Una tarde de verano de 1998, durante una visita que hice a Saul Bellow y a su esposa Janis en su casa de campo de Vermont, le propuse a Saul que hiciésemos una amplia entrevista escrita sobre toda su obra. Llevábamos varias horas charlando en el porche trasero, junto con otros amigos que también se habían desplazado a Vermont para ver a los Bellow: el escritor rumano Norman Manea y su mujer, Cella, restauradora de arte, y el también escritor y profesor Ross Miller. Los cuatro hacíamos lo posible por pasar tres o cuatro días en Vermont todos los veranos porque era evidente que Saul disfrutaba con nuestras visitas; nos alojábamos en un hotel cercano y nos lo pasábamos de lo lindo. Las conversaciones eran animadas e incisivas, charlas interminables más que nada dirigidas a Saul –cuya curiosidad no tenía límites y para quien escuchar era un asunto serio–, y muchas risas a costa de los misterios de la malicia humana, sobre todo cuando salían a relucir mientras cenábamos en el restaurante favorito de los Bellow, donde Saul, echando la cabeza hacia atrás, se reía como un hombre loco de felicidad por todo. Cuanto más viejo se hacía –y en 1998 ya tenía ochenta y tres años y su salud se iba deteriorando–, más parecía nuestro peregrinaje anual un acto de devoción religiosa.

Al volver a casa, telefoneé a Saul para proponerle un modo de llevar a cabo la entrevista, si es que seguía interesado en la idea. Volvería a leerme sus libros (algunos de ellos, como Las aventuras de Augie March y Herzog, por tercera o cuarta vez) y le mandaría mis impresiones acerca de ellos estructuradas en forma de preguntas para que las respondiese y se explayase como y cuanto le viniese en gana. Sin embargo, a pesar de la buena disposición de Saul y de mis esfuerzos por espolearlo, la cosa no terminó de cuajar. De vez en cuando me llegaban por correo o fax unas cuantas hojas en respuesta a un carta o llamada mía, pero luego podía pasarme meses sin recibir noticias, y, aunque un invierno me quedé una semana entera en su casa de Boston y dedicamos varias horas al día a comentar los libros con la esperanza de estimular sus recuerdos y despertar su interés, el proyecto se fue diluyendo y, mal de mi grado, lo dejé estar. Andando el tiempo, amplié mis “impresiones” hasta componer un ensayo sobre su obra y archivé las páginas que Saul me había mandado esporádicamente en el transcurso de los dos años y medio que traté de mantener vivo el proyecto.

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Philip Roth. Via

Hasta hace poco no había vuelto a releerlas. Las adjunto tal y como las escribió, sin ninguna corrección ni alteración –que sus frases, como sus recuerdos, permanezcan intactas–, aunque he introducido apostillas entre corchetes para aclarar algún punto. Se centran en sus primeros libros, Las aventuras de Augie March, Carpe Diem y Henderson, el rey de la lluvia, publicados entre 1953 y 1959. No pasamos de ahí. La mayoría de los textos versan sobre la primera de esas tres novelas, o bien son recuerdos –de la infancia de Saul en Chicago, o de París en 1948, donde comenzó a escribir el libro– inspirados por sus reflexiones sobre Las aventuras de Augie March; a veces parece olvidarse de que ya ha contestado a las preguntas sobre ese libro y con gran entusiasmo y meticulosidad se embarca en una nueva línea de pensamiento que repite detalles y reincorpora aspectos de respuestas anteriores. Las páginas sobre Carpe Diem me llegaron en mayo de 2000, las de Henderson varios meses después, y ya no hubo más.

Es una lástima que no consiguiese animarlo a seguir con Herzog, El planeta de Mr. Sammler, El legado de Humboldt, y El diciembre del decano, como era mi intención, pero ya no estaba lo bastante interesado en reflexionar sobre su propia obra. Por aquel entonces, además, estaba escribiendo Ravelstein, y le faltaba energía y concentración para indagaciones retrospectivas. Es una verdadera lástima, porque lo que escribió sobre los libros de los cincuenta constituye una mezcla curiosamente bellowesca de pensamiento y reminiscencia, algo así como la obertura de la autobiografía de un escritor anciano, espontánea, improvisada y, sin embargo, comparable, por su viveza y encanto evocador, a la despedida del mundo que escribió Hemingway, las memorias póstumas París era una fiesta.

Philip Roth

Por supuesto que [el hecho de escribir Las aventuras de Augie March] me transformó y, aunque probablemente soy el menos capaz de entender cómo tuvo lugar esa transformación, estoy más que dispuesto a averiguar la causa. Ya había escrito dos libros muy correctos [Dangling Man y La Víctima] y cuando digo correctos me refiero a lo siguiente: como hijo de judíos rusos, parece ser que me sentía obligado a demostrar mi competencia, mis credenciales, mi aptitud para escribir libros en inglés. En algún lugar de mi sangre judía e inmigrante latían evidentes indicios de duda: ¿tenía derecho a ejercer el oficio de escritor? Tal vez me sintiese como un impostor o un proscrito. Al fin y al cabo, quienes me prohibían escribir no eran Fielding ni Herman Melville, sino la propia elite literaria blanca, anglosajona y protestante, representada principalmente por catedráticos formados en Harvard. Reconozco que esos fulanos, más que intimidarme, me irritaban.

Me dieron una beca Guggenheim gracias a Jim Farrell [James T. Farrell, el autor de Studs Lonigan] y a Edmund Wilson, y crucé el Atlántico con mi mujer y mi hijo a bordo de un barco llamado De Grasse en el que también viajaban unas cien universitarias del sur de Estados Unidos empeñadas en practicar francés con las camareras y los marineros sin la menor intención de disimular el acento sureño. La travesía duró unas dos semanas. Los hombres dormíamos en la bodega y las mujeres y los niños en cabinas diminutas.

Nos apeamos del tren en la estación de Saint-Lazare y nos dirigimos al apartamento que nos había alquilado Kaplan (H. J. Kaplan, de Newark, Nueva Jersey). La beca Guggenheim ascendía a cinco mil o seis mil dólares, pero el cambio estaba a quinientos cincuenta francos por dólar. De repente éramos ricos.

Me había llevado varios cientos de páginas manuscritas. Este tercer libro era todavía más deprimente que los dos primeros. Dos pacientes en una habitación de hospital: uno agonizando y el otro que no le dejaba rendirse a la muerte.

Los estadounidenses habían liberado París, ahora le tocaba a París hacer algo por mí. La ciudad estaba sumida en una lúgubre depresión. Por si aún no lo he dicho, corría el año 1948. Todo era pesimismo y melancolía, pesadumbre e inmundicia. El Sena parecía un mejunje químico, y olía como tal. El pan y el carbón seguían racionados. Los franceses nos odiaban. Yo tenía una explicación muy judía para ese fenómeno: mala conciencia. No sólo los habían invadido los nazis en tres semanas, sino que, además, habían colaborado con los invasores. El régimen de Vichy los había convertido en unos cínicos. Pretendían hacer creer que durante la guerra había existido una intensa actividad clandestina, pero lo cierto era que se habían pasado esos años en el campo, gorroneando comida. Y encima los muy cabrones se las daban de patriotas: La France había sufrido una humillación y toda la culpa era de sus libertadores, los británicos y los soldados estadounidenses.

Tan deprimido como todo el mundo, me dedicaba a vagabundear en busca de los vestigios del viejo París de Balzac y compañía. Pero Balzac había sido prenihilista. Lo que yo llevaba dentro, tal vez por herencia judía, no tenía absolutamente nada que ver con el nihilismo. Así y todo, aunque no fuese nihilista, lo cierto es que estaba terriblemente abatido, escribiendo sobre una habitación de hospital y tratando de convencer a un moribundo de que se hiciese valer y reivindicase su derecho a seguir vivo. Mientras rumiaba esos pensamientos tan lúgubres junto al mejunje químico que era el Sena, sin que los majestuosos monumentos de París me consolasen lo más mínimo, a veces me preguntaba si no debería enfilar mi vida por un rumbo completamente diferente. Tal vez colocarme como aprendiz en una empresa de pompas fúnebres.

Aparte de Kaplan, no tenía ni un amigo. Kaplan, un francófilo que hablaba francés, era un escritor que trabajaba para la Unesco. Nunca fuimos capaces de decirnos nada que nos interesase mutuamente. Veía a Jimmy Baldwin con bastante frecuencia, sobre todo a la hora del almuerzo, y tenía otros conocidos, como Herb Gold [Herbert Gold, el escritor estadounidense], un humorista bohemio llamado Lionel Abel, y el filósofo italiano Chiaromonte, al que conocía de Nueva York. En general tenía la impresión de que Europa me desafiaba a escribir algo acerca de ella, pero yo estaba deprimidísimo. Parece ser que de joven era un sufridor de campeonato.

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Saul Bellow. Via

Llegamos a París en otoño; al terminar el invierno yo ya tenía el ánimo por los suelos. Trabajaba en un pequeño estudio. Hacia allí me dirigía una mañana, para lidiar una vez más con la muerte entre las cuatro paredes de una habitación de hospital de Chicago, cuando descubrí, con gran extrañeza por mi parte, que las calles de París me procuraban cierto consuelo. Todas las mañanas los barrenderos purgaban las alcantarillas abriendo un poco las bocas de riego y dejando que el agua corriese por los bordillos de las aceras. Creo recordar que también colocaban rollos de arpillera a modo de diques para impedir que la corriente inundase el centro de las calles. Bueno, el caso es que los reflejos del sol en aquella agua, por extraño que parezca, me subían la moral. Me imagino que un psiquiatra lo atribuiría a una especie de hidroterapia: la corriente de agua disolvía la costra de depresión que se que me había acumulado en el alma. Pero más que del agua en movimiento, se trataba de las irisaciones provocadas por el sol. Una de esas tonterías que a los chiflados nos levantan el ánimo. Recuerdo que me dije: <<¿Y por qué no te das un respiro para disfrutar por lo menos de la misma libertad de movimientos que este reguero de agua?>>. Lo primero que pensé fue que tenía que darle puerta a la novela del hospital: me estaba amargando la vida. Pero enseguida hube de reconocer que no era eso lo que cabía esperar de un novelista. Mi aflicción era intolerable, vergonzosa, era un síntoma de esclavitud –creo que siempre he tenido tendencia a aceptar las depresiones que hacían presa en mí–, y justo entonces tuve la sensación de haberme dejado dominar por el clima de tristeza y hostilidad que me rodeaba, de haberme resignado a encerrarme o enfrascarme en mí mismo. Entonces me retrotraje a la infancia y me acordé de un amigo que se apellidaba August: un niño guapo, alegre y despreocupado que siempre que jugábamos a las damas solía gritar: <<¡Tengo un plan!>>. Vivía en el edificio de al lado y solíamos mantener conversaciones telefónicas con dos latas de conservas conectadas con un bramante encerado. El padre los había dejado tirados, la madre no era normal (hasta un niño de nueve años se daba cuenta), y tenía un hermano mayor, fuerte y apuesto. También había un niño más pequeño con retraso mental –creo que era síndrome de Down– y una abuela que dirigía el cotarro. (En realidad no era la abuela; creo que formaba parte de uno de esos programas de asistencia social que colocaban ancianos al cargo de familias rotas.) ¿Qué habría sido del guapo y alegre Chuckie y de sus hermanos, de su madre y de esa extraña a la que llamaban abuela? No tenía ni idea, no les había visto el pelo desde hacía treinta años. Así que decidí contar sus vidas. La ocurrencia me sobresaltó. El tema y el estilo surgieron de la mano. El lenguaje me vino a la cabeza al instante: no sé cómo, pero de repente rebosaba palabras y frases. Se me pasó la murria, y de pronto, como por arte de magia, me vi escribiendo un primer párrafo.

Estaba demasiado feliz y atareado como para molestarme en emitir diagnósticos o en buscar causas y efectos. Tenía la sensación triunfal de haber nacido para eso. Dejé a un lado el manuscrito del hospital y me puse a escribir inmediatamente, animado por el reencuentro con aquel chaval que gritaba: <<¡Tengo un plan!>>. Las palabras me salían solas. Escribía un montón de horas al día. Durante los dos años siguientes apenas consulté el diccionario.

Tal vez debería añadir que lo de recuperar las fuerzas tras un periodo de extrema debilidad ha sido una constante en mi vida. El caso es que pasé de estar al borde de la asfixia a respirar más hondo que nunca.

Las libertades que me tomaba con el lenguaje resultaban de lo más estimulante. Decía lo que me apetecía y no dudaba en hacer las generalizaciones más disparatadas sin reparar en la época ni en las palabras. Por primera vez sentí que podía hacer lo que me diera la gana con el lenguaje.

A la hora de escribir Las aventuras de Augie March traté de hacerle justicia a mi imaginación. No recuerdo muy bien los motivos, pero diría que me estaba rebelando contra el confinamiento en una lata de sardinas. Por lo visto tenía la sensación de no haber sabido lidiar con ciertas exigencias íntimas. Cuando leo pasajes de Las aventuras de Augie March, creo reconocer un impulso de abarcar más terreno, de manejar cientos, si no miles, de impresiones combinadas. Hoy, visto con mis fríos ojos de octogenario, me resultan ampulosos y rimbombantes, pero me doy cuenta de que lo que buscaba era saciar una sed incontenible de detalles. La mesura de los dos primeros libros me había vuelto loco: no me había convertido en escritor para limitarme a seguir la línea recta. Llevaba años acaparando material y aquella era una oportunidad de oro para soltarlo todo. Asimismo, estaba agobiado de deudas mentales. Me refiero a que me había hecho escritor con la esperanza de poder expresar mis singulares respuestas a la existencia. ¿Para qué escribir si no? Me había preparado a base de estudios, lecturas, acumulación de hechos y de ideas, y ahora lo que quería era soltar todo ese lastre. Puede que el desencadenante fuese París (o Europa). Hasta que no salí de Estados Unidos no entendí realmente lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Parece ser que entonces sentí una vergüenza terrible de haber escrito mi primer libro bajo la influencia del marxismo. En 1939, la Segunda Guerra Mundial me había parecido una guerra imperial y capitalista, igual que la Primera. Mis amigos leninistas del Partisan Review, sobre todo Clem Greenberg [Clement Greenberg, el crítico de arte], me habían convencido al respecto. Ni siquiera al escribir La víctima había entendido lo que les había ocurrido a los judíos durante la guerra. Buena parte de Las aventuras de Augie March me parecía la historia natural de los judíos en Estados Unidos. Los judíos alemanes, polacos, húngaros, franceses, italianos habían sido deportados, fusilados, gaseados. Debía de tenerlos presentes a finales de los cuarenta, mientras escribía esa novela.

Los hijos de inmigrantes disponíamos de muchos idiomas y los hablábamos con fruición. A los chicos mayores no se les había olvidado el ruso, y todo el mundo hablaba yiddish. Con tres añitos me mandaron a casa del señor Stein, en la acera de enfrente, a aprender hebreo. Todavía no tenía conciencia de que existiesen las lenguas, pero enseguida aprendí que en el principio Dios creó los cielos y la tierra con Tohu v’vohu. En Génesis, capítulo 11, decidió que no quería que todos los hombres hablasen una sola lengua, era demasiado peligroso. <<Y ya nada les hará desistir de lo que han pensado hacer>>. El rabino Stein era nuestro vecino de St. Dominique Street, en Montreal. Al terminar la lección, me bajaba a la calle y me sentaba en el bordillo a reflexionar sobre lo aprendido.

Los niños francocanadienses, mientras marchaban hacia el colegio en fila de dos en fondo, nos dedicaban obscenidades e improperios, y no tardé en enterarme de que yo era un ‘yuif’, y además, ‘modí’: un ‘modí (maudit) yuif’. A los seis años me matricularon en la Devonshire School. Allí entonábamos el Dios salve a la Reina y recitábamos el padrenuestro. Al volver a casa nos entreteníamos en Roy Street a mirar a los chinos de la lavandería. Vestidos con pijamas negros y tocados con casquetes del mismo color, se dedicaban a pintar sus etiquetas con tinta roja. No había forma humana de entender lo que escribían ni lo que hablaban entre ellos.

En 1924 nos mudamos a Chicago, a un vecindario de polacos y ucranianos. Todo el mundo chapurreaba una especie de inglés y aprendimos ciertas palabras clave, como piva, que significaba cerveza en polaco. O dupa, que significaba trasero, o kapusta, coles en vinagre. En Division Street, la calle principal, había unos señores con máquinas de escribir a cuestas que las apoyaban en un alféizar y por veinticinco centavos escribían cartas a los padres o las hermanas que se habían quedado en el Viejo Continente.

La comunidad más numerosa era por supuesto estadounidense y en el colegio los libros de texto y los profesores nos informaban de que George Washington y Abraham Lincoln eran nuestros presidentes. Era imposible sentirse excluido cuando el idioma común se convertía en tu propia lengua, cuando te sabías la clasificación de la liga de béisbol y estabas al corriente de la guerra de las mafias de Chicago. Gracias a los periódicos, estábamos al cabo de los acontecimientos que culminaron con el asesinato de Dion O’Banion, el cabecilla de la banda de contrabandistas de whiskey de Northside, y con el procesamiento de Al Capone por evasión de impuestos. Lo sabíamos todo sobre la muerte de Lingle, el periodista del Tribune especializado en bandas que asesinaron a balazos en el túnel Illinois de Randolph Street. Los periódicos informaban de que Big Bill Thompson, el alcalde, era un títere de Al Capone. Todo esto venía en los diarios y estaba al alcance de cualquiera siempre y cuando uno estuviese familiarizado con el lenguaje de reporteros y cronistas, y con la jerga de los soplones. Las fuentes serias, solventes y fidedignas no lo contaban todo. Para enterarse bien de la historia había que dominar el lenguaje con el que la disfrazaban los periódicos y revistas como Ballyhoo, College Humor y el Time de Henry Luce.

En el Chicago de los años veinte y treinta había gran afición al palique y si uno tenía labia, tenía la sensación de estar en el ajo. La arrogancia verbal era un arte para iniciados que cultivaban los columnistas de los periódicos de Randolph Hearst, gente como O. O. McIntyre y Ted Cook. En un nivel superior estaba H. L. Mencken, del American Mercury, que expresaba en clave de humor el descontento de los intelectuales ante la ignorancia y el irrisorio provincialismo burgués del típico estadounidense simplón durante los años de prosperidad posteriores a la Primera Guerra Mundial. Sus lectores eran en su mayor parte colegiales como yo, ateos de pueblo o universitarios radicales. Me daba la impresión de que Mencken no esperaba que nadie se tomase muy en serio sus tendenciosas opiniones.

“Aquiles y Agamenón se interpusieron entre el Chicago de Al Capone y yo. Tuve que buscar la manera de conciliar la guerra de Troya con la ley seca, la liga de béisbol y los recuerdos maternos del Viejo Continente”.

En el colegio, a los hijos e hijas de emigrantes europeos nos enseñaban a escribir correctamente. El conocimiento de las reglas gramaticales nos llenaba de orgullo. Yo sufría en mis carnes las constricciones del inglés <<correcto>>. No siempre resultaba fácil, pero seguí aplicándome con ahínco y antes de cumplir los treinta ya había publicado dos libros bastante bien escritos. En 1948 viajé a París para escribir una tercera novela. Pero en el invierno del 49 se me hizo patente –triste y odiosamente patente–, que había vuelto a equivocarme de camino. Caí en una depresión más sofocante que la palpable humedad parisina. En esa primera fase de la posguerra, la ciudad derrotada y ocupada por los alemanes padecía una segunda ocupación, más humillante aún que la de los nazis: la de los estadounidenses orgullosos de sus dólares, felices en su imbecilidad, estúpidos y mal élevés. Pero los franceses no eran más desdichados que lo fui yo cuando empecé a intuir la envergadura de mi último fracaso. Había viajado hasta la gran capital de las letras para acceder a lo más profundo de mí mismo y lo máximo que conseguía era barruntar el alcance de mi fracaso. Orgulloso de mi libertad, resultaba ser la persona menos libre de cuantas conocía. Todas las mañanas, cuando me dirigía al estudio que había alquilado para trabajar me quedaba mirando a los empleados del ayuntamiento que abrían las bocas de riego para el lavado diario de las calles. El pavimento estaba lo bastante inclinado como para que el agua no desbordase las cunetas y la contemplación del reguero que corría entre el bordillo y el dique de arpillera era lo único que me proporcionaba cierto alivio en aquellos días grises, una liberación imposible de explicar verbalmente. Tampoco es que me interesase mucho dar cuenta de esa transferencia de fluidez y brillo tenue a… en fin, versatilidad políglota. Descubrí que podía escribir lo que se me antojase, y que lo que se me antojaba era expresar con palabras la aparición de un elenco de personalidades: las de personajes tales como la abuela Lausch, o Einhorn, el prolífico tullido, o el propio Augie March. Años y años de anotaciones culminaron en el descubrimiento de un lenguaje que lo posibilitaba todo. El lenguaje puede ser restrictivo o expansivo. Un exceso de correcciones resulta asfixiante. Philip Roth da en el clavo cuando habla de la ingente y apabullante cantidad de <<pormenores>> presentes en las primeras páginas de Las aventuras de Augie March. No eran pormenores que yo hubiese acumulado deliberadamente con vistas a emplearlos en el futuro, sino que me los reveló el propio lenguaje. Representan el éxito de una estrategia involuntaria. Se podría decir que el señor Einhorn llevaba años, décadas, en la casa de empeño; ambos, él y yo, habíamos estado esperando la aparición de un lenguaje adecuado, el único lenguaje mediante el cual poder desempeñarlo y sacarlo de allí. Nunca tuve conciencia de ese proceso. No se trataba de una invención: fue un descubrimiento.

La novela que empecé a escribir entonces se escribió sola: <<Soy estadounidense, nacido en Chicago>>. El narrador era un amigo de la infancia al que había perdido la pista treinta años antes, cuando mi familia se mudó de Augusta Street. A menudo me preguntaba qué habría sido de aquel chaval tan guapo e impulsivo. El libro que me sorprendí escribiendo era, pues, una biografía especulativa.

El lenguaje de los escritores de entonces tenía algo que me insatisfacía sobremanera: era árido y cicatero, sin ninguna conexión con ninguna particularidad permanente, duradera ni habitual del enfoque del escritor. Desde que tengo memoria, siempre he identificado el cuerpo, las extremidades, las caras y las facciones, con palabras, frases y tonos de voz. El lenguaje, el pensamiento, las convicciones estaban de algún modo conectados con narices, ojos, cejas, bocas, cabello; las piernas, las manos, los pies tenían sus correlatos en el lenguaje. La voz –las voces– no se inventaban. Y todos los seres humanos, supiéranlo o no, tenían voces y oídos y vocabularios, unas veces mezquinos, otras veces ilimitados y desbordantes. De esta manera se hallaban interrelacionados las palabras y los fenómenos. Y eso es lo que significaba ser escritor.

Antes de que se me olvide el nombre del tipo que amaestraba el águila, era un estadounidense llamado Mannix que había aparecido en Taxco como caído del cielo. [El capítulo XVI de Las aventuras de Augie March trata de los esfuerzos de Thea Fenchel, la amante de Augie, por adiestrar a un águila para que cace los grandes lagartos que viven en las montañas del centro de México.] La memoria me funciona a trancas y barrancas y no me apetece volver a devanarme los sesos inútilmente. El difunto Mannix era uno de esos estadounidenses excéntricos capaces de hacer cosas tan fabulosas como grotescas y que se dan un tremendo bombo.

Para variar, empiezo con una nota al margen.

Todos los días veía a Mannix encaramado con su águila en un risco a las afueras de la ciudad. Pero debería remontarme un poco más y explicar qué andaba haciendo yo en México en el verano de 1940. Mi difunta madre le pagaba veinticinco centavos a la semana a un agente de seguros, un individuo corpulento que se pasaba regularmente por casa para cobrar el dinero. También era aficionado a los libros y siempre intentaba pegar la hebra conmigo sobre los títulos que veía en la cocina de mi madre. Le encantaba comentar La decadencia de Occidente. En Chicago, por las noches, los colegiales judíos más avispados nos empollábamos el libro de Spengler. Bueno, a lo que iba: gracias a esa calderilla que mi madre pagaba todas las semanas, me convertí en el beneficiario de un seguro de vida. Mi madre murió cuando yo tenía diecisiete años y la póliza se hizo efectiva ocho años después. Mi padre quería que le diese todo el dinero, los quinientos dólares íntegros. Le hacía mucha falta, pero me negué. Y es que mi padre era un tirano con todas las papeletas para figurar entre los mayores tiranos de todos los tiempos. Tres años antes ya había desafiado su autoridad casándome con Anita. Ahora le dije que me iba con ella a México. Era un viaje inevitable. A Europa no podíamos ir porque los alemanes acababan de tomar París. A falta de París, no me quedaba otra que ir a México. Viéndolo en retrospectiva, la decisión se me antoja más angustiada que audaz. Como dirían los jóvenes años más tarde, quería <<expresar algo>>. Después de haberme pasado casi toda la vida en Chicago, esa ciudad aburrida, rancia, monótona y baldía, necesitaba barbarie, color, glamour y aventura. Así que Anita y yo cogimos un autobús a Nueva York. No recuerdo porque no fuimos directamente a Texas; algo había que nos obligaba a ir a Nueva York. Puede que tuviese que ver con mi tío, Willie Bellow, un fabricante de brochas en paro que vivía rumiando sus penas en Brownsville. Por entonces no me daba mucha cuenta, pero hoy tengo clarísimo que mi abuelo lo había castigado por afiliarse al Bund[1] en sus años mozos. Los Bellow nunca habían sido menestrales ni comerciantes y lo que se pretendía colocando a Willie de aprendiz de brucero era infligirle un castigo especialmente humillante puesto que estaría obligado a manipular cerdas. Por lo visto, después de rebelarme, acudí a él en busca de apoyo. Como tío era muy cariñoso, pero no dejaba de ser un obrero en paro con una familia que alimentar. Debería haberle dado la mitad de los quinientos dólares. En lugar de eso, puse rumbo a México. Fuimos en autobús, pasando por Augusta, en el estado de Georgia, donde mi tío Max se dedicaba a vender ropa usada a plazos a los jornaleros negros. La siguiente parada fue en Nueva Orleáns. Tras brujulear unos cuantos días por el barrio latino, nos marchamos a Ciudad de México.

El México de entonces era todo lo que D. H. Lawrence contaba, y mucho más. Allí no había tíos ni lazos familiares. Me daba un poco de miedo, lo reconozco, pero no me intimidaba. Viéndolo hoy, me da la impresión de que estaba decidido a no dejarme moldear por mi padre ni por mis hermanos mayores. El tío Willie de Brownsville era el ejemplo de lo que podía sucederle a cualquier Bellow que osara rebelarse: se le machacaría de forma humillante. El tío Max, de Georgia, era un granuja alegre y encantador que vivía a salto de mata. Y allí estaba yo, en México, dispuesto a quedarme en el país tanto como me durasen los cuatrocientos cincuenta dólares. Después de vagabundear unas cuantas semanas por lugares como Michoacán, nos sentimos atraídos por Taxco, donde residía una considerable colonia extranjera, sobre todo estadounidense, aunque también había japoneses, holandeses y británicos.

Mi familia me había educado para preocuparme por todo, pero parece ser que no asimilé bien la lección. Ninguna de las personas que conocí en Taxco tenía los pies muy firmes sobre la tierra. Nunca me paré a pensar qué iba a hacer cuando se me acabase el dinero. Alquilamos una casa muy bonita con dos criados por unos cuarenta dólares al mes; la mujer india hacía la compra, cocinaba y nos lavaba la ropa. También debo decir que rara vez me acordaba de mi padre. Estaba encantado de someterme a la influencia de mis superiores. Y también intrigado por lo que di en considerar la capacidad imaginativa de la gente que iba conociendo. Hoy veo claramente lo limitada que era dicha capacidad, pero todos tenemos nuestro mecanismo de liberación, y el mío adoptó la forma de una huida de la ansiedad. Estaba en plan investigador. Quería ver en directo qué se traían entre manos los personajes con quienes me relacionaba. Mandé a mi mujer primero a Acapulco, después a una playa con unas cuantas cabañas. Mi mayor deseo era montármelo solo. No se me ocurrió pensar que podría estar poniendo a Anita en peligro despachándola de aquella manera. Por lo visto adquirí el don de hacer las cosas precipitadamente. Quizá por eso me fascinaba el águila de Mannix, porque se lanzaba al abismo en picado.

El reto era escapar ileso de las garras de esos potenciales dominadores. Robarles el secreto de sus aptitudes burlando al mismo tiempo su control: eso era lo único que me interesaba. Si acaso jugaba a algo, era a ser independiente. Más que de un interés, tal vez se tratase de un ejercicio espiritual. Me di cuenta de que no tenía por qué plegarme a la voluntad de los demás.

En París, donde escribía el libro, quien se resistía a toda influencia y control era Charlie (Augie). En plena partida de damas, gritaba con infantil descaro: <<¡Tengo un plan!>>. Yo, el escritor, podía sentirme maniatado y deprimido, pero Charlie, inmune, desafiaba la autoridad de la abuela Lausch. Esta no veía sus planes con buenos ojos, pero él estaba dispuesto a ejecutarlos contra viento y marea.

En las montañas de México, donde el sol brillaba de un modo tan espectacular y explícito, era imposible olvidarse de la muerte. Las mujeres compraban en el mercado féretros minúsculos para sus bebés muertos y los llevaban en la cabeza hasta el cementerio. Al cabo de diez años, abrían las tumbas y arrojaban los huesos al osario. El Día de la Muerte era una fiesta nacional. Aunque era perfectamente consciente de todo eso, estaba demasiado emocionado como para sentir el menor temor. Y luego estaba el águila, una mortífera fuerza vital. Todas las mañanas sin falta me encontraba con Mannix. También bebía más de la cuenta con mis compatriotas en el zócalo, la plaza principal de la ciudad. Asistía a clases de equitación y alternaba con los escritores profesionales que escribían para el Black Mask y demás revistuchas, todos ellos bebedores empedernidos. Mannix y su águila me servían de antídoto contra la infame compañía de los escritores de literatura barata. Me costó asimilar el hecho de que se pudiese enseñar a cazar a una criatura libre. Fue una sorpresa constatar que semejante depredador pudiese obedecer a su adiestrador como cualquier otro animal de menor entidad. Con todo, sentía un enorme respeto por el águila. Mannix me parecía un artista más. Años después, cuando salieron publicadas Las aventuras de Augie March, exigió que se le identificase con su verdadero nombre; la editorial me aconsejó que le dedicase una nota a pie de página. No recuerdo si lo conté en el libro, pero el águila solía posarse en la cisterna del retrete de Mannix, justo debajo del techo. Como una vulgar mascota. Una criatura que en la montaña gozaba de una libertad y un poder ilimitados, había terminado cazando lagartos para llevárselos a su amo el artista.

Robert Penn Warren dijo una vez que le gustaba escribir en un país extranjero <<donde se habla otro idioma porque uno se ve obligado a enfrascarse en sí mismo de un modo especial>>. Me imagino que lo de enfrascarse en uno mismo es fundamental, y puede que el idioma extranjero también tenga su importancia… o puede que no. Cuando empecé a escribir Las aventuras de Augie March estaba viviendo en París; me hago la pregunta de si me vi obligado a enfrascarme de un modo especial y la respuesta es que sí. Yo diría que sentía prácticamente lo mismo que había sentido en 1923, cuando nos mudamos a Chicago para reunirnos con mi padre y sus primos. Mi padre, que había llegado un año antes, vino a buscarnos con el primo Louie a la estación de Harrison Street, adonde llegamos en el tren procedente de Montreal. Era el 4 de julio, el día de la Independencia de Estados Unidos. Ardían los adoquines de las aceras. Todo me resultaba extraño en el Medio Oeste; la propia naturaleza era diferente: el aire, las hojas y los arbustos, la tierra, el agua, hasta las mismísimas moléculas me eran ajenas. No se respiraba igual que en Canadá. Mi padre, a quien tanto deseaba ver, apareció completamente afeitado. Nunca lo había visto sin bigote y la imagen de aquel labio superior desnudo me causó una impresión tremenda.

El Dodge del primo Louie estaba aparcado en la misma calle de la estación. Tenía abiertos los paneles de celuloide para que circulase el aire. Louie iba al volante, con el pelo en forma de cresta alargada, como un guerrero iroqués. Físicamente, pertenecía a otra rama de la especie. Era coloradote y tenía una nariz enorme. Louie nos había salvado y traído a la tierra prometida.

“El hecho de que Las aventuras de Augie March March se gestase en la lúgubre Europa de la posguerra es síntoma de una voluntad de independencia mental, de una negativa a sucumbir al horror. Descubrí que no quería tomarme el arte tan en serio”.

Seguimos las vías del tranvía por Milwaukee Avenue hasta el noroeste de la ciudad. Como era el día de la Independencia, los niños habían colocado fulminantes en los raíles que estallaban a paso de los vagones. Envueltos en el tableteo de las detonaciones y el humo de la pólvora, llegamos a casa de la prima Flora. Flora, la hermana de Louie, nos dio la bienvenida, nos hizo pasar a su hotelito y nos dio de cenar pescado ahumado de los Grandes Lagos. Habíamos viajado en tercera, sin poder tumbarnos en toda la noche, y estábamos molidos, así que apartaron todos los muebles y nos echamos a dormir en el suelo. Era un barrio nuevo, en bruto. Acababan de pavimentar las calles y empezaban a echar hojas los arbolitos recién plantados junto al canal de aguas residuales. Todas las ventanas tenían toldos a rayas de color naranja. Había bastado una noche en vela para dejar atrás el viejo Montreal. Chicago, con sus barras y estrellas, resultaba completamente nuevo. Hurgando en los armarios de la prima Flora encontré un libro sin pastas: una traducción en prosa de la Ilíada (Andrew Lang, Leaf and Myers). Aquiles y Agamenón se interpusieron entre el Chicago de Al Capone y yo. Tuve que buscar la manera de conciliar la guerra de Troya con la ley seca, la liga de béisbol y los recuerdos maternos del Viejo Continente. Al salir de clase, me encerraba en el sótano de la sinagoga de Rockwell a estudiar hebreo veterotestamentario. Luego, ya en casa, me informaba del caso de Leopold y Loeb leyendo los periódicos. 1926 fue el año del combate de Dempsey contra Tunney y del estreno de La quimera del oro, de Chaplin. En 1930 ya era estadounidense hasta las cachas. Leía el American Mercury, y las novelas de Edith Wharton, Sinclair Lewis y Sherwood Anderson.

Nunca entenderé cómo escribí Las aventuras de Augie March. Había llegado a París con mi mujer y mi hijo para terminar una novela sobre dos individuos que compartían habitación en un hospital de Chicago y que se hacían íntimos amigos. La historia la contaba el superviviente. Me decía a mí mismo que no debería escribir cosas tan deprimentes. Necesitaba algo más abierto y generoso: un libro más suelto y desenfadado. Pero era incapaz de quitarme de encima aquella habitación de hospital y aquel enfermo terminal que ya era mi amigo del alma. Estaba hundido.

Tenía un cuarto alquilado cerca de la Place Saint-Sulpice, donde estaban las tiendas de objetos litúrgicos, y hacia allí me dirigía una mañana, con el ánimo por los suelos, cuando me topé con los barrenderos que abrían las bocas de riego de las esquinas de las calles y dejaban correr el agua a lo largo de los bordillos para arrastrar las colillas, las cacas de perro, las cartas hechas pedazos, las mondas de naranja, los envoltorios de caramelos hacia las bocas enormes de las alcantarillas. Los barrenderos colocaban rollos de arpillera mojada para que el agua no se desbordase. Me quedé mirando aquel reguero de agua y me sentí menos gris. Y di gracias por aquella sesión de hidroterapia y por los destellos de la luz en el agua: nada más simple. Ya no estaba obligado a suicidarme en aras del arte.

El hecho de que Las aventuras de Augie March March se gestase en la lúgubre Europa de la posguerra (estábamos empezando a enterarnos del Holocausto) es síntoma de una voluntad de independencia mental, de una negativa a sucumbir al horror. Descubrí que no quería tomarme el arte tan en serio.

En este sentido, el ejemplo de mi hermano mayor fue aleccionador. Él estaba decidido a convertirse en un campeón. A decir verdad, se lo montó de miedo. Se hizo de oro. Desde el primer momento, nada más mudarnos de Canadá, me dijo que ya estaba bien de aquella monserga de ser judío. Mi viejo, por extraño que parezca, también se convirtió en todo un patriota estadounidense. Pero al contrario que mi hermano, no se imaginaba a sí mismo como uno de esos emigrantes que se forran en Estados Unidos. Mi hermano mediano, Sam, también tuvo éxito con los negocios y, desde luego, su manera de cerrar tratos y multiplicar cuentas bancarias era de lo más estadounidense. Pero seguía siendo del viejo continente en lo tocante a la esposa, los hijos y toda esa historia de casar a las nietas. Morris, mi hermano estadounidense hasta la médula, no se andaba con esas medias tintas. Nos unía la misma desaprobación de nuestro hermano Sam y de su ortodoxia formal.

Lo de instalarse en París se estaba revelando un error. Gastaba mucha energía en <<estar a la altura>> del lugar. La casera, Madame Lemelle, me dijo que André Gide vivía allí al lado. Si me hubiese molestado en contestarle, le habría dicho que la competencia era buena para el negocio. Sea como fuere, lo que de veras le importaba a Madame Lemelle era el calentador automático que un servidor había comprado e instalado en la cocina. Podría parecer un loable rasgo de generosidad por parte de un estadounidense, pero el verdadero motivo de mi gesto no tenía nada que ver con la transformación (o mejora) tecnológica de Europa a manos de los Estados Unidos.

Me alejé de los barrenderos murmurando entre dientes: <<Soy estadounidense, nacido en Chicago>>. En este caso, el <<soy>> no era autobiográfico. Estaba pensando en un amigo de la infancia, un chaval que vivía en Augusta Street a mediados de la década de los veinte. No había vuelto a ver a Augie desde finales de esa década, y casi estábamos en el cincuenta. No tenía idea de qué habría sido de mi amigo. Se me ocurrió que podría merecer la pena escribir la biografía ficticia de aquel chiquillo impulsivo, guapo, inteligente y lleno de vida. Augie me había iniciado en el lenguaje de Estados Unidos, un lenguaje cuyo encanto constituía precisamente uno de los muchos encantos personales de mi amiguito. De él había aprendido, sin ser consciente de ello, a ir por libre, a hacer las cosas a mi aire, a aceptar lo primero que surgiese.

Ni que decir tiene que improvisé con total libertad a partir de experiencias personales. Las actitudes de los inmigrantes con respecto a Estados Unidos variaban considerablemente. Unos seguían viviendo mental y emocionalmente en el viejo continente. Otros se arraigaban. A los judíos del resto del país nos parecía que los de la costa este se sentían menos estadounidenses por una cuestión de falta de confianza: les seguían intimidando las fortunas familiares y el rancio abolengo. Mi padre tenía una idea muy clara de Estados Unidos. Descubrí que Cahan, el de Yiddish Forward, hacía un gran esfuerzo por concienciar a sus lectores, en su mayoría inmigrantes. Aunque era socialista, tenía claro que los europeos más viejos no estaban muy interesados en el marxismo. Mi padre sabía mucho de la constitución, el congreso y la presidencia. Me acuerdo de la charla que me dio sobre Roger Williams, el clérigo inglés que tras ser desterrado de la colonia de Massachussets, acogió con hospitalidad a cuáqueros y judíos. Mi padre siempre decía que en Europa los judíos estaban obligados a llevar encima un cerro de documentos de identidad y permisos de residencia. En Estados Unidos nadie te paraba por la calle para pedirte los papeles.

Mi maestra de octavo, la señora Jenkins, era una anciana maravillosa. Su padre había estado preso en la cárcel sudista de Andersonville, y a mediados de los años veinte, aquella maestra de pelo cano nos contaba historias de la guerra de Secesión vividas por su progenitor. En Chicago, el G.A.R, el Gran Ejército de la República, seguía siendo un tema candente. El último lunes de mayo, día de los caídos en la guerra, los ancianos formaban en la esquina de Randolph y Michigan, justo enfrente de la biblioteca municipal, un edificio construido en terreno donado por los veteranos de la guerra de Secesión. En el segundo piso había un museo de la guerra. La mayoría de la gente ni lo sabía, solía ir directamente al ala sur, donde estaban los libros. Pero en el piso de arriba, en el ala norte, había una enorme exposición permanente de banderas de diversos regimientos, armas y fotografías, y el día de los Veteranos, los antiguos soldados formaban allí antes del desfile anual. Se seguía honrando al G.A.R. Leía mucho sobre la guerra de Secesión, y también las memorias de Grant y de Sherman.

Alquilé un cuartito diminuto en un hotel de la Rue des Saints-Pères. En la acera de enfrente los martillos neumáticos retumbaban sin descanso para completar la construcción de un hospital o un colegio médico, no recuerdo. El cuarto debajo del mío lo ocupaba un anciano erudito italiano llamado Caffi. Era alto y frágil, tenía una espesa mata de pelo y una risa nerviosa, pero era un tipo serio. En 1917, como periodista destacado en San Petersburgo, se gastaba las dietas que le mandaban en dar de comer a niños famélicos. Ahora vivía del dinero que recolectaban sus devotos seguidores, que, además de sustentarlo, llegaban de vez en cuando desde Italia para hacerle una visita. Por lo visto era un notable helenista. Se pasaba el día en la cama, bebiendo café y escribiendo eruditas observaciones dirigidas a sí mismo.

De vez en cuando yo le echaba una mano. Un día se estaba lavando los pies en el lavabo cuando este se rompió con tan mala suerte que uno de los trozos le cayó en el empeine del pie de apoyo causándole una dolorosa herida. Caffi se enrolló una toalla en el pie y no se levantó de la cama en una semana. En su círculo de acólitos y conocidos había quienes decían que se había lesionado adrede por rencor hacia un amigo que había tratado de conseguirle un empleo. Una teoría un tanto extraña. Cuando una de sus visitas comentó que yo no parecía estar sacándole a París todo el partido que debería sacarle un estadounidense, monsieur Caffi terció sabiamente y señaló que era lógico que me pasase casi todo el día pensando en Estados Unidos. Donde yo entraba todas las mañanas al franquear la puerta de mi estudio no era en el París brumoso de frías estatuas y puentes imponentes, sino en el Chicago anterior a la Gran Depresión. El libro había despegado y se escribía solo a gran velocidad; por extraño que parezca, me estaba abstrayendo del lugar. El mismo Chicago me resultaba exótico. Yo, un descendiente de inmigrantes judíos rusos, estaba escribiendo sobre Chicago en oscuros rincones de París y, más tarde, de Austria, Italia, Long Island y Nueva Jersey. Está muy bien hablar de gente arraigada o de gente desarraigada, pero sentí que tenía que evitar el vocabulario culto de los ambientes universitarios. Prestaba atención a monsieur Caffi cuando me hablaba de Estados Unidos como si fuesen la nueva Roma. Me mostraba deferente y respetuoso con él pues sabía que lo hacía por mi bien, para aumentar mi nivel intelectual. Lo mismo hacía con sus jóvenes discípulos italianos, sus asistentes, que le preparaban el café y le ponían bolitas de naftalina entre la ropa de invierno. Él, por su parte, medio ciego y a menudo postrado en la cama, supervisaba las actividades de sus epígonos. No se le escapaba que yo era un estadounidense haciendo algo típicamente estadounidense, como un romano del siglo XX. Si algo aprendí en Europa fue cuán ligado estaba a Estados Unidos.

En Europa, la figura del intelectual gozaba de enorme prestigio; la pobreza era uno de sus galones y recibía el apoyo de sus discípulos. A Caffi se le había pegado un joven italiano que hacía las veces de delegado, representante y ayudante. Aquella versión de la alta sociedad, tan poco estadounidense, me fascinaba, pero mis objetivos eran muy otros. El señor Caffi probablemente se diese cuenta. También creo que tuve mucha suerte. En mi caso, el hermano influyente era el hermano totalmente estadounidense. Fue esa influencia la que, en cierto sentido, me empujó a escribir Las aventuras de Augie March. Cuando mi hermano leyó el libro no le gustó, pero reconoció que, a mi manera, por disparatada que fuese, había logrado algo relevante y que su participación en la historia era necesaria. Morris tenía un carácter agresivo que yo identificaba con el genio pragmático y cotidiano de Estados Unidos.

En la primera frase de la novela de marras no digo que soy un judío estadounidense. Simplemente declaro que soy estadounidense. El primero en señalar las ventajas de dicha condición fue mi hermano mayor. Estados Unidos nos brindó la oportunidad de zafarnos de las ataduras familiares y de la comunidad judía. Al salir de clase Morris trabajaba de <<mozo de equipaje>>: cargaba camiones con maletas y baúles para entregarlos a domicilio. Vestía camisetas de fútbol americano a franjas de color naranja y violeta. Al cabo de unos pocos años ya tenía enchufes en el ayuntamiento. Lucía bombín, abrigo con cuello de terciopelo, un pañuelo de seda de lunares y puntiagudos zapatos de piel. Tenía labia y garbo, era espabilado y muy luchador. Estudiaba para sacarse el título de abogado y decía ser cobrador a sueldo de un diputado mafioso. Un día abrió un maletín y me mostró el interior: estaba atiborrado de billetes.

Nos traía ejemplares de The Saturday Evening Post, Collier’s, Liberty Magazine y The Literary Digest. Estas publicaciones tan influyentes ofrecían una imagen idealizada de la vida mental del país: sus granjeros, sus obreros, sus esposas y madres, sus mecánicos y atletas, sus héroes, sus empresarios y oportunistas, sus advenedizos, sus petimetres, sus corredores de fincas inundadas en Florida, sus niños prodigio de Nueva Inglaterra como Mark Tidd, Marcus Aurelius Fortunatus Tidd: el retrato de lo que los estadounidenses eran, o podían llegar a ser. Había una gran demanda de imágenes de personajes que encarnasen el modelo del rudo pionero que Walt Whitman le había ofrecido al país en Hojas de hierba y Perspectivas democráticas. En un país de inmigrantes como eran Estados Unidos, había una gran necesidad de prototipos, sobre todo entre los jóvenes.

La generación de mi padre experimentaba una gran sensación de libertad por haberse zafado de la burocracia zarista, que no era solamente opresiva, sino directamente demencial. Mi padre creía que Estados Unidos nos ofrecía a los judíos unas oportunidades de progreso inauditas por cuanto se trataba del primer gobierno racional de la historia, además de la ley de la tierra, garantizada en los documentos fundacionales. Mi padre mostraba un interés fuera de lo común por la constitución de Estados Unidos y por los privilegios de la ciudadanía, para los cuales ya estaba preparado gracias al Levítico, los Números y el Deuteronomio. Decía: <<Esto es lo que yo llamo un trato. Estoy encantado de pagar impuestos en un país cuya constitución declara que soy un ciudadano, no un judío>>. Esto suponía, a juicio de mi padre, forzar un tanto la obra de los fundadores de la nación, pero no entrañaba peligro alguno dado que la justicia, tal y como se entendía generalmente, era fruto de las enseñanzas impartidas por Moisés al pueblo de Israel bajo la supervisión directa de Dios. La vida de los judíos en Estados Unidos fue, desde un principio, completamente diferente a la que siempre habían llevado en Europa, donde los judíos vivían en guetos y constituían una comunidad diferente en todos los países. Aquí se les cobraba impuestos como ciudadanos, no como judíos, y no estaban sometidos a ningún tributo especial. Aun siendo judío, mantenías un vínculo personal con el país y en muchos aspectos podías ser todo lo estadounidense que quisieras. Por supuesto, había organizaciones privadas que no aceptaban judíos, pero cosas así servían para recordarle a uno los asesinatos en masa y las cámaras de gas, el contraste entre lo verdaderamente serio y lo que no pasaba de provocación infantiloide.

En este sentido mi viejo era un tanto raro: su actitud era de lo más patriótica y consideraba que la seguridad de los judíos dependía de la solidez y estabilidad de los fundamentos racionales de la nación.

El nacionalismo de mi hermano era harina de otro costal. En Chicago estaba como pez en el agua. Gastaba pinta de mafioso y parecía un chanchullero. Con esa apariencia de hampón hacía que hasta el negocio más legítimo pareciera sucio.

Y por extraño que parezca, mi padre se convirtió en un patriota. Sabía mucho de la historia de Estados Unidos, aunque sólo leía periódicos en yiddish. A menudo me dejaba pasmado. De pronto llegaba y me decía: <<Háblame de Roger Williams>>. <<¿Dónde has visto ese nombre?>>, le respondía yo. <<En The Forward>>, me contestaba. <<Han publicado una serie de artículos sobre la colonia de Rhode Island>>.

Abraham Cahan, director del susodicho periódico en yiddish, se encargaba instruir a sus lectores en los derechos y deberes de la ciudadanía.

Recuerdo que mi padre llegó a la estación de Dearborn Street, en Chicago, el 4 de julio. Nos vino a buscar con Louie, su primo y patrón, que tenía una panadería en Marshfield Avenue. Un hombre alto y fornido, con una franja de pelo en mitad de la cabeza, a lo piel roja. Pero quien de verdad me sorprendió fue mi padre: se había afeitado el bigote y la desnudez de su rostro me dejó pasmado. De todos los fenómenos extraños de aquella primera jornada en Chicago, ese fue probablemente el más difícil de asimilar. Nos subimos al coche de Louie, cuyas cortinas de plástico aleteaban al viento, y seguimos los raíles del tranvía, donde los niños habían colocado pequeños artilugios explosivos que estallaban al paso de los vagones. El aire olía a pólvora. Los veteranos de la guerra disparaban las armas que se habían traído de Francia. A mis nueve años, yo ya estaba demasiado crecidito como para ir sentado en las rodillas de mi padre, y, además, la desaparición de aquel bigote saturado de nicotina lo había convertido, siquiera temporalmente, en otra persona. Montreal era agradable, anticuado, europeo, con todas sus partes conectadas entre sí. El Chicago de entonces, tosco y vulgar, mereció la siguiente descripción de un viajero inglés: una ristra de aldeas industriales entre fábrica y fábrica. Las calles del barrio polaco donde nos afincamos olían a chucrut y a cerveza fabricada en casa (para burlar la Ley Seca). Por todas partes se oían organillos tocando polkas y valses. En el Chicago inmigrante y proletario de los años veinte no es que hubiese mucha cultura, y los escolares, además, no sabíamos qué era eso de cultura; yo estaba en un nivel inferior en cuanto a libros, música, pintura y conversación. De repente me vi en un lugar donde todo era extraño, hasta los árboles y las hojas. Los colores, el espacio, el aire mismo era diferente: más espeso, más áspero, como si estuviese compuesto de moléculas más pesadas. Al igual que mis padres unos años antes en Canadá, ahora el inmigrante era yo, inmigrante en una realidad física completamente distinta. Tuve que revisar todos mis esquemas y noté cómo se me adaptaban los sentidos para cumplir con las exigencias químicas y táctiles del nuevo lugar: para absorber sus atmósferas, sus ocultas variaciones.

Todo lo demás –las clases, el recreo, los desfiles por el pasillo– fue coser y cantar. El béisbol se me atravesó un poco al principio, porque cuando tenía ocho años me pasé uno entero en el hospital. [A los ocho años Bellow tuvo que ser internado a causa de un fuerte ataque de apendicitis y peritonitis que se complicó y pudo costarle la vida.] Me esforzaba en las clases de gimnasia, pero cierto día en que me colaron una bola rasa, uno de los chavales dijo: <<Te has quedado mirando la bola como si fuese un objeto de escaso interés>>.

“Si hay algo que defina al burgués, es el miedo a la muerte”.

Pittsburg era famosa por el acero, Detroit por los automóviles, Akron por los neumáticos, y Swift y Armour por la carne y el tocino que exportaban desde sus factorías situadas al sur de Chicago. La imprenta de Donnelly publicaba listines telefónicos de muchas ciudades y en los círculos cultos de Chicago se consideraba que la nuestra era un centro literario. Escritores como Dreiser, Sherwood Anderson, Willa Cather, Edgar Lee Masters, Sandburg y Vachel Lindsay se instalaban en la ciudad para estudiar o para trabajar en periódicos y agencias de publicidad. El Chicago Journal, un periódico que no sobrevivió a la Gran Depresión, publicaba un suplemento literario semanal. Los dos diarios de Hearst recibían a los escritores con los brazos abiertos. Los alumnos de bachillerato también leían el American Mercury de Mencken. Uno de los crímenes más famosos de mediados de los años veinte fue el cometido por Leopold y Loeb, dos universitarios trastornados por una interpretación delirante de las ideas nietzscheanas. Los defendió Clarence Darrow, un abogado cuyas parrafadas ante el tribunal se disputaban espacio en los periódicos con los asesinatos de la mafia y las estampas callejeras de Ben Hecht. En el instituto, con catorce años, leíamos El mercader de Venecia y Julio César, y, por nuestra cuenta, Manhattan Transfer, de Dos Passos, y Crimen y castigo, de Dostoievski. También leíamos, por supuesto, <<autores de Chicago>>, como Sister Carrie, de Dreiser, y un poco después, Studs Lonigan de Farrell. Mi mejor amigo en esa primera adolescencia era Syd Harris, que vivía en Iowa Street, justo al este de Robey. Además de ser hijo único, era un niño difícil y tenía tiranizados a su madre, nacida en Londres, y a su padre, que era ruso. Sydney el Tirillas, con sus tics, sus rabietas, sus terribles modales, era el amo del cotarro: mentía, amenazaba y despotricaba. Hacía de genio y de dictador al mismo tiempo. Tenían una gran mesa rectangular en mitad de la salita y nos sentábamos cada uno en un extremo a leer nuestros libros esotéricos y a escribir en hojas amarillas compradas en una tienda de <<Todo a diez centavos>>. En aquella birria de mesa, cubierta con una especie de tapete, escribíamos cuentos, poemas, ensayos, diálogos, fantasías políticas, ensayos sobre marxismo: tantos y tantos temas de los que no sabíamos gran cosa.

Cuando la señora Harris, con toda su buena intención, se asomaba y nos hacía alguna pregunta inofensiva y alentadora, Sydney le gritaba: <<¡Vuelve a la cocina, zorra inglesa! ¿Cómo te atreves a interrumpirnos?>>. Y su madre, bizqueando de un ojo como siempre que perdía los estribos, respondía: <<Tú no eres hijo mío. Me dieron el cambiazo en el hospital>>.

Puro teatro, por supuesto.

La señora Harris me tenía por un niño formal de buena familia de quien su hijo Sydney podría aprender a ser cortés y a comportarse con el debido respeto. Desde pequeño me inculcaron la consideración por los mayores. La milenaria herencia de los buenos modales, pensaba entonces, y qué bien nos vino, pienso hoy. Pero aún me escandalizo al recordar las falsas rabietas de Sydney, como cuando le gritaba a su madre: <<¡Largo de aquí, puta vieja!>>. Eso ya era llevar el ultraje y la fanfarronería bohemia demasiado lejos. Mi madre jamás me habría consentido semejante conducta, y lo que es mi padre, me habría tumbado de un guantazo.

A los quince años escribimos un libro juntos y un día de invierno echamos una moneda al aire para decidir quién de los dos llevaba el manuscrito a Nueva York para que nos lo publicasen. Ganó Sydney, que se guardó el taco de páginas debajo del jersey, cogió el dinero de nuestro fondo común –sesenta centavos– y se echó a la calle sin más dilación, haciéndome el gesto del pulgar hacia arriba. En cuestión de días estaba en Nueva York. Me escribió que se alojaba en Riverside con John Dos Passos, a quien tenía encandilado con su talento. Dos Passos tenía seis perros de Pomerania blancos que sacaba a pasear dos veces al día con tres correas dobles.

A todo esto la señora Harris había acudido al Departamento de Personas Desaparecidas para denunciar que a su hijo se lo había tragado la tierra. Vino a casa y me interrogó en el cuarto donde guardaba cama mi madre. [La madre de Bellow padecía a la sazón un cáncer de pecho terminal.] Dije que no sabía nada. En esa época los adolescentes seguían los códigos de los gángsters: prohibido chivarse de un amigo. Mi hermano mayor dijo que deberían interrogarme en la comisaría. Fuimos a la esquina de Eleventh y States, con la madre de Sydney hecha un mar de lágrimas y el marimandón de mi hermano decidido a meterme en cintura y darme un escarmiento. Repetí mis mentiras ante los funcionarios del Departamento de Personas Desaparecidas; me sentí capaz de aguantar el tipo ante cualquiera de ellos.

Pero mi hermano me descerrajó el cajón y encontró las cartas de Sydney. Esa misma noche, después de cenar, se las leyó a toda la familia. En opinión de los expertos literarios de Nueva York, se veía que Sydney era un triunfador. Covici, el editor, le había encargado un libro sobre la juventud revolucionaria de Chicago y le había soltado un anticipo de doscientos dólares. En cuanto a mí, las lumbreras del mundillo editorial opinaban que más me valdría ponerme a trabajar con mi padre. Mi madre fue la única que lo sintió por mí. Todos los demás estaban encantados de ver destrozadas mis ilusiones.

Sydney volvió en tren, rico y famoso. Estaba demasiado ocupado para escribir el libro de Covici. No tardó en convertirse en el asistente de Milton Mayer, el corresponsal en Chicago del PM, el periódico neoyorquino fundado por Marshall Field. Con el tiempo terminaría en el Chicago Daily News, como columnista especializado en educación juvenil. Al final, su prematura formación en literatura de vanguardia le resultó de lo más lucrativa. Debajo de su torre de marfil había una mina de oro.

No me gusta ese libro, Carpe diem. Nunca pienso en él, ni lo hojeo. Es que ni lo toco. Pero tengo que reconocer que me has hecho la madre de todas las preguntas… y que no sé cómo contestarla. [Le había preguntado si sabía por qué, a la hora de escribir Carpe diem, había abandonado el espíritu eufórico y abierto de Las aventuras de Augie March para retomar el tono adusto y lúgubre de su etapa anterior, plasmado en libros como La Víctima y Dangling Man.] Augie es la libertad en persona, mientras que Wilhelm es un muestrario completo de represiones y cortapisas sociales. Lo entiendo, pero no me cae bien. Sentado ante el tablero de damas, Wilhelm no tiene un plan. El lector, no obstante, se siente atraído por él en virtud de sus <<sensibilidades>>. Es, desde luego, un tipo normal y corriente. Recurre a lo demás para <<dar>> o para <<alentar>>; su caso está a la orden del día. Pero mi labor era retratarlo, no recomendarlo. En Wilhelm vemos encarnados los fracasos del <<sentimiento>>, la laxitud moral típica de Estados Unidos y la inutilidad de los buenos consejos.

Muchos lectores daban por sentado que yo, por el hecho de ser progresista, debería estar del lado de Tommy Wilhelm. Todo lo contrario: me parece un inadaptado que trata de engatusar al cabezota de su padre con las manidas engañifas del cariño y la corrección psicológica de un vendedor de saldos. Una de esas personas que tratan de dar lástima para obtener apoyo. La clave de mi verdadera opinión sobre el personaje tal vez esté en los descabellados sermones sobre salud mental del doctor Tamkin. El absurdo y embaucador doctor Tamkin me sirvió de gran ayuda: ese consejero farsante al que recurrimos en busca de orientación, el seudocientífico con respuestas para todo.

He pensado mucho en el escenario neoyorquino de Carpe diem y diría que la soledad, sordidez y abatimiento del libro encajan bien con el entorno en que se desarrolla, el norte de Broadway. Creo que para los viejos habitantes de Chicago, los neoyorquinos de Carpe diem son más limitados en lo emocional, más unidimensionales. Los del medio oeste teníamos emociones más completas o, si quieres, más sustanciosas. Creo que en su momento me felicité por haber sido capaz de enfrentarme a Nueva York, pero lo cierto es que nunca gané ninguna de las batallas que libré en esa ciudad, y nunca respondí con verdadero calor humano a nada de lo que me ocurrió allí.

Viví una temporada en el Upper West Side. Sondra, la madre de Adam, vivía en el Hotel Ansonia antes de casarnos y yo solía quedarme a dormir allí. Estoy hablando de principios de los cincuenta. El escenario se prestaba bien a Carpe Diem: yo lo llamaba el Insomnia.

Encontré un bonito apartamento en Riverside Drive, pero por lo que fuese, la cosa no funcionó. Nunca llegué a sentirme cómodo en Nueva York. Tenía constantemente la sensación de que el riesgo y el daño físico acechaban a la vuelta de la esquina. Siempre me había parecido un lugar muy arriesgado, donde uno podía perderse fácilmente. Creo que veía Nueva York bajo el prisma de Isaac Rosenfeld. [Rosenfeld, escritor de narrativa y ensayista, era natural de Chicago y amigo de Bellow desde la infancia.] Isaac llegó a Nueva York para comerse la ciudad y la ciudad se lo comió a él. Desde ese punto de vista, resultó ser un lugar muy peligroso. Llegó desde Chicago con su esposa, una mujer muy guapa, para sacarse el doctorado, y no hizo sino hundirse cada vez más en el abismo.

Casi con toda certeza, Isaac debió de pensar que Nueva York lo salvaría. Chicago ya no le brindaba esperanza alguna. Los recién casados, Isaac y su mujer greco-estadounidense, alquilaron un piso en Greenwich Village. Su círculo de amigos pasotas de Barrow Street atraía a bohemios e intelectuales. Isaac se convirtió en uno de los chistosos del grupo, una persona seria y formal que se permitía interpretar el papel del payaso siguiendo el ejemplo del hombre subterráneo de Dostoievski. Durante la guerra estuvo al mando de una lancha en el puerto de Nueva York. Como padre ingenioso y juguetón, tenía la casa llena de gatos, perros, cobayas y periquitos que hacían las delicias de sus dos críos. El hijo, como el propio Isaac, murió de un infarto con treinta y pocos años. La hija es una monja budista y vive en un monasterio en Francia. La mujer, tras quedarse viuda, se casó en segundas nupcias y hoy, frisando en los noventa y medio paralítica, vive en Honolulu. El considerable talento literario de Isaac nunca llegó a madurar en Nueva York. Se hizo adepto de Wilhelm Reich, que por entonces era freudiano. Algo así no habría podido darse en ninguna otra ciudad de Estados Unidos. Isaac tardó años en sacudirse la influencia de Reich. Podría decirse que el vía crucis ideológico que concluyó en Nueva York ya lo había iniciado en Viena.

También fue en Nueva York donde me sometí a la terapia reichiana. Algo realmente espantoso. Yo no me imaginaba que fuese tan horrible. Me dejé influir por Isaac, que no había dejado de insistirme en que lo probase, ya que él lo estaba haciendo. Duró unos tres años, una o dos veces por semana. Había una caja en la consulta del médico; tenías que quedarte en cueros y tumbarte en el diván. Creo que fue la época en que estaba escribiendo Carpe diem. No es que esté muy orgulloso de la experiencia, pero si no llegabas hasta el final y te sometías a todos los rigores, te perdías el respeto a ti mismo. Y además, era un vínculo con Isaac. No podía dejar que pasara por todo aquello sin hacer yo lo propio para poder enterarme de lo que le sucedía.

Me imagino que en Nueva York me sentía totalmente aislado. Además de ser una ciudad propicia a ese tipo de sentimientos, yo no tenía a quien recurrir. Eso sí, como a la hora de buscar ayuda, a uno se le ocurriese recurrir al doctor Tamkin, estaría cometiendo la mayor equivocación de su vida. Yo conocía al verdadero Dr. Tamkin. Era amigo de dos amigos míos, una pareja de europeos que me caían muy bien y cuyo hijo único había muerto en un accidente. A raíz de esta desgracia, el <<doctor Tamkin>> se había hecho cargo de la familia en el sentido emocional, por así decirlo. Y por eso lo odiaba. Porque me daba cuenta de lo que les estaba haciendo y de que no sentía absolutamente nada por ellos. Era un tontaina, todo en él era pura pose, con esa aura de auxiliador de la humanidad que él mismo se había otorgado, derrochando generosidad para con todo el mundo. Ese era el fundamento real del grotesco e insensato personaje. La mujer era judía francesa; su marido, judío alemán. El chaval, de unos quince años, volvía un día del colegio cuando lo atropelló un camión. La madre fue corriendo al hospital y le dijeron que el muchacho estaba bien. Pero poco después sufrió una embolia. Cuando la madre llegó a casa, sonó el teléfono. Era del hospital, para comunicarle que su hijo había muerto. Entonces, cuando acababan de perder al hijo que ambos amaban con toda su alma, apareció Tamkin con todo su repertorio de paparruchas psicológicas para ofrecérseles como consejero y protector.

Fue una época horrible. Cuando uno llega a Nueva York lleno de esperanza e ilusiones, inevitablemente le tiene que pasar algo así: quizá fuese esta la conclusión que saqué. Hay una relación entre Tommy Wilhelm y mi amigo Isaac. Porque el primero vuelve a Nueva York, para restablecer su relación con su padre, con su madre, con su tumba, etcétera.

Con todo y con eso, yo no me veo tan absolutamente dependiente de un lugar. Nunca me ha convencido esa idea de que las grandes ciudades como Londres, París o San Petersburgo han construido la literatura de sus respectivos países. Las ciudades son maravillosas pero hay que tener cuidado con el historicismo. El historicismo es un producto académico cuya premisa es que las muchedumbres urbanas moldean la cultura de sus países. Compartimos simultáneamente la enorme trascendencia y el glamour de Londres y París. Durante la Depresión me compré las obras completas de Balzac y me conquistó el glamour del fabuloso consorcio entre la ciudad de París y su capitalismo triunfante, sus eróticas extravagancias y vicios, el variopinto legado de la Revolución, los días de gloria napoleónica, sus jeune ambitieux, el ingenio incansable de sus criminales, sus banqueros, sus amantes. Esta mezcla o compuesto maravilloso tenía un encanto propio. Queríamos saberlo todo acerca del mismo.

Sus atractivos son ilimitados, pero ¿es realmente cuanto afirma ser? Nos fascina, sí, pero también recelamos de su pretensión de erigirse en el escenario de los escenarios, esa potencia formativa que moldea todos los fenómenos. En nuestros Chicagos y nuestras Nueva Yorks habíamos aprendido que los grandes tesoros de la cultura no eran indispensables, que se podía prescindir de ellos.

Puede que el viraje desde Las aventuras de Augie March a Carpe diem fuese parte de una evolución personal. La cosa parece ser que empezó siendo yo niño, en Canadá, mientras agonizaba en aquel hospital, el Royal Victoria; en cuanto me dieron el alta, nos fuimos a Chicago. Fue allí donde me críe, donde rendí culto a la salud física, donde eché cuerpo, hacía flexiones, etcétera. En lo emocional, las cosas en Chicago me iban rodadas. Después, cuando me licencié y fui a Nueva York, tres cuartos de lo mismo. Pero en Nueva York tenía un tío, Willie Bellow, que vivía en Brownsville, un hombre muy amable, y muy depresivo. Era brucero, fabricante de cepillos. Había disgustado a su padre, es decir, mi abuelo, y este lo había colocado de aprendiz de brucero. El oficio resultaba ignominioso por cuanto se veía obligado a manipular cerdas. Esa era precisamente la intención de mi abuelo. Total, que allí estaba el pobre Willie, un inmigrante ilegal en Nueva York. No sé cómo hizo para llegar allí. Había cogido un tren directo desde Montreal con toda la familia, pero no figuraba en el registro de entrada en el país, así que no podía tramitar la ciudadanía estadounidense. Yo lo quería mucho. Tenía un gran sentido del humor, era alegre, generoso y muy sensible, aunque sin mucha capacidad de expresión. Murió a principios de los cincuenta en su puesto de trabajo, una fábrica de cepillos en Brooklyn. Es cierto, ocurrieron muchas desgracias mientras escribía Carpe diem.

Eso de que <<tiene tanto de enfermedad como de hombre>> sintetiza perfectamente Henderson, el rey de la lluvia. [Bellow cita una descripción de Henderson que yo había empleado en mi pregunta.] Henderson, desde luego, anda en busca de una cura. Pero si hay algo que defina al burgués, es el miedo a la muerte. Todo lo que hace falta saber sobre la relación entre enfermedad, amour propre burgués y miedo a la muerte está en las páginas de La montaña mágica, de Thomas Mann. La dificultad de enfocar a Henderson bajo ese prisma radica en que Henderson es un burgués muy diferente. En su caso, los conceptos no están tan claros.

Me da la sensación de que no tenía muy claro lo que hacía cuando escribí Henderson. Esperaba que la idea se me revelase mientras investigaba el fenómeno, que básicamente era el propio Henderson como tal, pero enseguida se me hizo evidente que Estados Unidos no tiene ni idea, ni la más remota idea, de lo que es. Los europeos se sumarían con entusiasmo a este dictamen. Dirían que Estados Unidos es una nación inculta o, por decirlo en yiddish, nyekulturny, o sea, zafia. ¿Pero adónde nos lleva eso? Es verdad que la cultura no es precisamente lo que más le interesa a Henderson. Él no podría competir con la caballeresca generación de su padre, ni con sus antepasados más inmediatos, que conocían la obra de Homero y leían a Dante en italiano. Su actitud ante el estilo de vida estadounidense es muy diferente. Roth acierta con lo de <<su estrafalaria antropología>>. A un chaval de Chicago la antropología le parecía la ciencia entre las ciencias. Aprendí que los masai veían correcto lo que los esquimales veían incorrecto. Con el tiempo me di cuenta de que era una doctrina peligrosa: la moral debe sustentarse en principios más sólidos. Pero de joven, el estudio de costumbres variopintas –o absurdas– me causó un gran impacto. Con veintipocos años estaba hecho un relativista cultural. Cuando empecé a escribir Henderson ya había abandonado esa postura.

A Roth le gusta Henderson, y se lo agradezco. Lo ve como una hazaña estrambótica, pero también sabe apreciar que la hazaña es sincera y que el libro posee cierta maestría, siquiera estrambótica. La crítica me puso a caldo por ceder a impulsos anárquicos o desquiciados y por dejar de lado los entornos urbanos y la temática judía. Pero yo sigo insistiendo en que el tema de la novela, en última instancia, es Estados Unidos. Las rarezas del libro no son accidentales sino esenciales. Una vez más Roth lo expresa mejor que yo. Henderson es <<esa fuerza humana autónoma que, en virtud de su rabiosa insistencia, logra milagrosamente abrirse camino>>. El chiflado de Henderson me abrió camino durante mi último y más chiflado curso de antropología. El diploma, si me hubiesen dado alguno, debería poner: licenciado en la universidad de los dionisíacos. ¿Que si sabía lo que hacía? No del todo. Mi objetivo era <<interrumpir el sueño del alma>>. Unos lectores estarán de acuerdo y otros no. Alfred Kazin preguntó qué podía saber un judío de los millonarios estadounidenses. A efectos del libro, yo creía saber lo suficiente. Chanler Chapman, hijo del famoso John Jay Chapman, era el Eugene Henderson original, un humorista tragicómico, o casi, y bufonesco heredero de un apellido ilustre. No sé qué fue lo que vi en él ni por qué me atrajo de aquel modo tan idiota. Fueron los peores años de mi vida. Murió mi padre, se suicidó un sobrino mío que estaba en el ejército. Mi mujer me abandonó, quitándome también a mi hijo pequeño. Había invertido mi pequeña herencia en una mansión junto al Hudson que se caía en pedazos. Por enésima vez, volví a la página número 1 y empecé otra versión de Henderson.

© Philip Roth, The Estate of Saul Bellow, 2005

TRADUCCIÓN DE VÍCTOR ÚBEDA

[1] Organización germano-estadounidense de tendencia filo-nazi. [N. del t.]

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