Al Activista lo veo poco, porque cuando intentamos vernos dejamos un margen de imprecisión suficientemente amplio como para que cualquiera de nosotros pueda arrepentirse sin que el otro tenga derecho a molestarse.
Hey, escribe uno. Deberíamos vernos.
Y el otro le responde:
De una, estaré en el centro.
Y el primero dice:
Súper.
Y el otro dice:
Así quedamos.
Pero no hemos quedado, en realidad.
Porque no hemos fijado la hora.
Ni el día.
Ni el lugar exacto del centro para encontrarnos.
Y en esas pueden pasar varias semanas, a veces meses, armando planes que se diluyen sin conflictos, hasta que terminamos viéndonos, casi siempre, de la misma forma: de casualidad.
Sé que se ha comprometido con una nueva causa porque nuevas palabras aparecen cuando habla. Hubo un tiempo en que decía mucho las palabras malestar capitalista, oligarquía, arte plebeyo. Y otros días en que no se sacaba a los desplazados ambientales de la boca. Y decía: más que humanos, miradas especistas, tecnologías ancestrales. Y otros en que solo hablaba de sexualidades divergentes, de heteronorma y de violencias simbólicas. En cada conversación, puedo hacerme una idea rápida de los intereses siempre mutables del Activista solo por los cambios en la superficie de su lenguaje. Y con frecuencia le digo que no lo entiendo. Y él me dice: No importa, Josecito. Y lo dice de verdad, sin condescendencia incluso en la forma en que me dice Josecito, en el diminutivo que solo le permito a él, al Activista. No importa, Josecito, me dice. Y no importa, de verdad. Porque el Activista no es idiota y se da perfecta cuenta de que me burlo cuando me burlo y de que le digo que no entiendo solo para echarle combustible a sus monólogos eternos, pero siempre demasiado cortos para mí, incendiados con anticipación por la rabia de clase, por su vida permanentemente al margen, así lo dice, por haber sufrido tanto desde niño.
Una vez le dije que alguien me caía mal por activista y el Activista me respondió:
Pero yo soy activista.
Y yo le dije:
Sí, pero sos distinto.
¿Distinto cómo?, me dijo.
Pues sos también otras muchas cosas, además de activista.
¿Como qué?, me dijo el Activista.
Y yo le dije:
Sos lindo, por ejemplo.
Y él casi que escupió el trago de cerveza de la risa que le dio y me dijo qué güeva y pedimos otra pola y luego otra y luego otra y se nos pasó el resto de la noche en esas, hablando de sus cosas de activista y de mis cosas de hombre solo comprometido con la causa de no morirse muy ligero. ¿Qué es ser lindo?, me preguntó el Activista en algún momento. Y yo le dije que ser lindo era un diminutivo de ser bello. Pero no pude sostenerlo mucho tiempo. Porque hay gente bella que no es linda, que no tiene diminutivo en la belleza. Como Lemebel, por ejemplo. Que era indeciblemente bello, pero no lindo. O como Freidel, que era enorme y rústico, igual que Gómez Jattin, y podía escribir y dirigir las obras más delicadas y bellas que se han escrito nunca, o sea, ser el hombre más delicado y bello que ha nacido nunca, pero no se lo imaginaba uno lindo bajo ninguna circunstancia. En cambio, otros podían darse el lujo de ser bellos y también lindos, como García Lorca, o como David Bowie o como Juan Gabriel. ¿Y yo?, me dijo el Activista. ¿Soy lindo y también bello? Y yo le dije que ja y él me dijo qué y yo le dije que jajajá. Y dejó que nos desviáramos hacia temas menos peligrosos.
El Activista es lindo, de verdad.
Para mí, esta es una diferencia fundamental frente a los otros activistas que conozco, que suelen ser, más que feos, afeados de tanto andar a la intemperie, en condiciones extremas, atravesados por angustias que no son del todo suyas, sino de mucha gente y a veces ni siquiera de gente con nombre, con rostro, con biografía, sino de abstracciones en distintos grados de compresión. El Activista, en cambio, se mantiene inmune a todo eso. O sea, a la fealdad de la lucha prolongada. A las líneas de expresión que se forman con las preocupaciones más intensas. Porque el suyo es un activismo de espacios interiores, guarecido del sol y de la lluvia, del hambre y de las bombas lacrimógenas, y es ahí donde puede florecer. Como un anturio. Inocente. Conservado. Con un brillo melancólico en esos ojos gigantescos.
El Activista es el primer marica en su familia.
Lo cuenta con orgullo.
Y eso le ha forjado, en algún sentido, todo su carácter.
Por primer marica quiere decir: primer marica en libertad.
Primer marica en ejercicio público.
Primer marica que va a los eventos familiares con el novio y dice:
Ma, pa, les presento a mi novio.
Todo para que le respondan:
¿Ah, sí?
Y el Activista diga:
Sí.
Y del otro lado digan:
Vea.
Y el Activista diga:
Se llama Fulano.
Y el papá diga:
Mucho gusto, joven.
Y Fulano diga:
Mucho gusto, don. Y mucho gusto, doña.
Y la mamá diga:
Tan educado.
Y el papá diga:
Siéntese, por favor, no se quede ahí parado.
Y Fulano diga:
Ay, muchas gracias.
Y el papá le pregunte:
¿Y a qué se dedica?
Y Fulano responda:
Soy administrador de empresas.
Y el papá y la mamá digan, en coro:
¿Ah, sí?, vea.
Y el Activista diga:
Ya empezaron.
Y la mamá diga:
Nosotros no hemos dicho nada.
Y el Fulano, que tiene una sonrisita nerviosa, diga:
¿Por qué?
Y el papá diga:
Es que nos parece muy bien que haga algo con futuro. No como los otros.
Y el Activista diga:
Apá.
Y el papá diga:
Es la verdad.
Y Fulano diga, ahora cómplice de los padres:
¿Los otros? ¿Cómo eran pues?
Y el Activista diga:
¡Fulano!
Y el papá diga:
Con decirle que uno era teatrero.
Y risas.
Y platos abundantes.
E historias sobre la vida y obra del Activista. Sobre su infancia dolorosa. Porque era un niño retraído, solitario, maltratado en el colegio, irreconocible, teniendo en cuenta el psicólogo exitoso que es ahora el Activista, tan sociable, tan carismático, tan le cae bien a todo el mundo, pero cuando era niño, mejor dicho, no le cuento. Y era todo eso porque no se aceptaba y no lo aceptaban como era, dice el Activista. Porque tenía miedo al qué dirán. Porque tenía miedo a perder el amor de los amigos, de su familia. Hasta que decidió confrontar al mundo, dice el Activista. A su propio padre y a su madre y a sus tíos. Incluso a sus abuelos. Eso fue lo más duro, dice el Activista. Salir del clóset frente a la abuela. Que era una señora muy católica de Santa Rosa de Osos. Muy conocida en el pueblo, porque fue toda la vida concejal. Y para el Activista era la luz de sus ojos. El significado pleno del afecto en la niñez. Pero había que tomar una decisión, dice el Activista. Y para él era importante que su abuela también lo amara por esto que era y que le había ocultado toda la vida. O sea, por marica. Pese a los riesgos. La hipertensión. Los tres infartos previos. Era lo correcto, dice el Activista. Y se lo dijo, en contra de los ruegos de su padre. Se lo dijo. En una Navidad. Con toda la familia congregada. Y dice el Activista que la abuela lo vio no con la rabia esperada durante los meses de planeación de cada palabra, sino con desconcierto. Su expresión era la que pone alguien cuando escucha una obviedad. Y hubo un silencio. Es decir, una expectativa. Hasta que la abuela, que esperaba genuinamente que algo más pasara, tuvo que decir: ¿Y entonces? Y el Activista dijo: No, nada, mita. Y la abuela se fue a servir natilla. Fue anticlimático, admite el Activista. Esperaba tener que llamar a la ambulancia, por ejemplo. Tener que irse, de repente, de la fiesta navideña y acercarse poco a poco, otra vez, en la medida que la abuela lo permitiera. Decirle: Sí, soy marica y qué, abuela, pero aun así te amo, sigo siendo el mismo nieto tuyo que pasaba todas las vacaciones en tu casa. Sigo siendo la misma carne. El mismo espíritu. El mismo corazón. (Esto hacía parte del discurso que el Activista tenía preparado). Pero en fin. Era lo que había. Uno que es bobo, dice. Mejor así. ¿No? Mejor que haya sido tranquilo. Nada de esto le quita valentía. ¿No? El mérito. Ser el primero. Fuera del clóset, quiere decir el Activista. Porque hubo un tío del que todo el mundo hablaba. Que nunca se casó. Y sin embargo vivía con amigos cada tanto. Y terminó muerto en tristeza y soledad. Pero el Activista dio un paso al frente también por él, ahora que lo piensa. Por hacerle justicia a su memoria. Dijo: Tío, tu forma de habitar el mundo era válida. Era hermosa. Era verdadera. Ahora agradezco a mi yo valiente del pasado, dice el Activista. Por los que estuvieron antes, escondidos, pero también para que los que vienen no tengan que esconderse.
Ser el primer marica de la familia viene con ese peso.
Con esa responsabilidad.
Es difícil, dice el Activista. Pero gracias a mí han aparecido otros, más chiquitos, con menos miedo, con más confianza.
Y dice el Activista que lo admiran.
Que lo invitan a sus fiestas.
A sus cosas de maricas de esta generación.
Como los shows de dragas en Chiquita.
Y que le dicen, por ejemplo, en plenas borracheras:
Primo, muchas gracias.
Y el Activista dice:
Por qué.
Y el primo le dice:
Usted sabe.
Y esto al Activista lo conmueve.
Le hace pensar que, en efecto, ha valido la pena.
Todo.
Cada segundo.
Cada paso en esta lucha.
Es muy tierno, dice el Activista. ¿No?
¿Quién?
Mi primito.
Ah. Sí.
Todo mariquita. Pero feliz. ¿Yo no te he hablado de él?
No.
Creo que sí. Mi primito bailarín.
No, nada.
¿Estás seguro?
Segurísimo.
Y procede a hablarme de su primo, del que sí me ha hablado antes, por supuesto, pero yo caigo en cuenta tarde, demasiado tarde para desdecirme. Así que no importa. Lo dejo estar. Lo dejo seguir, acabar la historia, el perfil completo de su primito mariquita, que lo invitó a los grados del colegio y se acercó a él con dudas sobre la universidad, sobre qué carrera escoger, sobre dónde estudiar lo que quería y todo lo demás, que lleva, invariablemente, de nuevo, al perfil completo de él mismo, del Activista. Como cuando vivió en un pueblo guerrillero, porque a sus papás les salió trabajo en un pueblo guerrillero, y eso lo volvió sensible al tema del conflicto armado colombiano. Como cuando vivió en Estados Unidos, aunque en realidad vivió allá solo seis meses, en el límite exacto de la visa de turista, y eso lo volvió sensible al tema de los migrantes. Como cuando trabajó en la alcaldía de Santa Rosa de Osos, gracias a las influencias aún vivas de su abuela, y eso lo volvió sensible al flagelo terrible de la corrupción y a la importancia de empoderarnos, como ciudadanos, del uso transparente de los recursos públicos.
Nada es solo anecdótico en la vida del Activista.
Si le digo que se calme, el Activista me responde:
Ese es el problema, Josecito.
¿Cuál?, le digo yo.
Que todo el mundo está calmado. Y lo que hace falta es más gente que se empute.
Pero yo no hablo de calma como antónimo de putería, sino de calma como sinónimo de no hace falta ponerle tanto empeño a todo.
A decir verdad, nunca he visto puto al Activista.
Puto lo que se dice genuinamente puto.
En esa deformación natural que viene con la ira incontrolable.
En cambio, sí, lo he visto triste.
Nos conocimos en un taller de escritura que lideraba un viejo desagradable, cuyo método consistía en quedarse dormido o cortarse las uñas mientras leíamos en voz alta y luego en decir cosas como:
Te jodiste. Sos todo un escritor.
O:
Ese cuento tiene un error imperdonable. El final es peor que el comienzo.
El Activista no escribía cuentos, como yo, sino poemas.
Lo vi sentarse en silencio por unos tres meses antes de que se atreviera a leer el primero.
Era espantoso.
Repleto de manierismos y sonoridades de hace siglos.
Pero, al mismo tiempo, insondablemente triste.
Supongo que por eso gustó tanto.
Entre los otros.
Entre el viejo escritor que lideraba el taller.
Te jodiste, le dijo. Sos todo un escritor.
Y supongo que por eso me acerqué.
Y me sorprendí con lo mucho que podía hablar, en la intimidad, aquel tipo silencioso.
Supe entonces que le habían roto el corazón.
Que vivía con el corazón roto.
Que tener el corazón roto, para él, era la única forma posible del amor.
Casi un año después, huyó a Estados Unidos, impulsado por esa acumulación de despechos apenas soportada, con el propósito de hacer una vida desde cero, conseguir trabajo en dólares, pulir su inglés, hacerse ciudadano americano, como otros tíos suyos de Santa Rosa de Osos, que emigraron en los noventa y ganaron dinero suficiente para comprar propiedades en Colombia y mantener a las familias en el pueblo.
Inesperadamente, así nos hicimos más cercanos.
Y formamos, en la distancia, una extraña dependencia.
Yo le escribía.
O él me escribía.
Y nos decíamos, por ejemplo:
Leí este libro.
Y el otro respondía:
¿Está bueno?
Y el primero le decía:
Uf, me encanta. Deberías leerlo.
Y el segundo le decía:
De una. Lo voy a buscar.
Y el primero le decía:
Me cuentas cómo te va.
Y después de unos pocos días el segundo volvía con la lectura terminada. Y le contaba al primero cómo le había ido. Si le había gustado o no. Si le había cambiado la vida para bien, como solía pasarnos con los libros, o si le había cambiado la vida para mal, como también solía pasarnos con los libros, o si le había resultado completamente indiferente, lo que no era normal que nos pasara con los libros, porque los libros que no nos movían nada desde el principio preferíamos dejarlos empezados. Y así podíamos quedarnos horas chateando, hasta la madrugada, en ese estar de acuerdo o en desacuerdo, en esa tensión tan infrecuente de la que se forman las amistades verdaderas.
¿Cuándo volvés?, le preguntaba cada tanto.
Y el Activista me respondía, al principio, que no sabía, que probablemente nunca, porque Medellín se le hacía detestable, y luego que tal vez en unos años, porque no se veía viviendo para siempre en ese país tan ajeno, tan castrado emocionalmente, y al final que quizá pronto, porque había cometido el error de volverse a enamorar y todo lo demás, el trabajo, el desplazamiento de un lugar a otro, la lengua, le resultaba más difícil de repente.
Hasta que un día me escribió:
Estoy aquí, Josecito.
Y yo le respondí:
No te creo.
Y él me dijo:
No me crea, pues.
Y yo le dije:
¿En serio?
Y él me dijo:
En serio.
¿Cuándo llegaste?, le dije.
Anoche.
¿Nos vemos ahora?, le dije.
De una, me dijo.
Y el encuentro fue, aquella vez, inusualmente fácil.
Fuimos a ver una obra de teatro.
Un monólogo de Freidel sobre una marica, una travesti, en un sótano que es también su casa, y que se prepara para salir a andar la noche en la Medellín de los ochenta. En el escenario, una bañera. Y una imagen gigante de Marilyn Monroe. Y un teléfono de monedas. Y La Chiqui, que así se llama el personaje, se prueba vestidos. Y peinados. Y, mientras tanto, habla por teléfono con las amigas y las amigas le cuentan, por ejemplo, que La Gorda, otra travesti, no aparece, desde la noche anterior, y en otra llamada se entera La Chiqui de que tampoco se sabe nada de La Toti. Y La Chiqui se preocupa, porque la noche está peligrosa para todas las maricas, porque hay alguien ahí afuera cazando a las maricas, limpiando las calles de esa infección, de esa enfermedad, y a algunas las encuentran después, si las encuentran, repartidas en pedacitos en toda la ciudad o flotando en el río Medellín. Tiene miedo La Chiqui. Pero, en una de las llamadas de la obra, cruza palabras por equivocación con un hombre. Roger. Y la equivocación se convierte en una cita. Y la ciudad siempre ha sido peligrosa, pero la posibilidad del amor, en cambio, es una cosa escasa, rarísima, para La Chiqui. Para todos. Y ese Roger resulta que tiene el mismo nombre de un niño de su infancia. De un amor infantil. Eso dice La Chiqui. Eso se inventa. Porque Roger es el nombre de todos los hombres que ha amado y el de todos los hombres que podría amar en el futuro. Así que se decide. Y sale al encuentro de ese cuerpo de hombre que la espera. Al final, desde luego, La Chiqui muere. No puede ser de otra forma. Abandona el sótano en el que vive y regresa poco después con una herida fatal.
Luces.
Aplausos en la sala oscura.
El Activista, a mi lado, lloraba.
Aplaudía de pie.
Me abrazaba luego.
Y volvía a aplaudir.
Salimos del teatro a tomarnos unos tragos.
A desatrasarnos de los meses sin vernos.
De Estados Unidos.
Pero también de esta ciudad tan hijueputa que solo lo quiere muerto a uno.
Decía el Activista.
Y tenía algo de razón.
La tenía toda, mejor dicho.
Freidel, por ejemplo, murió en una calle de Medellín.
Como La Chiqui.
Salió del ensayo de su última obra, y lo encontraron varios días después como NN en la camilla de una morgue.
Es muy triste, decía el Activista. ¿No? Es una cosa muy triste.
Y yo le decía que sí.
Y el Activista como que volvía a escarbar en su memoria y decía:
Cuando era niño…
Pero se arrepentía.
Y mejor no me decía nada.
Y yo prefería dejarlo así.
Porque si era algo que no contaba, él, que estaba dispuesto siempre a contarlo todo, era mejor dejarlo así.
Nos quedamos en el bar hasta que la mesera empezó a montar las sillas en las mesas. Eran las dos de la mañana. Y salimos a El Periodista. Y nos quedamos ahí un rato. Con dos cervezas. Uno al lado del otro. Medio ebrios. Mi mano tan cerca de la suya. El Activista tan callado de repente. Su mirada de ciénaga a medianoche. De criatura perdida. Jose, dijo. Y yo le dije: Qué. Y él me dijo: ¿A qué volví? Y luego nos quedamos en silencio. Pero tranquilos. Aterradoramente tranquilos. En ese parque lleno de expulsados de todos los chochales del centro. Ahí, por primera vez —miento, no fue la primera vez—, por primera vez, insisto, en la boca de esta ciudad que se niega a dormir del todo, con tufo de borracha, de alucinada, de asmática, pensé en una posibilidad. Pensé que el Activista podría ser mi Roger. Un Roger. Otro Roger. Recordé a todos los rogers que han pasado por mi vida, que no han sido tantos, en realidad. E imaginé a todos los rogers que llegarán después. Roger en la playa, Roger hombre en un bar, Roger muchacho en bicicleta, Roger ojos diminutos, Roger fuego, Roger larga espera, Roger al final del camino, Roger secreto, grito, extravío, Roger extraviado, Roger luz, faro, guía, Roger roto, abismo, cosa que es mejor no ver de cerca. ¿Qué Roger era el Activista para mí? Pensé que era lindo, de verdad, y que era bello a veces. Y que con eso bastaba. Con eso debía bastar. Era Roger a la justa medida de aquella noche. Roger ahora o nunca. Roger no hace falta pensarlo demasiado.
Pero no tuve el tiempo necesario.
Tampoco el Activista.
No vimos a los dos hombres que se acercaron por detrás.
Tampoco vimos sus puñales.
Solo los sentimos punzando en el costado.
Lo siguiente fue que nos pedían la plata.
El celular.
Lo que tuviéramos.
Y cuando ya no teníamos nada más que darles, presionaban con más fuerza la punta de la hoja a través de la ropa.
Todo, decían.
Y nosotros les decíamos:
Ya les dimos todo.
Lo juramos.
Ya lo dimos todo.
Nos quitamos los zapatos. Las correas. Las medias.
Eso es todo, les decíamos.
No tenemos más.
Pero ellos decían:
Ah, estas locas malparidas.
Y nos empujaban mientras tanto.
Nos arrinconaban contra un muro del parque.
¿Se van a hacer chuzar?, decían.
La conciencia del primer golpe en el estómago vino con retraso. Primero fue una breve oscuridad. Y luego esta cosa en la garganta. Esta imposibilidad de aire. Y ahí, sí, el golpe. Me dieron un golpe. Y me descubrí doblado sobre mí mismo, resistiendo para no caer al suelo, intentando comprobar si había sido una puñalada. Pero no. Fue un golpe. Menos mal un golpe. Y cuando quise buscar al Activista, verificar que estuviera sano y salvo, mirarlo y decirle con la mirada que estuviera tranquilo, que yo lo iba a proteger, lo vi corriendo, descalzo, en dirección a La Playa. El otro hombre intentó seguirlo, pero se rindió casi de inmediato.
Aún estaba yo.
Aún quedaba un cuerpo que patear.
El Activista me habló dos semanas después.
Como si nada.
¿Cómo vas, Josecito?, me escribió.
Y yo le respondí que muy bien.
Hace rato que no hablamos.
¿Cierto?, le dije.
Deberíamos vernos, me dijo.
Total.
¿Dónde andas?
En la casa.
¿Entonces?
Dale. Veámonos.
De una.
Así quedamos.
Así quedamos.
Pero no habíamos quedado, en realidad.
Fotografía de la cabecera: Iouri Goussev, «Shadow Fight» (CC BY-SA 2.0).