Etiqueta: Granta

OLINGIRIS

OLINGIRIS

1. Alcanzaba para seis. Una quedó afuera, en la sala de espera. Dio vueltas por el hall. Tardó en asumir que tendría que aguantarse las ganas hasta el día siguiente, o el siguiente, o hasta que volvieran a llamarla. No era la primera vez que le pasaba. Las que entraron […]

FUEGOS FATUOS

FUEGOS FATUOS

[dropcap]P[/dropcap]uedes agradecer a una tumba, a las piedras en las grietas de una tumba, el que nos hayamos encontrado alguna vez. Desde esa noche, desde aquellas noches, creo en la relación secreta de las cosas. Como en las novelas, ¿no habrá también en la vida una estructura recóndita? Aunque apasionante, […]

LOS DISPARATES DE BROOKLYN

LOS DISPARATES DE BROOKLYN

Traducción de Víctor Úbeda [dropcap]E[/dropcap]staba buscando un lugar tranquilo donde morir. Alguien me recomendó Brooklyn, conque a la mañana siguiente allá que me fui desde Westchester, para reconocer el terreno. No lo pisaba desde hacía cincuenta y seis años y ya no me acordaba de nada. Cuando mis padres se […]

AVIONES MARINEROS

AVIONES MARINEROS

Hace algunos años escribí un artículo titulado “Madera de avión” en el que confesaba con guasa mis miedos a viajar por el aire, cosa que, por lo demás, y con no escasa valentía, acabo por hacer unas veinte veces al año. Me alegra decir que mi pulso ha mejorado mucho durante los vuelos, no sé si por acostumbramiento o porque ir dejando atrás edades nos hace más desdeñosos de la posible vida futura y más conformes con la ya acumulada.

Robert Whitehead, Arthur Miller y Elia Kazan en el Hotel Chelsea. The Inge Morath Foundation / Magnum Photos

EL AFECTO CHELSEA

Decidí mudarme al Chelsea en 1960, sobre todo por la privacidad que me habían garantizado. Me parecía un sitio maravillosamente fuera de cualquier recorrido habitual, poco menos que un cuchitril en el que seguramente a nadie se le iba a ocurrir buscarme. Fue poco después de que Marilyn y yo nos separásemos.

POLLOS Y HUEVOS

POLLOS Y HUEVOS

«¡Qué cabeza de chorlito, qué muchacha tan atolondrada!», decía de mí mi madre a un invitado, a un policía de visita, a un vecino que acudía a casa por algún problema en la granja. «¡Pero qué alocada es!­­­­» ¿Acaso creía en el mal de ojo? No. Y cuando los chinos, según nos cuentan, dicen de los suyos «Ésta es mi despreciable esposa», «Éste es el inútil de mi hijo», ¿conjuran de ese modo el mal de ojo?