Conducíamos a toda velocidad por una carretera oscura; no había nadie más en la vía. Todo había sucedido demasiado rápido desde la llegada al aeropuerto de Panamá. Un hombrecillo encorvado
y huesudo agarró mi equipaje y salió corriendo mientras me gritaba: «Apúrese, señora, que no tengo salario y vivo de las propinas». Apenas nos detuvimos al pasar por los controles de inmigración y aduanas. El hombrecillo tiró mi equipaje en el suelo. Un taxista me gritó: «Venga, señora, que con tres pasajeros cuesta ocho dólares hasta el centro». Me metieron dentro, donde ya había otras dos personas. Pensé que todo aquel ajetreo y ruido eran demenciales. ¿Qué le pasaba a toda aquella gente?

El joven costarricense sentado a mi lado dijo que iba en autobús al día siguiente a comprar mercancías en la Zona Libre de Colón, en la punta de la costa caribeña del Canal, y que, Dios mediante, regresaría a Costa Rica un día después.

El panameño de mediana edad del asiento delantero comentó: «Antes Noriega dirigía la Zona Libre. Ahora es un sobrino de Endara ». Todos se echaron a reír. Endara es el nuevo presidente de Panamá, que Estados Unidos instaló tras la Invasión.

Y a partir de ahí no cesó la retórica del pánico. Cada día escuchaba una nueva versión del miedo como tema de conversación en boca de todos con quienes me cruzaba.

«Este país es muy peligroso», señaló el costarricense. «No me gusta venir. Hay ladrones en todas partes y tienen armas. Si no les das lo que te piden, te matan. No debería viajar sola».

El pasajero panameño añadió: «Nunca salga después de las nueve de la noche». Eran ya pasadas las nueve y media. «Tampoco salga sola a la calle. Si lleva dinero, solo el que necesite, y con la cartera siempre pegada al cuerpo».

El taxista me preguntó a qué hotel me llevaba.

Le respondí que cualquiera del centro, me daba igual.

Discutieron el asunto entre ellos y el taxista concluyó: «La llevaré al Ejecutivo; es limpio y cómodo y seguro». «Seguro» era la palabra clave.

Salimos de la vía ancha junto a una gasolinera iluminada. Altas planchas de madera flanqueaban los lados de una estrecha calle. «Han saqueado esas tiendas», comentó el pasajero del asiento delantero. «Todos robaban, no solo los pobres, también los ricos». Nos detuvimos en la oscuridad y esperamos a que el panameño abriera la puerta de su casa y cruzara el umbral. Me dejaron en el Ejecutivo no sin antes hacerme serias y reiteradas advertencias para que me cuidara mucho.

A las diez de la noche, de pie en el balcón de la habitación del primer piso de mi limpísimo, cómodo y segurísimo hotel, contemplé una ciudad muerta. No había movimiento, ni ruido, ni luces. El toque de queda empezaba a la medianoche. Panamá había tenido fama por su vida nocturna, una ciudad abierta, donde todo estaba permitido. Habían pasado ya tres meses desde la Invasión.

 

 

Tenía que cambiar mis cheques de viaje, y mi acogedor hotel estaba enclavado en medio de una zona de bancos y de discotecas cerradas. Los bancos tienen delirio de grandeza faraónica: hay ciento cuarenta. Son torres o palacios, monumentos al dinero. Un rascacielos de cristales espejados, coronado por un lumínico rojo con el nombre de SWISS BANK, resplandecía muy cerca. ¿Por qué no armarme de valor y salir a caminar? Las calles de aquel barrio de la ciudad eran anchas y limpias, todos los edificios opulentos, blancos, adornados con plantas decorativas.

No había ni un alma por las calles.

Cuando llegué al vestíbulo con aire acondicionado del banco, estaba empapada de sudor; una razón bastante convincente para no andar a pie. Para mi sorpresa, el Swiss Bank ocupaba apenas unas pocas plantas intermedias de la torre. Para mayor sorpresa aún, me recibieron en un espacio reducido, con suelo de linóleo, estantería de madera y un empleado detrás de una ventanilla de cristal sucio. No, no atendían al público en general; eran un banco internacional y su misión era distribuir dinero por todo el mundo. Me comentó que la Invasión había cerrado los bancos comerciales unos días. Pero que veinticuatro mil hombres armados, helicópteros de ataque, tanques de guerra y el caos desenfrenado en la ciudad no habían interferido ni un momento con la banca internacional.

El banco comercial, un edificio majestuoso, con su portal de hierro forjado, cerrado con llave, lo custodiaba un guardia privado armado. El empleado me entregó un fajo de billetes de dólares usados. En Panamá, el dinero es American money. Pero después de dos años de embargo dejaron de llegar los billetes nuevos. El papel moneda, que ha pasado de mano en mano en todo ese tiempo, está tan gastado y mugriento que parece que se te va a pegar una enfermedad cutánea. Con la billetera rebosante, llamé un taxi, aunque el banco estuviera a unas pocas anchas y calurosas calles del hotel. Los taxis son pequeños y destartalados, como rápidos escarabajos acuáticos, con espacio para tres pasajeros, y van recogiendo a la gente sobre la marcha. El precio es de un dólar, sin importar la distancia. Paras a uno levantando la mano y, si va en tu dirección, te subes junto a los demás. El taxista me advirtió: «Tenga cuidado. Han robado y matado a muchos taxistas. Esto es peor que la guerra».

Deposité mi fortuna en la caja fuerte del hotel y salí a mejorar mi aspecto. Me dirigí a una peluquería ubicada en una de las calles aledañas al hotel. Mientras la asistente me lavaba el pelo, la peluquera, risueña y de aspecto chabacano, me comentó: «La gente robaba cualquier cosa, por vicio, no por necesidad. Se lo llevaban todo, hasta los lavacabezas de las veinticinco peluquerías que desvalijaron. Noriega robaba y enseñó a la gente a robar. Había mucha corrupción; era una enfermedad. Esta calle no la tocaron, excepto la joyería. Tampoco donde yo vivo. Solo destruyeron las casas de los pobres».

Tardé en entender la magnitud de la catástrofe provocada por el saqueo que arrasó toda la Ciudad de Panamá durante los tres días que siguieron a la Invasión nocturna estadounidense del 20 de diciembre. El aparato del Estado fue arrasado en las seis horas que duró el ataque principal. El Comando Sur, el alto mando militar permanente de Estados Unidos en Panamá, había generado un vacío en el orden civil, pero no asumió la responsabilidad de patrullar ni de proteger la ciudad. Las tropas no habían recibido la orden de hacerlo. La gente se transformó en un enjambre de langostas enloquecidas que desbordaba las calles. En ese entonces, aquello debió parecerles la borrachera descontrolada más grande y delirante de la historia, cortesía del ejército de Estados Unidos. La resaca es dolorosa; Panamá aún no se ha recuperado. «Vi a los soldados americanos sentados en un tanque, observándonos», me contó la peluquera.

Pregunté por el embargo de Estados Unidos, que mató de hambre a Nicaragua y que ha sido una aplastante carga para Cuba por treinta años. En el caso de Panamá, se suponía que el embargo agravaría la situación y desencadenaría el descontento popular para forzar la salida de Noriega del poder. Se encogió de hombros. «Siempre tuvimos comida en Panamá. No nos faltó nada». En realidad, el embargo redujo el producto nacional bruto un veinte por ciento, pero afectó sobre todo a los ricos, al sector empresarial blanco, ya que Estados Unidos es el principal socio comercial de Panamá.

Como tenía que comprar un billete de avión y había una agencia de viajes muy cerca, me dirigí a una joven treintañera, profesional y vestida a la moda, que me lo reservó con rapidez en su ordenador. Me comentó: «Estados Unidos creó ese monstruo; sabían bien quién era Noriega. Incluso lo condecoraron. Ha estado en el poder treinta y un años».

Le pregunté que cómo había sido la vida en esos años. «Cuando estaba Noriega, a la gente como yo no le pasaba nada. Si te mantenías neutral, no tenías problemas. Eran sobre todo los pobres quienes estaban a su favor».

Sus datos no eran del todo correctos. Panamá había estado, sin lugar a dudas, bajo una dictadura militar veintiún años, lo que no le había molestado al gobierno estadounidense hasta hacía apenas dos. Noriega había sido el jefe de inteligencia del general Torrijos, el anterior caudillo militar. Durante seis años, fue uno de los hombres más poderosos del país, respaldado por un presidente, una legislatura y unas elecciones: exactamente como a Estados Unidos le gusta que luzcan las cosas. Pero es cierto que los gobiernos de Estados Unidos conocían bien a Noriega desde hacía tres décadas. Noriega no se había vuelto un villano traficante de drogas en apenas dos años, tras una vida intachable. El presidente Carter lo sacó de la nómina de la CIA; el presidente Reagan lo volvió a incorporar. Le pregunté sobre los bancos: ¿para qué construir esas torres inmensas e innecesarias?

«Alquilaban el espacio extra para oficinas», me respondió. «Ahora quedarán muchas oficinas vacías. ¿Sabe? A esta ciudad la llamaban “la lavadora”. Cualquiera podía abrir una oficina, hacerse banquero y ponerse a blanquear dinero, sin que nadie hiciera preguntas». Los banqueros cowboy ya no están, pero las leyes de secreto bancario que los protegían siguen intactas.

El calor era denso, una pesada carga en el cuerpo, y el sol te cegaba con su resplandor. Me dije que tenía que comprarme unas gafas de sol y algunas camisas; seguro que me las tendría que cambiar
cuatro veces al día. «Para ir de compras, quédese en esta zona, en Vía España. No vaya al centro. Y, sobre todo, no se acerque a Central. Se darán cuenta de que es extranjera y le robarán enseguida». La avenida Central es la principal arteria comercial de El Chorrillo, el distrito más castigado por la Invasión.

Durante mi estancia en Panamá hubo tres redadas colosales. Antes del amanecer, entre quinientos y setecientos soldados norteamericanos, junto con la nueva policía paramilitar panameña, bloquearon con tanques las zonas pobres de la ciudad y llevaron a cabo registros casa por casa. La primera redada, la que más difundieron en los medios, resultó en la detención de setecientos veintiséis «antisociales», en su mayoría inmigrantes colombianos sin papeles, cuarenta y seis revólveres y una cantidad reducida de droga que no excedía los niveles del consumo personal. La detención más celebrada fue la de un negro de veinte años, alto y delgado, apodado Media Luna, líder de una pandilla y «acusado de cuatro asesinatos». En las redadas posteriores, los periódicos no volvieron a hablar de «antisociales», ni de atracos, ni de robos a mano armada, ni siquiera de carteristas. Al final tuvieron que admitir que no había ni un arsenal oculto en la ciudad ni tampoco una cantidad significativa de estupefacientes. Sin saber bien por qué, la gente está convencida de que Panamá es un hervidero de criminales despiadados, por lo que la retórica del pánico es una constante. Creo que este miedo generalizado era una especie de trauma colectivo causado por el terror de la Invasión, algo así como un inconsciente ataque de nervios del pueblo.

 

En la capital, llamada simplemente Panamá, el tráfico irrumpe en sus calles a velocidad de autopista. No hay semáforos. Los destruyeron todos dos años antes en una huelga general destinada a desestabilizar la ciudad. Nunca los repusieron, pero Noriega desplegó agentes de tránsito, armados con pistolas calibre cuarenta y cinco, que infundían el temor entre los conductores con multas o amenazas de cárcel. Durante mis primeros días en la ciudad, aún no había agentes de tránsito. Luego, empezaron a aparecer algunos con guantes y chalecos fosforescentes. Estos indecisos agentes, todos negros, pertenecen a la nueva policía paramilitar de Panamá. El Comando Sur estadounidense reclasificó a los exsoldados de Noriega según una escala que iba del negro (muy malo), pasando por el gris (neutral), hasta el blanco (inofensivo). Luego seleccionaron a unos cuantos y les dieron un nombre nuevo. Ya no son las Fuerzas de Defensa, sino la Fuerza Pública, y sus cuarteles llevan ahora el nombre de Policía Nacional. También les asignaron un nuevo y humillante uniforme: una camisa caqui suelta con cinturón, pantalones caqui anchos y un gorro blando también caqui, parecido a un sombrero de sol.

A la gente, que se ríe de ellos, le dicen que este cuerpo, con nuevos comandantes y nuevas órdenes de ser amables y serviciales, está compuesto por hombres nuevos. Pero cuando es necesario imponer la autoridad, aparecen los soldados norteamericanos blancos, de un metro ochenta de altura como mínimo, con fusiles M-16 y sus amenazantes botas y uniformes de camuflaje. Y entonces, nadie duda de quién manda aquí: el US Southern Command.

Se me rompió la correa del reloj; salí a buscar una relojería. Siguiendo las indicaciones de los transeúntes, di con una muy modesta, de esas que pasan desapercibidas, y saqueada por completo; hasta las correas de reloj habían desaparecido. El dueño de aquel pequeño comercio estaba arruinado. El seguro, en caso de que tuviera alguno, no cubría actos bélicos. El vandalismo generalizado que azotó la ciudad fue consecuencia de un acto bélico. Un joven delgado y bien vestido, que conversaba con el desempleado dueño, se ofreció a llevarme en autobús a la avenida Central para comprar una correa.

Al igual que los taxis, los autobuses son propiedad de sus conductores y también todo un espectáculo. Les ponen nombre de mujer y decoran sus laterales con imágenes fantasiosas: una locomotora que echa humo, un paisaje boscoso, una rubia exuberante en la parte trasera. Cuando te quieres bajar, gritas «¡Parada!», pagas quince centavos y saltas. Mi nuevo amigo Juan y yo nos bajamos en un extremo de la Vía España, una avenida más o menos comparable con la Regent Street londinense. Frente a nosotros se alzaban el Museo Arqueológico y un enorme edificio del Chase Manhattan Bank, ambos víctimas del saqueo. Juan estaba desolado por lo del museo. «Es nuestra historia», me comentó. «Ahora ha desaparecido».

Tan pronto como llegamos a la avenida Central vi que estaba hecha un desastre. Hay basura, desechos, pero sigue siendo una auténtica calle panameña, con ese encanto particular que le da vida. Habían saqueado todos los edificios y, aunque algunos comercios habían reabierto sus puertas, y otros, como McDonald’s, funcionaban con las ventanas cubiertas con planchas de madera en vez de cristales, muchos seguían vacíos y en ruinas. El efecto era el de una ciudad recién bombardeada. Juan me señaló una tienda que había quedado intacta, que ofrecía mercancía oriental. «Los dueños son paquistaníes y la protegieron con pistolas». Encontramos una correa para mi reloj.

Juan insistió en llevarme a su apartamento en El Chorrillo. Caminamos por unos callejones estrechos de la barriada, esquivando la basura. Las casas eran grandes y viejas cajas de madera sin pintar, de cuatro pisos, mugrientas, atiborradas de gente, con los balcones revestidos de ropa tendida. Me contaron que fueron construidas a principios de siglo para alojar a los hombres que cavaron el Canal. El Chorrillo es el distrito más pobre y más densamente poblado de una ciudad con forma alargada y dispersa donde viven seiscientas mil personas. En este extremo, la pobreza hiere la vista; en el otro, la riqueza se exhibe sin pudor.

Juan, que es contador, vive en el duodécimo piso de un bloque, una de varias torres que se alzan por encima de las grises madrigueras de madera. El vestíbulo era sombrío y descuidado, pero una vez que llegabas a los corredores exteriores que conducían a los apartamentos, te dabas cuenta del orgullo con que cuidaban sus hogares. El pulcro y apretado apartamento de Juan estaba maravillosamente fresco, con una brisa que corría desde la puerta trasera hasta el balcón frontal. Tiene unas vistas preciosas: detrás, el cerro Ancón, sitio del alto mando militar del Comando Sur; delante, el Pacífico y el comienzo del Canal. Juan vive en ese estrecho espacio con su mujer y tres hijos pequeños, y un cuarto en camino. Su familia, como todas las del edificio, se despertó pasada la medianoche del 20 de diciembre, sobresaltados por el estruendo inconcebible del bombardeo.

«Todos corrimos a escondernos en el sótano», me contó Juan. «Nos tiramos al suelo y allí estuvimos seis horas. Estábamos muertos de miedo. Los niños tienen traumas». (La palabra «trauma», mal empleada, ha entrado a formar parte del español panameño). Cuando cesó el ruido, regresaron a su hogar. Una bala de ametralladora desgarró de un tajo una de las paredes del balcón de Juan; le rompieron las ventanas. Durante tres días la zona quedó sin electricidad; y durante cinco, sin agua.

Casi en frente del edificio de Juan, a tres calles de distancia, Noriega había establecido su cuartel general, un complejo de oficinas y campamentos en medio de la barriada. Tal vez se sentía más cómodo allí porque de allí había salido: un niño ilegítimo, abandonado, criado en un barrio marginal. Ese cuartel fue el principal objetivo de la Invasión norteamericana. Noriega no estaba allí, ni jamás lo estuvo. Pero los pobres dormían hacinados en los ruinosos caserones que lo rodeaban, y allí encontraron la muerte, salvo quienes lograron huir. Después del ataque, Juan sacó algunas fotos desde su balcón. La ciudad tenía el aspecto de cualquier urbe arrasada por una guerra moderna: un páramo de ruinas con siluetas de dientes afilados. Lo que más le impresionó fueron las fotos que hizo de los autos de la gente, quemados y retorcidos.

«¿Qué lo causó?», me preguntó Juan.

«Supongo que fueron las ráfagas de las ametralladoras desde los helicópteros».

«¿Viste si había cuerpos en el interior?».

Los ingenieros del ejército estadounidense arrasaron la zona con una apisonadora lo mejor que pudieron, y ahora no queda más que un terreno baldío y grisáceo de unas seis calles de superficie. Parece ser que, para desviar la culpa de la muerte y la destrucción causadas en El Chorrillo, hicieron circular el rumor de que había sido obra de los Batallones de la Dignidad de Noriega, sus propios guardaespaldas matones. Nos quieren hacer creer que los soldados de los Batallones de la Dignidad salieron sigilosamente a incendiar la barriada mientras los helicópteros de combate, los cohetes, los tanques y la infantería norteamericana los tenían inmovilizados en el cuartel.

La revista Army, al referirse a la Operación Causa Justa, publica la foto de una nube negra elevándose hacia el cielo, que describe como el incendio de un edificio del cuartel, «resultado de los graves daños infligidos por el apoyo aéreo y los tanques ligeros Sheridan». Los edificios del cuartel eran de cemento y no habrían ardido de esa forma, pero los caserones de madera vieja y seca de la barriada sí quedaron hechos cenizas. Según Army, algunos miembros de las tropas de Noriega escaparon del cuartel y abrieron fuego contra los soldados estadounidenses, que estaban ocultos como francotiradores en los techos de los ruinosos caserones del barrio. ¿Desde cuándo se neutraliza a los francotiradores arrasando calles enteras de una ciudad repleta de civiles?

Después de la Invasión, nuestros periódicos informaron primero de trescientos muertos y, más tarde, que el número de víctimas en Panamá ascendía a seiscientas. La cifra que circula en las calles panameñas es de siete mil muertos. El Chorrillo fue una trampa mortal. También hubo combates intensos en San Miguelito, al noreste del aeropuerto, donde hay otro cuartel de Noriega rodeado por un barrio marginal. «Esa zona no se puede visitar», me dijeron. «Ahora ellos tienen su cuartel allí». Cuando se habla de «ellos», se trata siempre de los Americans. «La zona está acordonada con alambre de púas. Pero dos días después, aún se podía oler a los muertos, un hedor insoportable». Juan también mencionó el olor a muerte en El Chorrillo, tres días después de la Invasión. Es un olor que reconoces al instante, aunque no lo hayas sentido antes, y que jamás se olvida.

Está prohibido ir a San Miguelito, pero cualquier taxista puede llevarte al Jardín de Paz, un gran cementerio privado ubicado muy cerca. El cementerio es una vasta extensión de césped impecablemente cuidado, con pequeñas lápidas de mármol, planas e idénticas entre sí. Una zanja de tierra color chocolate atraviesa la parte trasera del cementerio de lado a lado. Una fosa común. Todo el mundo sabe que está allí. Se rumorea que hay otra fosa en el Fuerte Amador, ahora ocupado por el Comando Sur de Estados Unidos. Se rumorea que hay muchas más.

A comienzos de enero, un grupo de destacadas figuras de Estados Unidos –abogados, religiosos, activistas de los derechos civiles, estudiantes y líderes sindicales– formó la Comisión Independiente de Investigación de la Invasión a Panamá. Ramsey Clark, exfiscal general de Estados Unidos y principal portavoz de la comisión, visitó Panamá en varias ocasiones. El 25 de enero, la comisión emitió un comunicado de prensa: «Tras recopilar testimonios de empleados de hospitales, cementerios, morgues y otras fuentes directas, estimamos que el número de muertos durante la Invasión podría ascender a entre cuatro mil y siete mil». Nadie sabe cuántos resultaron heridos ¿Cientos? ¿Miles? Son invisibles, borrados del mapa. Las autoridades panameñas admiten
que, en tan solo una noche, quedaron sin hogar quince mil familias.

Una vez salí a cenar, con la esperanza de disfrutar de una buena comida, pero el ambiente era demasiado inquietante: en el restaurante solo había cinco personas más y un palpable nerviosismo por conseguir un taxi para volver al hotel antes de las nueve de la noche. Las calles desiertas delataban que todo el mundo padecía la neurosis de las nueve. Por la noche, acostumbraba a leer la prensa panameña. La mayor parte de las noticias era pura paja informativa. Todos los días, el «ayuno» del presidente Endara ocupaba la primera plana. En medio de aquel caos, el presidente se había retirado a «ayunar» a la catedral «por conmiseración con los humildes que sufren hambre» y para alcanzar «una visión más espiritual».

Los humildes se burlaban del gesto. Decían que el presidente era un gordiflón de cincuenta y tres años que hacía dieta para bajar de peso antes de su boda con Ana Mae, de veinticuatro. En una capilla lateral muy iluminada, con un altar adornado con una espantosa estatua de yeso de Cristo muerto en brazos de María y grandes jarrones con flores artificiales, el presidente Endara recibía a diplomáticos y delegaciones y se privaba de comida rodeado de los bancos barnizados de color mostaza de la catedral. Dormía en un catre. La Iglesia valoraba mucho la piedad presidencial. El presidente ayunó durante trece días, perdió siete kilos y regresó a sus oficinas del palacio presidencial, un elegante edificio blanco frente al mar. Un pequeño grupo de manifestantes, con pancartas hechas a mano, acampaba en silencio en los adoquines de la entrada custodiada del palacio. Una de las pancartas decía: «Quienes conocen el hambre no hablan de ayuno». Otra proclamaba: «Noriega nos robaba, Endara nos encarcela».

 

Todo el mundo te pregunta de dónde eres. Respondo que de Inglaterra, lo cual es cierto. Mi intención es presentarme como periodista inglesa en la Casa de Periodistas, el modesto recinto con salas de prensa, patio, bar de mala muerte y oficinas sindicales de los periodistas panameños. Quería que la gente se sincerara conmigo, y me negaba a que se me achacara la responsabilidad de la Invasión.

La Casa de Periodistas bullía de hombres mal vestidos que debatían por todas partes; el periodismo no es precisamente el camino para hacerse rico en este país. La primera manifestación de protesta, convocada por el Consejo Nacional de Trabajadores Organizados, estaba prevista esa tarde frente al Parlamento. La miseria humana y la devastación causadas por la Invasión me habían conmovido; no tenía idea de su dimensión política hasta que me encontré con la prensa.

En la oficina sindical del primer piso, un hombre me contó lo siguiente: «Las tropas estadounidenses entraron en las casas de la gente; en tres días arrestaron a todos los dirigentes sindicales. Los llevaron a Clayton [Fuerte Clayton, la principal base del Comando Sur] para interrogarlos. Nos sacaron fotos. A mí me detuvieron tres días. A algunos compañeros, semanas; de otros, aún no se sabe nada. Los soldados norteamericanos llegaron hasta aquí e intervinieron el lugar. Nos lo devolvieron el 18 de enero [casi un mes después de la Invasión]. Han despedido a unos ciento cincuenta periodistas del sector público y privado. A los norieguistas no, ¡Dios los libre!, sino a los antigringos. En cualquier momento vendrán a por mí».

«Tienen asesores estadounidenses en todos y cada uno de los departamentos gubernamentales, que le dicen a la gente de Endara lo que tienen que hacer», me comentó otro periodista. La Constitución panameña prohíbe la participación de extranjeros en el gobierno.

Otro hombre, visiblemente enfadado, afirmó: «Echaron a dos mil funcionarios, incluidos todos los dirigentes sindicales, sin respetar ningún tipo de ley. Desde la Invasión, hay treinta mil desempleados más. Lo peor es que los verdaderos sinvergüenzas, los políticos de pacotilla que participaron en la corrupción del régimen de Noriega, ahora son parte del nuevo gobierno y deciden a quién hay que despedir, para proteger a los suyos. Si estás en contra de la Invasión, te dicen que eres norieguista. Pronto nos acusarán de comunistas. Somos nacionalistas».

Aquel periodista se expresaba con amargura. «Radio Nacional siguió transmitiendo después de la Invasión, informando a la población de lo que estaba pasando. Al día siguiente, un helicóptero sobrevoló el edificio tres veces antes de posicionarse y disparar un cohete contra el séptimo piso. Así zanjaron el asunto de Radio Nacional. Poco después arrestaron a su director, Rubén Darío. Tras la Invasión, el diario La República publicó los primeros informes sobre los muertos. Al día siguiente, los soldados estadounidenses entraron en la redacción y destrozaron las oficinas y cerraron el periódico. Se llevaron detenido a Calvo, el editor, y lo encerraron unas seis semanas en el Fuerte Clayton; ahora lo tienen en la cárcel Modelo. Hasta el momento no hemos oído que se le haya imputado ningún delito. El Comando Sur ha cerrado otros dos periódicos y también ha intervenido los canales de televisión 2 y 4 [canales panameños]. Para circular sin restricciones por el país, necesitamos una credencial de prensa emitida por ellos. No tenemos derecho a saber cuánta gente murió porque el general Cisneros [del Comando Sur] tiene la lista. La información no le pertenece a la prensa panameña, sino al Comando Sur. Lo que tenemos no es una democracia, sino una dictadura militar norteamericana que ha reemplazado a la dictadura de Noriega».

«Noriega no es nada, tan solo una justificación», comentó un periodista más entrado en años. «Ni siquiera lo pueden enjuiciar. Primero dijeron que en marzo; ahora dicen que lo harán en enero de 1991. Lo esconderán, lejos de la vista de todos, y dentro de cinco años saldrá en libertad para gozar de sus millones. El verdadero objetivo de la Invasión fue el Tratado del Canal. Estados Unidos ha instaurado un gobierno dócil, la oligarquía, la misma clase que tuvimos en 1968. Esa élite comparte los mismos intereses que Estados Unidos. Según la Constitución, tendremos que celebrar elecciones en 1994 –aunque creo que debería hacerse ya, para elegir un gobierno legítimo– y luego en 1997, cuando se cumpla el plazo para que el Canal regrese al control panameño. Pero Estados Unidos hará lo posible para que, llegado el momento, el gobierno siga practicando la docilidad. Ese gobierno podrá abrogar el tratado, argumentar que gestionarlo es demasiado para nosotros –pobres almas ignorantes– y les rogarán que se queden. El Canal en sí no es lo esencial; lo importante es la Zona del Canal, las bases, las instalaciones aéreas. Hoy por hoy, Estados Unidos controla toda América Central, y Panamá, por su ubicación geográfica, es el punto perfecto para ejercer su control».

La Zona del Canal es una franja de tierra de unos dieciséis kilómetros de ancho y ochenta de largo situada al norte de la Ciudad de Panamá, entre el Pacífico y el Caribe. Abarca el Canal, su extensa administración civil, una importante instalación militar estadounidense, así como una zona residencial para las familias del personal y áreas recreativas. Según los términos establecidos en el Tratado del Canal de Panamá de 1977, la Zona deberá ser devuelta a Panamá en 1999, con la prohibición expresa de cualquier presencia militar extranjera en territorio panameño.

La Invasión fue, a todas luces, planeada con antelación, solo faltaba una «causa justa»; y Noriega, cegado por la soberbia, les dio la excusa perfecta. El presidente Carter hizo cumplir el Tratado del Canal de Panamá, algo que nunca fue del agrado de los militares ni del Partido Republicano, quienes sin duda lo anularían si pudieran. De todas maneras, nada explica la absurda magnitud de la Invasión, que fue la demostración de fuerza más desmesurada de Estados Unidos desde Vietnam. A menos, claro, que la Operación Causa Justa haya sido, en realidad, una estrategia de relaciones públicas muy particular: un recordatorio para todos los países, desde el Caribe hasta el estrecho de Magallanes, de que Estados Unidos sigue siendo la última gran potencia hegemónica.

Mis colegas, los periodistas panameños, también me entregaron una pila de documentos, comunicados de prensa de varios sindicatos y de la Comisión Independiente de Investigación de la Invasión de Panamá. Los sindicatos acusan al gobierno de Endara de negarles los derechos que conquistaron en los veintiún años de dictadura. La Comisión Independiente denuncia el uso de «tácticas de Estado policial » por parte del gobierno de Estados Unidos apoyándose en casos documentados: la detención, por parte de soldados estadounidenses, del Dr. Rómulo Escobar Betancourt, principal negociador del Tratado del Canal de Panamá, exrector de la Universidad de Panamá y delegado ante las Naciones Unidas, a quien tuvieron incomunicado cinco días en el Fuerte Clayton antes de entregárselo a la policía panameña; los continuos registros, hostigamientos e interrogatorios de civiles panameños por el ejército estadounidense; la orden de detención contra setenta y cuatro figuras públicas panameñas, conocidas por ser firmes defensores de la independencia de Panamá, acusadas de «obstaculizar la renovación de los poderes del Estado». Las penas van de cinco a veinte años de prisión, además de la inhabilitación para ejercer cargos públicos. La Comisión Independiente concluye que existe «un intento claro y sostenido por parte del gobierno de Estados Unidos de intimidar y aplastar toda oposición democrática».

 

A quienes lo han perdido todo los llaman «damnificados». Los que salieron corriendo de los edificios en llamas a punto de derrumbarse en El Chorrillo con lo que llevaban puesto, y salvaron la vida, pero nada más, son los «damnificados de El Chorrillo». Quería que me contaran lo que habían vivido, lo que realmente ocurrió la noche de la Invasión, y qué había sido de ellos desde entonces. Los periodistas panameños me dijeron les habían prohibido entrevistarlos, pero que tal vez yo podía conseguirlo.

A tres mil damnificados los albergaron en una base aérea norteamericana en desuso. Para casi todos, el ejército de Estados Unidos construyó cubículos de madera prensada, sin ventanas, en el interior de un antiguo hangar. Cada cubículo mide tres por tres metros. El hangar, alto y con sombra, al menos ofrece algo de frescor. Los que no cupieron en ellos se asfixian en tiendas militares. Otros quinientos damnificados acampan en dos escuelas de la ciudad.

Cuando llegué a la zona de control del hangar, no me dejaron pasar. Como no tenía ninguna credencial de prensa, les monté una escena acusándolos de abusadores, diciéndoles que si no me dejaban hablar con los refugiados era porque las autoridades tenían algo que esconder. El director del campamento, de la Cruz Roja panameña, accedió a dejarme entrar si la «señora», la representante del gobierno, me daba una carta. Volví a la ciudad. Después de varias llamadas telefónicas desesperantes intentando localizar a esa señora, ella misma se apareció en mi hotel: una agradable aristócrata de la oligarquía. Me escribió una nota y llamó al director de la Cruz Roja para avisarlo de mi visita.

Regresé al campamento, pero tampoco pude pasar del punto de control. El director del campamento salió a mi encuentro, todo sonrisas, y leyó la nota. Pero el teniente norteamericano de guardia –blanco, de casi dos metros y medio, cargado de cinturones de munición y empuñando un m-16 (un fusil de aspecto muy amenazante)– dijo que no. Que no tenía un «sello» (¿una credencial de prensa del Comando Sur?); que mi nombre no figuraba en su lista.

Le indiqué que las autoridades panameñas y el director del campamento me habían dado permiso para hablar con ciudadanos panameños, y que no entendía qué tenía que ver el ejército de Estados Unidos en todo aquello.

«Cualquiera puede escribir una carta», replicó el teniente, sosteniendo la nota. «Yo tengo que cumplir órdenes». El director del campamento, que con toda seguridad reconocía la letra de la nota y sabía que su superior había aprobado mi visita, se quedó de pie junto al teniente, cabizbajo. Fue una humillación pública, infligida con indiferencia. Quien manda aquí es el Comando Sur de Estados Unidos, claro que sí.

Me dirigí al director del campamento y le dije en español:

«Están viviendo bajo una ocupación militar».

Él cerró los ojos por un instante y respondió con voz apagada:

«¿Y qué podemos hacer?».

Le respondí:

«Lamento profundamente su situación».

Me dio las gracias y nos estrechamos la mano.

Regresé a pie a la zona de los almacenes, donde el tráfico estaba detenido, y encontré un taxi que acababa de dejar a un pasajero, lo que me evitó la larga y calurosa caminata hasta la carretera principal y el autobús. Una mujer muy joven, y muy embarazada, pidió que la llevaran al centro. Nos sentamos atrás, con su hijo de cinco años entre las dos. El niño era demasiado delgado, pálido, vestido con una camisa blanca limpia y planchada y unos pantalones de algodón. Por casualidad, gracias a aquella joven exhausta e indefensa, me enteré de lo que quería saber. Su testimonio fue breve.

«Agarré al niño y corrimos en medio de las balas. Corrimos sin parar hasta que llegamos al mar. Ahora tengo problemas con el bebé», dijo tocándose el vientre. «Tengo que ir al hospital todos los días. Mi padre me da dos dólares diarios para los taxis. Es taxista. No tengo dinero ni nada. Mucha gente murió quemada, mucha, muchísima… niños y viejos que no pudieron salir. En el campamento nos dan café y pan duro de desayuno, y las cinco de la tarde, un plato de comida». Suspiró y miró a su hijo, sentado en el borde del asiento, rígido y silencioso. «Es muy nervioso. Al más mínimo ruido, tiembla y llora».

Ella se encontraba en uno de esos viejos caserones de madera de la barriada cuando su casa, su vecindario entero, ardió mientras la gente intentaba huir «en medio de las balas». Su testimonio bastaba para entender por qué el Comando Sur impedía que los periodistas entrevistaran a los damnificados. Era imposible que el suyo fuera un caso aislado. Todos los desplazados sobrevivientes de El Chorrillo vivieron aquella misma noche de terror.

La dejamos en el hospital. Le deseé buena suerte, preguntándome qué sentido podía tener esa frase en su situación. ¿Que no muriera en el parto? ¿Que no tuviera un bebé deformado o con problemas mentales?

Al llegar a mi habitación me duché y bebí whisky duty free mientras echaba chispas contra el Derecho Divino de los presidentes estadounidenses que les daba la potestad de hacer lo que les diera la gana con los pobres de Centroamérica. Esa arrogancia tiene sus raíces en la Doctrina Monroe de 1823, que no es más que un fíat presidencial con el que Estados Unidos advierte a las potencias europeas que no interfieran en los asuntos de América Latina. A cambio, ellos se abstienen de intervenir en los conflictos europeos. Desde entonces, los presidentes estadounidenses no han dejado de entrometerse en los asuntos de Estados soberanos situados al sur de su frontera.

Aunque atrapadas en las garras de la deuda con Norteamérica, las naciones de Sudamérica se han vuelto muy recelosas. Tras la operación orquestada por la CIA para derrocar al presidente Allende en Chile, los presidentes de Estados Unidos rara vez han interferido de forma tan flagrante en Sudamérica. Pero Centroamérica, para ellos, no es más que una zona de fuego libre y sin ley. Todo vale.

¿Por qué los líderes, los medios de comunicación y los ciudadanos de las grandes democracias occidentales mostraron durante tanto tiempo un profundo y apasionado interés por los pueblos de Europa Central, pero ninguno por los pueblos centroamericanos? En los siete países que componen Centroamérica viven entre veintisiete y veintiocho millones de personas. La gran mayoría es muy pobre y no tiene la piel blanca. Su vida y su muerte no han conmovido la conciencia del mundo. Puedo dar testimonio de que era mucho mejor, y más seguro, ser campesino en la Polonia comunista que en El Salvador capitalista.

Los presidentes estadounidenses, que formulan la política extranjera de su país, nunca se han preocupado por la justicia social en Centroamérica. La Casa Blanca tolera cualquier gobierno centroamericano siempre y cuando sea leal a la ideología capitalista y sepa mantenerse en su lugar, sumiso a los intereses nacionales de los Estados Unidos, conforme las directrices de Washington. A Washington le gustan los dictadores, porque son más fáciles de manejar. Los presidentes de Estados Unidos reprimen con regularidad las rebeliones populares. Que los que han sido desposeídos con toda crueldad clamen por una vida digna es visto como una amenaza a los intereses estadounidenses; en pocas palabras, los pobres son peligrosos. Son capaces de decir: «Yanquis, largo de aquí».

Ningún presidente de Estados Unidos ha derrocado jamás a un dictador centroamericano, ni tampoco sudamericano. El caso de Noriega es la excepción. Aún seguiría en el poder si no se le hubiera ocurrido que podía ser un dictador independiente; al muy tonto se le subieron los humos. El tráfico de drogas seguirá su curso; los norteamericanos quieren drogas; el dinero de la droga se blanqueará con discreción. Ahora todo ha vuelto a su sitio; EE. UU. ha invadido a Panamá siguiendo su receta habitual, respaldado por un gobierno local amigo. Las campanas de la democracia, que alegres repican en Europa Central, no pasan de ser una burla en Centroamérica.

 

En la orilla occidental de la bahía de Panamá se alza un bosque de rascacielos residenciales sobre un terreno descuidado. No hay árboles, ni arbustos, ni flores; solo esos mastodónticos y vulgares edificios. Muy cerca, detrás de grandes y encantadores jardines, se alzan unas lujosas mansiones. Este barrio es el gueto dorado de Paitilla, el hábitat de la clase que el pueblo llama la oligarquía: los ganadores de la Invasión.

Una noche asistí a una conferencia impartida por tres ponentes, celebrada en el hotel Marriott Caesar Park, el más grande, ostentoso y caro de Panamá. El evento había sido organizado por la oligarquía. El público se acomodó en una ostentosa sala para escuchar, absorto, dos conferencias impartidas por destacados panameños. El tema abordaba «la democracia, la soberanía y la Invasión». El público, unas cien personas, era en su mayoría masculino, en su mayoría obeso, y vestían todos costosos trajes oscuros. Ni Noriega, ni Torrijos antes que él, se atrevieron a meterse con el dinero de la oligarquía ni a interferir en su estilo de vida. Pero los mantuvieron apartados veintiún años, sin ningún papel activo en el gobierno. Y la oligarquía sentía vergüenza; se avergonzaban de ser ciudadanos de un Estado gobernado por un vil delincuente salido de las cloacas de la ciudad. Los panameños de clase alta eran, en este caso, los disidentes. De la noche a la mañana, la Operación Causa Justa resolvió todos sus problemas.

El tono de las conferencias era de una autocomplaciente satisfacción. Para no dormirme, tomé notas, entre las cuales rescaté una expresión bastante acertada: «basura seudointelectual». Ninguno de los ponentes dijo una sola palabra sobre los muertos, los que quedaron sin hogar o los pequeños negocios arruinados. Me pregunté si alguno de ellos se habría asomado al desierto urbano de El Chorrillo. En términos generales, el tenor de las charlas era evidente: el gobierno de Endara era algo positivo, también lo eran los Estados Unidos, y todo marchaba sobre ruedas en su mundo.

Después de dos largas conferencias, el público necesitó un descanso. Se trasladaron a otro salón, y la reunión se transformó en una elegante recepción con cócteles, servidos en un bar dispuesto para la ocasión. Las mujeres, que ahora se dejaban ver entre los asistentes, destilaban sofisticación, ataviadas con los clásicos vestiditos negros y con discretas joyas. Todos se conocían entre sí y todos eran blancos: la flor y nata de la sociedad panameña.

Después del descanso, le llegó el turno al último invitado, a quien presentaron, en medio de los aplausos, como el «próximo presidente de Cuba». Se dirigió a su reverente público recordándoles que la democracia era algo frágil, que el norieguismo no estaba muerto, que debían estar muy vigilantes para proteger la recién obtenida libertad. Luego añadió que, de no haber sido Estados Unidos el interventor, América Latina no se habría opuesto a la Invasión. Muy raro, ¿no? ¿Quién, sino the Americans, para invadir? Terminó su discurso con un apasionado alegato en favor de la libertad de Cuba. ¿Acaso estaba incitando a Estados Unidos a invadir Cuba? ¿Recetando un baño de sangre para sus compatriotas? El público se puso de pie y le regaló al próximo presidente de Cuba una ovación cerrada. Algunos de los presentes aquella noche se habían exiliado en Estados Unidos ocho meses –desde mayo, cuando Noriega anuló violentamente los resultados electorales que le eran desfavorables– hasta la invasión de diciembre. Pero aquel cubano, que había vivido exiliado en España treinta años, era su ídolo.

 

En comparación con el Marriott Park Caesar, la Universidad de Panamá ofrecía un agradable contraste. El campus, con sus dispersos bloques de cemento blanco y mugriento, es, en todos los sentidos, una elemental fábrica del saber. Pero dispuestos en medio de una encantadora jungla de árboles y arbustos en flor, los edificios se conectan por sombreados senderos flanqueados por columnas, y los chicos tienen un aire brillante y desaliñado y le dan vida al lugar. Diez mil jóvenes de ambos sexos estudian allí, en tres turnos diarios que van desde la siete de la mañana hasta la medianoche. La matrícula oscila entre treinta y cuarenta y cinco dólares por semestre; las carreras de Derecho y Medicina son las más caras.

Cada una de las facultades tiene una asociación estudiantil con líderes electos por votación. Yo buscaba la de Literatura y encontré la de Psicología. Los tres representantes de su asociación estudiantil se sentaron conmigo en un cubículo ampliado, contiguo a una pequeña sala de estudio; cerraron la puerta. Hablaron por turnos, en voz baja, como si fuéramos conspiradores.

El joven alto, un rubio pálido, comentó: «Aquí podemos decir lo que no nos atreveríamos a decir en la calle. La gente tiene miedo de hablar. Algunos profesores apoyan este gobierno, que es burgués. Nacieron ricos, y ninguno tiene sangre joven ni nueva. Cuando Estados Unidos nos golpeó con el embargo, pudimos salir adelante; no consiguieron aplastarnos. La idea de necesitar papeles de identidad firmados por un general norteamericano es bochornosa».

El pequeño, moreno y regordete, añadió: «Todos estamos en contra de Noriega, pero Noriega promovió a la gente de la clase trabajadora y les dio puestos de poder. Eso fue algo positivo. Este gobierno va a perpetuar a los de su propia clase en los cargos más altos. No creemos que esto sea una democracia. Somos nacionalistas, queremos gobernar nuestro país a nuestra manera».

El otro chico moreno comentó: «En esta universidad da igual si eres hijo de un taxista o de un ministro. Creo que la Invasión fue un error y que deberíamos celebrar elecciones libres, y no tener este gobierno. El toque de queda nos está arruinando la vida. Antes íbamos a casa de amigos, escuchábamos música, conversábamos, salíamos a tomar algo o a bailar. Ahora no podemos estar en la calle después de las nueve de la noche por miedo a toparnos con pandillas o con patrullas militares gringas».

Les pregunté por el tema de las drogas; al fin y al cabo, se suponía que esa era la causa de la Invasión. Según el presidente Bush, las drogas son el principal enemigo de Estados Unidos, una amenaza para sus jóvenes, para el futuro; su presencia no es ajena en los campus estadounidenses. Los chicos aseguraron que no había drogas en la universidad, y que nunca las había habido. «La gente que viene aquí es porque tiene ganas de estudiar», dijo el rubio, «si no, ni se molestarían en venir».

Al día siguiente me dirigí a la Facultad de Derecho, convencida de que entre los futuros abogados estaban los políticos de mañana. Un joven delgado y de baja estatura, representante electo de la asociación de estudiantes de Derecho, habló con voz cautelosa. Extrañamente reservado, al igual que los estudiantes de Psicología, comentó: «Todos aquí estamos en contra de la Invasión. Los votos de mayo pasado fueron contra Noriega, pero no a favor de Endara. Deberíamos celebrar elecciones ahora; este gobierno no es legítimo. No tenemos esperanzas en el futuro. No creemos que, con este gobierno, la justicia llegue a ser independiente ni justa. Ya están nombrando jueces, magistrados, al estilo de Noriega: a sus amigos, a sus parientes. No por sus méritos. Dudo que tengamos un sistema judicial digno en Panamá en largo tiempo».

Pedro fue el más memorable entre los muchos taxistas interesantes que conocí. Siempre me sentaba delante, para tener más espacio para las piernas y conversar. En mi último día en Panamá, Pedro aceptó llevarme a dar una vuelta de una hora por El Chorrillo; muchos otros taxistas se habrían negado, por el síndrome de los asaltos. Pedro era un mulato pequeño y desnutrido, de veinticinco o treinta y cinco años. Mostraba siempre una sonrisa deslumbrante, como si su rostro se hubiese congelado en esa expresión de alegría. Mientras conducía por Vía España, me dijo: «Aquella noche, a las diez y media, los soldados me pararon en aquel punto».

«¿Qué soldados?». La Invasión comenzó después de la medianoche.

«Los panameños. Paraban a todos los vehículos para transportar municiones desde su cuartel al cuartel de El Chorrillo, pero mi taxi era demasiado pequeño. Uno de ellos disparó al aire y me gritó: “¡Largo de aquí!”. La verdad, me temblaban hasta las piernas. Manejé directo a casa como un rayo. Tenía tanto miedo que no salí en tres días».

«¿Entonces ya sabían de la Invasión?».

«Obvio. Pero la gente no se lo creyó hasta que cayeron las bombas». El taxi ya había entrado en la zona de la devastación. «Ese era el gimnasio de los oficiales de Noriega». Un edificio grande, con trozos de paredes aún en pie; en el interior se alcanzaba a ver lo que antes fuera una cancha de baloncesto. En el umbral de la puerta estaba sentada una anciana. Avanzamos despacio por aquel páramo gris. Solo pudieron arrasar las bases de los viejos caserones de madera. Para lo que quedó del cuartel central de Noriega posiblemente usaran dinamita.

Pedro detuvo el taxi frente a otro edificio enorme. «Tenía tres pisos». Mi experiencia en otras guerras me decía que ese edificio fue alcanzado de lleno por un bombardeo brutal. Nada más podría haberlo demolido así, dejando apenas algunos trozos irregulares de sus muros. La revista Army, que ha publicado los informes más detallados sobre la Operación Causa Justa, afirma que los bombarderos furtivos –usados aquí por primera vez– lanzaron «bombas de onda expansiva». Así que sabemos que hubo ataques aéreos, y que llamar a estos explosivos letales «bombas de onda expansiva» suena a maniobra encubierta.

«Era un correccional juvenil», me indicó Pedro. «Niños y niñas de entre cinco y diecisiete años. El cuartel estaba allí, detrás».

«¿Estaban durmiendo aquí?».

«Estaban durmiendo aquí».

Es imposible que ninguno de los niños pudiera sobrevivir.

«Triste», dijo Pedro, con su sonrisa deslumbrante y la voz llena de pena.

«Vámonos», le pedí, «que se me revuelve el estómago».

Pasamos junto a unos bloques de torres amarillas vacías, como la de Juan, y nos detuvimos a analizar un enorme boquete a ras del suelo, en una de las paredes sin ventanas de uno de los edificios. Las huellas del fuego en los pisos superiores se podían explicar fácilmente: cohetes. No podía imaginar qué había causado aquel agujero, de aproximadamente metro y medio de diámetro, ni para qué lo habían hecho; tal vez probando algún nuevo modelo de superbazuca. «Esta es la cárcel Modelo», me señaló Pedro. «Fíjese en el muro». Un alto muro de acero sólido rodea la prisión; también fue perforado por un agujero enorme. «Todos los presos se escaparon», dijo Pedro. «Ahora hay presos de otro tipo».

Al llegar a una calle al pie de la cárcel, Pedro comentó: «Esta es la Escuela del Salvador. Ahora viven aquí más de trescientos vecinos de El Chorrillo que perdieron sus casas». Hacía tiempo que la habían pintado de rojo oscuro con bordes amarillos. En el patio de cemento de la entrada, unos niños medio desnudos y sucios jugaban y chillaban. Las mujeres se inclinaban por las ventanas, gritándoles a sus hijos y entre ellas. El calor era sofocante. Pedro volvió a secarse el rostro con un trapo gris y húmedo. Se podrán imaginar el hedor del lugar. Como era una escuela de la barriada, seguro tenía unos pocos lavamanos y retretes bastante viejos. Al otro lado de la calle, los pequeños comercios de barrio, que habían sido saqueados, estaban cerrados, cubiertos con planchas de madera, a excepción de una tiendita en la esquina.

«Triste, muy triste», dijo Pedro.

«Sí, pero al menos no están vigilados por los soldados estadounidenses. Pueden hacer todo el ruido que les dé la gana», le dije, recordando de pronto el silencio antinatural que había en el hangar. «Pueden ir andando hasta el centro del pueblo; siguen en su mismo barrio».

«Los pobres tardan toda una vida en conseguir las cosas. Y de repente, todo lo que tienen, se esfuma, así como así, en cuestión de segundos. Y quién sabe… hasta los familiares. Donde antes estaban sus casas, ya no queda nada». Pedro giró hacia mí su sonrisa desquiciada y sus entristecidos ojos, como queriendo asegurarse de que lo entendía. «Esto no había pasado nunca en Panamá. Nunca».

 

Traducción del inglés de Adrián Izquierdo.

Fotografías de la invasión de Panamá: ©James Nachtwey.