Con motivo de la participación de Daniel Gascón en el Benengeli 2022, la Semana Internacional de las Letras en Español del Instituto Cervantes, desde Granta en español hemos decidido compartir en nuestra edición digital un texto del autor español que publicamos originalmente en el número 20/7 de la edición impresa.

 

La idea se le ocurrió de madrugada, y al principio no le dio importancia. Había llegado a casa tarde, bastante borracho, y Sara, que había dejado la ropa para dormir en el pasillo, le reprochó que hiciera ruido al abrir la puerta del baño. A él le pareció injusto. Siempre era silencioso, si había alguien que pudiera despertar a los niños era precisamente Sara, que se levantó y abrió la puerta de manera mucho más ruidosa, para mostrar su enfado, dijo «Muchas gracias», en una especie de grito ahogado y luego cerró dando un portazo. Más tarde pensó que a lo mejor no había sido tan silencioso como había creído. Pero en ese momento las palabras de su mujer le parecieron ingratas.

Menos de veinte minutos antes estaba en un bar, pidiendo unas copas para el grupo con el que había salido (concierto, tapas, cervezas, gintonics), y la amiga de su compañero de trabajo se había acercado para ayudarle a llevar las bebidas, la había conocido esa noche, de alguna manera habían acabado cogidos por la cintura y se habían empezado a besar, primero un pico corto, después un beso de verdad. Él había dudado un momento pero al final decidió marcharse a casa, sin dar muchas explicaciones ni acabarse la copa, y volvió en el taxi orgulloso de su madurez. Y ahora Sara le echaba en cara que hubiera hecho ruido. Se acostó indignado, y al mismo tiempo consciente de que su retirada no era exactamente un argumento que pudiera utilizar en su defensa. Por un momento, tendido junto a Sara, se arrepintió de su conducta responsable. Cuando intentaba dormirse se le ocurrió la idea, vagamente, pero la olvidó enseguida.

 

Volvió a pensarlo unos días más tarde. Los niños estaban ya en la cama; él y Sara veían una serie francesa. Ya nunca veían películas. Era una serie de espías. Una psicóloga explicaba que a los agentes que habían estado infiltrados les resultaba muy difícil renunciar a la identidad falsa que habían construido. Según el personaje, había un elemento adictivo en la doble vida, en todo el engranaje de mentiras y secretos de la falsa identidad. Era algo parecido, decía la psicóloga, a lo que les sucedía a los adúlteros: en muchas ocasiones lo que les atraía no era solo la otra persona, sino lo ilícito: la doble vida y las emociones intensas de la ocultación.

Al día siguiente, cuando dejó a los niños en el colegio, fue a hacer un recado en una dirección inusual. Volvió a pasar por delante del colegio un rato después y la portera lo miró extrañada. No estaba acostumbrada a verlo llegar desde esa dirección; por un momento la sorpresa que él detectó en su mirada le pareció excitante. La saludó sin detenerse, como si tuviera prisa y como si le incomodara un poco que lo hubiera visto. También sabía que era muy posible que ella no le diera importancia al encuentro.

—¿Con quién chateas? ¿Con tu amante? —le preguntaba Sara a menudo, reprochándole que mirase el móvil mientras los niños se bañaban o en la cena.

 

Decidió apuntarse a un nuevo gimnasio. Iba, pero una de cada cinco o seis veces se quedaba en una cafetería. Ensuciaba un poco la ropa en esos casos, para disimular pero sin llegar a hacerlo del todo bien. Al llegar a casa la metía en la lavadora, a veces delante de Sara, pero ella nunca parecía darse cuenta. Solo insistía en que no mezclara los colores.

Intentaba no ser demasiado descarado, ni hacer nada que pudiera ser sospechoso u ofensivo para Sara. Se limitaba a tomar precauciones exageradas.

Tapaba un poco el móvil cuando respondía los mensajes, y si le llamaban (lo había puesto en silencio) se marchaba a otra habitación y hablaba en voz baja, con un tono serio, evasivo. Decía que eran cosas del trabajo. Y solían serlo, pero intentaba adoptar un aire misterioso al hablar.

Le llevó tiempo elegir un nombre. Al final se decidió por Andrea, y le sorprendió haber tardado tanto. Era el nombre de la amiga de su compañero de trabajo —a la que no había vuelto a ver— y la estratagema le recordaba a aquella idea que estudiaban en la carrera de engañar con la verdad. También pensaba que, si Sara buscaba entre los contactos de su móvil, el nombre aparecería entre los primeros: sería más fácil de encontrar. Elaboró una especie de biografía: como el backstory de los personajes que preparaba cuando quería ser guionista de cine. Dejaba alguna incoherencia, algunos cabos sueltos: nada, a su juicio, demasiado obvio. No la mencionaba en sus conversaciones y Sara nunca preguntó por ella, aunque a veces él respondía al teléfono diciendo: «Dime, Andrea».

 

Sara le habló de una amiga que estaba dejando de fumar. Le habían recetado unos medicamentos potentes que le producían unos sueños más vívidos de lo normal. Un día, había llegado a la oficina convencida de que su jefe y una de sus compañeras se acostaban juntos. La amiga de Sara estaba indignada porque creía que su compañera la había intentado convertir en su cómplice, pensaba que le había pedido que la ayudara ocultar su relación. A la hora de comer se sentaron juntas, en un clima de imprecisa hostilidad, hasta que la amiga de Sara se dio cuenta de que lo había soñado todo.

—Sería gracioso que al final sí tuviera un lío con su jefe —dijo él.

Intentó llevar el tema hacia las infidelidades, pero no lo consiguió. Sara prefirió recordar la época en que había conseguido dejar de fumar sin la ayuda de ningún medicamento.

 

Cambió un poco los horarios, e intentó que fueran menos previsibles. Alguna vez, cuando tenía que recoger a los niños en el colegio dijo que no podía. Argumentó que tenía mucho trabajo, aunque Sara sabía que esas fechas no eran las peores del mes. Ella dijo que no pasaba nada, se podía organizar. Otros días era él quien debía cubrirla a ella, decía.

De vez en cuando Sara se quejaba de esas irregularidades, pero tampoco parecía concederles más importancia. Las conversaciones sobre las cosas cotidianas eran parecidas; las otras, escasas, no habían cambiado tanto.

 

Adquirió la costumbre de ducharse cada vez que llegaba a casa por la tarde, o si volvía de alguna cena. Sara se lo había pedido una vez, hacía mucho tiempo, quejándose de que apestaba a alcohol como una queimada gallega (fueron sus palabras exactas). Una vez, una noche de verano en la que llegó sudado a casa, se duchó y al meterse en la cama Sara le preguntó, medio en broma, si se había acostado con alguien. Ahora, sin embargo, no se lo preguntaba nunca.

Tenían relaciones sexuales. Alguna vez él fingía que estaba cansado. A veces, en el trato cotidiano, se mostraba más cariñoso de lo normal. A fin de cuentas todo el mundo sabía que el adulterio tenía sus efectos benéficos, en los que uno sentía la alegría de volver a casa.

 

Le molestaba un poco que Sara, que antes había sido tan celosa, no dijera nada. Le parecía que no era una cuestión de sospecha sino de falta de interés.

A veces, en el parque, cuando salía con sus hijos, se quedaba mirándolos melancólicamente, como alguien que sabe que lo arriesga todo por una emoción frívola, aunque luego pensaba en otra cosa y volvía a la vida normal.

A finales de mayo tuvo que hacer un viaje de trabajo a Barcelona. Compró los billetes, pero le dijo a Sara que el viaje era a Valencia. Pidió una habitación doble. Cuando volvió, se dejó los billetes en el traje y le pidió a Sara que los llevase a la tintorería. Ella le dijo que pensaba que se iba a Valencia. Él le respondió que había ido a Barcelona, que eso era lo que le había dicho desde el principio. «Juraría que me habías dicho Valencia», dijo Sara.

Un día dejó el envoltorio de un preservativo en un bolsillo lateral de la bolsa del gimnasio. Lo tuvo allí un par de semanas, y sintió una emoción a ratos vertiginosa, cuando sacaba la ropa sucia y la echaba en la lavadora delante de Sara, hasta que al final se cansó —o quizá le entró miedo— y lo tiró a la papelera que había en la puerta de casa.

Habían pasado cinco meses más o menos desde que se le ocurrió la idea cuando Sara le pidió que ese viernes por la noche se encargara de los niños.

—He quedado con Andrea —le dijo Sara.

—¿Con Andrea?

—Imagínate. El pobre lleva medio año en España y dice que todavía no ha estado en un restaurante italiano en condiciones.

 

Fotografía: littlehuw – «Infidelity» (CC BY-SA 2.0).