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Vivian Maier

Honorata había departido en contadas oportunidades con Martín Duque en Punto y Coma, escuchado sus palabras bajo el tintineo del cristal y los cubiertos, de otras voces. En los últimos meses corrían rumores ligados a su muerte, la ascendente fama literaria, la incomprensible devoción por ella.

Punto y Coma. Ahora Honorata tenía una reservación allí. El legado del escritor, capítulo de libre disposición, en un sesenta por ciento la favorecía. Anticipos y regalías de sus libros, tres dedicatorias, pago de cuentas. Hasta en los sencillos actos de tomar un café, cenar, charlar, Martín Duque la tuvo presente. Siempre y cuando frecuentara el lugar, su mesa favorita junto a una ventana.

Honorata, como para acentuar la tristeza y el aburrimiento que sitiaban el restaurante medio vacío, sentía pena de sí misma, el acoso de la incertidumbre; una voluntad invisible y férrea, manipulándola.

La irritación de no haber conocido bien a Martín Duque, apuntalaba su decisión de renunciar a lo inmerecido. ¿Por qué, por qué? Si el hombre tenía familia, amigos íntimos, colegas. Honorata era una modelo sin trabajo o casi, que filmaba dos o tres comerciales al año, y medio se defendía con desfiles de pasarela. Cada vez menos; la competencia era feroz y lo de mostrar las nalgas, los senos, una vislumbre del sexo para mantenerse en la cumbre, golpeaba su sensibilidad. No menospreciaba el desnudo, no; tampoco quería ser a toda hora carne de portadas, pantallas, vitrina y asador. Por otra parte, Renán nunca lo hubiese permitido.

¿Tanto había impresionado su belleza a Martín Duque…? ¿o quizá las asociaciones con su nombre? La gente siempre la miraba extrañada al presentarse, “Honorata Vanegas”, igual les sucedía a sus hermanas Eyre y Morgana. Menos mal que a su padre, lector empedernido y autor secreto, no se le ocurrió bautizarla Karenina.

—¿Por qué motivo? ¿Te fuiste a la cama con él, le rendiste con tus encantos? —preguntó Renán, mientras pesaba cereales y calculaba vitaminas, calorías, los minerales necesarios para hacer rendir su jornada al máximo.

El sentirse cuestionada era asunto diario, así como la mirada asquienta de Renán al jamón y los huevos tibios, que ella tomaba al desayuno.

—¿Qué dirán, mamá, mis hermanos…? Es una vergüenza, te mezclas con cualquiera, tiendes a elegir pésimas amistades. No quiero problemas, ni saber que acudiste al encuentro de ese tipo… ¿qué deuda tenía contigo?

—No alcanza a tipo, ni a muerto en ataúd, son sus cenizas. A Duque lo vi dos o tres veces en mi vida. Nunca me dijo palabra, ni siquiera parecía interesarle.

—Bonita historia— dijo, antes de tomar la primera cucharada y mascar treinta veces; hacerlo era de gran valor energético y digestivo, había explicado a diario durante los tres años de matrimonio—. A ti te convendría adquirir otros hábitos alimenticios, renunciar a tóxicos, cadaverina. La salud brillaría por todos tus poros.

—Soy flaca, como lo que se me antoja.

—Morirás de infarto o isquemia.

—Me conociste así.

—Estaba muy tierno cuando me enamoraste, recién llegado a Bogotá, no sabía nada de la vida, bien lo ha dicho mamá… ¡y cuidado!, no quiero saber que fuiste al Punto y Coma, es un lugar sospechoso, de quinta, vaya gustos. ¡Y ni se te ocurra presentarte en el aeropuerto…!, o…

—¿O qué…? ¿Me expulsarán del sacrosanto hogar…? Estoy harta de las tantas y tantas escalas de la palabra no. Soy mayor de edad, dueña de mí misma.

Eso quiso decir Honorata, y no lo dijo. Renán era cuatro años mayor que ella, pero según la madre y los hermanos merecía una quinceañera, noviazgo formal, compromiso, después un matrimonio rumboso. No unión por lo civil con una mujer dedicada a exhibirse en las revistas y la televisión como si fuese cerveza enlatada o marca de jabón.

—¿O qué de qué…?

—Nada, me mareas, usas demasiada colonia.

—Como diría tu mamá— remató ella.

Honorata vaciló hasta última hora, crecientes el temor y el fastidio. Renán con sus veladas amenazas, la sombra de aquel insólito e inoportuno enamorado proyectada a destiempo. ¿Cuánto le costaría aquella cita macabra? Tenía que huir, buscar refugio, airear el espíritu.

Gerardo Soria, el dueño del Punto y Coma, se acercó solícito.

—Todos están en el aeropuerto, se cansaron de esperarla. No quieren fallarle a Miguel Encino, el encargado de traer las cenizas.

Tuvo que tragarse un “¿A mí qué?” y acomodarse a la expresión acongojada del hombre. Había almorzado por cuenta de Martín Duque y tal hecho no podía negarse.

—No he tenido fuerzas.

—Por favor, tome una copa de brandy. Todavía está a tiempo; si desea puedo conducir su automóvil. Don Martín siempre me distinguió con su afecto; durante la crisis, cuando estuve al borde de la quiebra, me facilitó dinero.

—No es necesario, gracias.

—A usted. Es un honor atenderla.

—No quiero molestar.

—El local sólo estará lleno hacia las seis, así como le gustaba a Don Martín. Tengo suficientes camareros y todavía estamos a tiempo —repitió.

…¿Cómo resistir la tentación? Honorata había escuchado su nombre asociado al de Martín Duque, en el espacio radial A la media noche, en la voz de un locutor que mezclaba farándula con noticias culturales, declamaba fragmentos poéticos que disputaban la sintonía a cantantes de rancheras y vallenatos. Un programa destinado a los trabajadores del insomnio obligatorio: camioneros, camareros, enfermeras, panaderos, vigilantes, basureros, prostitutas, verduleras y negociantes al por mayor, celadores y carniceros.

“Mañana, a las catorce horas, llegan a Bogotá las cenizas de Don Martín Duque, fallecido hace un mes en España, en donde se había refugiado para huir de la indiferencia de los críticos y los medios de comunicación ante su obra. Rescatado del anonimato por la tragedia, sus libros figuran ahora entre los más vendidos. De acuerdo con su testamento, que constituye una pieza literaria, las cenizas –que viajan en la aerolínea colombiana Avianca– pasarán a la custodia de sus mejores amigos, entre otros Luciano Echeverri, Miguel Encino, Ivo Sánchez, Fernán Montoya y la modelo Honorata Vanegas…”

Cada diez minutos el locutor agregaba nuevos detalles. En los próximos días las cenizas serían esparcidas desde el cerro de Monserrate sobre Bogotá, la ciudad que el escritor tanto amaba. Después de la ceremonia, en la Biblioteca Nacional, un destacado grupo de narradores realizaría una lectura de textos recopilados por la Editorial Camaleones, en un lujoso volumen, que sería lanzado en simultánea en varias capitales, como Barcelona, Buenos Aires, Miami, Santiago y Ciudad de Panamá. Al sentirse cortejado por la muerte, el poeta había reservado con muchísima anticipación el auditorio Aurelio Arturo, escrito de puño y letra las invitaciones, programado un vino de honor.

Honorata, destacada como la figura del día en dos periódicos y cuatro noticieros de televisión, quien al rozar la cumbre del éxito había sonreído en las portadas de las revistas Aló y Cromos, no pudo sustraerse a la gentileza de Gerardo Soria, con quien se dirigió al aeropuerto ¿Qué más daba? Renán nunca olvidaría uno de los comentarios: “La bellísima modelo, a quien Martín Duque inmortalizó en sus poemas amorosos”. Su suegra y sus cuñados exigirían explicaciones, reparación, penitencia. Ella no tenía defensa ni disculpas.

—Su perfume es delicioso– experto conductor, atento a las señales, Soria se tomó veinte minutos en llegar a El Dorado y otros cinco en situar el automóvil de Honorata en la zona de estacionamiento.

Mientras esperaban frente a las puertas de salida de pasajeros marcadas con letreros de Internacional, tropezaron con el profesor Ramiro Almagro. El avión había aterrizado a tiempo, pero la aduana, el papeleo y el equipaje detenían al portador de las cenizas.

—Un día de locos. Todos están en la cafetería del segundo piso, tal como lo dispuso Martín. A él le encantaba organizar, decir la última palabra, meter a sus amigos en líos…— en su rostro enjuto, con huellas del gesto infantil, los ojos chispearon burlones.

El dueño de Punto y Coma, un ojo en la pantalla de horarios, otro en su reloj. Su nerviosismo no le permitía abandonar el teléfono celular que sonaba a cada momento: inconvenientes relacionados con el menú, los proveedores y reservaciones. Se despidió entre acelerados me voy, la entrego a buenas manos, no falten esta noche.

—Con uno que aguante frío es suficiente. Apenas Miguel salga de la aduana nos reuniremos con ustedes.

—¿Miguel…?

—Encino. Otro fundido en el mismo molde que Martín. De los que tienen que legar originales, la pipa y las cenizas cuando mueren, incapaces de aceptar el olvido. Nos guste o no, vivos o muertos, siempre en la brecha… —pontificaba Almagro.

Ella sofocó la risa. Los literatos son capaces de complicarle la vida al más sensato. La vida se repetía como estribillo de canción. A una tía tatarabuela suya, a cuenta de un corazón embalsamado, otro irresponsable la había condenado a la mala fama, a vivir entre el equívoco fulgor de aventuras escabrosas y amantes inexistentes. Decían sus descendientes que la pobre, incapaz de rebeliones o protestas, había muerto en salazón, es decir, virginidad inconsolable.

¿A ella qué le podía suceder? Había quemado titulares y encendido televisión durante día y medio. A lo mejor un buen contrato, repuntar como modelo, publicar un calendario, responder a unas cuantas entrevistas. La tía abuela pertenecía al pasado, Honorata al siglo XXI.

En el bar-cafetería la reconocieron enseguida, personas a quienes saludaba en los cocteles, mientras iba de un grupo a otro, de prisa, pendiente de Renán. Eso, cuando todavía los invitaban. En los últimos meses los acontecimientos divertidos escaseaban, debía contentarse con cenas de negocios y reuniones familiares.

—La musa, en persona. Hola, preciosa. Cada vez más bella.

“Honorata”, Honorata, se presentó. Los conocía de vista: el poeta Hornos, José Eladio, Luciano Echeverri, Ivo Sánchez y Fernán Montoya, tomaban café negro. Honorata rodó la única silla libre. En otra mesa, tres muchachos de azul jugaban a enviarse mensajes desde sus celulares, sin mirarse unos a otros. Desde la barra, tres chicas conocidas como las Pamelas, coqueteaban con turistas gringos; boinas, falsos brillantes en las aletas de las narices y pabellones de las orejas, cabellos teñidos de violeta, rojo, zanahoria, tatuajes en las mejillas.

—Buena ésa, regio tenerte con nosotras, una nota. Bienvenida al combo.

Camino al aeropuerto, había elaborado una minuciosa historia acerca de su diáfana amistad con Martín Duque, para evitar suspicacias, pero nadie le preguntó mayor cosa. En cambio, un mulato gigantesco, a quien los otros llamaban Tigelino, comentó:

—Me lo imaginaba, capté las miradas oblicuas de Martín, vivías en su lente. Ja, una verdadera proeza. ¿Cómo se las arreglaron…? Su viuda es el mejor detective de Bogotá, conocía todos sus movimientos y pisadas. Lo celaba hasta con los maniquíes, las chicas pechugonas que se asoman a toda hora en la tele y el internet. Miren, el hombre tenía su secreto, ya lo sospechaba.

—No sé de qué me hablas.

Oscurecía cuando el profesor Ramiro Almagro depositó sobre la mesa un paquete envuelto en papel manila, cerrado con cinta aislante e hilo plástico.

—El viejo Martín en cenizas— dijo acezante; voz de atleta aficionado al llegar a la meta.

Las palabras restantes se extraviaron entre el desorden, tras los fotógrafos, camarógrafos y periodistas de tv, sucesión de micrófonos y logotipos de los más importante noticieros. Las reporteras enfatizaban los nombres Martín Duque – Honorata Vanegas, hablaban ante las cámaras con rapidez. Al terminar mostraban primeros planos de los poetas, el paquete con las cenizas, Honorata. El ambiente informal del bar-cafetería de pronto espeso, sofocante.

—¿Miguel…?

—Lo veremos en Punto y Coma. Ha ido a descansar, le tiene miedo a la altura, el soroche, las entrevistas.

Los periodistas graneaban.

—Como una cita relámpago con el dentista —dijo el profesor Almagro en voz alta— hay que aprender de los comunicadores, saben multiplicar y economizar la prisa.

—Nos zafamos por un rato. Esto apenas comienza —Luciano Echeverri acarició el paquete… — ¿Quién te entendía, Martín? ¿Quién podía saber lo que tenías en mente…?

—Estoy cansada y tengo hambre— dijo una de las Pamelas; mirada cosmética color borgoña, medias azul rey.

Un camarógrafo retrasado mascaba palabrotas. Los camareros anotaban nuevos pedidos, café tinto, aromáticas, capuchinos, cerveza.

—¿De qué ha muerto?— preguntó Honorata. El temor al rechazo uncido a la curiosidad.

—Unos dicen que de cáncer, otros que minado por el anonimato. El éxito lo besó demasiado tarde…— dijo Fernán Montoya.

—¿Suicidio…?

—¿Qué tal el sida? Es otra manera de trascender, ganarles a la indiferencia y al silencio. Dejar de ser ninguno.

—En las mesas vecinas atestadas, viajeros rodeados de niños, maletines, tulas, miraban sin disimulo. Almagro pidió la cuenta. Honorata no supo si la última voluntad de Martín Duque les tenía sin cuidado o temían a su memoria, o fingían no amarlo, o les dolía demasiado.

El camarero colocó una bandeja sobre la mesa. Almagro examinó el recibo, palpó sus jeans y sacó una cartera del bolsillo trasero.

—Hoy me siento generoso— dijo sin mirar a nadie en particular, y una de sus manos velludas rozaba la nuca de Honorata.

—Eso se llama conmover a las piedras y honrar al difunto— Jota Eladio se animaba.

—Es hora de hacer una visita. A mí no me es posible cumplir las demandas de Martín sin contar con la viuda y los hijos— Almagro pagó la cuenta y tomó el paquete.

—¿Está ahí…?— con las mejillas sonrosadas, sin gota de maquillaje y lágrimas de cuarzo engarzadas a las cejas, una de las Pamelas se estremeció.

—Sí. Está ahí.

—¿Y la esposa…?

—En plan de urdir acusaciones y demandas, conceder entrevistas.

José Eladio agregó otro billete y unas monedas

—La propina. Se lo merecen. Dimos lata toda la tarde… y la esposa idolatraba a Martín, pero odiaba su literatura. Un drama griego. Armará un alboroto, demandará el testamento con uñas y dientes, se cagará hasta en la última rima del último verso.

—Con o sin trifulca, hay que llevarlo a su casa. Es lo más indicado.

—No puedo acompañarlos. Lo siento muchísimo— Honorata intentó disculparse. Inútil, nadie la tenía en cuenta.

Ramiro Almagro retiraba el hilo plástico, la cinta aislante, desdoblaba el arrugado papel marrón.

—Siempre fue de malas el viejo Martín, odiaba los colores terrosos. Ni siquiera esparcir sus cenizas desde los cerros resulta original, aunque exigió que se mezclaran con limaduras de oro, gasa de ángel y papel celofán. Garcilaso Ovalle le robó la idea, escogió el edificio Colpatria para lanzar las suyas y aumentar la contaminación metropolitana.

Honorata advirtió que bajo el papel había más envolturas, las hojas de una revista dominical con la imagen de un feto nadando en gelatina verdosa. Entre dos recortes de cartón piedra y un nido de algodones surgió una caja rectangular barnizada de laca china, refulgente, con delicados arabescos.

—¡Aquí lo tienen! —José Eladio elevó la caja— ¡Martín Duque, igual que entero!

Con un micrófono, una chica de falda roja y chaquetón negro, voz modulada, decía: “Nos encontramos en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, con su Noticiero de las Nueve, cuando son las seis de la tarde, para recibir las cenizas del escritor Martín Duque, acontecimiento signado por el escándalo…”

—Me encantó conocerlos— se despidió Honorata.

Nadie le prestaba atención. Las Pamelas susurraban; lo más granado de la poesía femenina. Un altavoz les indicaba a los pasajeros con destino a Medellín abordar por la puerta número tres. Enseguida solicitaba la presencia de Ramiro Almagro, Miguel Encino, Ivo Sánchez, en las oficinas de Avianca.

—¡Esposa a la vista…!

—Los veré en la biblioteca, el día de la ceremonia.

Una cáscara movible comenzó a emerger de los algodones. Honorata escuchó gritar a las Pamelas con una sola voz.

—¡Una cucaracha… Una cucaracha!

Jota Eladio aplastó un escarabajo mecánico, que se convirtió en alas y tripas metálicas. Alguien estaba en plan de bromas. Los camarógrafos invadían otra vez el café-bar, como si la caja de laca china fuese un poderoso imán y la mesa estuviese ocupada por estrellas de la farándula.

—En marcha —dijo Fernán Montoya—. Hay que atender la invitación de Martín, una tenida en Punto y Coma. ¡Chitón!, que no se enteren los filisteos.

—En mi automóvil hay sitio para cuatro— ofreció Honorata.

—Lo que tú ordenes, niña Balzac. Te sienta el nombre y el perfume.

Honorata, de lavanda y carmesí, camisa y pantalones flotantes, los cabellos largos con visos plateados, sonrió. Con tristeza pensó en Renán, la madre, los hermanos. Sabía, con diáfana certeza, que al regresar al apartamento le sería imposible entrar: el timbre sin respuesta, la puerta agresiva, nuevas guardas y cerraduras; sus maletas, belleza, éxito futuro, sentimientos depositados en la portería del edificio.

—Vamos— dijo Honorata.

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