La venganza de los pinos

Caminaban en la oscuridad, cada uno abrazando a un niño. Él iba cargando al mayor, ella al pequeño. Animales cruzaban el sendero, inundaban la noche con su presencia, y ellos golpeaban el suelo con los pies, tratando de espantarlos. Cuerpecillos se deslizaban aquí y allá, colas, pisadas sobre las hojas. Ella agachó la cabeza con cuidado al pasar bajo el árbol que se inclinaba peligrosamente hacia el suelo, su tronco torcido y a punto de caer. Pequeños dedos se aferraban a sus hombros, la respiración contra su cuello.

Subieron las escaleras, sin sospechar nada aún. La luz no duraba suficiente, qué iban a hacer con la luz, la encendían y se apagaba, la encendían y se apagaba, y las escaleras infinitas.

Tercer piso. Edificio interior.

Un grupo de pinos viejos, con ínfulas de arboleda, resguardaba celosamente el edificio. Durante años los pinos habían hecho todo lo posible por llamar la atención, anhelando tocar las ventanas con sus agujas puntiagudas, y, en cuanto lo conseguían, las ocultaban en las rendijas entre el mosquitero y el vidrio. En los días de viento estiraban sus ramas hacia los cristales, temblando y llamando una y otra vez, Shirrrrley, Shirrrrley.

Y ahora, un complot.

El apartamento estaba en silencio. Los objetos cotidianos estaban revestidos de sombras y solo sus contornos familiares alentaban de algún modo su ánimo. Acostaron al niño mayor y al pequeño en sus camas. Entre las camas flotaba un globo rojo, y cuando Shirley depositó el cuerpecito que se aferraba desesperadamente al sueño, le pareció percibir un ligero movimiento. El globo se movió demasiado rápido, pero quizás había sido el viento, quizás ella misma lo había rozado al pasar tan cerca. Esa era su naturaleza de globo, iba y venía con las corrientes de aire a su alrededor, la eludía inocentemente y ella lo dejó tranquilo.

Se sentaron en el sofá del salón.

—Estoy agotado —dijo él.

En la televisión parpadeaba un episodio de un programa embobante que ambos aceptaron ver.

—Un momento —le susurró ella—, voy a ver que los niños estén arropados.

Y regresó a la habitación.

Regresó a la habitación y entonces vio lo que el inocente globo había intentado ocultar.

Ahora sí vio, no había sido el viento.

Se tambaleó hacia el salón.

—Robi —se dejó caer hacia él—. ¡Robi!

—¿Qué? ¿Qué pasó? —se asustó él.

—Tenemos un problema.

Ambos se pararon en la entrada de la habitación de los niños. La lámpara de noche de Mickey Mouse difundía su luz tenue que se dispersaba por lo bajo y dibujaba débilmente una sombra amarillenta y extraña sobre el piso de madera.

Robi estaba parado con la fregona en la mano.

—¿Cuál es el plan? —le susurró ella—. ¿Piensas matarla con la fregona?

Él no respondió. «No tiene idea de qué hacer», pensó ella.

—Primero pasemos a los niños a nuestra habitación y la encerramos en esta. Si se escapa, estamos perdidos.

Volvieron a entrar en la habitación y cerraron la puerta a sus espaldas. Shirley sintió náuseas, se precipitó hacia el pequeño, Robi hacia el mayor, y de nuevo abrazaron, de nuevo cargaron, y junto a la puerta miraron hacia atrás, no fuera a ser que se les escurriera de pronto entre las piernas, pero la rata no se veía por ningún lado. Lograron poner a salvo a los niños en su propia habitación y los acostaron uno junto al otro en su cama.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella.

Retomaron sus lugares, abrieron con cuidado la puerta de la habitación sitiada de los niños y echaron un vistazo dentro. La rata corría entre las camas de un lado a otro. Enorme. Parecía asustada, su cola negra se arrastraba tras ella y la vieron moverse de lado a lado con furia incluso cuando se escondió bajo el cajón de las sábanas.

—Quizás deberíamos llamar a un exterminador —dijo él.

Era casi medianoche.

Se quedaron mirando angustiados a la criatura que daba vueltas corriendo.

—¿Quién va a venir a esta hora? —dijo ella.

Pero de pronto algo sucedió: la rata tomó una decisión, y esa decisión estaba a punto de cambiar por completo el balance del terror. Saltó directo a la silla que estaba en la esquina de la habitación. Era una silla de director con patas de madera, sobre la cual descansaban tres peluches enormes: una vaca blanca, un perro pelirrojo de orejas grandes y un tigre manchado. Se escabulló entre los peluches y ya no la vieron más. Ni a su cola. En ese mismo instante Shirley supo lo que tenía que hacer.

—Robi —le susurró—, corre y abre la ventana. Por completo, también el mosquitero.

—¿Qué, para qué…? —balbuceó él.

—¡No hagas preguntas! ¡Ahora, Robi!

En tres pasos Robi cruzó la distancia hasta la ventana. La abrió de un tirón.

—Hazte a un lado —susurró ella.

Y entonces corrió hacia la silla y la levantó en el aire, con los peluches, con la rata, y con un ímpetu enorme que no sabía que tenía arrojó la silla por la ventana. Con los peluches, con la rata.

¿Habría algún vecino desvelado que justo se encontrase frente a su ventana a esas horas de la noche? ¿Habría visto alguien el espléndido vuelo de la silla, los peluches precipitándose hacia el suelo como bultos oscuros, la rata aterrizando sobre un lecho de tierra blanda y echando a correr?

Parecía que no.

Estaban completamente solos en la noche.

Robi bajó a recuperar la silla y a recoger los peluches.

—¿Cómo consiguió entrar? —preguntó él, cuando por fin se apiñaron en su cama junto a los niños dormidos.

No se atrevieron a devolverlos a su habitación, donde todavía flotaba la presencia fantasmal del roedor intruso. Shirley murmuró algo, dijo que no sabía, aunque sabía perfectamente bien. Había olvidado una ventana abierta en el cuarto de lavado, la había dejado así, abierta de par en par, antes de que salieran, el mosquitero apartado a un lado. Cuando Robi bajó al jardín a recoger lo que ella había arrojado, se escabulló rápidamente al cuarto de lavado y cerró bien la ventana. «Fue el complot de los pinos», pensó con amargura. Ellos habían extendido sus ramas hacia la ventana e introducido a la rata dentro, ella era su mensajera, aquellos que querían entrar y no podían la enviaron a invadir las profundidades de la casa.

Por fin, los finos hilos de la mañana se abrieron paso y comenzaron a inundar la casa silenciosa. Shirley estaba de pie sola, despeinada, mirando con hostilidad la cortina de agujas verdes que rozaba las ventanas del salón. Los pinos se movían frente a ella inquietantes, le susurraban sonidos que solo ella podía oír.

—Cuando dejas una ventana abierta, Shirley, esto es lo que sucede. Es culpa tuya, Shirley —silbaron—, culpa tuya y de nadie más.

 

Traducción del hebreo de Erika Mejía.

Fotografía de la cabecera: ©Oded Hirsch.

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