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Hace años, gracias a una beca universitaria, me entretuve lo mío por los pueblos de Asturias buscando cuentos, leyendas, romances y signos de que en esta parte del mundo alentaba, aunque fuese en germen, eso que llaman, y a punto está de desaparecer, la Europa de los caminos. Dirigidos por el profesor Xuan Busto Cortina, unos cuantos cómplices nos lanzamos por los caminos de Amieva, Villaviciosa y Tineo, grabadora en mano, parándonos en cada esquina a charlar con la gente a ver qué nos contaba. Siempre me ha agradado el trato de los viejos que saben que son viejos, se sienten orgullosos de ello y renuncian a esas tonterías del eufemismo de la tercera edad. Cumplir años es un orgullo y cada arruga cuenta una historia. En Villaverde, Amieva, un señor, al que conocían por Xepe me estaba contando una versión un tanto asilvestrada del mito de Perséfone, que yo ya había oído en Tineo en otra versión, y antes de concluir me preguntó cuántos años tenía yo. No me preguntó cuántos le echaba a él, pues de eso ya había alardeado al presentarse diciéndome que nada menos que 99, y mirándome a los ojos, con un gesto casi de conmiseración me preguntó mi edad. Yo le dije que veinte, que era los que tenía, y él, sonriendo y llevándose teatralmente las manos a la cabeza, profirió:

–¡Ai Dios, amiguín, cuántos te falten!

Cuántos me faltaban, cuántos me faltan todavía. Me contó aquella versión de Perséfone –una muchacha arrastrada a un mundo subterráneo y que volvía cada primavera convertida en rosa– y muchas cosas más. Por algún sitio andarán las grabaciones. Recuerdo ahora un Gerineldo, una versión en asturiano oriental del romance de la loba parda y muchos cuentos. Estuvimos toda la tarde hasta que el oscurecer, era noviembre, cayó sobre el lugar. Aquel hombre se quejó de que no había venido un vecino, amigo suyo y algo pariente, a cortarle la leña.

–Fue a Cangues –dijo– y olvidóse.

Yo me ofrecí a hacerle un poco de leña, lo justo para pasar la noche y que no le faltase por la mañana, y él me indicó un «hachu» y unos cuantos troncos, cortados ya por la motosierra, en la antojana de su casa. Me puse a la labor y, tras observarme un rato, dijo:

–La lleñe bien h.echu sabe a casa y nun ah.umia. (La leña bien hecha sabe a casa y no humea).

Estuve de acuerdo y me disculpé por mis trazas. Hacía mucho tiempo que no tenía un hacha entre las manos. Sin embargo aquélla tenía muy buen filo. Plateada, parecía una media luna hendiendo la oscuridad. Mis golpes eran certeros y contundentes. Casi sin esfuerzo, iba yo haciendo las astillas de roble aspirando el olor de los bosques cercanos. El hacha temblaba entre mis manos. No es una metáfora: sentí que aquel apero tenía vida propia, como si por él corriese una energía antigua no del todo dominada.

–Era del güelu de mio güelu, mira tu si é vieyu esi h.achu –me dijo.

Escogí bien mis palabras. Le dije que me parecía un hacha nerviosa.

–Una vez mataren a un rapaz col h.achu esi. H.az munchu tiempu, munchu. Yo tovía nun h.iciere los trece. Al que mataren llamábenlu Xuan d’El Molín de Pen. Un rapaz mui nerviosu, sí. Digo yo que tará l’alma d’elli, metida pel h.achu, queriendo salir a por venganza.

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