cervantes vivía en Valladolid por esa época. Shakespeare no conoce la obra maestra de su vecino de página, pero sabe que es una novela. Un miembro de la comitiva pregunta entonces qué cosa es una novela. Shakespeare que sabe de drama y de poesía pasa la página. Cervantes sonríe sabio.

            Esta es una ocasión literaria en que se unen pero no se reúnen Cervantes y Shakespeare. Los dos sufrieron lo que Shakespeare hace llamar a Hamlet “las ondas y las flechas de la fortuna ultrajada”. La ironía en boca del melancólico príncipe de Dinamarca no es menor que la queja de Cervantes al ser herido por las saetas abusivas de Lope de Vega, entonces rico y famoso. De él dice directamente “no hay poeta tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote». Ahora con ironía póstuma, fue enterrado en la calle que se llama hoy de Lope de Vega. ¿Es que no hay reposo para el genio? Recuerden que Shakespeare fue llamado en su tiempo “cuervo intruso”, se supone que en la escena que ya dominaba, que domina en Inglaterra desde entonces.

            Otra leyenda quiere que Shakespeare nació y murió el 23 de abril. De Cervantes, más modesto o menos cíclico, se dice que nació en esa misma fecha. Aunque siempre prefiero la leyenda a la vida real, tengo que decir que Cervantes no nació tampoco un 23 de abril sino que un día antes: el 22. Nacido ayer. Lo sé porque tuve la ocurrencia de nacer en fecha tan abarrotada.

            Ese día antes celebrado pero también aciago nació un tal Vladimir Ilich Uliánov, más conocido por el alias de Lenin y un día antes, el 21 de abril, nació el malvado que no puede ser olvidado –Adolfo Hitler. A quien no quiere efemérides se le dan tres fechas.

Aquí Londres. O mejor, aquí en un patio de Londres. Donde una buena ama de casa inglesa mientras regaba su jardín encontró que la tierra se movía bajo sus pies. Más que la tierra, le movían las piedras del patio –y halló que una tortuguita que creía muerta y enterrada había regresado a la vida. La tortuguita había muerto de muerte natural cuarenta y ocho horas antes y había sido enterrada en el patio. El susto del ama del quelonio (que es lo que son todas las tortugas) la explicó el veterinario diciendo que la tortuguita no había muerto sino que estaba dormida, invernando por dos días. Los quelonios, como todos los reptiles, tienen esta habilidad de parecer muertos y regresar a la vida inesperadamente. Los ingleses son adeptos a tener tortugas pero no parecen saber mucho de ellas. Sólo la persistencia de la vida en esta tortuguita la salvó de morir de veras.

            Siempre me han fascinado las tortugas caseras, que en Cuba se llaman jicoteas y son tan pequeñas como una moneda antigua, y las tortugas marinas, gigantes más grandes que un bote de remos –y se llaman caguamas. He escrito un cuento sobre una caguama madre violada, publicado hace poco en Londres. Las caguamas viven en el mar y sólo vienen a la tierra a desovar en la playa. En mi cuento la caguama madre muere pero no sin antes haber matado a su violador. Es una historia, de amor y de muerte del sexo en el mar.

Los ingleses son adeptos a tener tortugas pero no parecen saber mucho de ellas

            Pero recuerdo mejor la tortuguita: una jicotea que nadaba para siempre en el aljibe de mi abuela. Uno levantaba la tapa del aljibe, esperaba un poco y veía a la jicotea venir nadando hacia la luz, incesante, perenne. ¿Y qué hacía la tortuguita en el aljibe? Se suponía que purificaba el agua de tomar. Fue años después, cuando ya no era un niño, que reflexioné que la jicotea en vez de purificar el agua la llenaba de sus detritus, comiendo y cagando en el agua. Pero ahora ya era tarde. La tortuguita, la jicotea, debía haber muerto en su féretro de agua. Fue entonces, cuando ya era hombre, que fui a verificar la muerte de la jicotea. Levanté la tapa del aljibe y esperé un poco. Al poco rato, para mi asombro, apareció la tortuguita de mi niñez. Como la tortuguita inglesa era inmortal: como todas las tortugas, jicoteas o caguamas en el trópico o en un patio inglés.

Ahora que hace sol, ahora que hay luz que no la hay todos los días, ahora podemos convertir la ciudad en un paseo histórico. Londres se vuelve una memorabilia biográfica gracias a las placas (antes cuadradas y marrón, ahora redondas con relieve y azul) que adornan y señalan cada edificio. Placas y más placas. ¿Me explico? Placas que señalan dónde vivió quién cuándo. Por supuesto, los ingleses no inventaron las placas conmemorativas. Están la estelas romanas que derivaban de las placas griegas y la costumbre se remonta a los egipcios, que fueron los iniciadores del culto a los muertos. Para tener una estela en Londres hay que morirse primero y estar muerto por lo menos diez años. Pero –siempre hay pero–, la placa al cómico de televisión Benny Hill apareció por aclamación popular, a los dos años de su defunción, que ocurrió aquí al doblar.

            Las placas son ahora todo azul celeste, como para declarar que los inmortales van siempre al cielo. La placa es un plato, casi un platillo volador al espacio interior. Contiene, bien visibles, los signos vitales (es un decir) del difunto que allí vivió. Hay placas de todos para todos. Una, bien singular, es la dedicada al capitán Bligh, el marino que originó, padeció y sobrevivió al famoso motín de la Bounty, el más famoso de la marina inglesa –y de Hollywood, que le dedicó cuatro películas. La película se titula siempre Motín a bordo como si fuera el único motín marino. Hay otras placas: a Chaplin, a Chesterton, a Chopin, a Coleridge, a Kipling, a Conrad, a Conan Doyle, a Freud, a Simón Bolívar, a Jane Austen, novelista ahora popular gracias al cine, a la televisión y a las feministas de todos los países, unidas. Hay placas a Catalina de Aragón, hija de Isabel y de Fernando y mujer de Enrique Octavo –cuando el rey de las cabezas cortadas tenía sólo once años. Como ven están todos los famosos –y algunos infames. Están todos los que vivieron, los que vivieron y murieron y los que sólo se quedaron un rato. Les quiero hacer saber que de todos los escritores hispanos que han pasado por Londres el único que califica para tener una placa encima del nombre como un halo celestial es este su seguro servidor. Es una broma por supuesto.

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