Al cabo y en una tromba los nuestros dieron la respuesta: «¡Ay, que dolor!», gritó la mujer joven, y «¡Ayayay!», balbuceó la abuela ciega, a sabiendas de que los suyos volvían de un más allá menos que distante, pero impersonal. La Bulla, ominosa, nos siguió kilómetros y desapareció, o eso creímos, detrás de un bordo de tierra que saltamos con ayuda de Oya, orisha de tormentas, vientos y relámpagos. «¡Epahhey, Oya!», saludamos efusivos, «¡Epahhey!». Pero nuestro sueño no apareció sino hasta después de la tercera ola de muerte, cuando el cansancio se nos agregó como un apéndice y La Bulla, con su calzado de plomo, pisó los tobillos de los últimos en la fila. «Vamos, vamos», les dije, y las coyunturas de quienes quedábamos desfilaron motivadas por el dolor mismo, como buscando eludir el batimiento de la música sin forma: una música profunda e impostora. Por eso el sueño nos quedó así: solo casas entorno a una llanura que se ahoga, puesto que la prisa no nos dio reloj para soñar los diques del río.

De paso nos saltaríamos la tradición de las mariposas negras, junto con el albo cielo de sábanas que solíamos echar sobre los ataúdes: «¡Tómelos fuerte! Así, sí… Ahora, échelos al mar». Caballo y yo estábamos asustados, aunque ni tanto, porque de nosotros dependía el grupo, dispuesto con los brazos arriba teatralmente, recién largado por La Bulla, miradas recíprocas e inquietas ante el rumbo impreciso. Todos suplicaban a voz en cuello para que los nuestros se consideraran y, de una vez por todas, revelaran la ruta hacia el sueño. Un sueño que despertaba afanado, sin noche suficiente.

… Y no hay paz y el olvido se cuece y la desilusión y ¿Por qué yo?  Y Caballo, parcero, ven aquí. No, no está, no hay nada. Nada de nada, Caballo…

 

Nagruma es la tierra y nuestra piel es plata. Antaño crecíamos a orillas del Pacífico, donde no se podía llegar como a cualquier otra parte, porque la ruta de ida y vuelta nacía a voluntad y no había que soñarse llegando, sino yendo, si no la marejada borraba los esteros y nacientes con su ribera hambrienta. Ahora vive tan solo La Bulla, que desequilibra al mundo y nos empujó al valle donde hoy viven cientos como nosotros: nagros, quiero decir. Nadie quería esto, pero al cabo, cuando La Bulla mató a tantos, hubo que escapar por mar y por tierra con la ilusión de arribar donde el sueño. Y tras varias lunas, Caballo y yo vimos partir a muchos allegados pero, como es costumbre en los adioses sinceros, el colectivo les concedió a todos el santo y su cántico de alabao, para que nos abrieran buen camino en tanto que ellos bajaban hasta las honduras del océano Pacífico.

… Y es oscuro aquí, vacío. ¿Por qué yo? ¿Quién fue? ¡Suéltenme!

«¿Ahora qué?», preguntó Caballo, frente a la inmensa llanura, cuando aún estaba sin desecar y, con sus aluviones, el río devoraba la tierra sin lástima.  No era el mar, no, sino un aciago río que se nos presentaba sin un halo de amparo. Éramos los primeros en llegar a lugar alguno, por vez primera. Al sol de hoy, un racimo de nagros pervive triste y ha muerto el síntoma de la amistad sin pliegues. No hay agencia espiritual a la cual acudir, porque Olodumare nos dio el sueño, sí, pero no podía hacer más por culpa de La Bulla. Batalla nuestra.

«Díme, ¿y ahora qué?», repitió, sin entusiasmo.

«¡No importa nada!», repliqué, con la libertad de los puños hacia una luna emergente. «Llegamos y eso es lo que vale, Caballo. ¡Míralo, míralo! O ¿acaso tampoco te sirven losojos? Es idéntico que el sueño».

Caballo podía leer mis pensamientos.

¡Bang! ¡Pam, pam!

Los golpes del río y su rabia indomable inauguraron la tristeza. Caballo dijo: «Ohhh, y tú no tiene joídos. ¡Escucha, Saturio! ¿Qué dice el Cauca, Saturio?». Aún miraba hacia el conjunto de la noche, desvariado por su aparente acontecer, pensando: Soñaremos aquí, cueste lo que cueste. Pero éramos tan pocos los que habíamos llegado hasta aquí, que entre todos apenas si completábamos para otro pueblo Nagruma. Caballo asintió con ímpetu y dio la señal a todas las mujeres y hombres, niños y entrados en años; todos escindidos de sus regiones a causa del aire de muerte en el litoral, de los desolados y arruinados campos y también de las faldas de montes remotos. El peso de la causa era proporcional en el colectivo: La Bulla.

… Juro que yo no fui, no fui, no fui. ¡Suéltenme! Hijos de puta…

 

Al poco tiempo, soñamos los colores y conseguimos pilotes de madera para construir casas que soportaran los azotes del río y, ante la enorme cantidad de tierra, trazamos la ruta por donde habíamos llegado para que más de los nuestros se instalaran a trabajarla con sus hijos e hijas. El sueño, nuestro sueño, estaba enclavado al Oriente, como un uñero. Los primeros soles, el colectivo bailó hasta la luna para ganar reloj. La electricidad flotó en la atmosfera durante días, hasta que nos abatió la incertidumbre con una sorpresa desde el otro lado del río. Semillas de oro, en el secretismo obscuro y quedo de las aguas, junto a las luces de artificio, sembraron el sentimiento decembrino y advirtieron el progreso.

… Por mi santa madre que yo no fui. No. Déjenme, no crean que… Ni horas, ni hambre, ni calor, ni mierda. Siempre es noche…

Como aquellas bombillas podían instalarse en nuestro territorio virgen, me aventuré a traerlas. De regreso, fui perseguido por los hombres del otro lado, quienes al vernos arrojaron las normas, unas detrás de las otras, con sus volutas de humo. «¡Granujas!», despotricó el anciano sabio, quien nunca se guardaba un silencio, y los hombres se lo llevaron del otro lado, hasta siempre. Su llanto se escuchó tan cerquita que todos avisamos su deceso con pena. «¡Bulla, Bulla!», gritó alguien. Habíamos inventado todo y no íbamos a cederlo, todavía menos con los primeros brotes de soya, caña, maíz y frijol. Así que, para evitar conflictos, dimos una baraja de soluciones donde ninguna incluyera el retorno al océano, pues allá La Bulla no cesaba y estábamos siendo arrastrados hacia la otra vida.

 

Habíamos crecido junto al mar: el eco de los ánimos alzados por el golpear seco desde el borde de Nagruma correspondía a antaño, cuando sucedíamos cual retoños apacibles. Ahora, adultos, huíamos de aquel recuerdo resistiéndonos a olvidar los objetos tosidos desde los brazos del Pacífico a la bahía magenta, y los pelícanos navegantes que imitaban disparos o flechas, cada día. Aquello nos había servido la oportunidad de completar el mundo, por entonces conducido por las aporreadas lanchas de motor hacia un infinito familiar. En Nagruma jurábamos morir allí, expulsados por el orden natural de la vida.

«¡Vamos, vamos!».

El contacto con los hombres nos maleó la piel y lo que teníamos por dentro, a tal punto que Caballo, pobrecito, tuvo que dejarse ir: «¡Míralo, míralo! ¿Acaso tampoco te sirven losojos?». Lo recuerdo al compa, porque solíamos guarecernos en cualquier chambrita, sin ruidos ni alusiones amargas. ¡Lo que nos confortaba! En cierto modo, lo nuestro se trató siempre de sobrevivir y completarnos tan solo mediante confidencias que no buscaran la profundidad del mar personal. Y, sin embargo, aquel sentimiento de amistad desdobla y dota de intuición. Yo intuía, en cada golpe de silencio, la malicia extraordinaria de su enfermedad, cociéndose detrás de nuestro vínculo. Venía enfermo de las mandíbulas, Caballo. Había que ver cómo le latían y cómo la fiebre le había acumulado un pus satánico, al filo de casi estallar. Y lo mismo me hubiese llevado a mí, solo que a uno lo jalan siempre los demonios del orgullo, el oro y la miseria. La miseria y el oro a secas, digo. Pobrecito.

«Y tú no tiene joídos. ¡Escucha, Saturio! ¿Qué dice el Cauca, Saturio?

Y el Cauca advertía muerte, otra bulla que se cosía a fuego lento para evitarnos nacer. La piel de plata lo superaba todo, y todo había supuesto apenas una utopía para los nagros. Éramos los primeros en llegar a lugar alguno, por vez primera, para que los del otro lado nos sacaran del sueño solo así, como se saca de las profundidades un cuerpo perlado y amorfo, desterrado por el reloj moderno y su aparente silencio. En la hondonada de los sueños, su estructura íntima circulaba con lucha por el sueño, territorio imposible.

¡… Despierta, Saturio, despierta! Losombres vienen a por ti.

Y mi llanto se apagaba, sin prisa, entre el barullo, como la voz de Caballo en mi escuchar.

 

Imagen de la cabecera: ©Luis Valencia Yurgaki