1

Esta historia comienza con mi encuentro en Managua con Christopher Hitchens, quien me entrevistó en mi despacho de la Casa de Gobierno temprano del año de 1985, cuando ejercía el cargo de vicepresidente de un país en guerra contra los contras armados y financiados por el gobierno de Reagan, quien en sus discursos televisivos, con voz y gestos de anunciador de detergentes, explicaba frente a un mapa el peligro que significaba Nicaragua, más cerca de Washington que Wyoming.

Hitchens llegaba en nombre de The Nation, la clásica revista de la izquierda intelectual norteamericana, donde se habían publicado las entrevistas que otro periodista memorable, Carleton Beals, hizo en 1928 al general Sandino en sus cuarteles de la montaña en San Rafael del Norte, cuando luchaba contra las tropas de ocupación de Estados Unidos.

Yo no recordaba ese encuentro de 1985, del que me habló Granta en Español, ni el reportaje en base a nuestra conversación publicado en el número 15 de Granta en el verano de ese mismo año, que ella misma me hizo llegar; por mi cuenta, rastreando en la red me encontré con una foto que registra la ocasión, publicada junto con otras en The Guardian, el 30 de mayo de 2010, “Images from Christopher Hitchens’s unapologetic and polemic account of his life”. Murió al año siguiente de un cáncer en el esófago.

En esa foto aparecemos conversando en mi despacho de la Casa de Gobierno, Hitchens sentado en el extremo de un sofá, mientras toma notas, y yo en una mecedora tejida de junco, de esas que los nicaragüenses solían sacar a las aceras de sus casas, en la Managua anterior al terremoto de 1972, para las tertulias vespertinas, como todavía lo hacen en las ciudades de provincia. Viste una camisa a cuadros, con las mangas enrolladas, y yo uno de esos trajes safari que usaba entonces para las funciones oficiales, seguramente porque había acudido antes a alguna ceremonia protocolaria. Enfrente hay una mesa baja de sobre de vidrio, con un vaso de agua, y una grabadora. En la esquina, un teléfono solitario en otra mesa, y detrás una cortina que cubre el ventanal que da las ruinas y baldíos de lo que había sido el corazón de la ciudad, baldíos donde era posible ver algún caballo pastando la hierba reseca, y había familias hacinadas en las ruinas de los edificios aún no demolidos.

Recuerda en su reportaje que hablamos a lo largo de cinco horas, hasta tarde de la noche, y recuerda también que hubo mientras tanto dos temblores, parte de nuestra vida diaria en Nicaragua, y que yo me puse de pie de un salto y ordené que abrieran las puertas del despacho, para luego continuar con nuestra conversación.

Fuera del cuadro de la foto, tomada seguramente por el fotógrafo oficial de turno, y que debieron haber obsequiado a Hitchens en la Secretaría de Prensa de la presidencia, está mi despacho que vuelve a la memoria, forrado de paneles prefabricados, en una de cuyas paredes se exhibe una secuencia de imágenes de distintos momentos de la vida del general Sandino, más allá mi escritorio, y al lado de mi escritorio un cuadro del pintor venezolano Jesús Rafael Soto, donado por él al recién fundado Museo de Arte Moderno, y recibido en custodia por mí porque el museo no tiene sede, sólo obras de arte igualmente donadas por otros pintores, Roberto Matta, Joan Miró, Wilfredo Lam, Antoni Tàpies, y nunca llegará a tenerla.

Un despacho austero, como todas las oficinas de la Casa de Gobierno. Al triunfo de la revolución en 1979, no teníamos donde instalarnos, y por fin encontramos este edificio en medio de las ruinas del terremoto; sólo habían sobrevivido los primeros tres pisos de lo que había sido el rascacielos del Banco Central, acababan de terminar las obras de reacondicionamiento, y las oficinas se hallaban listas, con todo y sus muebles, teléfonos y archivadores.

Hoy, treinta años después, el panorama de los alrededores es distinto. He llevado a Francisco Goldman y a Johanna, su compañera, quienes vienen de pasar las fiestas de fin de año en el pequeño paraíso caribeño de Corn Island, a hacer una excursión nocturna en auto por la avenida Bolívar, que ahora se llama Avenida de Chávez a Bolívar, y que corre al lado de lo que fue aquella Casa de Gobierno de entonces.

La avenida comienza en la rotonda en la que se alza el monumento a Chávez, donde el rostro del comandante venezolano descuella en medio de una flor luminosa de pétalos multicolores, y termina en el puerto Salvador Allende, en la ribera del lago Xolotlán. Cuadra tras cuadra se halla sembrada de decenas de árboles de la vida, que la gente llama “arbolatas”, extrañas estructuras metálicas de diez toneladas y diecisiete metros de altura, pintadas de amarillo e iluminadas con quince mil bombillos led cada una, con sus ramas en formas de arabescos. Los árboles de este bosque sin vida han sido mandados a sembrar en toda la ciudad por la Primera Dama Rosario Murillo, que nombra y quita funcionarios, da diariamente el parte meteorológico y previene contra los temblores, los huracanes, las erupciones volcánicas y las tormentas solares, lo mismo que anuncia las fechas de las matrículas escolares y aconseja las reglas para protegerse de los zancudos que causan el chikungunya, y dirige de manera meticulosa el ornato de la ciudad.

Y como estamos en temporada navideña, en la plaza de la Fe, frente al puerto, se amontonan innumerables figuras, también luminosas, vírgenes doradas de rodillas frente a los pesebres, camellos de seis metros de alto, reyes magos plateados, pastores de Belén azules y rojos, ángeles con arpas y trompetas, renos, trineos, todo un bazar, mientras al centro se alza un gigantesco árbol de Navidad que se quedará encendido todo el año. Un profuso kitsch sostenido por los petrodólares venezolanos, que pronto menguarán, y que no hubiera pasado desapercibido para Hitchens, quien en su reportaje observa que ya entonces Managua combinaba “lo peor de las ciudades del tercer mundo con lo peor del mal gusto del primero”.

Pero si nuestra conversación se hubiera dado hoy, en lugar de aquella lejana noche de 1985, e igual que a Francisco lo hubiera invitado a recorrer esta avenida de falsa fiesta y excesivos oropeles, le habría dicho: la fealdad entonces era fruto de una miseria humilde, cuando la revolución llenaba de esperanzas la oscuridad de aquellas ruinas y baldíos; en cambio, cuando ya no hay revolución y todo es tan falso como los árboles de fierro encendidos, la fealdad sólo enseña la obscenidad del nuevo rico, que es el inventor del kitsch, ávido de enseñar su poder.

Fueron variadas sus preguntas, imaginen cinco horas de conversación, como lo son sus reflexiones perspicaces sobre la complejidad de lo que entonces estaba ocurriendo en Nicaragua; y tantos años después, releo con gratitud lo que escribió, porque nunca olvidó que yo era un escritor que en medio de las vicisitudes políticas seguía amando su oficio y defendía la libertad de la creación literaria; el oficio abandonado por años para entregarme a la revolución, un abandono que entonces yo no sabía si duraría ya para siempre, y así ejercía mi papel de gobernante bajo la nostalgia, no pocas veces opresiva, por el reino al que había renunciado.

 

2

La historia sigue con otro encuentro, esta vez con Bill Buford, el editor de Granta, en un almuerzo en Londres, en el mes de septiembre de 1991, un año después de las elecciones en que doña Violeta de Chamorro resultó electa presidenta, y la revolución, que había conquistado el poder por las armas, lo entregó bajo el mandato de las urnas.

Mi viaje se debió a una invitación de Harold Pinter para hablar en el Young Vic, y él mismo hizo mi presentación. De aquella charla frente a un público de escritores, artistas y periodistas, recuerdo que comencé evocando el encuentro en París, en la primavera de 1900, entre Rubén Darío y Oscar Wilde, quien, pobre y olvidado, vivía en un cuartucho del hotel d’Alsace en la rue des Beaux-Arts . “Una tarde en el bar Calisaya del boulevard de los Italianos”, dice Rubén en el artículo Las purificaciones de la piedad, publicado una semana después de la muerte de Wilde, ocurrida ese mismo año del encuentro, “estábamos reunidos unos cuantos escritores y hombres de prensa, entre los cuales Henry de Brouchard, el vizconde de Croze y Ernest Lajeneusse, cuando llegó a sentarse al lado de este mi distinguido amigo un hombre de aspecto abacial, un poco obeso, con aire de perfecta distinción y cuyo acento revelaba en seguida su origen inglés…”.

Empecé citando el encuentro casual de esos dos escritores de mi santoral, que nunca tuvieron nada de políticos, para seguir hablando sobre lo que significaba esa dualidad de oficios compartidos hasta entonces en mi vida, política y literatura, tema discutido tan largamente con Hitchens seis años atrás; pero ahora lo hacía ya lejos del poder, entre las voces del De Profundis y El canto errante, que me llegaban sin ninguna estática.

Buford me había escrito a Managua el año anterior, poco después de la derrota electoral, para proponerme que escribiera una memoria de mis años en el poder como escritor, y la forma en que yo había visto la revolución, desde una perspectiva personal, mejor dicho íntima. Acepté encantado su propuesta, porque sentía que necesitaba hacer esa reflexión en tantos sentidos sentimental, en la que habría de confesar que había llorado la noche en que perdimos las elecciones.

De modo que en aquel almuerzo conversamos sobre mi escrito, ya publicado en el número 36 de Granta en el verano de ese año, y sobre el de Mario Vargas Llosa, que figuraba en el mismo número, donde abordaba su campaña presidencial y su derrota frente a Alberto Fujimori en 1990, cuando yo había perdido las mías como candidato a vicepresidente.

Para Mario, el escrito de Granta fue el embrión de su libro de memorias El pez en el agua, publicado dos años después, y para mí, el embrión de Adiós muchachos, aparecido en 1999. Por qué tardé tanto, si en aquel almuerzo le había dicho con todo entusiasmo a Buford que me proponía, a partir de esas páginas de Granta, ir hacia un libro de memorias, vale la pena contarlo.

3

Poco después de que entregamos el gobierno en abril de 1990, había hecho mi primer viaje a Europa ya lejos de toda la parafernalia del poder. Llegué a Madrid sin comitiva ni escoltas, la primera vez que un coche oficial no me aguardaba al pie de la manga del avión, ni pasaba por los rigores del protocolo; la primera vez que debía cambiar yo mismo el dinero, tomar un taxi hasta el hotel, inscribirme y recoger mi llave; y al salir a la calle, me sentí desorientado en la ciudad no oficial que siempre veía pasar rauda por la ventanilla, sin nadie ahora que me abriera la portezuela, sin nadie que cargara mi maletín, nadie que pagara las cuentas por mí.

Un náufrago extrañado de sentirse en tierra firme, pero que disfrutaba de su libertad como un regalo del destino. Podía ir al cine, entrar en una librería, sentarme en un restaurante, sin que nadie vigilara mis pasos. Esa vez iba hacia Oviedo, invitado por la universidad a un encuentro literario, otro lujo de la libertad. Y del naufragio del poder sentía que me salvaba la escritura, y podía ver, con ojos de quien ya es capaz de escribirlo, porque ha empezado a tomar distancia, ese pasado inmediato de soledad palaciega, intermediaciones burocráticas y ritos protocolarios.

Y podía empezar a ver también esos años en el poder como un episodio, uno más de los que se encadenan hasta formar el curso de una vida, mi vida, ahora que iba de regreso a mi antiguo territorio, la literatura, de donde me había arrancado el turbión de la revolución, a la que había pagado el tributo de dejar de escribir durante una década entera, desde que volví de Berlín en 1975, dedicado en adelante a la conspiración para derrocar a Somoza, hasta 1984, cuando, electo vicepresidente, me di cuenta, con terror, de que si seguía sin escribir dejaba para siempre de ser escritor.

Entonces me armé de un ordenador IBM, que un amigo me compró en Canadá e hizo llegar a Managua a través de Madrid, en una operación de contrabando, porque el ordenador tenía componentes fabricados en Estados Unidos que caían bajo el embargo comercial de Reagan.

Así escribí primero Estás en Nicaragua, una breve memoria de mi relación con Julio Cortázar, que se alternaba con mis reflexiones de intelectual comprometido con la revolución, un libro que publicó Mario Muchnik en Barcelona en 1985; y luego Castigo divino, una novela ambiciosa por su trama narrativa y por su extensión, la más larga que he escrito nunca, buscando probarme a mí mismo que podía ejercer mi oficio en las peores circunstancias, que eran las de la guerra, el desabastecimiento, el embargo, mi hijo Sergio en el frente de batalla y mi temor angustioso y el de Gertrudis (Tulita), mi mujer, de que lo pudieran matar cualquier día. Y como no había tiempo disponible más que el de la madrugada, era ella quien me despertaba a las cuatro de la mañana sin ninguna piedad de lo profundo del sueño, y por eso, en la dedicatoria de ese libro, publicado por Mondadori en Madrid, en 1988, escribí: “A los combatientes, en todos los frentes de guerra, que han hecho posible este libro. A Gertrudis, que inventó las horas para escribirlo”.

Esa vez, entonces, que iba para Oviedo, me sentía desembarazado de la vida política, convencido de que podía vivir lejos de ella, y planeaba quedarme por largas temporadas en España, o en Francia, volver a Alemania, y reemprender de esta manera la escritura, sin distracciones y sin pausas.

Pero estaba escrito que aún no sería así. Me llamó hasta España Daniel Ortega para decirme que no asumiría su asiento en la Asamblea Nacional, que como candidato derrotado le tocaba según la ley, y el partido había decidido que debía hacerlo yo, como su suplente; y así empezó para mí una inesperada etapa adicional en la política, como jefe del grupo parlamentario sandinista en la oposición, tan intensa y compleja como la primera de los años en el gobierno, y que, paradojas quiere la vida, se convirtió en mi verdadera puerta de salida para siempre de la política.

Porque vino la etapa de mi choque frontal con Daniel. Nuestras posiciones empezaron a alejarse, y la crisis se presentó cuando desde el parlamento logramos una reforma democrática de la Constitución, prohibiendo la reelección y el nepotismo, y afirmando la independencia verdadera de poderes, porque queríamos establecer de verdad un estado de derecho.

Vino entonces la ruptura, me echaron de la dirección del partido, fundamos otro, el Movimiento Renovador Sandinista, fui candidato presidencial en 1996, sacamos muy pocos votos, y desde entonces he dicho que al menos probé tener más lectores que electores; quedé lleno de deudas, porque quienes financiaban la campaña nos abandonaron, y por fin estaba fuera. Había necesitado de un fórceps, pero estaba fuera. Ya no viviría en un territorio compartido.

4

En 1994, mi amiga Hortensia Campanella, uruguaya exiliada en Madrid por la dictadura militar de su país, quien entonces fungía como mi agente literaria oficiosa, me había arreglado una entrevista con Juan Cruz, director de Alfaguara, y fui a verlo una tarde a su despacho de la calle Juan Bravo, en los altos de la librería Crisol, y le presenté el manuscrito de mi novela Un baile de máscaras, que había venido escribiendo en los respiros que me dejaba el trabajo parlamentario, y peor que eso, entre las zozobras de la lucha política dentro del sandinismo.

Juan me dijo, sentado detrás de una inmensa mesa llena de otros manuscritos, que para hacer de mí un escritor con nombre de escritor, era necesario buscar como despojarme de la fama de político, algo en lo que estuve plenamente de acuerdo, y cuando al año siguiente iba a aparecer el libro, solicité que en la solapa no se dijera que yo había sido vicepresidente de Nicaragua, porque no lo creía nada atractivo para un lector. El primero que no compraría la novela de un vicepresidente sería yo mismo.

A finales de octubre de 1997 le llevé los originales de Margarita está linda la mar, que acababa de terminar de corregir en una finca de Mallorca entre Alcudia y Pollensa, donde me pasé un mes batallando con las comas, las palabras repetidas y las rimas involuntarias. Juan me contó entonces que se había abierto la primera convocatoria del concurso para el Premio Alfaguara, y me sugirió participar; si al menos quedaba como finalista, eso contribuiría a su plan de seguir haciendo de mí un escritor con nombre de escritor.

Hortensia me aconsejó que lo hiciera, y ella misma se encargó de preparar las copias reglamentarias y entregarlas. Cuando al mes siguiente hablé con Sealtiel Alatriste, el director de Alfaguara en México, me advirtió que Juan estaba equivocado, nada de finalistas, había un ganador y punto.

Tal vez serían las ocho de la mañana en Managua aquel día de febrero de 1998 y yo caminaba desde el dormitorio hacia la mesa del desayuno, cuando me anunciaron una llamada desde Madrid, y era Carlos Fuentes, presidente del jurado.

Empezó por preguntarme, con ese modo juguetón suyo que lo ganaba cuando perdía la solemnidad, qué horas eran en Managua, y supe entonces que no me llamaba para comparar los husos horarios entre Madrid y Managua. Mi novela había ganado junto a Caracol Beach del cubano Eliseo Alberto (Lichi), muerto en México en 2011, un premio doble, sólo que, me dijo Fuentes, el jurado recomendaba cambiar el nombre de la mía, que se llamaba Fin de fiesta, por el de Margarita está lindar la mar; y antes de colgar me advirtió que la noticia no se daría sino una hora después en una conferencia de prensa en Casa de América, con lo que debería guardar silencio hasta entonces, solo en la casa porque Tulita mi mujer había salido temprano y, amedrentado por la advertencia, no me atrevía a alzar el teléfono y llamar a nadie, ni a mis propios hijos, y a ella imposible, siempre se ha negado a llevar un teléfono celular porque no quiere que nadie la controle, y ese Nadie, como en la historia de Ulises con el cíclope Polifemo, soy yo.

Después de tantas vueltas y revueltas, por fin hacía mi regreso triunfal a la literatura. Hitchens me había interrogado aquella lejana vez, acerca de lo inescapable que resultaba para los escritores latinoamericanos contemporáneos preocuparse por los asuntos políticos, algo extraño en el mundo anglosajón, y citó a Neruda, a Borges, a Cortázar, a Fuentes, a García Márquez, al propio Vargas Llosa. Es una fusión que traemos en nosotros desde el tiempo de la independencia en el siglo diecinueve, cuando el intelectual era un todo, guerrero que en las alforjas del caballo llevaba un ejemplar de La nueva Eloísa, o de El espíritu de las leyes, que leía en los altos de la marcha, y era también periodista, una imprenta portátil parte de la impedimenta de guerra, orador fogoso, jurista, legislador, corresponsal, cronista, y poeta que componía odas y sonetos.

De esa amalgama resultaron Domingo Faustino Sarmiento, novelista y presidente de Argentina, Rómulo Gallegos novelista y presidente de Venezuela, Juan Bosch, cuentista y presidente de la República Dominicana, los dos últimos derrocados por golpes militares de derecha, y luego vendría Vargas Llosa candidato presidencial derrotado en el Perú, de lo que había hablado en mi plática con Buford.

Ahora yo abandonaba la participación, pero no la preocupación política, fiel a la escritura que precisa de la libertad para imaginar, lejos de ortodoxias y credos ideológicos, pero fiel también a mi ojo crítico, alerta con lo que pasa a mi alrededor, porque la realidad latinoamericana siempre está deformada por las anormalidades que nutren la imaginación. Si me ocupo de la política, dice Rubén Darío, en el prólogo de Cantos de vida y esperanza, es porque la política es universal.

Cuando tras la gira agotadora de promoción del premio Alfaguara, que me tomó todo un año, viajando por España y América, volví al despacho de Juan Cruz en Madrid, me dijo que ahora no convenía que siguiera con otra novela, sino con un libro de mi memoria personal de la revolución, escrita desde la perspectiva del escritor que narra su vida como si se trata de una novela, y no como político que cuenta su pasado buscando ensalzarlo y librarse de culpas; y entonces me acordé de la plática con Buford en la terraza soleada del restaurante en Londres, porque aunque ya era septiembre brillaba el sol en un cielo extrañamente despejado, cuando le había dicho que las páginas escritas para Granta eran el germen de un libro de memorias. Y así escribí Adiós Muchachos que se publicó en 1999.

Es verdad que todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: tiempo de esparcir piedras y tiempo de juntarlas.