Futbol-Barrio-1
Camille Zurcher

Traducción de Damià Alou

Primero os hablaré un poco de mí, aunque aquí no soy importante

Llegué a este hermoso país procedente de Sarajevo, Bosnia-Herzegovina, en el invierno de 1992, dos meses antes de que comenzara la guerra. No planeaba quedarme en los Estados Unidos a no ser que alguien me ofreciera trabajo, cosa que no pasó por ninguna mente estadounidense. Fui a Chicago a visitar a mi amigo George, y estaba previsto que volviera a mi país el 1 de mayo, el día en que comenzó el asedio de Sarajevo. Y así fue como me vi obligado a quedarme en los Estados Unidos, sin dinero y sin trabajo, sin más capital que George y un par de amigos suyos. Mi vida cambió de la noche a la mañana y acabé tremendamente deprimido: como un voyeur, me pasaba las horas mirando la CNN y su cobertura de cómo lentamente asesinaban mi ciudad natal, y me sentía totalmente desconectado del mundo que me rodeaba.

Según los parámetros de Bosnia, yo había sido una persona atlética. Aunque durante años había fumado dos paquetes al día y disfrutado muchas pociones alcohólicas, había jugado fútbol una o dos veces por semana desde tiempo inmemorial. Pero al llegar a los Estados Unidos gané peso debido a una dieta basada en Burger Kings y Twinkies y exacerbada por una serie de tortuosos intentos de dejar de fumar. Además, no encontraba a nadie con quien jugar al fútbol. No poder jugar al fútbol me atormentaba. No por una cuestión de salud ⎯era lo bastante joven como para no preocuparme por la salud⎯, sino para sentirme plenamente vivo. Sin el fútbol andaba perdido, mental y físicamente.

Un sábado del verano de 1995 iba en bicicleta por las orillas de un lago de Uptown y vi a un grupo de gente calentando y dándole patadas a una pelota. A lo mejor se estaban preparando para un partido de liga, pero antes de que tuviera tiempo de considerar la posible humillación de que me rechazaran, pregunté si podía jugar con ellos. “Claro”, dijeron. Aquel día jugué por primera vez en tres años, con casi trece kilos de más y sin más equipo que unos pantalones cortos de tela tejana y unas zapatillas de baloncesto. Al instante me coloqué el paquete y rápidamente me salieron ampollas en las plantas de los pies. Humildemente jugué de defensa (aunque mi puesto natural es de delantero) y obedecí estrictamente las órdenes del mejor jugador del equipo: un tal Philip, que había formado parte, tal como me enteré más tarde, del equipo de relevos nigeriano de cuatro por cuatrocientos en las Olimpiadas de Seúl. Después del partido le pregunté a Philip si podía jugar otro día.

⎯Pregúntale a ese tipo ⎯me dijo, y señaló al árbitro.

El árbitro se presentó como Alemán y me dijo que jugaban cada sábado y cada domingo y que era bienvenido.

 

El portero tibetano

Alemán no era alemán: era de Ecuador, pero su padre había nacido en Alemania, de ahí el apodo. Trabajaba de conductor para la empresa de reparto UPS, y era un tipo de unos cuarenta y cinco años, bronceado y con bigote. Cada sábado y cada domingo aparecía por el lago a eso de las dos de la tarde en una furgoneta decrépita que tenía veinticinco años, en la cual se veían pintadas una pelota de fútbol y las siguientes palabras UNA PATADA ME ALEGRA EL DÍA. Descargaba los postes y la redes, unas bolsas llenas de camisetas de un solo color y pelotas, además de las banderas de diferentes países ⎯Ecuador, Colombia, Brasil, Estados Unidos, España, Nigeria⎯ y distribuía las camisetas entre todos los que se presentaban a jugar. Casi todos vivían en Uptown y Edgewater, y eran de México, Honduras, El Salvador, Perú, Chile, Colombia, Belice, Brasil, Jamaica, Nigeria, Somalia, Etiopía, Senegal, Eritrea, Ghana, Camerún, Marruecos, Argelia, Jordania, Francia, España, Rumania, Bulgaria, Bosnia, Ucrania, Rusia, Vietnam y Corea. Incluso había un tipo del Tíbet que era muy buen portero.

Normalmente había más de dos equipos, con lo que los partidos duraban quince minutos o hasta que un equipo marcaba dos goles. Los partidos eran muy serios, y el ganador se quedaba en el campo mientras que el que perdía tenía que esperar en la banda. Alemán arbitraba y casi nunca pitaba falta: al parecer tenía que oír el sonido de un hueso al romperse para utilizar el silbato. A veces, si un equipo necesitaba un jugador, arbitraba y jugaba. Era especialmente duro consigo mismo, y una vez se enseñó tarjeta amarilla por una entrada brutal. Los jugadores ⎯inmigrantes que intentaban permanecer a flote en este país⎯ encontrábamos consuelo jugando con las reglas que nosotros mismos nos habíamos impuesto. Nos hacían sentir que formábamos parte de un mundo más vasto que los Estados Unidos.

A menudo yo era el primero en llegar antes del partido. Ayudaba a Alemán a colocar los postres y hablaba con él y los demás. En su furgoneta mágica, Alemán guardaba fotos de gente que había jugado con él. Reconocí a algunos de los jugadores cuando eran mucho más jóvenes. Uno de ellos, al que todo el mundo llamaba Brasil porque era de Brasil, me contó que llevaban jugando más de veinte años, y que Alemán había organizado los partidos desde el principio, aunque en un periodo había tenido algunos problemas de drogas y alcohol, y se había ausentado unos cuantos años. Pero regresó, dijo Brasil. Comprendí que era posible vivir en este país y seguir teniendo un pasado compartido con otros.
No tenía muy claro por qué Alemán hacía todo aquello. Aun cuando me gustaba considerarme una persona razonablemente generosa, no me veía pasando todos los fines de semana organizando y arbitrando partidos de fútbol, sometido a insultos y abusos de todo tipo, cargando la furgoneta después de que todo el mundo se hubiera marchado y lavando una gran cantidad de camisetas apestosas de sudores internacionales.

Así que durante años abusé de la inexplicable generosidad de Alemán (jugábamos al aire libre en verano, en pista cubierta en invierno). A menudo dejaba que me llevara en su destartalada furgoneta UNA PATADA ME ALEGRA EL DÍA, temiendo por mi vida, pues solía celebrar la satisfactoria finalización de un partido con unas cuantas cervezas (en la furgoneta siempre llevaba una nevera bien provista). Me hablaba de su equipo preferido (el de Camerún del Mundial de 1990) y de su búsqueda de sucesor, alguien que siguiera organizando los partidos en cuanto se jubilara y se trasladara a Florida. No encontraba la persona adecuada, decía, porque la gente no tenía agallas para comprometerse.

En una ocasión, durante un espeluznante trayecto de vuelta por las calles heladas de Chicago, le pregunté por qué lo hacía. Lo hacía por Dios, dijo. Dios le había dado la orden de que juntar a la gente, propagar Su amor, y aquello se había convertido en su misión. Me sentí incómodo, pues detesto enérgicamente a los que siempre van con la Biblia bajo el brazo, así que no seguí preguntándole. Pero él nunca hacía proselitismo, nunca le preguntaba a nadie por su religión, nunca alardeaba de su fe: que la gente creyera en el fútbol le era suficiente. Me contó que planeaba comprar una parcela en Florida cuando se jubilara, donde construiría una iglesia y al lado un campo de fútbol. Rezaría y después del sermón sus parroquianos jugarían al fútbol mientras él arbitraba.

Alemán se jubiló hace unos años, a finales de verano. Uno de los últimos fines de semana antes de su marcha jugamos en medio de un calor sofocante. Todo el mundo estaba irritable; las moscas, del tamaño de un colibrí, eran voraces; el campo estaba duro, la humedad era alta, la humildad era baja; hubo unas cuantas tanganas. El cielo se oscureció por encima de la línea de rascacielos paralela a Lake Shore Drive, y la lluvia fue fermentando en las nubes, pronta a estallar. Y entonces nos golpeó un frente frío, como si alguien hubiera abierto una nevera gigante, y la lluvia llegó de manera repentina. Nunca había visto nada parecido: la lluvia se inició en la otra punta del campo y avanzó hacia la otra portería, desplazándose de manera uniforme como la selección alemana. Echamos a correr para refugiarnos de la lluvia, pero nos atrapó enseguida y acabamos empapados. Había algo aterrador en ese poder ciego, en su caótico azar. Mientras nos inundaba en oleadas, nada dependía de nuestra mente ni de nuestra voluntad.

Corrí hacia la furgoneta de Alemán como si fuera un arca y yo escapara del diluvio. Ya habían llegado unos cuantos: Alemán, Max de Belice; un tipo de Chile (a resultas de ello llamado Chile); Rodrigo, el mecánico de Alemán, que llevaba más de veinte años manteniendo la furgoneta milagrosamente viva; y el colega de Rodrigo, un tipo tristón con el torso al descubierto, que no parecía hablar ni palabra de inglés, todos sentados sobre la nevera, de cuando en cuando pasándonos una cerveza. Nos quedamos en la furgoneta; la lluvia golpeteaba el techo como si nos halláramos dentro de un ataúd y arrojaran sobre nosotros paladas de tierra.

Le pregunté a Alemán si creía que en Florida encontraría gente para jugar. Dijo que estaba seguro de que sí, pues si dabas algo por nada seguro que siempre aparecía alguien para cogerlo. Chile comenzó a decir una de esas cosas que normalmente encuentras en un manual de New Age, algo insulso acerca de la autorrealización y la entrega incondicional.

⎯¿Y si son viejos y no pueden correr? ⎯le pregunté a Alemán.
⎯Si son viejos ⎯dijo Alemán⎯, están cerca de entrar en la eternidad, y necesitan valor. El fútbol podría ayudarles a encontrarlo.

Pero yo soy ateo, engreído y cauto. Doy poco, espero mucho y pido más: lo que me decía me parecía demasiado solemne, cándido y simplón. Y de hecho habría parecido solemne, cándido y simplón si no hubiera ocurrido lo siguiente.

Hakeem, el nigeriano, que juega cada día de su vida, se acerca la furgoneta y nos pregunta si hemos visto sus llaves.

⎯¿Estás loco? ⎯le decimos, mientras la lluvia entra por las ventanillas⎯. ¿No te das cuenta de que es el puto fin del mundo? Ya irás a buscar las llaves luego.
⎯Chavales ⎯dice⎯. Estoy buscando a mis chavales.

Entonces vemos a Hakeem correr a través de la lluvia, recoger a sus dos aterrados hijos de debajo de un árbol. Se mueve como una sombra recortada contra la cortina de lluvia intensamente gris, los chavales se agarran a su pecho como pequeños koalas. Mientras tanto, en el carril para bicicletas, Lalas (que debía su apodo al jugador de fútbol estadounidense) permanece junto a su esposa, postrada en silla de ruedas. Sufre una terrible esclerosis múltiple y no puede moverse lo bastante deprisa para refugiarse de la lluvia. Los dos permanecen juntos a la espera de que acabe esa calamidad, Lalas enfundado en su camiseta del Uptown United, su esposa debajo de un cartón que se disuelve de manera lenta e irreversible bajo la lluvia. El portero tibetano y sus amigos tibetanos, a los que no había visto antes y no volvería ver después de ese día, están jugando un partido en el campo completamente cubierto de agua, como si corrieran a cámara lenta sobre la superficie de un plácido río. El terreno emite vapor, la neblina les roza los tobillos, y en algunos momentos parece que levitan a unos cuantos centímetros del suelo, sin que los alcance la inundación. Lalas y su esposa los observan con absoluta calma, como si nada pudiera afectarlos. Ven cómo uno de los tibetanos marca un gol: la pelota, pesada por la lluvia, se escurren entre las manos del portero. Pero éste se queda tan tranquilo, sonriendo, y desde donde yo estoy, podría ser el mismísimo Dalai Lama.

Así que esto, caballeros, es el tema de esta pequeña narración: ese momento de trascendencia que puede que conozcan aquellos que practican deporte en grupo; el momento, que surge del caos del partido, en el que todos los jugadores ocupan la posición ideal en el campo; el momento en que el universo parece quedar ordenado por una voluntad que no es la tuya y le impone un sentido; ese momento que finaliza ⎯como suele ocurrir con los momentos⎯ cuando acabas de dar el pase; y todo lo que te queda es un recuerdo vago, físico y orgásmico del instante en que te sentiste completamente conectado con el mundo que te rodeaba.

 

Miguel Ángel

Desde que Alemán se fue, he estado jugando en un parque en Belmont, al sur de Uptown. Es un grupo completamente distinto: hay muchos más europeos, latinoamericanos totalmente asimilados, y unos cuantos estadounidenses. A menudo, cuando me excito demasiado, siempre hay alguien que me dice: «Relájate, sólo hacemos ejercicio…», a lo que yo sugiero que se vaya a correr a una puta cinta y me deje jugar el partido tal como se juega un partido. Ninguno de los jugadores de Uptown me habría dicho algo así, pues nos tomábamos el fútbol en serio.
Una de las personas que juegan en Belmont es Lido, un italiano de setenta y cinco años. Como muchas personas que han rebasado los cincuenta, Lido se engaña totalmente acerca de su capacidad física. La cabeza cubierta con un lamentable peluquín que no se quita ni a sol ni a sombra, cada vez que pierde la pelota se pone a analizar sus brillantes intenciones y tus evidentes errores. Lido es un hombre bueno y decente.

Mantengo la costumbre de aparecer un poco antes de que empiece el partido, siempre atormentado por la posibilidad de que no me dejen participar, y Lido a menudo es el primero en llegar. A veces lo veo nervioso e irritado, porque ha visto a uno de nuestros jugadores estadounidenses escondido en el parque, sin acercarse a nosotros para evitar la incómoda cháchara anterior al partido.
⎯¿Qué clase de gente es ésa? ⎯refunfuña Lido⎯. ¿De qué tienen miedo? Esto nunca pasaría en Italia.

Es originario de Florencia y lleva orgulloso una camiseta de la Fiorentina. En Italia, dice Lido, la gente siempre está dispuesta a hablar contigo y ayudarte. Si preguntas por una dirección, dejan su casa o su tienda sin atender para llevarte allí donde quieres ir. Y hablan contigo, amables y corteses, no como esos, y señala los árboles y arbustos tras los cuales se esconden los tímidos estadounidenses. Cuando le preguntó con qué frecuencia va a Italia, dice que no mucho. Allí tiene un hermoso Ferrari, me explica, y en Italia hay mucha gente envidiosa: le roban las ruedas, le rompen los intermitentes, le rayan las portezuelas con un clavo. No le gusta ir, dice, porque la gente no es muy amable. Cuando cautelosamente le recuerdo que hace unos momentos ha afirmado que los italianos eran increíblemente amables, exclama: «Sí, sí, son muy amables», y ya no insisto. Al parecer Lido es capaz de sostener dos opiniones mutuamente excluyentes sin ningún conflicto interior, una cualidad, comprendo de súbito, no infrecuente entre los artistas.

Lido llegó a Chicago en los años cincuenta. En Florencia él y su hermano restauraban frescos renacentistas y pinturas antiguas, que allí hay al parecer a porrillo, y cuando llegaron a Chicago montaron un negocio. Le ha ido bien desde entonces, y, como suele decirse, ama la vida. Se le ha visto con una o dos chicas preciosas y bien dotadas o dando una vuelta con su Ferrari estadounidense. Además de esos bombones, al parecer tiene varias esposas y hace poco se ha vuelto a casar.

En una ocasión Lido me contó ⎯tras señalar a los estadounidenses que nos miraban a hurtadillas desde detrás de los árboles⎯ cómo los diletantes y los bufones destrozaron el techo de la Capilla Sixtina, la obra maestra de Miguel Angel, con la excusa de restaurarla. A pesar de mi profunda ignorancia en la materia, Lido me describió todos los errores que habían cometido. Por ejemplo utilizaron disolvente y una esponja para eliminar la pátina de los frescos. Lido insistía en que me lo imaginara, y lo hice: atacar al indefenso Miguel Angel con esponja y disolvente. Se alteró mucho y, en ese momento, la limpieza de los frescos de Miguel Angel me pareció en verdad algo indignante: imaginé a un dios demasiado pálido para ser omnipotente, o incluso poderoso.
Pero Lido continuó explicándome que los que estaban a cargo de la restauración comprendieron que se habían cargado la creación del universo según Miguel Angel, y le suplicaron que fuera a arreglarlo. Lido les remitió una invectiva de cinco páginas, en la que en esencia le sugería que se metieran la esponja y el disolvente por el culo. Lido añadió que lo que no habían comprendido era que la pátina es la parte esencial del fresco: el mundo que el todopoderoso creó en el techo de la Capilla Sixtina estaba incompleto hasta que el mortero absorbía completamente la pintura, hasta que se volvía un poco más oscuro. El día en que Dios creó al mundo no era soleado, tronó Lido. Sin la pátina todo era una mierda.

Mientras me contaba todo aquello, Lido estaba sentado sobre su pelota (tamaño fútbol sala, demasiado hinchada), y en su justa ira, hizo un mal movimiento y se cayó, dando con los huesos del suelo. Lo ayudé a ponerse en pie y sentí la piel arrugada y ajada del codo, toqué su pátina humana.

En ese momento los timoratos estadounidenses emergieron de detrás de los árboles y arbustos, el resto del universo futbolístico llegó y Lido ⎯un hombre que se toma cualquier falta de respeto a Miguel Angel y la creación como un insulto a su persona⎯ se colocó de delantero, dispuesto a marcar un gol espectacular.

Sea quien sea quien creó a Lido, debería estar satisfecho: Lido es un hombre perfectamente completo. Los demás hemos de rodar por el polvo, someternos al azote de los elementos, engrosar nuestra pátina, ganarnos nuestro derecho a, simple e incondicionalmente, ser. Y cada vez que le paso la pelota a Lido ⎯sabiendo perfectamente que va a darle mal y la va a perder⎯ siento el agradable cosquilleo de estar en contacto con algo mejor y superior a mí, una sensación totalmente inaccesible a aquellos que creen que el fútbol es sólo ejercicio.

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