Edith Aron, en París, en 1952

Un café con Edith Aron,
la mujer que Cortázar convirtió secretamente en
la Maga de Rayuela

—No soy la Maga.

Cruzamos, escoltados por un grupo de japoneses, el paso de cebra más famoso de la historia. Estamos en Abbey Road, el lugar escogido por los Beatles para ilustrar la mítica portada del disco homónimo de 1969. Es como un photocall al aire libre. St. John’s Wood es una zona residencial, muy tranquila, llena de jardines cuidadísimos y elegantes bloques de edificios. Uno no sabe si está a cuatro paradas del centro de Londres o en un pueblo de la periferia. El conserje, sorprendido por nuestro primitivo inglés, nos pregunta, intrigado, a dónde vamos. Venimos a ver a la señora Bergin. Utiliza aún, tantos años después, su nombre de casada.

El pasillo es interminable. Parece un hotel. El suelo está cubierto por una alfombra granate. Hay algo de El proceso de Kafka, o de Cómo ser John Malkovich, en ese laberinto de idénticas puertas. Avanzamos y retrocedemos varias veces. Más por insistencia que por una conclusión lógica llegamos al número que traemos apuntado. Tocamos el timbre. Suena, de fondo, algo de jazz. Sentada en una silla de escritorio, de esas que tienen ruedas en las patas, nos abre Edith Aron.

—No soy la Maga —repite, ahora con una sonrisa traviesa.

Nos besa. Es alta. Altísima. Pronto nos explica que tiene las rodillas mal. Algo no funciona, pero no confía en los médicos. Por eso se mueve por el apartamento con una silla de escritorio, dando pequeños saltos, para sortear los tramos irregulares de moqueta que le impiden desplazarse con facilidad. El piso es pequeño. No más de cuarenta metros cuadrados, divididos en una habitación (ahora la habita su hija), el comedor (donde ella duerme), un cuarto de baño (con toalla para invitados, como un pequeño cartel indica), una estrecha cocina (donde cuelga un calendario, de 1996, con ilustraciones de Kandinsky), y un mínimo recibidor (lleno de perchas y chaquetas). Nos pide que nos acomodemos. Tiene las estanterías llenas de libros en castellano, alemán y francés. También hay fotografías, recortes de prensa, y dos grabados dedicados, ambos de Gisèle Celan, la mujer del poeta. Y un sobre con un sello que es un menorá dibujado, el candelabro del judaísmo. Shimon Peres, nos aclarará después, le respondió por escrito a una carta que ella le envió cuando visitó Israel. Enfrente hay un armario metálico, cerrado. Apoyado encima, nos da la bienvenida una suerte de muñeco inflable en forma de Smiley. Sí, aquellas caras amarillas que durante los años ochenta se pusieron de moda como emblema del acid house. Hay un escritorio amplio. Debajo, ya en el suelo, está ordenada la correspondencia. Dos paraguas que cuelgan de una silla. Nos invita a sentarnos en las butacas. Se acerca. Nos ofrece café. Prepararlo será una pequeña odisea.

Edith Aron se acerca a los noventa años. Aparenta, como máximo, setenta. Luce el cabello de un gris hermoso, y lleva el mismo peinado que en 1950, cuando vio por primera vez a Julio Cortázar a bordo del Conte Biancamano, el barco que los llevaba de Buenos Aires a París. Sigue fumando Gitanes. E interrumpe la conversación en varias ocasiones para pintarse los labios, mirándose en un espejo redondo, pequeño, que nunca adivinamos dónde guarda.

—Rouge —dice, con una tierna risita, cada vez que lo hace.

II.

Aron nació en el Sarre, en la frontera entre Alemania y Francia. El auge del nazismo hizo que cuando era una adolescente se exiliara, junto a su madre, a Buenos Aires. Estudió en el colegio Pestalozzi, del que guarda, con nitidez, muchos recuerdos. Se movía básicamente con los alemanes que habían escapado del holocausto. Luego trabajaría, de cinco a ocho de la tarde, en un instituto norteamericano, en la sección de discos. Allí, cuenta, se educó musicalmente. Un día fue a un concierto en el Teatro Colón y se sentó al lado de un chico joven. Se llamaba Sergio de Castro y en aquel momento se debatía entre la composición y la pintura (fue alumno de Manuel de Falla y de Torres García). Más tarde, ya en París, cerrarían el trío de amigos con Julio Cortázar, quien lo bautizará en la novela con el nombre de Etienne.

Vuelve a Francia porque quiere ver a su padre, que decidió no huir. Consigue una beca y, después de mucho buscar, encuentra una habitación en la isla de Saint-Louis. Pasan los años, Cortázar se casa con Aurora Bernárdez (Pola, en Rayuela), y ella conoce a un graciosísimo inglés con talento para el dibujo. En 1957, se traslada a estudiar a Berlín. Y regresa a Buenos Aires, donde tendrá a su única hija, Joanna. El que es ya su marido la convence para probar suerte en Londres. Enseña alemán en el Goethe Institut. Se separa. Y, aunque confiesa que aborrece la ciudad, cuatro países son demasiados como para cambiar de nuevo. Se jubila y, además de traducir, se concentra en escribir. En alemán publica los libros de relatos El tiempo en las maletas y Las casas falsas. En 2007 aparece en España una antología bajo el título 55 Rayuelas. En el último cuento se desvela en quién se inspiró el escritor argentino para construir el personaje de Lucía, la Maga.

—Me dijo que me había dedicado un libro entero. Nadie lo sabía.

III.

No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó pasear algunas veces por París… Así comienza una carta que le envía desde Buenos Aires Julio Cortázar, en agosto de 1951. El escritor, que ha regresado a Argentina por temas burocráticos, viajará de nuevo a la capital francesa. Esta vez para instalarse definitivamente. Los paseos a los que hace referencia se intensifican cuando, después del barco, donde no llegan a hablar, se encuentran por azar en una librería de Saint Germain. Luego, en un cine. Y, ya en los jardines de Luxemburgo, el argentino se atreve a invitarla a tomar un café. Los dos, jóvenes y sin demasiadas obligaciones, recorren todos los rincones de la ciudad. A menudo van en bicicleta. Entierran un paraguas, o discuten sobre arte o filosofía mientras comen patatas fritas junto a de Castro. Exactamente igual que en Rayuela.

Edith Aron nos muestra tres fotos de la época tomadas por Cortázar. Muy delgada, con media melena, un flequillo recto le tapa la frente. Lleva un abrigo largo y sonríe, seductora. En una de las imágenes, con un campo detrás, lleva una camisa blanca, arremangada, y posa con las manos en la nuca. Ella tiene poco más de veinte años. Se reconoce ingenua y hambrienta de curiosidad. Él, muy influenciado por los surrealistas, está descubriendo las calles, los teatros y los museos que conoció únicamente a través de los libros. Por un problema en las glándulas (luego se operará), no le crece la barba y tiene cara de niño. Los enemigos le llamarán Dorian Gray. Juntos, buscan señales, signos, premoniciones. Juegan. Están intentando reconstruir un puzle que sólo ellos conocen.

—Me pidió que me fuera a vivir con él.

Aún estamos en Londres. Algo se escucha en la cocina.

—¡Arrivato! —exclama Aron.

Se gira sin levantarse de la silla, y emprende una carrera olímpica por el comedor, impulsándose con fuerza. Le acompañemos a la cocina. Y allí está, lenta pero eficaz, una vieja cafetera napolitana que escupe un líquido marrón como si fuera un volcán domesticado. Nunca habíamos visto una igual antes. Aron no para de elogiar el resultado de ese extraño utensilio. Asegura que fue diseñado a finales del siglo XVII. El aparato consiste en dos piezas casi idénticas que se enroscan entre sí. Cogemos el azúcar y algunas pastas, y volvemos al salón.

La idea de Cortázar era, aprovechando que ella tenía pasaporte francés, abrir juntos una librería en París. Pero los planes de futuro le asustaban a Aron, que sólo se dio cuenta de lo mucho que amaba a aquel desgarbado que no sabía pronunciar bien la erre cuando éste se fue con Aurora Bernárdez. Después, la invitaron en diversas ocasiones a la casa del matrimonio. Dice que nunca tuvo celos, que Bernárdez le parecía una mujer adorable. Menciona un almuerzo en el que, entonces sí, se esconde en el baño y llora desconsoladamente. En la mesa, nos cuenta, Julio Cortázar la mira fijamente. Recuerda aquella mirada como la de alguien que nunca le fallará.

Sorbe, como un pájaro, el café. Y continúa hablando. Sigue enamorada del lenguaje. Nos pregunta por palabras en catalán, mezcla expresiones en inglés y francés. Está contenta por el cartón de tabaco que le hemos traído, pero sobre todo porque le gusta expresarse en castellano. Cuando daba clases, sus alumnos preferidos siempre eran los latinoamericanos. Empezó a leer a Borges en la capital francesa. Lo conoció mucho después en la capital argentina. Coincidió con él, también por azar, en un cine londinense.

De la época parisina tiene un momento grabado en la memoria. Es el entierro de la escritora Colette, que vivió en el Palais-Royal hasta su muerte. Acuden todos. Sartre —con el que se había cruzado en otras ocasiones—, Aragon, Cocteau… Pero quien más le impresiona es Picasso. Sus ojos increíbles, su bufanda roja. Relata el momento como un traveling. La inteligencia y el talento del siglo XX, frente a ella.

Nos llena la taza de café, alza la suya, y de repente ofrece un brindis:

—¡Por Timoshenko!

Al ver nuestra cara de estupefacción, ríe a carcajada suelta, y nos aclara que es un extraño ritual que hacía de joven con sus amigos en Argentina. Le acompañamos.

—¡Por Timoshenko!

IV.

Hace años que no lee Rayuela. Cuando le preguntamos por el libro, lo señala. Sabe exactamente dónde está. Y es fácil reconocerlo en una estantería, aunque esté a rebosar. Es el único que tiene el lomo hacia adentro. No quiere ver el nombre del escritor, ni el título, a todas horas. Sólo porque insistimos, lo agarra. Tiene la primera página arrancada. Julio Cortázar había escrito una dedicatoria en la que la comparaba con un fantasma que le perseguía en sus sueños. La relación de complicidad siguió toda la vida a través de la correspondencia. Pero algo importante se rompió para siempre cuando se publicaron las cartas del escritor argentino a su editor, Paco Porrúa. No necesito decirte quién es Edith, vos lo habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás Rayuela traducida por ella? (…) En Rayuela, te acordás, la Maga confundía a Tomás de Aquino con el otro Tomás. Eso ocurriría a cada línea… Este extracto, fechado en 1964, golpea una y otra vez la cabeza de la mujer que tenemos enfrente. Pasa de la broma, o de la risotada sincera, a los ojos de tristeza cuando rememora este fragmento. Su hija, cuando cumplió años, le regaló un calendario en el que cada mes va acompañado por la imagen de algunos de los escritores, músicos o pintores con los que tuvo relación. El mes en el que aparece Julio Cortázar está tachado con una cruz hecha con cinta de embalar. No es únicamente un rechazo. Un despecho. Es la traición incomprendida. El desengaño no digerido. La falta de respuestas concretas.

Insistimos de nuevo, y nos acerca el libro. En el camino de su mano a la nuestra, cae un papel. No puede ser que haya olvidado que eso está ahí. Lo cogemos del suelo y, sin mirarlo, se lo damos. Lo abre y vuelve la luz a su rostro. Es una carta de Cortázar escrita a mano. Es de 1981, habla de política, de los desparecidos, de Nicaragua, pero el documento lo que demuestra es que siempre siguió el contacto entre ambos. Sin embargo, ella es una auténtica montaña rusa de afectos y reacciones. Cuando abandona París, trata de hacerse una carrera como traductora. Ha interpretado que, por culpa de los comentarios despectivos del escritor que se reflejan en las líneas dirigidas a Porrúa, no ha podido dedicarse como le hubiera gustado a su auténtica vocación. Aron es testaruda, inocente, frágil y contundente al mismo tiempo. Es difícil mantener la fe en la magia con el paso de las décadas, la distancia, y los malentendidos. Cortázar, de alguna manera, trata de limar asperezas. No tengo (ni quiero tener) ningún contacto directo con editores, que son siempre una fuente de líos. Y yo ya tengo demasiados líos en estos tiempos. Sé que el problema con vos no se resolverá a pesar de cualquier esfuerzo, lamenta el autor, en otra carta, esta vez de 1971. Años antes, Cortázar le escribe (es el 17 de diciembre de 1964): Ya sabés que acepto cualquier cosa, salvo lo que ya hablamos sobre la traducción de Rayuela, pero es un asunto que está tan lejano y fuera de la cuestión que no vale tratarlo aquí. Los Premios y los Cronopios quiero verlos traducidos por vos, y por nadie más.

—No sé por qué lo hizo —lo dice con toda la tristeza.

Sin darnos cuenta, se ha levantado de la silla. Le tiemblan las rodillas. Vuelve a sentarse. Se siente agotada. Lo único que quiere ahora, asegura, es que sus cuentos se conozcan en Inglaterra. Ordenar su archivo. Sus cosas. Lleva cuarenta años en Gran Bretaña y es una auténtica desconocida. Sobre la mesa tiene el manuscrito. Ella misma lo ha traducido. Es escritora y traductora. Y esas cosas suelen tener que ver más con la obstinación que con la fatalidad. Duerme entre literatura. ¿Es la ficción la mejor manera de sobrevivir a la ficción?

V.

No quiere que nos marchemos sin un regalo. En un sobre marrón tiene guardada una foto. Es ella, de niña, subida en el capó de un coche antiguo. Es el coche de su padre. Está en el Sarre. Tal vez tiene nueve o diez años. Se ve la ventana y una valla de madera. La foto está mal recortada. Es una copia. Realmente tiene algo de enigmático esa imagen porque, aunque borrosa, se le ve exactamente con el mismo tipo de corte de cabello que llevaría después en París, en los años cincuenta, y el que tiene ahora. Es un gesto tierno, y se lo agradecemos.

—Miren la ventana. ¿No ven nada raro? —nos muestra otra vez la foto, ahora más de cerca.

Es una pelota, captada justo cuando está en el aire. Ella la espera con los brazos abiertos. No se acuerda, claro, si ella misma la ha lanzado, o ha sido otro. No se acuerda de si juega sola, con un amigo o con un familiar. Tampoco se acuerda de quién tomó la fotografía.

—En el surrealismo, una pelota significa la realidad. Yo estaba intentando atraparla —argumenta.

En aquellos promenades por París todo parecía estar conectado. Todo tenía un sentido último. Sólo había que dejarse llevar. Un día fueron a un concierto de Louis Armstrong. Se encuentran a Maurice Ohana, el que compondría la música del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Lorca. El escenario está lleno de pañuelos. Cortázar le habla por primera vez de los cronopios. Lo ha explicado muchas veces el autor, cómo se le aparecen así, de repente. Ella estaba a su lado. Recuerda bien esa noche. Otro día habían ido a Le Jardin des Plantes. Los dos se quedan impresionados por un extraño pez llamado axolotl. Él le pondrá el título de uno de sus cuentos más conocidos. Cuando tenía una idea, lo dejaba todo y se escapaba a escribir, afirma Edith Aron. Una vez, en el Parc des Sceaux, se resguardaron debajo de un árbol. El joven escritor quería leerle un relato que acababa de terminar. Se trataba de Final de juego. Me emocionó tanto que rompí a llorar. No era su musa. Era su camarada.

—¿Quieren más café?

Como en un libro que se abre y se cierra, tanto afirma que no quiere hablar más de Julio Cortázar como nos muestra otros documentos. El amor eterno, quién sabe, es eso. No oculta el dolor por el menosprecio hacia su talento (así lo ve ella) pero, de golpe, admite que piensa en él diariamente. No es sólo nostalgia, ni los efectos secundarios de la vejez, sino una extraña conexión que trasmite cada vez que pronuncia su nombre. No hay impostura. A los noventa años no queda tiempo para la impostura.

Nos cuenta una última anécdota. Un día de 1979, cuando regresaba a casa, en la estación de metro de Kennington, casi choca con el mismo hombre delgado con el que ha ido tropezándose en las esquinas durante toda su vida. Está sentado junto a Carol Dunlop, su compañera en ese momento. Lleva una larga barba y, en cuanto la ve, exclama (Edith Aron imita la voz de Cortázar para nosotros): ¿De dónde venís? Le pregunta, de nuevo, si no cree que ese accidente tiene un sentido más profundo. Llega el metro y se suben en el mismo vagón. Cortázar se sienta entre las dos mujeres, y reitera que encontrarse así, sin planearlo, en una ciudad tan grande como Londres, es casi improbable estadísticamente. Pero ella —eso le responde— ya no cree en el azar. Aron baja en la siguiente parada, y vuelve a casa caminando. Julio Cortázar se queda, de pie, mirándola, hasta que el túnel convierte la escena en un fundido en negro. Es la última vez que se verán. Él muere cuatro años después.

—Me confundió con el personaje —suspira, mientras nos firma un ejemplar de su libro.

***

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