a31bda9d8d0192559b5276c345c86d95
Paul Caponigro

1. Es antes de medianoche, o una hora después. En la oscuridad, a la intemperie, no sabe ya hacia dónde llevar su cuerpo. Lo que hace es por orden de Dios. Cuando lo ha despertado, la voz de Dios le ha dicho: Hay un enfermito de difteria en la avenida Mate de Luna, tenés que ir a curarlo. Ha dicho: hay dos familias desamparadas a las que quieren desalojar en Villa Nueve de Julio, tenés que impedirlo. Sólo va a obedecer esos mandatos. Si las patrullas lo persiguen es porque desconocen la Voz del Señor. Dios vuelve sordos los oídos de los injustos. La caza ha comenzado la tarde antes, y ya Bazán Frías ha perdido el miedo. Hace apenas dos horas se creía cercado, pero ahora los ángeles de Dios lo han puesto a salvo. En el pasaje Aráoz, entre los tártagos, el Monje le ha leído el destino. Ha lanzado al aire seis guijarros redondos y en el dibujo que han dejado al caer ha visto, claramente, que aún le queda mucho tiempo por vivir. La eternidad te espera, Bazán Frías. Ni siquiera corriendo detrás de tu larga vida vas a poder alcanzarla. Como en todas las profecías del Monje, las palabras son oscuras pero el sentido es limpio. La eternidad lo espera. Por qué temer, entonces, que salgan a buscarlo. Si lo acechara una partida de diez hombres, se escondería, pero a dos o tres policías puede enfrentarlos con la carabina. Aún le quedan cuatro cajas de balas.

Antes de la caída de la tarde, el Monje lo ha ocultado en la iglesia de los Santos Apóstoles. Le ha dado de beber el vino de Dios y le ha sosegado el hambre con hostias consagradas. La policía se detiene en el umbral de los templos, le ha dicho. Siempre que pisés una tierra bendita vas a estar a resguardo. Mi cuerpo entero está bendito, le ha respondido Bazán. La Virgen me protege. Yo también he visto a la Virgen y sin embargo voy a morir, le dice el Monje.

Los dos han visto a la Virgen. El 8 de diciembre de 1922 estaban emboscados en un algarrobo, a la espera de que pasara el auto del gobernador recién elegido para detenerlo con un balazo entre los ojos. Un emisario del partido derrotado en las elecciones les había pagado cien pesos para que lo hicieran, y la Voz de Dios, la noche antes, había confirmado el mandato. Ante el Monje y Bazán se abría un campo de tréboles, y más allá la espesura de los cañaverales. El aire estaba saturado del olor áspero de la melaza, y sobre los tréboles chisporroteaban las luciérnagas. A Bazán siempre le había parecido extraño que alrededor de las luciérnagas hubiera rayos de negrura. La luz de los insectos se abría y, cuando se cerraba, la noche era más espesa. En lo alto del algarrobo, las cigarras batían las alas de su música desesperada.

Vieron las luces del auto del gobernador a lo lejos y aprontaron las carabinas. El Monje, que era más rápido, debía disparar dos veces: la primera al blanco principal, la segunda a su guardaespaldas. Bazán, con su brazo único, abatiría al chófer. Ya ni recordaba cuándo perdió una mano, la izquierda. ¿Fue cuando la alzó para defender a la madre del machetazo del padrastro? ¿O fue después, cuando golpeó al padrastro y él le segó la mano? Le llevó meses curarse y aprender a tejer lazos, montar a caballo, empuñar el hacha, cargar la carabina y dispararla con tanta destreza como la que tenía cuando el cuerpo estaba completo. Ahora ha mejorado más aún. La Voz de Dios lo ampara: le indica cómo doblar el codo único, cuándo aflojar el hombro para concentrar la fuerza, por qué el pulgar tiene más fuerza que los otros cuatro dedos. La mano única ha quedado bendita. Si se posa sobre una llaga, la cierra; con sólo un pase de la mano se detienen los vómitos, las diarreas, los dolores de hígado, la tos, los cálculos de riñón.

Cuando el auto del gobernador entró en la curva del río, el Monje se distrajo, porque del cielo descendió un capullo de luz con la Madonna dentro. El capullo quedó suspendido sobre el algarrobo que estaba al otro lado del camino, sin agitar las hojas. Nuestra Señora llevaba una toca blanca y un manto celeste, como la imagen del altar mayor de la iglesia.

¿La ves?, dijo el Monje, en voz baja.

Santa María Madre de Dios, respondió Bazán. Es ella.

¿Has venido a buscarnos, Virgen Santísima?, preguntó el Monje.

La Virgen no movió los labios, pero del algarrobo fluyeron palabras en un latín más dulce que el de las monjas de clausura:

Ego sum qui sum. Vox et praeterea nihil.

Seguía flotando en su nube de rocío cuando el auto del gobernador pasó de largo. Bazán había dejado caer la carabina y hubiera querido postrarse y tocar los tréboles con la frente, pero no sabía cómo bajar del árbol sin quebrar el hechizo de la aparición. El auto dejó una estela de polvo y la Virgen se elevó para que el manto no se le manchara. Se le vieron unos zapatos de tacos altos, nacarados.

Haces el bien con una mano, Bazán, le dijo. Tendrías que hacerlo con la otra.

¿Y cómo?

Acercáme la mano que no tenés. Voy a llenártela de poder.

Bazán estiró el muñón, y sintió que la mano iba más lejos, pero no podía verla.

Ya está, dijo la Virgen.

¿Y yo qué?, preguntó el Monje.

Vos has nacido para predecir. Tenés que predecir una guerra en la que morirán millones de hombres. Vas a anunciar una bomba que derramará sobre la tierra el calor de cien soles. Y, aunque no te crean, avisá que, al despuntar el siglo que viene, nacerá el último Papa de la iglesia romana.

¿Qué vendrá después?, dijo el Monje.

Para eso Nuestro Señor te ha hecho clarividente. Para que lo descubras por vos mismo.

La línea roja del amanecer se alzaba lenta en el horizonte y aun faltaba mucho para que aclarara, pero el descenso de la Virgen a la tierra trastornaba el orden de la naturaleza y el sol, desorientado, ocupó el centro del cielo. La luz del día cayó como una lanza y apagó la luz de la aparición. Al cubrirse la cara con las manos, Bazán advirtió que no se había quitado el sombrero.

Si me vio así, nunca me lo voy a poder quitar, para que me reconozca, dijo.

Te va a reconocer de todos modos, respondió el Monje. Es la Virgen, ¿te das cuenta? Hace lo que se le da la gana.

Tenemos que contárselo a la gente. ¿Cómo era que se llamaba?

No dio su nombre.

Se llama Nuestra Señora, para qué más. Voy a probar si es cierto que está llena de poder la mano que no tengo.

¿Cómo vas a dudar?, protestó el Monje. El que duda no ama.

Tenés razón, dijo Bazán. El que duda no ama.

Alzó el brazo izquierdo y se miró el codo mustio, las cicatrices del muñón agrietadas y deformes.

Me ha dejado unas uñas de luz, dijo Bazán. Las puedo ver.

¿Sentís algo?

Los dedos. Pero no sé cómo voy a moverlos.

No hay que moverlos. Tenés que ponerlos sobre las heridas y curar.

Bazán extendió los dedos de luz sobre el campo de tréboles y le pareció que derramaban luz. La claridad del sol era pesada e hiriente, pero la claridad de los dedos que no tenía dejaban sobre las hojas huellas de fulgor.

2. Antes de continuar, una confesión. Oí hablar de Bazán Frías por primera vez cuando tenía seis o siete años, y desde entonces no he sabido por qué el nombre actúa en mí como un escapulario. Basta que lo enuncie en los momentos difíciles para que la vida se me vuelva clara. No puedo decir que me haya dado suerte, más bien todo lo contrario. Pero me ha aportado una incesante claridad. El primer libreto para el cine que escribí, a los veintidós años, se llamaba Bazán. Con él se hizo una película de treinta minutos que todavía se exhibe en las cinematecas. También Bazán era el título de la primera novela que escribí, más o menos hacia la misma época, y que arrojé por un incinerador en un ataque de vergüenza. La novela siguiente, que publiqué, era mucho peor.

Yo tenía seis o siete años, como dije. Iba con los cuadernos de la escuela y me detuve en un bar. La tarde era candente –como casi todas las tardes y las mañanas y las noches en Tucumán– y junto al mostrador del bar se desplegaban garrafas de helados cuyos colores no aparecen en el disco de Newton. Yo prefería el blanco del helado de ananá, pero sobre esa garrafa volaban moscas verdosas y anaranjadas, y sentí asco. Los enjambres de moscas no son raros en Tucumán. Se las ve rondar por todas partes, hasta en los hospitales, y uno aprende a tolerarlas, pero aquellas alas verdes y pesadas sobre el blanco del ananá mancillaban el helado. Mi atención se desvió hacia una mesa en la que cuatro hombres jugaban a los dados. Los veía agitar el cubilete y, antes de arrojar los dados gritaban ¡Bazán! Era la primera vez que oía la invocación y para mí era apenas un sonido que nada significaba. Un hombre gordo, de bigotes pesados, se puso de pie, mezcló los dados sobre la cabeza y, cuando vio que los cinco, al caer, descubrían la misma cifra, un seis, se puso de rodillas y gritó ¡Bazán, Bazán santísimo!

Corrí de regreso a casa y me abracé a las piernas de Madre, que siempre parecía distante, sumida en sus lecturas. Le conté lo que había visto y le pregunté qué quería decir la extraña palabra.

No volvás a repetirla, me advirtió. Es una palabra pésima. El nombre de un asesino.

El gordo dijo que el asesino era santísimo.

La gente ya no cree en Dios, respondió mi madre. Debemos estar cerca del fin del mundo.

1. Con la mano que no tenía, Bazán se preparó para cumplir con el mandato de Nuestra Señora e imponer el bien. El Monje leía por las tardes las parábolas de los evangelios y, descifrándolas, trataba de encontrar un camino. Algunas enseñanzas parecían simples. Con otras no sabían qué hacer. ¿Cómo iban a lograr que los ricos pasaran por el ojo de una aguja y alcanzaran el reino de los cielos? Sentados en el belvedere de la plaza mayor, mientras la orquesta municipal ejecutaba fragmentos de El lago de los cisnes y La danza de las horas, observaban a los comerciantes y a los industriales azucareros de cuello palomita entrar en el banco de la provincia con valijas de latón colmadas de billetes. Cierta vez se sumaron a la multitud que acompañó al filántropo Felipe de la Riestra a depositar veinticinco lingotes de oro y los óleos de Zurbarán, Figari y Prilidiano Pueyrredón que desentonaban con los muebles de su casa.

No se les puede robar a cada uno de estos hombres, dijo el Monje. Es mejor entrar en la bóveda del banco y robarles a todos.

Resultó más sencillo de lo que imaginaban. Un mediodía de sábado, cuando el gerente estaba echando llave a los portales, lo amenazaron con las carabinas y lo obligaron a regresar al imponente vestíbulo del banco, donde se sucedían las cajas enrejadas y los escritorios de caoba con tinteros de bronce. Implorando que lo dejaran con vida, el gerente destrabó la enorme manivela de la caja de seguridad. Un tesoro de cálices dorados, diamantes sin pulir y estatuillas de marfil quedó al descubierto, pero al Monje y a Bazán les interesaba sólo el dinero en efectivo. Se llevaron siete mil pesos en billetes de diez y otros doscientos en monedas de cincuenta centavos. Mientras huían, uno de los serenos se liberó de las ligaduras y le disparó al Monje en una pierna, rozándolo apenas. Aunque se oían algunos gritos en la plaza mayor y el silbato de un policía, el Monje no se impacientó. Volvió sobre sus pasos y vació la carabina en la cara del guardia. Donde está el cadáver, allí se juntarán los buitres, dijo, citando a san Mateo.

Llamaron a todos los pobres que vivían en los alrededores del campo de tréboles y repartieron entre ellos los billetes y las monedas a razón de veinte pesos por persona, sin dejar de lado a los recién nacidos ni a los moribundos. Luego, Bazán les habló sobre la aparición de Nuestra Señora y les dijo que la mano perdida tenía ahora suficiente poder para curar todas las enfermedades y despertar todos los amores de la humanidad.

¿Cuál Virgen? ¿La del algarrobo?, dijo el hijo del vendedor de botellas. Cada dos por tres aparece flotando arriba del árbol.

¿Vos la has visto?, preguntó el Monje.

La veo siempre, cada vez que viene.

¿Y qué te dice?

Hablen con Bazán, es lo único que repite. Hablen con Bazán.

Bazán estiraba el muñón izquierdo y de él salía un rastrillo corto y resplandeciente, del que fluía luz hasta en las noches, como las luciérnagas. Con la mano que no tenía disolvió ese día cálculos de vesículas, tumores de intestino y bocios nodulares, apagó anginas y fiebres reumáticas, eliminó diarreas y blenorragias. Los que se beneficiaban con sus milagros se arrodillaban para que los bendijera y le besaban la luz de la mano inexistente.

Durante semanas, antes de que amaneciera, los vecinos del campo de tréboles acudían en procesión a esperar la llegada de la Virgen. A veces divisaban el manto celeste flotando desorientado entre las nubes, sin animarse a descender, y aunque la llamaban con las letanías en latín que aprendían en la iglesia, Nuestra Señora era tímida y no quería exponerse a la mirada de las multitudes. Sólo golpeaba la puerta, a veces, del altillo donde se refugiaban el Monje y Bazán y les hablaba de las desgracias que aún quedaban sin remediar.

Las apariciones de la Virgen fueron difundidas por los diarios y al campo de tréboles llegaron peregrinos de Salta y Santiago del Estero, con sus ristras de enfermos en angarillas. Algunos morían por el camino, afrentados por las lluvias, por los remolinos de polvo y por las plagas de langostas que oscurecían el cielo y cerraban el paso a Nuestra Señora. Y los que al fin alcanzaban el algarrrobo languidecían por el desconsuelo de no verla. Como Bazán se mantenía oculto por temor a la saña de la policía, la Virgen carecía de mediadores y era reacia a presentarse. Dos obispos habían acudido al trebolar con una corte de monaguillos armados de incensarios, cantando el Salve Regina y celebrando misas al aire libre, todas en vano. Las visitas de Nuestra Señora eran secretas y sigilosas. El hijo del botellero la vio posarse un amanecer sobre la mano ausente de Bazán y soltar trinos de canario, pero esa fue la última vez.

Quizá la policía había estado siguiendo al Monje o quizá lo reconoció cuando subía cojeando al altillo con botellas de cerveza porque la víspera de navidad, a la caída de la tarde, cercó el altillo. Uno de los oficiales portaba un megáfono y vociferaba órdenes que no se oían, ahogadas por el ladrido de los perros. Bazán creyó entender que los intimaban a rendirse y que los obligarían lanzándoles bombas de humo.

¡Queremos al Monje vivo!, gritó uno de los sitiadores. ¡Queremos al asesino del sargento Parini!

Bazán respondió con voz tranquila:

¿No saben que nos protege Nuestra Señora? Acá nadie va a entregarse.

Dos bolas de estopa ardiente, impregnadas de querosén, rompieron los vidrios de las ventanas y cayeron sobre los catres. Las frazadas empezaron a quemarse y en un instante el humo estuvo por todas partes.

Hay una luz enfrente, dijo Bazán. Vamos a saltar.

No se puede saltar, observó el Monje. Tenemos más de tres metros hasta el otro lado.

Qué importa. Tomemos impulso y dejémonos llevar por la fuerza de Nuestra Señora.

Una voluntad sobrenatural los elevó por el aire y los dejó lejos del alcance de la patrulla, varias casas más allá.

Si llegamos a la iglesia estamos salvados, dijo el Monje. Nadie puede entrar a tierra sagrada con armas ni detener a inocentes.

Yo no pienso dejar la carabina, dijo Bazán.

Las carabinas están bendecidas. Hasta podríamos subir con ellas al paraíso. ¿No las teníamos en la mano, acaso, cuando hablamos con Nuestra Señora?

En la sacristía, el párroco ya estaba cortando el pavo de la navidad. Su madre servía las ensaladas y hablaba sin parar. Dentro de dos horas llegarían los monaguillos y abrirían las puertas de la iglesia para la misa del gallo. Bazán y el monje rompieron la reja que desembocaba en los sótanos y encontraron el pasillo que estaba a espaldas del altar mayor. La luz de los velones los deslumbró.

Ese pavo me dio hambre, dijo Bazán.

No podemos comerlo ahora, dijo el Monje. Lo que hay son las hostias de la misa.

¿Qué gusto tienen?

Hace mucho probé una. Se deshacen en la boca. No tienen gusto a nada.

Son el cuerpo de Cristo.

Eso sucede cuando el cura las pone dentro del cáliz. Ahora son cualquier cosa.

Las hostias no los saciaron pero el vino que encontraron en el sagrario, abundante y espeso, les hizo olvidar el ayuno. El Monje lamentó que las botellas de cerveza hubieran quedado en el altillo, a merced del incendio. Afuera estallaban fuegos artificiales y por las hendijas de las puertas se colaba el aliento de la pólvora.

Andá a comprar cerveza, dijo el Monje. Tenemos que celebrar la navidad.

Esperemos a mañana, dijo Bazán. La policía nos busca por todas partes.

No pueden hacerte nada. Ya viste cómo nos protege Nuestra Señora. Yo voy a morir tarde o temprano, pero vos vas a vivir para siempre.

Oí los perros, Monje, las botas. Nos han vuelto a rodear.

No hay nadie, Bazán. Lo que estás oyendo es el miedo.

Para demostrárselo, el Monje se arrastró hasta una de las puertas laterales, cuidando que los velones no reflejaran su sombra en los vitrales. Al abrirla, los goznes chirriaron, pero como las cigarras, afuera, cantaban enloquecidas, todos los otros sonidos se perdían. Desde el umbral, el Monje sólo podía observar el atrio vacío. La humedad casi podía tocarse y el calor dejaba pasar apenas débiles briznas de aire. Cada vez que se oía el estampido de un petardo, las jaurías se agitaban. De un momento a otro tendrían que retirarse, cuando llegaran los monaguillos y abrieran el portal mayor para la misa del gallo.

Lo que el Monje no esperó fue el relámpago de una bengala que  inundó el atrio y lo bañó con una luz de mediodía. Quiso ocultarse tras la pila bautismal pero antes de moverse sintió la llamarada de un balazo en la cara y la tibieza de la sangre cegándolo. Se aferró a uno de los pilares y, cuando trató de incorporarse, el peso de la muerte lo venció. Bazán, de pie junto al altar mayor lo vio caer y se sintió perdido. No creía que las patrullas respetaran la tierra sagrada. Quizá no entraran los hombres con las armas, pero los perros ya estaban oliendo su terror y lo despedazarían. Bajó por el pasillo que daba a los sótanos, alcanzó la reja que habían roto con el Monje y la devolvió a su lugar. Se quedaría a esperar hasta que las campanas llamaran a la misa de gallo, cuando las jaurías se alejaran.

2. Muchos años después, Nuestra Señora apareció otra vez sobre el mismo algarrobo. Era un miércoles de octubre, en 1955. Quien la reconoció fue una chiquilla de pelo color ceniza, muda y analfabeta, que la dibujaba con la firmeza de trazos de una persona adulta. Sucedió al amanecer. La chiquilla era también sorda, pero comprendía cada una de las divinas palabras. Sintió que Nuestra Señora le derramaba luz en las manos y que la dotaba de poder para aliviar a los enfermos y dar esperanzas a los desesperados. Sintió también que ordenaba la construcción de una catedral sin techos en la que el algarrobo debía ser el altar mayor.

Apenas corrió la noticia, acudieron los desahuciados y los convalecientes en caravanas interminables. La vidente, de huesitos frágiles como los de una lagartija, los acariciaba y emitía graznidos de bendición, mientras el padre recogía en una caja de zapatos las ofrendas para la catedral. Llevados por la impaciencia, algunos enfermos se desbandaban y cortaban hojas y ramas del algarrobo como recuerdo. Al atardecer del primer día, el pobre árbol ya estaba desnudo, exánime, y el obispo, que había tomado cartas en el milagro, pidió el auxilio del ejército para sofocar los desmanes. Yo era entonces soldado de la Quinta Región Militar y debí montar una guardia de seis horas ante la casa de la chiquilla. Me paraba en posición de descanso, con el máuser entre las manos y la bayoneta calada, confiado en amedrentar a la multitud. No estaba sin embargo dispuesto a repeler ningún avance.

Desde mi emplazamiento, vi a paralíticos que soltaban las muletas y avanzaban con sus propios pasos apenas la niña santa les imponía las manos. Vi a enfermos de palidez cadavérica saltar de las camillas y a ciegos celebrar el prodigio de una recuperación repentina. Dos veces la multitud se agitó y cayó de rodillas proclamando que un capullo de luz flotaba sobre el algarrobo, pero aunque mi punto de observación era inmejorable sólo divisé una ligera ondulación de las hojas. En la segunda de las apariciones, el padre de la chiquilla se postró a mi lado. Portaba con delicadeza la caja de zapatos, en la que había un mar de billetes. Inclinó la cabeza con reverencia ante la invisible Señora y repitió como una plegaria la invocación que yo había oído, mucho tiempo atrás, a los jugadores de dados: ¡Bazán, Bazán!

1. En las honduras del sótano, entre los nichos que guardan los ataúdes de los viejos párrocos, Bazán se adormece cuando oye alejarse a las jaurías. Desde la iglesia desciende, apagado, el coro de los villancicos. A través de las rejas del sótano contempla la noche húmeda y las estrellas desvaídas. A veces, cuando lo envuelve el silencio, le llega la voz de Dios, ordenándole que cure difterias y sirva de escudo a las familias amenazadas por el desalojo. Desde que Nuestra Señora ha puesto el poder en su mano izquierda, se ha vuelto más rápido y certero con la carabina. Tarda menos de veinte segundos en recargarla y apoyarla sobre el hombro. Siente que le han crecido dedos en el muñón, en la quijada, en la frente, y que el gatillo del arma es una prolongación de sus nervios.

Se despierta atormentado por la sed. El vino del altar le ha secado la garganta. Más lo ha marchitado la muerte del Monje, el mundo tan huérfano que le ha dejado. Nunca he sido feliz, se dice, y sin el Monje ya no tengo esperanza de ser feliz algún día. Ha oído cuando los perros olfateaban el cuerpo caído junto a la pila bautismal, ha oído cuando se lo llevaban como un trofeo, entre las otras bengalas de la aciaga noche.

Nunca ha sido feliz. No ha tenido padres, ni escuela, ni otro amor que el de los prostíbulos. Sólo Nuestra Señora ha estado entre sus brazos, pero ese amor era sólo de neblina. Ahora debe salir en busca de agua. Acaso tiene fiebre. Siente una sed animal. Abre la reja y oye, a lo lejos, un relincho. Pronto el párroco dará la última bendición de la misa de gallo y los fieles regresarán a las casas. Necesita un lugar para pasar la noche y burlar a la policía hasta que su nombre se olvide. Con las jaurías en los talones no puede imponer a los enfermos la mano sagrada. Divisa un parque y una pérgola, a lo lejos. A un costado se recorta la silueta redonda del cementerio. Esa es su salvación. Puede saltar el muro, caer del otro lado y ocultarse en alguno de los monumentos. Nadie lo va a encontrar en el laberinto de los muertos. Abunda el agua y los sepultureros llevan fiambres, panes, huevos.

Ahora mide el largo camino que debe recorrer hasta el muro y tiene miedo de que un balazo lo derribe antes de llegar, porque la policía no descansa ni para celebrar el nacimiento de Nuestro Señor. Lo tranquilizan la carabina con la carga completa y la profecía del Monje sobre su vida inmortal. Seguiría dudando si la sed no le clavara en la garganta otra de sus planchas de fuego. Pero ya no duda. Se quita las botas y corre descalzo hacia el parque. Siente la algarabía de los tréboles bajo los pies y el consuelo de saber adónde ir.

Ya ha cruzado la pérgola y avista el muro del cementerio a menos de cien metros cuando oye el resuello de la jauría. O bien los policías han estado acechándolo o acaso los perros rondaban por allí cerca. Por rápido que corran, él puede más. Si no sintiera la garganta tan áspera se despegaría como una luz, pero la sed le pone plomo en los pies. Que lo busquen las balas, eso qué importa. Nuestra Señora ha tejido a su alrededor una red invulnerable.

Aún están lejos los perros y él ya está trepando por el muro. Sus dedos encuentran tantos salientes en el revoque que el cuerpo va alzándose con la facilidad de quien levita. El Monje no se equivocaba: tiene la eternidad por delante. Se aferra al borde con la mano única y va a dejarse caer al otro lado del muro cuando siente el destello de una quemadura bajo la quijada y el salto desesperado de la jauría, a sus pies. La patrulla lo ha alcanzado pero tal vez, si se pusiera a horcajadas sobre el muro, podría bajar a dos o tres hombres con la carabina. Otra lanza ardiente se le clava en la espalda y tiende entonces la mano hacia el cementerio para que Nuestra Señora vaya en su ayuda, pero lo único que alcanza a ver es el espectro del Monje que lo llama con los brazos abiertos.

2. Primero alguien clavó un ex voto sobre la pared encalada del cementerio: un pequeño ojo de plata bajo la doble línea de sangre que el cuerpo de Bazán trazó al caer. Luego, los devotos dejaron pulmones de cobre, riñones de acero, corazones tejidos, señales de gratitud por los milagros del difunto. Más tarde, sobre las piedras de la vereda, fue encendiéndose un mar de velas, millares de velas que la lluvia no apaga. Las vi en el verano de 1975, antes de partir al exilio, y volví a verlas, multiplicadas, cuando regresé en mayo de 1984. Siempre que paso por Tucumán atravieso el parque y la pérgola, y camino hacia el muro ahora cubierto de ofrendas, entre las incansables velas y las flores. He visto procesiones con la imagen de la Virgen que apareció en el algarrobo. La imagen está atravesada por dos disparos, uno en el cuello y otro en la nuca, y derrama lágrimas de sangre. En los días de plegaria, la gente juega a los dados y a las cartas. Se venden rifas y giran las ruedas de las tómbolas. Para los devotos, Bazán es el buen ladrón y está a la diestra de Dios Padre, entre ángeles que le limpian la carabina y santas que le lavan los pies llagados por su última carrera.

El informe de la policía de Tucumán es menos compasivo. En él se lee que Andrés Bazán Frías, fugitivo de la justicia, pereció de dos balazos después de enfrentar a una patrulla, junto a las tapias del cementerio del Oeste, la medianoche de navidad de 1922.

Redes sociales

Nuevas entradas por email