Ángeles y otros demonios

por 31 julio, 2026

Ya les habían dicho por ahí que llevaba dos días deambulando sin rumbo y arrastrando los pies, que se había quedado dormida una tarde afuera de la parroquia, que la gente la veía con lástima y ella les devolvía insultos al pasar, que parecía poseída y se iba moviendo por las sombras como si la fueran persiguiendo, que hasta la habían oído cantar su despecho en una esquina junto al mercado, ronca y desafinada. Habían pasado parte de la noche y toda la mañana buscándola, y cuando por fin la encontraron. Estaba sentada en la mesa de una cantina en la que ya no cabía una sola botella de cerveza más, encorvada, con los ojos vidriosos y el rostro sudoroso, inclinado, pegado a un hombro empapado de su propia saliva.

—Qué pues, Adelina —le soltó Ramiro, el mayor—. Mírala nada más, tirada a la mierda, soplándose el sueldo en cerveza y mezcal. Apestas, cabrona.

—Aquí echando un trago, nomás —le respondió ella, tratando de disimular.

Los hermanos se le plantaron enfrente y ellos mismos no sabían bien si lo que tenían que sentir era rabia, o lástima, o qué.

—Pregunta mi jefa si sí vas a venir a chillarle a mi ‘apá.

—Dile que ahí voy.

—Llevas con ese cuento dos días —le dijo el otro, Tomás—. Te andan esperando. No lo quieren enterrar hasta que le hayas chillado. Y con este calor, ya se está poniendo feo.

—¿Feo? Feo no, ya no aguanta. Órale pues, levántate. Te llevamos.

—Es que ahorita mismo ando indispuesta —les eructó—. ¿Por qué no consiguen a otra?

—Que no hay otra, chingá. Ni modo que la manden traer de La Venta. Cuesta una feria, y ahorita no hay. Ya se pagó el cajón, ya hasta las flores hubo que cambiar por andarte esperando.

—Dice mi ‘amá que tienes que ser tú. Aparte ya te pagamos, culera.

—Dile que ahí voy…

—¿Y así puedes hacer la chamba?

—Cómo no va a poder. Así como está, nomás le picas una costilla y se suelta a chillar.

—Pero y los cantos, ¿eh? ¿Y los rezos? Para eso la contratamos.

—Ya, ya… pinches escuincles quejicas —les dijo ella—. Con semejante par de puñales por hijos, ya mero y le podrían llorar ustedes. Dile a tu vieja que nomás me pongo de luto, y ya voy.

—Órale pues, pinche bruja. En una hora te vengo a buscar, y si no te has movido de aquí te llevo arrastrando. Y más te vale hacerlo como Dios manda, afinada y sin arrastrar las palabras, pa’ que descanse el alma de mi papá.

Se fueron, no sin antes pedirle al encargado que en un cuarto de hora a lo mucho la corriera a patadas si no se había movido de ahí. En cuanto salieron, Adelina juntó el coraje y se levantó. Por poco y voltea la mesa con las veinte botellas encima, pero logró estabilizarla con el mismo gesto con el que estabilizó su propio cuerpo, y luego se tropezó hasta la barra, sobre la cual extendió un billete de doscientos pesos.

—No te alcanza —le dijo el patrón. Ella le balbuceó un “luego te lo acompleto” y se dirigió a la salida, ignorando las protestas del tendero. Apenas podía andar, no solo por la borrachera sino por la pesadez que sentía en la panza. Le urgía volverse a sentar pero ya se había levantado, y le urgía mear pero no quiso darse la vuelta para ir al baño, porque por encima de todo, le urgía huir de ahí, antes de que volvieran esos muchachos malcriados por ella.

No hacía tanto que había amanecido, pero las calles ya exhalaban un vapor caluroso y denso. En cuanto puso el pie afuera la deslumbró el sol, y la recibió el graznido de un pájaro negro que la miraba desde el techo del edificio de enfrente. Adelina le mentó la madre y se encaminó por la avenida, pero el ave le mantuvo el paso, dando saltos por el borde de las azoteas. Venía siguiéndola desde hacía dos días. El día anterior, cuando se tiró a descansar en las escaleras de la parroquia, había ido a graznarle y a darle de picotazos en las piernas. Estaba segura de que ese pájaro debía ser el alma de Fulgencio, y de que no la iba a dejar en paz hasta que fuera a su casa a rezarle. Nomás había que aguantar un poco, deambular y hacer tiempo hasta que lo tuvieran que enterrar. Quizás luego vendrían a amedrentarla y a reclamarle el pago, pero para entonces ya no habría nada más que hacer. Su triunfo estaría consumado.

Días antes, había decidido que cuando no le quedara más opción, bajaría hacia el arroyo y se iría a esconder en las ruinas de la alcaldía. Hacia allá se dirigía ahora. Se cruzó con la dueña de los abarrotes, que le susurró al oído, “vieja ordinaria”, y en respuesta, ella nomás le soltó una risotada despectiva. Más abajo, dos hombres se agarraron los huevos al verla pasar, porque eso decía la superstición que había que hacer si uno veía en la calle a una monja, o a una bruja. Y la gente nunca supo muy bien cuál de las dos era ella. Solo sabían que conocía las formas antiguas de rezar y que no se metía jamás con los hombres, que convivía a diario con la desgracia y podía cambiar el rumbo que emprendían las almas en su travesía por el purgatorio. Era puro chisme de pueblo, aunque era cierto que hacía medio siglo que no conocía a ningún hombre. Ya no creía ser capaz, tampoco. Debía tener toda la maquinaria cerrada por el desuso, pero por si las dudas, hacía décadas que ya ni siquiera se asomaba allá abajo para comprobarlo.

Mientras andaba sopló el viento. Una nube delgada cubrió el sol, y por un momento le pareció que el aire traía consigo un hedor acre y dulzón. Debía ser Fulgencio. Ya se había puesto el cabrón a apestar el pueblo, nomás para atormentarla. Levantó la cabeza y olfateó, buscando el tufo a cadáver. No sabía muy bien si era un olor real, o si después de años de pasar tiempo en entierros ya solo lo percibía ella, si ya lo tenía metido adentro de las narices, pero vio en el cielo a una bandada de zopilotes volando en círculos sobre el pueblo, y pensó que no. No debía estárselo imaginando. Se recargó contra una pared, y quizás se desmayó de pie.

Pasó ahí un buen rato, respirando para no vomitar. Se acordó de la mañana que murió Fulgencio, cuando oyó las campanas de la parroquia y supo que le iba a tocar trabajar, aunque en ese momento no sabía aún para quién. Cuando le dijeron que el finado era él, sintió un aire caliente en la frente, y una ola de picoteos en el cuello y en las plantas de los pies. Nunca se imaginó que se iba a ir así, sin despedirse. Le vino una risa de los puros nervios, pero se la aguantó, porque enseguida pensó que la viuda se estaba burlando. Si no, ¿por qué contratarla a ella? Evidentemente, jamás lo iba a admitir. Les iba a decir a todos que había escogido a Adelina porque era la única plañidera de San Miguel el Alto, y la que mejor hacía su trabajo en la región. Al fin y al cabo, no era del todo falso.

Nunca le había costado trabajo llorar, incluso por gente que no conocía. Las suyas eran lágrimas reales y no esos quejidos pujantes y desganados que con esfuerzos invocan las otras y que no sirven para que las almas encuentren su descanso. Y es que hay que llorarle harto a los muertos, porque el llanto los encamina al paraíso celeste, y si no les lloran se quedan vagando en la tierra. El trabajo de Adelina siempre fue muy apreciado, no solo porque ella podía llorar de verdad, sino porque hay gente a la que eso le cuesta trabajo, y escuchándola a ella se sueltan un poco. Por eso de joven la adoptó esa anciana que le dijo que tenía talento para la lloradera, y le enseñó los cantos y los rezos que se usan para despedir a los muertos, esos que hoy ya nadie más en el pueblo conoce. En ocasiones también la llevaban a llorarle y rezarle a los enfermos y a las malas cosechas, y ve tú a saber por qué, a veces hasta funcionaba. Los enfermos se espabilaban, aunque fuera unos días, la milpa brotaba. Por eso ahora tenía fama de bruja y todos la miraban con desconfianza. Porque una mujer que llora cuando quiere es que sabe embelesar. Si puede llorarle a quien sea y le pagan por eso, no puede ser más que una actriz, y una puta. Y si aparte sabe de muertos y enfermos, seguro que es bruja también.

Quién sabe en qué momento se despegó de la pared y se puso a caminar. Ya llevaba un rato poniendo un pie frente al otro, pero andaba y andaba y parecía que no cubría terreno. ¿Cuánto tiempo llevaría deambulando? El sol estaba alto, y la gente metida en sus casas, refugiada de él. Seguro que ya la venían persiguiendo. Creyó oír voces llamándola a lo lejos, pero no había manera de estar segura sin voltearse, y desde luego no se iba a voltear. Intentó darse un par de cachetadas para no desmayarse, y se dio cuenta de que mientras trataba de andar en línea recta balbuceaba en voz alta. A veces le entraban arranques de ira, y entonces gemía y se jalaba los pelos. Debía estar despeinada. Ojalá que nadie la viera así.

Antes de llegar a la cuesta sintió que se estaba meando y supo que no iba a aguantar hasta el claro, así que se metió por un callejón en donde se levantó la falda y se agachó a orinar detrás de una pick-up. Parecía que se estaba vaciando, que el chisguete no se acabaría nunca. Su panza se aligeraba un poco, pero su pecho no. Cuando por fin se sacudió las últimas gotas, se quedó ahí de cuclillas, oscilando el cuerpo, y pensó en el día que recibió el pago por el sepelio, cuando aún no sabía si al final iría de mala gana a cantarle un par de rezos y exprimirle unas lágrimas de cocodrilo, o si se iba a terminar zafando de alguna u otra manera.

No quiso rechistar ni hacer una escena, y al final solo dijo, “mañana sin falta ahí estoy”, pero se arrepintió enseguida, y enseguida empezó a buscar pretextos. Nunca le tuvo afán a la bebida, pero aquél día decidió que ese dinero que le habían dado se lo iba a gastar en tonterías, y lo primero que hizo fue ir a comprarse un labial carmín, y luego una cerveza. Se tomó una, y luego otra. Al tercer o cuarto trago le dio rabia sentir que estaba a punto de chillar, y tuvo que tragarse las lágrimas antes de que se salieran sin querer. Pensó en aprovechar el nudo que tenía en la garganta para irle a rezar de una vez, pero decidió que no. ¿Por qué se merecía él ser feliz en la siguiente vida, si tan feliz había sido en esta? Pidió otro trago, y antes de terminárselo volvió a sentir que le venían las lágrimas. Otra vez se preguntó si era mejor ir de una vez, y volvió a decidir que no, siempre no. Así pasaron los días. Ahora tenía el rostro embarrado de polvo y labial carmín, y no era la primera vez que la iban a sonsacar los muchachos para que hiciera su chamba. Ella les daba largas, y les inventaba pretextos que desde el principio eran difíciles de creer pero que ahora ya carecían de cualquier sentido. Ya no le quedaba más opción que escondérseles, y así vivía ahora: huyendo sin saber muy bien de qué. De sí misma, quizás, o de alguna mala decisión que quería tomar.

Cuando por fin salió del otro lado del callejón ya no supo en dónde estaba, ni qué hora era. Quizás se había quedado dormida sobre su charco de orines. Vio la imagen de un mosquito en la pared, y reconoció el mural para la prevención del dengue que había pintado el gobierno hacía unos años sobre una pared de cal que se había descascarado tanto que el letrero se había vuelto ilegible. Había visto ese cruce de caminos un sinnúmero de veces, pero era como si de pronto se hubiera transportado a otro mundo. Toda una vida viviendo en este pinche pueblo que ya no guardaba ninguna sorpresa para ella, y había tenido que morirse Fulgencio para que por fin lo desconociera.

Aún no había logrado situarse cuando le cerraron el paso una horda de ángeles, de diablitos y calaveras que le aventaron grava y bosta de caballo, y se pusieron a bailarle alrededor. Por fin había ido a dar al infierno, pensó en su delirio. Tenía sentido que el infierno fuera un lugar triste y desolado, no tan distinto del pueblo en el que había pasado su vida entera. Luego vio que los diablitos llevaban faldas llenas de tierra y pantalones roídos, que sus alaridos se convertían en carcajadas chillonas, que no eran sino niños, una bola de escuincles pendejos molestando a los borrachines como ella con las máscaras rotas del carnaval pasado, y se puso a gritarles majaderías, a rugir amenazas hasta que se desbandaron y desaparecieron de vuelta por un callejón. El silencio era peor, quizás, que el alboroto que le había precedido.

Supo dónde estaba porque reconoció las paredes del cementerio, y se fue para allá, impulsándose por la pura inercia de la bajada. Cada tanto se daba de tumbos contra una pared y se quedaba ahí, esperando a que se le pasara la náusea, hasta que en una esquina le llegó un olor como a sangre caliente que la orilló a vomitar sobre la banqueta con una convulsión que le venía de muy adentro, como si su respiración le hubiera apelmazado toda la emoción en la tripa, y ahora estuviera exprimiéndose algo desde lo más profundo de sí misma.

“¡Huargh! ¡Huaaargh!”, soltaba mientras se le contraían las tripas, y enseguida el pájaro, que la observaba impasible montado sobre un poste de luz, le contestaba:

“¡Cuargh! ¡Cuargh!”

Lo bueno era que no había nadie en la calle, salvo unos perros huesudos que se acercaban a lamer el revoltijo de bilis que le salía del hocico y que parecía cerveza, pura agua con espuma amarilla, y que luego la observaban con miradas como de lástima. Adelina siempre creyó que los perros sabían más que la gente, y estos parecían conocerla demasiado bien. La miraban, y sus ojos tristes parecían decirle: “¿De veras lo vas a castigar así, le vas a negar el descanso por toda la eternidad? ¿Así de ardida estás? Si no serás una pinche vieja desalmada”, le decían, “si no tendrás lleno de veneno el corazón”. En respuesta, ella les soltaba unos intentos tropezados de patadas que solo los ahuyentaban por un momento, y luego volvían en bandada a relamer el piso.

Cuando levantó la cabeza entendió que el olor a entraña venía del local de don Félix, donde dos chalanes le espantaban las moscas a un chivo que tenían ahí colgado de cabeza. Lo vio, y de nuevo se le revolvió la panza. Así debía estar Fulgencio, pensó, pero enseguida se corrigió. No, ese pobre diablo ya debe de estar mucho más fermentado. Podrida y llena de moscas, así debía estar esa carne a la que alguna vez le había hecho el amor. Ese pensamiento la asqueó. Tuvo que vomitar otra vez, y mientras tosía el ardor en la garganta y escupía su vergüenza, le dio tristeza saber que no podía rehuirle al recuerdo. Todo le remitía a él. Hasta una pinche chiva desollada.

Volteó calle arriba y a lo lejos creyó ver a los hermanos hablando con un grupo de gente, entre ellas una mujer que levantaba el brazo, apuntando en su dirección, delatándola. No sabía si en efecto eran ellos; a pesar de haber vomitado, el mundo le seguía dando vueltas y le costaba trabajo enfocar la vista, pero si se quedaba ahí tratando de asegurarse la iban a interceptar. Así que dobló en un callejón, y al salir del otro lado siguió bajando la cuesta hacia el panteón. Ahí se encontró a don Emigdio, que iba subiendo la vereda con una mula.

—Saludsita —le dijo él—. Te andan buscando los hijos de Fulgencio. Dicen que te les andas escondiendo.

—No, cómo cree —respondió ella, tratando de no arrastrar las palabras—. Ya los vi y quedé con ellos. Voy nomás a hacer una diligencia.

—¿Y qué diligencia vas a ir a hacer por allá? —le espetó Emigdio mientras se alejaba, y Adelina nomás pensó “y a usted qué chingaos le importa, viejo metiche”, pero no dijo nada. Solo se lamentó de que el viejo la hubiera visto porque ya no iba a ser tan fácil desaparecer. Adonde fuera, no podía evitar ir dejando rastros; rastros de meados, de vómito, y de testigos. Ojalá se la trague la tierra antes de que se trague a Fulgencio. Al único hombre al que había amado sobre la faz de la tierra. Estaba entrando al panteón cuando lo vio como si lo tuviera enfrente, con esa sonrisa de niño que ya debía tener fija en el rostro como una máscara. Porque así son los muertos; algunos parece que se quedan a la mitad de un grito, pero seguro que ese cabrón era de los que se van sonriendo. Sus ojos iban recorriendo los nombres en las lápidas, algunos de los cuales reconocía, y cuando eso ocurría, pensaba: mira nomás. Puro cliente satisfecho.

Dando tropezones por entre las tumbas dio con un hueco abierto, y su primer impulso fue tirarse a revolcarse ahí adentro. Al fin que este es un camposanto, pensó. Quizás así se me limpia un poco el pecado y la culpa, toda la rabia y el rencor que traigo encima por ser tan necia. No lo hizo por la pura posibilidad de que esa fuera a ser la tumba de Fulgencio, que luego se la encontraran ahí echada y la obligaran a trabajar. Esa tierra rojiza, suave y espesa al rato estaría abrazándolo. Qué ganas de abrazarlo ella también. Pero no, abrazar a un muerto es lo peor que puede hacer una, porque luego se te agarran, y ya no te sueltan. Quizás eso quería. Una siempre quiere lo que no puede tener. Sintió que le venían otra vez las lágrimas, y antes de que se le salieran, se acurrucó entre las lápidas y se puso a negociar con él.

Si quieres ahorita te lloro un poquito, flaco, aquí entre nosotros nomás. Eso le dijo, pero luego se arrepintió y se aguantó las lágrimas. No, no te mereces que te lloren ni que te recen, por culero y traicionero. No te voy a llorar ni aunque el llanto se me transforme en quiste. “Hazle como quieras, chiquilla”, le respondió él, como un estertor saliendo de su garganta reseca, “yo te voy a seguir queriendo igual”. Eso le había dicho una vez: que siempre la iba a querer igual. ¿Y tú qué derecho tienes de quererme?, le dijo ella. Lo que más la enchilaba era que, si no le lloraba, su alma se iba a quedar vagando en la tierra, y ahí sí, jamás se iba a librar de él.

“Pero tú erraste al dejarme”, le dijo, “y así mismo te vas a quedar errando aquí hasta el día de la resurrección”.

No, no te mereces que te lloren, iba diciendo en voz alta mientras atravesaba una extensión de tierra ocre y seca a las afueras del panteón, enredándose las mangas y raspándose las pantorrillas con las espinas de los cardos y los arbustos que se encontraba en el camino. Si de llorarte se trata, ya tienes crédito en el paraíso, cabrón. Ya te lloré lo suficiente en esta vida, a ti, que no mereces el perdón de Dios, ni el mío. ¿Qué no sabes que Él le tiene reservado un lago de hielo a los traicioneros? No te habías ni despedido de mí, que ya la habías preñado a ella. Y a ella sí, nunca la dejaste. Treinta y tantos años anduvieron, y no fuiste ni como para despedirte de mí como la gente decente. Qué tenía ella que no tenía yo, jamás lo voy a entender. Ni encanto, ni lana, ni tetas, ni una pura chingada. Debía mamártela rete bien.

Yo no era sino una niña cuando te dejé entrar tan adentro de mí que una parte de ti se alojó en mi vientre, y ya no se quiso ir. Lo tuve que sacar yo misma en un campo de almizcle, con un sabor amargo en la boca y convulsionándome por los retortijones. Tuve que enterrar ese pedacito de ti en la tierra, y luego ya nunca dejé de llorar. Lo hice mi oficio y mi sustento. Tú te quedaste en el pueblo, y nunca llegaste a nada. A lo más que aspiraste fue a arreglarle sus camionetas a los ganaderos, a vender esos conejos que criabas, y a ser el papá de ese par de tarados. En cambio yo me volví la mejor llorona de todo el valle. Me llevaron a Miramontes y Tecuzitango, me alimentaron con carne de chivo y me cubrieron con mantas del algodón más fino, nomás para que les fuera yo a llorar. Ya ves: partirme la madre fue tu mayor logro en la vida.

El sol estaba agonizando cuando llegó a la antigua alcaldía, de la que ya solo quedaban ruinas; unas paredes de piedra y adobe cuarteado sin techo ni ventanas entre las cuales crecía un enorme mezquite cuarteado por el sol y las pocas lluvias. Miró de nuevo por encima de su hombro para ver si la venían siguiendo, y creyó discernir dos diminutas siluetas que marchaban a paso constante hacia ella. Aunque quizás era un espejismo. Se abrió camino hasta el patio y fue a desplomarse al pie del árbol, donde aún se colaban unos rayos de sol por entre el follaje, y enseguida llegó aleteando el pájaro, que se posó sobre una rama y le fijó los ojos encima.

—¿Qué chingaos quieres, pinche diablo? —le gritó ella—. ¿Qué putas me andas viendo?

Ahí postrada contra el tronco del mezquite, supo que ya no le quedaba tiempo. Ya venían por ella. Los escuchaba a lo lejos, gritando injurias y buscándola. Cuánto desprecio en sus ojos. ¿Sabrían acaso esos muchachos que por poco habían sido suyos, que ellos eran los hijos de Fulgencio que ella nunca llegó a parir? Pronto cruzarían el claro, y ella no tendría fuerzas para seguir jugando a las escondidas con ellos. Se dejaría jalar de los pelos, y al pararse frente al féretro sería incapaz de retener el llanto. Llevaba rato arrancando pedacitos de pasto seco, pero ese pensamiento la enfureció tanto que golpeó la tierra y se puso a pegar de alaridos. Porque darle la bendición era perdonarlo un poco, quizás incluso olvidarlo. Y eso era algo que nunca había querido hacer.

Se maldijo por no haber comprado una ánfora para curarse la cruda que ya empezaba a triturarle la cabeza como un garrote. Solo quedaba esperar la inevitable llegada de los muchachos, como una condena de muerte. Conforme se iba quedando dormida, le daba la impresión de que sus voces se iban acercando. Ya pronto darían con ella. Los vio entrar, agarrarla de los brazos y levantarla, arrastrarla hasta allá. Lo vio tan clarito que quizás lo soñó.

Cuando volvió en sí, hacía rato que había caído la noche y caminaba resignada, sola por una espesa negrura en la cual solo se vislumbraban las luces del pueblo como estrellas dispersas a la distancia, asediada por recuerdos que le revoloteaban alrededor como murciélagos en la oscuridad. Supo lo que iba a hacer, y le dio vergüenza. Siempre lo supo, nomás lo había estado postergando. Tanto tiempo que le tomó darse cuenta de que no hacía falta perdonar a alguien, no hacía falta ni siquiera dejar de odiarlo, para quererlo con todo el cuerpo.

Se adentró de vuelta en el poblado y cuando llegó a ese callejón que había pasado décadas evitando, reconoció la casa por el listón negro que colgaba de la entrada, y por el tenue destello de las veladoras que se derramaba de las ventanas. Se aventó contra el umbral de la puerta, y entró ante una asamblea de dolientes que la miraron como si se hubiera metido un tlacuache al velorio. Se tambaleó hasta el salón, donde vio a la viuda sentada en una esquina de la estancia y a sus hijos de pie junto a ella con los sombreros en la mano.

Adelina no iba de luto. Traía puesto un vestido azul ajustado hasta a las rodillas y el labial carmín que había comprado embarrado en el cachete. Estaba despeinada y el polvo que la recubría por andar tirada en el piso de tierra se le había enlodado en el rostro por el sudor. Cualquiera habría esperado que la sacaran de ahí, pero nadie se animó. Así que caminó hasta el ataúd cerrado y se asomó por una ventanilla justo a la altura del rostro de Fulgencio, y ahí lo encontró tal y como se lo había imaginado: con la piel de un morado verdoso, brillante como plástico barnizado y con la boca retacada de algodón, atrapado en el instante entre dos respiros.

A los dolientes se les enchinaron los pelos de la nuca por el alarido que pegó. Fue como soltar por fin un costal que llevaba días cargando, cuidándose de que no tocara el piso, y en el silencio que retumbó después, se puso a entonar esos cantos que conocía tan bien. Tenía la voz ronca por el trago y los días que había pasado gritando para no llorar. Por momentos se ahogaba con unas gárgaras de flema que le subían del pecho; y entonces tosía para aclararse la garganta, y retomaba. Lo hacía con tan poco decoro que parecía un insulto, pero a pesar de eso, la gente no podía evitar que se les subieran las lágrimas como un hervor profundo. Las suyas, mientras tanto, se iban llevando consigo las capas de mugre encostradas en su cara, y poco a poco el amasijo de alambre que llevaba días apretándole la garganta se distendió. Cantó durante cuarenta minutos, y hasta los más machitos berrearon, no tanto por su compadre sino por Adelina, que les retorcía las vísceras como una jerga húmeda cada vez que su voz se quebraba a la mitad de un verso.

Cuando terminó, se hizo un silencio en el que solo se oían sollozos, y Adelina pateó el burro que soportaba la caja. El ataúd se volcó con un movimiento torpe y atrabancado; tumbó las veladoras, los jarrones con arreglos florales, y se azotó con un estruendo. La viuda ni siquiera se sobresaltó; algunos dijeron que incluso creyeron adivinarle una sonrisa en el rostro. Los hermanos vieron la cera escurrirse por la estancia hasta llegar a sus pies, el cajón volteado y un poco roto, y el cuerpo ultrajado de su padre desparramado en el piso como un muñeco de trapo, y por miedo a que luego dijeran que no habían hecho nada, quisieron echársele encima a Adelina, pero los detuvo su madre, que les dijo:

—Déjenla.

Adelina se dio la vuelta y salió caminando de ahí sin cruzar miradas con nadie. Dicen que tenía los pelos de punta y los ojos bien abiertos, que parecía que le había estallado un cuete entre las manos. A los dolientes les dio miedo tocarla, como si al hacerlo se les fuera a meter un espanto, y cuando se abalanzaron a levantar la caja, la viuda les dijo en voz alta:

—A él también, déjenlo ahí. Que vea lo que se siente que la dejen a una ahí tirada…

La ignoraron, y levantaron el cuerpo de todas formas. Ella también estaba borracha. Luego sus hijos se la llevaron a otra estancia y se quedaron a solas con ella. Ahí, les dijo que a ella también, su padre se las había hecho ver negras. Que pronto llegarían al entierro un par de chamacas que había tenido con una mujer de Las Cruces a la que no le había dado un quinto en la vida. Que habían sido treinta y siete años aguantando su silencio, su mala cara cuando por fin se dignaba a contestar, y eso sin contar los bofetones, los platos rotos, las humillaciones por un caldo mal sazonado. Todo porque en el fondo, seguía enamorado de Adelina. Ella suponía que era de Adelina, ¿de quién más? Por eso era importante que viniera a despedirlo. Porque ella, desde luego, nunca iba a poder llorarle, no lo suficiente. Treinta años queriendo sacudirlo de los hombros para que aunque fuera se dignara hablar con ella, porque, ¿cuánta angustia puede aguantar un hombre que vive de esa manera? Pues miren. Tanta, que al final la emoción se le convirtió en una dureza que le devoró la entraña, y ni así. Ni así se ablandó tantito. Era un hijo de la chingada, les dijo, pero algo tenía, el cabrón, que a pesar de como te magullaba el alma, de todos modos le brillaban los ojitos a una, de todas formas lo seguía una queriendo después.

Al salir de la casa, Adelina vio al pájaro que la venía siguiendo. Estaba tendido en el piso sobre una cama de sus propias plumas como si lo hubieran tirado del cielo hacía días. Adelina no supo bien cómo debía interpretar el portento. Se alejó de ahí dando de tumbos, y todavía alcanzó a pensar que si en ese momento se desplomaba muerta de tristeza, a ella sí, nadie la iba a llorar.

 

Este texto puede leerse en versión impresa en IDEAL. Revista de literatura y artes visuales, cuyo nacimiento celebramos con esta colaboración.

Imagen de la cabecera: ©Graciela Iturbide.

SOBRE GRANTA

Granta en español es una publicación hermanada con la revista inglesa homónima (https://granta.com/about/) impulsada por iniciativa de los editores Valerie Miles y Aurelio Major, motivados por la necesidad de interpelar y trasvasar las literaturas que han ido surgiendo en países hispanoparlantes y angloparlantes en los lustros recientes.

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