Blanca-Varela-París-1949.-Foto-de-Fernando-de-Szyszlo.
Fernando de Szyszlo

Anoche, al final de la madrugada, sonó el teléfono. Era Suley, una prima hermana que como yo vive en París, una exiliada del corazón y del afecto, un ser un poco extraño, que siempre ha estado revoloteando a mi alrededor a manera de un pájaro enjaulado. Me dijo que había salido a correr a las cinco de la madrugada, ¿cómo así, pregunté preocupada, es año nuevo, qué hacías corriendo a esas horas? No podía dormir me dijo, luego me describió que había recibido el año sola, en su departamento de treinta metros cuadrados de la rue Mirosmenil. Dormía en una camarote, pegado al techo, como una tumba, en la parte baja acumulaba de todo, libros, ropa, bolsas de plástico, comida en sobres que le enviaba su madre desde Lima. Cada vez que iba a verla tenía que salir con el pretexto de que quería fumar para no asfixiarme ahí dentro. Los objetos del interior parecían recordarnos nuestra propia inutilidad, abandonados a sus funciones básicas, faltos de tradición humana y de manos que los manipulasen. Todo en el interior era fijo y solitario como ella. Suley es parte de mi familia materna en la sierra del Perú, una rama bastarda, no reconocida, mestiza y sin acceso al ascensor social de la educación. Algunos habían terminado la primaria, otros no. Sin embargo era gente que conocía su entorno natural y mantenía vivo el saber popular y su cultura, conocían los nombres de los árboles y las plantas, sabían tocar instrumentos de música, charango y quena, hacían comida deliciosa y compartían narraciones orales ancestrales. A mí, Suley me inspiraba cierta ternura, su marginalidad social no asumida en Francia, su fragilidad y su transformación como persona, me hacían quererla. Al llegar a París, Suley se había inscrito inmediatamente en la universidad. Iba a la antena de la Sorbonne en Censier, pero, luego, había pasado por un proceso de “despersonalización” como me explicó un día, ya no quería ser la chica estudiosa que soñaba con un diploma sino casarse, alcanzar una seguridad económica, integrarse a la sociedad francesa. Así empezó su cacería del hombre adecuado, su querer limar su pasado, blanquearse, operándose la nariz, la boca, los senos, una especie de locura gineco-plástica que había cambiado casi todo en su rostro y su cuerpo más bien torneado, convirtiéndola en una especie de híbrido donde los rasgos mestizos se adivinaban bajo el maquillaje y el make-up, que rodeaba su mirada de una especie de expresión marmórea, fijando su rostro en una mueca impasible que pocas veces cambiaba. Era imposible saber si Suley sufría, se angustiaba, su lenguaje era actuado, estudiado, forzado, no dejaba pasar ninguna exclamación, una suerte de neurosis aguda, administrada y domesticada en gestos lentos, estudiados, meditaciones lentas antes de hablar. Nunca entendí cómo se fijó, pero sabía que era parte de su decisión, una especie de delirio voluntario y no quería meterme de miedo de que estallara en una verdadera crisis de demencia.

Esa noche, con la misma responsabilidad de hermana mayor que siempre tenía con ella, la fui a ver. La puerta de su estudio estaba abierta, estaba sentada en su única silla, su rostro de luna estaba congelado, inclinado, con la luz de la lámpara cayendo sobre su frente hinchada, lo que hacía la visión más extraña y poderosa. La vi remover los labios como si rezara, pero no, estaba quieta y tenía las manos juntas puestas sobre el vientre. De un golpe se paró de su silla y se plantó frente a mí, el aire circulaba con su peso sólido de pieza cerrada y con la calefacción alta, lleno de partículas de polvo e humedad, podría haberlo cortado con una tijera.

Me miró y me dijo tajante: mira, he pensado mucho si debía decírtelo o no. Pero bueno, ya que estás aquí, te lo digo. Me acabo de operar los dos senos.

—¿Quéee?

—Lo que oyes, me operaron. No podía decirte nada, no quería decirle nada a nadie, ni siquiera a mi madre, imagina. Ha sido difícil, me aparecieron dos bultos horribles, la doctora me dijo que era eso, ya sabes, esa enfermedad horrible que prefiero no pronunciar…

Agitó los dedos cruzados: Y no había marcha atrás.

—¿No pudiste llamar, pedir que te acompañe?

—No quería molestar.

Vi su cabeza, su pelo teñido, la cirugía en la nariz, sus dedos finos con un delicado anillo plateado enquistado con un brillante, su minúsculo cuarto, sus mañanas en la oficina de Money Gram para cobrar el dinero que su familia reunía trabajando duro, en el campo y bajo un sol implacable, su ganas de ser una más del montón, de no ser reconocida por su piel ni su acento, vi su casa en Lima, la mañana cargada de ruidos, las ollas humeando, la madre de ojos ceniza, oí la música tropical, el sol pegando en los techos de concreto, la humedad de la mañana, la canción de Celia Cruz, su voz portentosa, el calor, ella caminando, arrastrando piernas, invisible, ella comprando, ella en su abrigo de lana en París, con los pelos un poco grasos, las mejillas hinchadas, las encías rojas que quedaban descubiertas cuando reía, vi su casa en la sierra y el instante en que ella me dice un día, en las escuela de periodismo en Lima, soy tu prima, ¿no sabías? La vida en la escuela de filosofía acompañándome a comer sánguches vegetarianos al quiosco de la esquina en la calle Gregorio Escobedo, en aquella antigua casa colonial que se venía abajo y que ahora clavaba su hocico en la calle para hablar del deterioro y de la improvisación de la vida, de cómo se vivía al día, sin mañana, de una subsistencia violenta, egoísta y veloz… La vi.

—Suley, y la abracé. Ella se removió como un pichón asfixiado.

—No me tengas pena. No quiero que nadie me tenga pena…

—¿Y tienes puntos ahí? Pregunté avergonzada de mi curiosidad morbosa.

—Me han reconstituido los dos, son prótesis.

—Ah.

—Tengo que hacer quimioterapia.

—Te acompaño.

—No, no, y no, quiero ir sola.

—¿No es demasiado duro Suley?

—Sí, pero lo prefiero así.

No la vi durante meses, iba a su casa, dejaba notas bajo la puerta, la adivinaba respirando bajo el techo de su habitación, cubierta con la frazada hasta la cabeza, espiando mis movimientos, tal vez quería abrirme la puerta y sin embargo se negaba ese gesto de generosidad consigo misma. Había padecido bastante tiempo la soledad helada de París, no iba a ceder ante ella tan fácilmente. O quizás estaba llorando, tragando lágrimas ácidas, y me iba con el corazón helado. Fuera, las calles siempre estaban vacías, salvo alguna anciana que caminaba inclinada sobre su bastón hacia algún Monoprix del sector. Pensé en cómo la vida en París petrificaba la vida de las personas clasificándolas según su situación económica o su origen, incluso, la religión.

Recordé mi primer impresión de marginalidad, las miradas displicentes, los papeles de residencia, los rasgos cotidianos que te decían que no, “no eras de los suyos”. Le escribí mensajes, la llamaba sin cesar y no contestaba. Suley había desaparecido. Solo un día me abrió la puerta. Se veía lozana, su cara de luna estaba más dúctil, menos fija. Por fin, le dije abrazándola, respondió.

—Me voy a Lima, me soltó de pronto, es decir, no a Lima, a la sierra.

—¿Cómo así, y tu trabajo?

Tardó dos segundos, estaba ahí, presente, por primera vez.

—¿De qué me sirve el trabajo enferma, qué voy a hacer sola aquí? No voy a seguir con la quimio, dijo, descubriendo el cráneo que brilló bajo la ventana, haciendo de esa escena una siniestra ceremonia de adiós.

—¿Estás segura?

—Sí, estoy preparada para irme, ya sé que esto puede ser solo un inicio. Yo quiero regresar a mi lugar.

—Es decir…

—Quiero dejar de mentirme, quiero dejar de actuar. Yo no soy yo aquí, soy una esquizofrénica socializada.

—Estás hablando así porque has pasado un momento muy duro…

—No, es verdad, nadie me reclama, no existo. Quiero existir, quiero fluir, estoy harta de andar encerrada. Quiero vivir.

Esa frase fue clave, no se vive renunciando a la vida, no se vive de una idea de bienestar, sino del mismo bienestar, lejos de la soledad y la falta de vínculos amistosos, afectivos, la entendía.

—Es cierto, es importante hacer lo que sientes.

No supe qué más decir.

Me volvió a llamar, esta vez desde el Perú. Había hecho un viaje a la sierra y había regresado a los lugares de infancia, a los pueblos enquistados en la cordillera, de techos plateados en calamina y viento girando como loco sobre las crestas de las montañas, donde algunos árboles altos se enredaban entre ellos. Y a la laguna negra donde se sentaba a cantar en las noches de luna. Su relato era claro, la voz cargaba una presencia sonora, en río que arrastraba memoria y pasado. Me dijo que después de andar muchas horas alrededor de la laguna, había sentido una cosa muy extraña, su cuerpo había encontrado su lugar, dijo: “mi lugar”, haciendo hincapié en el adjetivo posesivo. Largas lágrimas negras habían lavado su rostro y cubierto su cuerpo de una película suave y caliente, pero luego, sintió que le habían devuelto “algo más”, ese espacio en el universo que le dejaría acariciar con las manos una noche serena, mirar la luna y dejar de sentir miedo. Había hecho el viaje de regreso a sí misma. Gracias, me dijo, luego de lo cual, me colgó.

En mi casa, me detuve a mirar los objetos, las sillas, las mesas, mientras pensaba en su función fundamental, recibir, acoger. Salí a la ventana y descubrí una luna alta y blanca. Imaginé a Suley caminando grácilmente sobre piedras negras en un camino escarpado, sola bajo otra luna. Y respiré profundamente. Inmediatamente me vino a la mente un fragmento de un poema de Blanca Varela:

Un poema/como una gran batalla/me arroja en esta arena/sin más enemigo que yo.

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