Con motivo de la participación de Luisa Valenzuela en el Benengeli 2022, la Semana Internacional de las Letras en Español del Instituto Cervantes, desde Granta en español hemos decidido compartir en nuestra edición digital un texto de la autora argentina que publicamos originalmente en el número 20/7 de la edición impresa.

 

Cuaderno gris

¿Cómo escribir esto?

No, no es ésta la pregunta, la pregunta es ¿cómo escribir? Y punto. Qué hacer para recuperar el milagro de encontrar las palabras, una vez más; las palabras para decir aquello que está del otro lado de la anécdota, de la fácil, banal descripción de hechos que no van más allá de sí mismos. Es decir entender, intentar entender, porque de eso se trata el escribir aunque sea una exigencia inalcanzable. Inalcanzable por suerte, y por eso mismo insistimos. Y procuramos sacar algo de la nada gracias a esa entelequia llamada arte, aunque ahora el vocablo acarree connotaciones pretenciosas. Adjetivo que viene del verbo pretender, es decir anhelar, aspirar, soñar con un más allá del decir que dice mucho más, aun a pesar nuestro.

 

He sido una viajera impenitente y obcecada. Llena de pasión, y me viene de lejos, de la infancia y sus inventos. Porque la imaginación fue mi primer medio de transporte, pero a lo largo de años –los muchos años, aunque yo no tenga conciencia del tiempo pasado como pérdida sino como acumulación— abordé todo tipo de vehículos. Desde los grandes trasatlánticos a los barcos de carga, a la faluca egipcia, y los aviones a hélice y los jumbos, y los rickshaws y los tuc-tucs y hasta algún manso camello para no hablar de caballos de todo tipo, de monta y de tiro. Viajé a tracción a sangre animal, vegetal y hasta humana. De todo, menos a tracción a sangre propia.

Así hasta marzo del inefable 2010 que suena y luce tan elegante. Porque para el largo viaje de esa fecha –viaje al fondo de la noche— mi medio de transporte fue un virus. Anónimo él, indetectado aunque por fortuna finalmente expulsado de mi organismo; un virus que se alojó en mi cerebro y mientras vivió hizo sus estragos. Es decir su trabajo de virus. Y me transportó al fondo oscuro de mí borrándome de un plumazo los recuerdos de ese viaje. O casi. Por eso mismo trataré de reconstruirlos ahora que puedo. Y me animo. Porque hasta hace un tiempito no quería saber nada de nada y ahora sí, quiero saber. De esto se trata el estar en vida. Y el retomar la escritura.

La voy recuperando, a la escritura, y una vez más salgo al encuentro de ese decir que nos permite ver las palabras a trasluz. Me hace bien. Porque al emerger del largo letargo estaba convencida de no poder escribir más, y no me importaba; imposible recordar que el escribir es una forma de pensar, de estructurar la llamada realidad, de exprimirla para tratar de extraerle algún sentido. Como quien exprime un limón, digamos, o hace jalea de una fruta que de otra forma resulta indigerible. ¿Se le agrega entonces azúcar, a la realidad, se la endulza al escribirla? en absoluto. Es sólo una metáfora. Eso. Encontrar los valores metafóricos en el intento de descifrar el símbolo. Derivar un sentido, un significado, para lo cual, más allá de habilidad o talento, se requiere entusiasmo. Y es lo que me faltaba, lo que con la enfermedad me había abandonado: el entusiasmo. Ni un adarme me quedaba, ni un atisbo, ni siquiera el concepto que encierra la palabra entusiasmo.

 

Esta mañana, al rato de despertar, me surgió una imagen de mis uñas muy sucias. Me pregunté si sería una imagen del sueño o de la vigilia. Por supuesto era del sueño: ese nivel de mugre bajo las uñas no lo tengo desde mi lejana infancia, cuando escarbaba en la tierra para hacer casitas de barro. Me encantaba hacer casitas: de cartón, de papel, y sobre todo de barro cuando tenía la oportunidad. Y ahora entiendo el mensaje: a seguir escarbando, me dicen esas uñas sucias, a seguir escribiendo sobre estos temas duros contra el consejo del neurólogo, que me dijo esperar, me dijo no despertar al perro que duerme (let sleeping dogs lay). Pero ¿quién quiere perros dormidos? Así nada nos advertirá del peligro ni nos permitirá atisbar lo incomprensible. “¡Vamos, sleeping dogs, arriba que ya amaneció!”

Sí, seguir hurgando en el misterio. Esto me recuerda al epitafio que escribí años atrás, para una publicación humorística:

AQUÍ YACE LUISA VALENZUELA
QUE TANTO PRETENDIÓ ESCARBAR
EN EL LENGUAJE POR FIN HARÁ ALGO
ÚTIL Y ESCARBARÁ EN LA TIERRA

Y de escarbar se trata. Hay un punto del saber que no se sabe dónde está, pero está. ¿Flotando en el espacio sideral? ¿En el aire que respiramos? ¿Fuera y nos penetra por ósmosis? ¿O estará dentro del propio cerebro en esas zonas profundas e ignoradas que quizá, con mucho esfuerzo, escribiendo, logremos atisbar?

 

Telón negro

Telón del final, lo pienso ahora al poner el título, porque antes siempre hablé de cortina. Cortina negra. Y hablé mucho sobre eso, conté una y mil veces la percepción o alucinación o satori o vaya una a saber cómo se llamará la única visión que tuve a lo largo de mis casi mes y medio de inconsciencia.

Lo escribiré sencillito ahora que han pasado meses. Porque fue la única percepción que tuve y no era desagradable: vagaba yo por una penumbra parda, algodonosa y quizá cálida, para nada inquietante. Avanzaba tranquila, sola sin que la soledad me pesara en absoluto, en realidad nada me pesaba, todo parecía liviano y no había tiempo. Así duró lo que duró, ese deambular por el espeso aire brumoso, días, segundos, lo que fuere, cuando de golpe llegué a la cortina. Cortina negra. El telón de un negro tan profundo como no hay otro, carbón puro, imposible y dúctil. Debía seguir avanzando, atravesarlo, pero supe en un instante que lo que me aguardaba del otro lado era la muerte.

La muerte como siempre la quise: la desaparición total. Pero la desaparición total en la más absoluta negrura, algo imposible de asumir, de aceptar. Es lo que siempre quise de la muerte, me dije, y me dije no, no quiero esto, y me pegué el gran susto, y me hice una lista de todo lo que me esperaba por hacer –es decir escribir—y la lista me detuvo al filo de la cortina. Al filo de la muerte, quizá. Vaya una a saber. La larga lista de obligaciones como un no poder abandonar este valle de lágrimas, o lo que mil demonios fuere, antes de cumplir con todo para lo cual había llegado al mundo.

Recuperada la conciencia no lograré recomponer la lista ni recordar uno sólo de sus ítems, pero eran todos de trabajo, de escritura, nada de afectos dejados atrás o de añoranzas. Eran deberes. Como los del colegio, es decir, completar las tareas. Leyendo más tarde el bello libro de David Rieff sobre la muerte de su madre, la muy querida Susan Sontag, supe que ella se resistió a la muerte hasta el último momento, quería vivir a toda costa, a pesar de intolerables sufrimientos, porque debía, eso es, debía completar su novela y terminar unos escritos. Es decir que en esa frontera, en ese filo de vida, me agarró una instancia sontagniana y necesité volver para escribir. Por suerte lo logré. Volver. Ahora veremos si logro escribir. Y la pregunta es: ¿escribir qué? Esto mismo, por ahora. Y lo que fue fluyendo desde el momento en el cual al fin pude anotar palabras.

 

Cuaderno rojo

Habría que retomar el asunto desde el vamos o mejor dicho desde el venimos.

Desde el día cuando me pareció aterrizar del planeta X y me enteré de que llevaba más de un mes internada porque se me habían descalabrado las neuronas. Encabritado. Un virus. Pero eso ya lo conté antes y no en este cuaderno. Más escisiones de mi ser: el hemisferio derecho que acá fluye en este cuaderno rojo y el izquierdo prolijamente anotado en el cuaderno gris que lleva repujada en la tapa la muy pertinente palabra Travesías. Son magníficos regalos que me hizo Sandra Bianchi en agradecimiento de ya no recuerdo qué.

Veré si en este cuaderno rojo cabe colar esta otra parte.

Pero ahora a dormir.

Hasta mañana.

Retomo el cuaderno rojo, más bien anaranjado, que lleva repujada la palabra Luisa. ¿Es yo este cuaderno? ¿Es mi zona más íntima o son las travesías de mi ser más… ¿más qué? Estuve a punto de escribir «esencial» o «verdadero» pero nada de eso es exacto. El propio ser a la vez nos arropa y nos atraviesa y no admite calificativo alguno.

Después están las sugerencias que una se niega a escuchar, para luego, más tarde y sin quererlo, acatarlas como si fueran órdenes. Cuando el nuevo neurólogo me dijo que aún no era tiempo de meterse en honduras y escribir sobre el tema sentí que me tomaba por una pobre mujer asustadiza, influenciable, cobarde. No soy nada de eso. Hacía días y días que venía escribiendo, mucho antes de verlo, y ni pensaba detenerme. Pero me detuve al tiempo, abandoné el cuaderno gris y retomé otros temas, y partí de viaje, asistí a la Feria del Libro de Fráncfort, y después a hacer presentaciones en Berlín, en Viena, como en mis mejores tiempos. Me presenté en público con más dedicación aún que en mis mejores tiempos, escribí unos pseudo poemas y varios cuentos. Y cuando por fin retomé el tema de mi incursión al mundo del olvido lo hice acá en Buenos Aires, escribiendo siempre a mano pero en otro soporte, en otro formato, con otro color de fondo.

 

La vuelta al hogar desde la clínica fue una vuelta al gris en el peor sentido de lo opaco, lo apagado. Y su relato pertenecería al otro cuaderno, el del hemisferio izquierdo, el razonante –si es que no la he narrado ya– pero no tengo a mano ese cuaderno y hace horas que intento irme a dormir (son las 4:53, ya) y no puedo porque me asaltan las frases y debo una vez más encender la luz y anotar un párrafo. Y otra vez clic y clic y putamadre con esto, ¡yo que pensaba que nunca iba a escribir más! Finished, a otra cosa mariposa y punto. Clic.

Y clic vuelvo a encender la luz porque de golpe comprendo que cada vez que me amenazo con o temo no poder escribir más, al cabo de un tiempo la escritura se me da a lo bruto. With a vengeance, dicen los norteamericanos que algo sabrán de eso. De venganzas, digo.

Una marea sube, avasallante, y cuando completa su curso se retira y me deja seca, playa seca con algunos peces muertos y algas variopintas, secas; un despojo para que nunca se olvide la existencia de ese mar. Esa pleamar.

 

Cuerpo

No despertar a los perros que duermen, me dijo o insinuó el neurólogo.

Un estúpido.

No despertar a los perros significa no despertar en absoluto, así de simple, no permitirse el lujo de acceder a ese conocimiento que se dice prohibido ¿y quién lo dice?

Prohibido.

Como si el conocimiento acatara una ley, tuviera ley.

Como si los perros dormidos no descendieran del lobo y aullaran en las noches de luna o sin ella para despertar a las incautas, valientes, las más empedernidas almas.

 

Alma es aquello que llevamos adherido al cuerpo.

Nuestro cuerpo: el alma lo constituye y habilita.

Lo entendí a las patadas pero supe entenderlo.

Por eso mismo la pregunta:

¿Y el cuerpo, qué? ¿Dónde ponerlo? Porque lo que es acá nos incomoda.

Pobre cuerpo doliente sin memoria del dolor, desreconocido. Intocable (y fue tan tocado en días, casi dos meses de desmemoria y desamparo) para después:

¡No se acerquen!, como un grito.

Ni mencionarme el cuerpo se podía, nunca usar esa palabra descorporizada, la palabra cuerpo.

Y los nervios vibrando en un armónico con la palabra cuerpo.

Chirriantes ellos, los nervios, como si alguien hubiese rascado la pizarra con las uñas. Ese mismísimo alguien que supo proferir la muy profana, la palabra cuerpo.

 

Me perdí de mi propio cuerpo, con la energía dispersa, despatarrada por el aire de mi entorno y yo tan fuera de esa que fui yo, mi cuerpo.

Una querida amiga, a la sazón mi terapeuta, llegó cierta tarde –quizá haya pasado otras tardes a visitarme en la clínica pero yo sin registro de movimiento alguno. Llegó una tarde, digo, y captó la dispersión de mi energía y se preguntó qué hacer y atinó a masajearme los pies y eso me fue reubicando, reinsertándome en mí. Un poco. Dos, tres veces así y por fin otra tarde sintió que podía hacerme hablar, devolviéndome al lugar de la palabra, que era su oficio. No hablemos de tu enfermedad; no, hablemos del cuerpo: tenés que amigarte con tu cuerpo, me propuso a forma de consuelo y me produjo un desgarro, una desesperación incontenible. La eché de mi lado. No pude seguir más, llamé a la enfermera. Tengo un ataque de pánico le dije a la enfermera.

¿Tuvo antes ataques de pánico? preguntó ella.

No, nunca.

¿Y entonces cómo reconoce los síntomas?

De oídas los reconozco, de leídas, de esta sensación que no puede ser otra cosa, como un mar embravecido, un tsunami, un fuego crepitante, llamaradas, incendio de angustia total, mi propia energía dispersa rebotando en las cuatro paredes del cuarto de la clínica, y allí sobre la cama, una en un fuera de sí que no es furia ni locura ni metáfora.

Es estar salpicada en todas partes y no estar para nada en el propio lugar allí donde corresponde, el propio cuerpo, esa casa del alma.

 

Cuatro acercamientos tuve a lo inmencionable de mí, cuatro ataques de pánico o de nervios. Nerviosa y todo como suelo ser nunca antes supe y espero no volver a saber de esos temblores, la imposible desazón, ese fuera de sí y el desconcierto. Y las cuatro veces fueron en relación con el cuerpo.

Los temblores resultaron necesarios para hacerme saber lo lejos que estaba yo de mí.

Escindida.

Si la víctima del ataque viral había sido mi cerebro, ¿por qué me sentía tan lejos de mi cuerpo, su único sostén, su continente?

Porque no es continente ni sostén del cerebro –al menos no es sólo eso– el cuerpo.

Es el propio ser, es quien es y soy yo, y la palabra yo que antes desprecié. Todo esto y más está hecho a medida para calzar el cuerpo como un guante.

Ser el cuerpo.

Entonces heme aquí, re-integrada.

Por fin vuelvo a sentirlo todo mío, a mi cuerpo, y a la vez sé que no tengo derecho a sentirlo así porque soy de él, de mi cuerpo, o mejor somos uno, mi cuerpo mi mente y yo.

Un solo ente.

Y anduvimos tan pero tan desmadejados, tan sufrientes cada cual por su lado.

 

El dolor se olvida, imposible traerlo a la memoria física cuando ya se ha evaporado. Sólo queda el relato del dolor y de aquello que fue vivir fuera del cuerpo y no poder unir las piezas, ni siquiera poder mentar esa palabra: cuerpo.

Fue ése el mayor horror, que perdura aún como amenaza y por eso ahora escribo y escribo para recuperar mi cuerpo.

O recuperar la noción de habitar cómodamente el propio cuerpo, materia de escritura, recuperarlo (o mejor dicho recuperar la conciencia de estar plenamente en él, no dispersa en el aire)

Recuperar la capacidad de ir hilando palabras para alcanzar un otro entendimiento.

No porque las palabras hubieran desaparecido, no. Allí estaban, enteritas, pero descorporizadas de mí. Y sumaban muy poco. Cantidad deleznable de palabras, tan sólo frases prácticas del día a día, lo cual no es vivir, es perdurar a penas en el tiempo.

Vivir es otra cosa. Es poder escribirlo para lograr estar a la vez acá y en otro lado.

¿El aquí y ahora?

Sí.

Y el allá y siempre.

Juntos. En palabras.

 Si la morada del ser es el lenguaje y yo digo que se escribe con el cuerpo, al irme del lenguaje me fui de mi cuerpo o quizá fue a la inversa y nunca podré saberlo.

 

Ahora por fin puedo escribir, o intentar escribir es decir recuperar, recuperar aquella inefable y terrible noción de pérdida. De alejamiento del propio cuerpo, de desconexión con aquello que en verdad soy y escribe, contándolo. Porque el cerebro recuperado, recompuesto o reformateado, en lo posible. Pero ¿y el cuerpo? Ése no estaba allí donde estaba en verdad, donde se lo veía y apreciaba, pero no estaba. Hasta que llegó el momento del encuentro.

 

Cuaderno gris

Lo que me asustó fue la cortina de carbón tan renegrida, que pudo haber sido o no frontera a la muerte, No quiero morir así, dije, desaparecer para siempre en la absoluta nada, tengo que hacer esto y lo otro todavía, me dije, escribir estas cosas –de allí la larga lista. La aterradora cortina, ya lo dije, y quizá fue ésa su función después de todo: aterrarme para que me detenga y decida no dar un paso atrás, no seguir avanzando porque era una muerte que no me estaba destinada. Y cuando llegue, entonces, mi muerte será dulce, así espero, y sabrá acogerme en su seno de nada, de vacío absoluto, y yo sabré perderme. Para siempre.

La macana es que entonces ya no podré escribir el best-seller que sugirió mi editor. Escribilo y nos llenamos de oro, me dijo cuando empecé a contarle mi paseo por la penumbra cálida, esa experiencia del camino a lo inefable. Pero cuando avancé en el relato él rechazó la idea: No, no, me dijo espantado cuando le hablé de lo negro, no los escribas si no es como dice Víctor Sueyro. Para un best-seller hay que ver la luz blanca al final del túnel, la luz divina. Si viste todo negro ¿quién va a comprar el libro?

Es decir que volví para contarlo, y contar tantas otras cosas, y nadie comprará el libro y qué le vamos a hacer. De haber visto la luz hubiera seguido viaje y no habría libro alguno. Algo es algo.

Pero tengo, sí, una historia de muerte con luz. Fue un sueño que me fue dado tantos años atrás que no lo encuentro en la computadora. Lo escribí en alguna parte, sin embargo, y lo recuerdo bien. Tendría que llamar al Pesador de Tiempo en mi socorro porque también sufro su estigma y no recuerdo la fecha, pero lo soñé antes del fatídico 4 de marzo de 1988. En la casa de mi madre en Belgrano había un gran cóctel en su honor, pero Lisa se sentía muy cansada, venía de otra parte y en la puerta me dijo «No, no puedo ver a toda esta gente, no me siento nada bien». Yo le dije «Mirá, es muy fácil, yo te llevo de los hombros, me voy abriendo paso entre la gente y les digo Déjenla, está inspirada, no le hablen, y te voy guiando hasta tu dormitorio escaleras arriba para que descanses un rato». Ella no quiso, prefirió salir de nuevo para dar una vuelta y tomar aire. Belgrano estaba desierto a esas horas, los faroles derramaban una luz rojiza entrecortada por las sombras de los árboles. Al cruzar una calle Lisa se derrumbó en medio de los adoquines. Intenté levantarla, pero se resistió. «Mirá allá», me dijo señalando el lado opuesto de su casa «mirá esa linda luz. Ahí sí hay una fiesta, vayamos para allá». Yo no vi la luz, por eso no pude menos que decirle «Adiós». Y tomándola entre mis brazos agregar: «Buen viaje».

 

A veces me pregunto qué será de la no-vida de mis muertos. Y de inmediato recuerdo que no, eso no quiero y por lo tanto no creo en eso, no quiero una no-vida que pueda ser «vivida», es decir experimentada en alguna zona de la no-existencia, si podemos decir así, a pesar de que no podemos decir, diciéndolo. Es el dios apofántico, el que no existe como tal porque su existencia es indemostrable. Ya lo mencioné en El mañana, ese libro que marcó el derrotero para desintegrarme, entrar en internación domiciliaria como quien dice en arresto ídem.

 

Cuaderno rojo

En el lento viaje de retorno parecería que lo primero que se adquiere –en materia de conciencia– es la necesidad de defenderse, aislándose. Ya cuando aún no estaba aquí del todo, cuando algo estaba, pero sin conciencia lúcida, es decir sin quedar grabada en el recuerdo (¿y qué se vive? ¿Qué se siente en los momentos que transcurren expuestos al más riguroso olvido? ¿Dónde estamos más allá o más acá de la penumbra parda, sin hablar de la cortina negra de la cual nos apartamos con mucho de terror y bastante prudencia?), cuando estaba sin estar, retomo, eché de la habitación a mis amigas más íntimas. A algunas les dije «No se admiten visitas», frase que me llegó desde la nada, burocrática y contundente y odiosa, pero expresando una verdad insoslayable. No se admiten visitas ni intromisión alguna. No se admiten ni en el posterior recuerdo. Sólo una amiga que a los gritos, según me dijo después, me contó sabrosa anécdota romántica que me quedó grabada en el recuerdo, la historia, con pelos y señales, y en otra oportunidad retuve la vaga silueta de otra amiga que llegó con flores. Parece que me alegraron, las flores, no me hicieron pensar en tumbas ni nada parecido, aunque más tarde la amiga de la anécdota romántica escribiría que me vio semblante de moribunda, que parecía moribunda y gris tirada allí en la cama inmóvil. Pero percibió unos gestos mínimos que logré hacerle, un leve parpadeo, un dedito tembleque, porque ella entendió que la entendía y prosiguió a contarme todo el desenlace de la saga.

Saga ajena, porque lo que era la propia… No quería ni mirar mi novela recién publicada, de título El mañana, que salió de la imprenta cuando yo había partido hacia rumbos ignotos. Me la llevó mi hija al sanatorio, y cuando ya había recobrado en buena medida la conciencia, si alguien pretendía tomarla entre sus manos yo exclamaba ¡No, que no quiero verla! Peor que la lorquiana sangre de Ignacio sobre la arena, esas cosas.

Después poco a poco iría percibiendo las premoniciones que aparecen en esa novela, un describir encierros, censuras de la memoria, pero de eso hablaré más tarde, si hablo, si me decido por fin a confrontarla como se merece o como corresponde.

Así, en el lento viaje de retorno, lentísimo, cierto día me devolvieron a mi casa y yo era una planta de apio olvidada en el fondo de la nevera, inconsistente y blanda. Las piernas no me sostenían y la nuca era una rigidez insoportablemente dolorosa. Internación domiciliaria, la llamaban, casi como el arresto domiciliario de las escritoras de El mañana. Dar diez pasos era una hazaña en esos días aciagos, la enfermera venía todas las noches a ponerme el menjurje que me alimentaría por sonda, el kinesiólogo me visitaba por las mañanas y era bienvenido por buenmozo, por solaz de los ojos y ninguna pero ninguna en absoluto alteración del alma. Por algún otro motivo más profundo me negaba a hablar con mis amigos que llamaban, y menos recibirlos; sólo uno de ellos porque me hacía reír, porque lograba sacarme fuera de mi internación mental e instalarme en la risa. Esa dama, la risa, mi única invitada de verdad, la burbujeante.

 

Despertar cada mañana con la sensación de otro día vacío por delante. La desesperación de no poder siquiera fijar la vista, el esfuerzo para leer algún microrrelato, un breve cuento humorístico. Y nada más, nada. Las visitas de mi hija que con tanta devoción me organizaba la ingesta de remedios, y corría a la farmacia y llamaba a los médicos y yo allí tirada, permitiéndome el asombro ante tanta dedicación por parte de alguien que había dicho que ni soñaba con cuidarme cuando estuviera vieja. Pero no estás vieja, me aclaró mi hija cuando pude recordárselo, estás enferma, es otra cosa. Bien, cuando sea vieja, y sana, me iré en eternos cruceros y visitaré el mundo. No es una amenaza, es una promesa, es un sueño que me divierte como tal. Pero no pienso ser vieja a pesar de la paulatina acumulación de años que espero sean muchos.

Mientras tanto, peor que la vejez: la total ausencia de entusiasmos. Quizá corresponda retomar el cuaderno gris es decir la otra textura, tesitura, para enfocar la indiferencia absoluta que me aquejó durante la convalecencia, hablar de eso anecdótico que fue la carencia de curiosidad, la asquerosa indiferencia, el pensar que nunca más escribiría y total para qué, el perder todo interés por las cosas –las pasiones, los amores, mis perras, los loros, las máscaras, todo aquello que supo despertarme fervor. La literatura. La escritura. Ni el menor sitio para la imaginación, ni la más mínima propuesta reflexiva.

Nunca más, era lo que sentía, y total ¿para qué? ¿Para qué más libros, si ya hay tantos?

¿Qué haré después con todos los libros sobre máscaras y rituales que fui acumulando para cuando tenga el tiempo y las ganas y la necesidad de ser simple exploradora de sillón? ¿Qué haré con las más de cien máscaras que pueblan mi estudio y ya no me despiertan el menor interés, y menos el antiguo placer y la conmoción estética? Chau pasiones, chau, chau. ¿Y qué haré cuando me reponga y me encuentre con tres perras variopintas que ya no me despiertan la más mínima emoción para no hablar de cariño? ¿Cariño, qué es eso? Sólo con mi hija y mis nietos, cariño, y la frecuentación de las personas que frecuentan desde hace años mi casa y que son mi familia. Pero ni los amigos. Imposibilidad de afecto, incomunicación y desgano más allá de lo absolutamente imprescindible. Siempre la horrible monotonía del jardín y las rosas que si bien se iban renovando, enormes y radiantes, siempre parecían las mismas como de trapo insulso. Nacían, se volvían enormes, maduraban, se marchitaban las rosas como en cámara rápida y otras volvían a nacer y en lugar de la felicidad del ciclo renovado me hacían sentir el peso de la repetición constante. Las rosas, siempre iguales como el repetido horror de mis días uniformes en los que no atisbaba la más mínima posibilidad de cambio. El agotamiento, el estar y no estar, el no poder dormir, sólo esas cuatro horas empastillada que gracias, N P, sé que son las horas del sueño profundo, las únicas en verdad imprescindibles, pero el verdadero placer del sueño, de los sueños, ¿dónde se había ido? ¿Y qué es el placer? Siempre tirada allí en el sofá del living o en el sillón de lectura donde casi ni podía leer, ni ver la tele –me saltaban las imágenes– y la repetición, repetición de los días y sólo un túnel sin su luz al final. Anedónica, anoréxica, sin poder contarme el más mínimo cuento como antes supe contarme siempre y ya ni me acuerdo.

Patética circunstancia que ahora al describirla casi me provoca risa. Melodrama barato.

Fue muy lenta la recuperación de los afectos, y hoy que es dos de noviembre pienso en mis muertos –esos que seguirán en vida mientas una los recuerde y los nombra cada tanto– y me vuelven a la memoria aquellos primos perdidos, mucho mayores que yo, desaparecidos hace añares: Bachicha y Chicholo les decían, y pienso en mi primo más amigo, Chango, a quien de todos modos jamás veo, y me digo qué curioso, tanto cha-cha-chá entre correntinos. Un verdadero día de muertos mexicano.

Se impone por lo tanto volver al cuaderno gris, la eminencia gris, la materia gris. El cuaderno gris se cierra con una ancha banda elástica color naranja. La eminencia suele vestir camisas claras y corbatas al tono. Mi materia gris que perdió por un tiempo el placer de semitonos y de brillos puede ahora vestirse con el color que mejor le siente para cada ocasión. La banda elástica del cuaderno rojo es gris, como corresponde, porque no hay yin sin yang, no hay blanco sin negro ni bien sin mal y nunca sabremos cuál es cuál ni nos importa.

Así, en Bali las deidades feroces a la entrada de los pueblos (como las feroces deidades que custodian los templos budistas en otras regiones de oriente) llevan un simple delantal a cuadros blancos y negros, en damero, porque el bien nunca existiría sin el mal y así eternamente lucha el buen dragón Barong contra la bruja Rangda y eternamente nadie nunca gana. Ya lo dije mil veces y lo seguiré diciendo.

Y yo que de chica supe estar tan mal, enfermísima, pero anduve perfectamente bien por décadas y décadas, me agarró el mal y he vuelto a estar bien, cumpliendo el ciclo. Y agradezco, agradezco, agradezco.


Fotografía: PhotoCo – «Dance me to the end of love» (CC BY 2.0).